Faro

El faro de la paz

 

   El haz, cayendo el día, se propaga en la penumbra, e ilumina con él las crestas blancas de las olas, sin temor a tempestades se abre paso firme y desafiante por los mares. Inusitada energía fluye tras canalizarse por las lentes, prismas y anillos, el fulgor se deja guiar por la óptica hasta los pies de mi cama. Desde más allá de los océanos a la velocidad que su nombre indica irrumpe educadamente en la oscuridad de mi habitación. Con el extremo de la primera arista de luz, descorre suavemente la cortina, me avisa, quiere guiarme hacía lo desconocido. Incontables son los meses, las semanas, horas y minutos de sufrimiento. Me resisto a abrir una vez más los parpados entrecerrados todo este tiempo. Ante la fuerte insistencia pausadamente los voy abriendo, la potencia de la blanca luz llega a alcanzar los ojos sorteando las hileras de pestañas húmedas, mojadas de tanto cribar el llanto. La luminosidad invasora de paz me apacigua, me sosiega el tormento, del calvario de la quimioterapia, y de la ingesta masiva de medicamentos. Años de lucha que valientes llegaron a su fin.

El faro de la paz

   Incorporado en el cabecero, veo tumbado e iluminado mi cadáver. En soledad inicio el bamboleante andar de quien da sus primeros pasos hacia la eterna felicidad, una zancada tras otras desando el camino de no retorno. La luz me sigue acompañando con calidez, el candil relleno mullido algodón blanco, guía comprensivo y compasivo irradiando los jardines del paraíso eterno. Sin dolor alguno, y sin haber vuelto la vista atrás ni un instante, me encuentro con mis seres queridos, todos ellos sonrientes me reciben, en este mundo no hace falta hablar, con la voz de la mirada lo decimos todo.

 

Jordi Rosiñol Lorenzo.

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El faro de la paz. Por Jordi Rosiñol Lorenzo, 10.0 out of 10 based on 3 ratings
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