el mocasín verde

EL MOCASÍN VERDE

Fue al salir del centro comercial cuando empecé a cojear. Uno de mis pies había crecido y no cabía en el mocasín verde que llevaba puesto. ¿Mocasín verde? Me paré en seco en medio de la calle que estaba cruzando. Un taxista que tuvo que frenar me puso bastante más verde todavía mientras –de un salto impropio para mi edad y volumen- alcancé la acera de enfrente.  Intenté volver en seguida pero los conductores cegados por el color esmeralda del semáforo próximo no se metieron para nada en mi papel de peatón despistado, de modo que tuve que esperar. Incluso hubo tiempo para sentarme en un banco y mirar detenidamente mis pies: el de la izquierda estaba envuelto de mi zapato de siempre, un utilitario negro y desgastado que ni sentía… El problema era el otro, un mocasín verde que se abrazaba desesperado a mi pie derecho: un número menos de lo que suelo calzar; un modelo de gusto cuestionable, infantil, con flecos y borlita; le faltaba seriedad y le sobraba color: verde que te quiero verde… En mi vida me había puesto un calzado verde. Por si era poco se me estaba hinchando el pie que adquiría por momentos un insano color rojizo-morado y se salía por los bordes formando unos feos rodetes. Pero la cosa se iba a poner peor.

Sin venir a cuenta, el pequeño zapato verde me lanzó un improperio.

-¡Golfa!, -chilló con rasposa voz de cuero teñido, -Ladrona, ¡mi dueño me va a tirar a la basura y a ti te va a matar!

Miré alrededor pero no había nadie cerca que podría haberme gastado una broma. Era el zapatito color hierba que me había insultado. Sintiéndome ridícula y algo mareada, le respondí.

–Fue un error, –dije contenida y por lo bajini– te cogí por equivocación y tu dueño lo entenderá. Además, ¿por qué iba a tirarte a la basura?

El mocasín verde se retorció como si le dolieran las costuras.

–Me tirará porque estás sudando y él no soporta el olor a sudor.

Grité porque con su gesto había estrujado todos y cada uno de los veintiseis huesos de mi pie derecho y, con rabia, di un pisotón en el suelo.

–Ayyy, –se quejó a su vez el mocasín– no me hagas eso, ¡que me rajo por abajo y tú te irás al carajo!

Los dos nos quedamos callados, yo sorprendida por sus dotes de poeta  y él porque acechaba mi reacción achinando dos agujeritos de la lengüeta que debieron servirle de ojuelos.

–¿Cómo es  que sabes hablar?  –pregunté tímida.

–¿Cómo es que sabes entenderme? –me espetó nada pacificado.

Hice una respiración profunda para serenarme. No era posible que estuviera discutiendo con un zapato que no era mío siquiera. Di un rápido repaso a lo que había comido y bebido en las últimas veinticuatro horas sin encontrar nada sospechoso, ni setas asiáticas, ni bebidas alcohólicas de garrafón; había dormido unas siete horas; nada que explicase un brote de locura. Agachándome como quien no quiere la cosa, hice lo que procedía: saqué mi pie del mocasín que empujé debajo del banco, y comencé a andar, coja pero libre, y al fin y al cabo el coche no quedaba tan lejos. A los pocos pasos sin embargo noté que algo me frenaba. Una mano cálida me había agarrado del brazo y otra mano, bronceada y fuerte, me mostraba un calzado verde tipo mocasín sujetándolo a pocos centímetros de mi cara.

–Se le ha olvidado un zapato, señora, –dijo un hombre casi joven y de buen ver, apenas disimulando su sonrisa irónica. –No querrá ir por ahí sin él, ¿verdad?

Le agradecí su gesto y me calcé la herramienta de tortura verde que volvió a hincarse con deleite en mi piel hinchada. El desconocido se fue cruzando –ágil como una liebre-  la carretera donde en ese instante los semáforos abrieron de nuevo la veda para la caza del peatón. Me quedé mirando su avance y puse un pie tentativo en la calzada. Otro taxista –¿o sería el mismo?– me avisó del peligro tocando la bocina y me eché para atrás. En la acera de enfrente, un hombre bajito y rechoncho no tuvo tantos miramientos. Se lanzó entre los vehículos, dio unos saltos y dos carreras, y se plantó delante de mí.

Su mirada acusadora se clavó en mi calzado adoptivo.

–Señora, este mocasín de diseño italiano y factura manual es mío. Y ese mamotreto maloliente que me vi obligado a calzar le pertenece con toda seguridad a usted.

Señaló con una mano pequeña y muy cuidada a su pie derecho que, enfundado en un elegante calcetín de ejecutivo, estaba… descalzo.

