Victor Barrio

Antonio Pérez Henares

 

El odio ante el torero muerto

Se han puesto en el pecho las medallas de la bondad universal y el progresismo planetario, y de la boca no se les cae la palabra «tolerancia», pero ha muerto un humilde torero en la plaza de Teruel, un hombre joven y valiente, Víctor Barrio, de Sepúlveda, donde deja una viuda e hijos, y esos autoelevados a los altares propagandísticos de la ética, la virtud y la moralidad, los guardianes del bien mundial, para quienes el resto reptamos en la categoría subhumana de «indecentes», se han lanzado sobre su cadáver, sobre su memoria y sobre su dignidad de ser humano, con un odio tan terrible, con una rabia tan cargada de bilis que ni siquiera donde pastan a sus anchas, las redes llamadas «sociales», han permanecido esta vez indiferentes ante esa explosión de pus. Ha sido algo tan repulsivo, tan carente del más mínimo gramo de humanidad que, amén de la repulsa, no puede bajo ningún concepto permanecer impune. Porque lo firmado por algunos es un delito, un delito de odio, de esos que ellos se pasan la vida denunciando en cuanto alguien no suscribe su pensamiento totalitario y único.

No faltó a la cita, sino que asomó de los primeros, el «podemita» Pablo Hasel, el componente del aquel coro ya histórico con Iglesias y Errejón, ese presunto autor, en realidad un proetarra condenado a dos años de cárcel por apología del terrorismo, de letras donde se pedían tiros en la nuca para «peperos» y socialistas. El domingo se descolgó saludando la muerte de un ser humano con jolgorio y señalando que de repetirse ese resultado en las plazas de toros comenzaría a acudir a ellas con frecuencia. Y de parecida guisa fueron otros tuits firmados por quienes se consideran a ellos mismos dechados de virtudes, maravillosos y pacíficos seres, defensores de la tierra, sus especies y animales, pero cuya carencia de respeto por la vida humana resulta estremecedora.

Victor Barrio

Víctor Barrio

La cima de la infamia la conquistó un individuo, de nombre Vincent Belenguer Santos, valenciano, quien escribió esta vomitiva brutalidad, más allá del insulto y de la inhumanidad absoluta, que precisamente por su grado de vesania absoluta considero didáctico reproducir como ejemplo, pues este es el clima de fanatismo y odio que se respira y se expande sin control: «Muere un tal Víctor Barrio de profesión asesino de toros en Teruel (en su casa le conocerán a la hora de la siesta). Yo, que soy un ciudadano muy «educado» hasta el punto de ser maestro, me alegro mucho de su muerte; lo único que lamento es que de la misma cornada no hayan muerto los hijos de puta que lo engendraron y toda su parentela. Esto que digo lo ratifico en cualquier lugar o juicio. HOY ES UN DÍA ALEGRE PARA LA HUMANIDAD. BAILAREMOS SOBRE SUS TUMBAS Y NOS MEAREMOS EN LAS CORONAS DE FLORES QUE TE PONGAN, ¡¡CABRÓN!!».

Las mayúsculas y exclamaciones son también suyas, como lo es el procaz insulto a sus padres y familia. Estremece, pero ilustra. Es un pestilente regüeldo de un individuo. Sí. Pero el eructo es el reflejo de lo que se lleva cociendo en el estómago de nuestra sociedad. Un grano cada vez más enconado y enorme de pus y odio. Crece y crece y no nos atrevemos ya no a sajarlo, sino siquiera a señalar su existencia. Nos reventará.

Antonio Pérez Henares

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