Los dos levantamos la vista escrutando el firme de la calzada, y ahí estaba abandonado entre la marea de los coches como una conchita en la playa: mi utilitario zapato marrón tirando a negro se había quedado en medio, y vapuleado por los vehículos, recibió delante de nuestros ojo uno, dos y hasta tres empujones de los coches que pasaban.

Percibí un murmullo a la altura de mis pies. Como respuesta di una patada con el pie izquierdo al derecho. –Te callas, –dije entre dientes– o vas a hacerle compañía.

El tipo semidescalzo me miraba fijamente pero su cara –antes hostil y prepotente– iba ablandándose hasta parecer la de un hombre de unos cincuenta años desconfiado y serio.

-¿Ha visto? -susurró lleno de orgullo, -es un zapato inteligente donde los hay. Sabe latín.

-Pffffhhh, -el mocasín no estaba de acuerdo– ¿cómo voy a saber idiomas muertos si tú nada más chapurreas el inglés y eso que es lengua viva?

–Es joven todavía, –se adelantó a disculparlo su dueño– se excede… aprenderá…

Sin darme cuenta habíamos retrocedido unos pasos de la calzada, y el borde del banco me dobló las rodillas, de modo que me senté.

-¿Es un experimento? -se me ocurrió preguntar.

Como el otro continuaba de pie tuve que levantar la mirada hacia su cara.

-¿Tiene un chip electrónico?

Luego se me ocurrió una idea más probable y eché un vistazo alrededor sin descubrir nada sospechoso.

-¿Es una cámara oculta?

Desde su altura artificial, el semidescalzo me observó con renovada hostilidad.

-No sé de qué me está hablando, no soy consumidor de televisión basura…

El mocasín rebelde soltó una risita que disimuló rápidamente con una tosecilla. Ni le hicimos caso.

-Es simplemente un zapato inteligente, -su dueño aprovechó la aparente diferencia de altura para mirarme con arrogancia.

Buscando una solución iba a deshacerme de la ranita con flecos cuando en medio de la carretera mi zapatón recibió otro llantazo, se elevó por los aires y aterrizó en la cubierta de una furgoneta que lo secuestró para siempre jamás. El del calcetín de ejecutivo se había dado media vuelta y juntos observamos atónitos el espectáculo.

El banco se tambaleó cuando el dueño del mocasín verde se dejó caer sobre el asiento.

-Y ahora, ¿qué? –me preguntó muy serio y con aire de reproche.

-Y ahora, nada…

Me agaché y me quité el zapato robado. Cuando se lo quise dar, el tipo soltó un chillido.

-Lo ha deformado. ¡Está el doble de ancho!

Lo tocó apenas con la punta de los dedos, arrugó la nariz y retiró la mano.

-Además huele a sudor.

En las arrugas de la lengüeta verde apareció una sonrisa sarcástica.

-Te lo dije, reina, -se burló el mocasín.

La escena me estaba cansando.

-¿Lo quiere o no lo quiere? –pregunté cortante.

El rechoncho se encogió de hombros.

-No lo sé, -murmuró indeciso.

-¿Que no lo sabes? – El modelo manufacturado tembló con rabia y casi se me cayó al suelo.

-Cinco días que llevo aguantando que me acuchillen tus uñas… me raspen tus durezas… me desequilibren tus pasitos de profesora de baile…

el mocasín verde

-No solventes nuestros problemas en público, -le reprendió su dueño cogiéndolo con firmeza y sacudiéndolo como para eliminar cualquier resto cutáneo mío.

Con alivio observé que se calzó su insufrible zapato, y se levantó, pero como parecía que esperaba que encima le diera las gracias, abrí los ojos y miré al suelo. ¡Qué alegría reencontrarme con el aspecto desgastado y deslucido de mis zapatones, grandotes, comodones! Tenía los pies cruzados como siempre, y ¡bien calzados que estaban! Pero, ¿entonces?

Un camarero vestido con un uniforme verde estaba de pie junto a mi mesa, y se dispuso a servir el moca sin azúcar que le encargaría antes de quedarme traspuesta, agotada por las compras del primer día de rebajas. En la otra silla junto a mí se amontonaban varias bolsas de papel y plástico.

Con aprensión vi al menos dos de una conocida zapatería, y antes de recuperar el estado de normalidad sorbiendo el humeante cafelito, abrí con disimulo las cajas: sandalias marrones en una, un par de botines negros en la otra… nada de verde. Aun así acerqué mi cara y cuchicheé: –Eh, ¿qué pasa?

Un tranquilizador silencio –apropiado para zapatos- fue la única respuesta. Cuando me enderecé, el camarero había vuelto para traer un pastelito de crema y me observaba con compasión… –Hace mucho calor –me dijo antes de desaparecer él también.

Dorotea Fulde Benke

Blog de la autora

 

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