El Rayo, mi perdición; don Santiago Ramón y Cajal, mi salvación. Por Catalina Ortega

El Rayo

 

Fue un susto enorme. Sólo tenía nueve años y nadie me había explicado eso de la menarquia, palabra rarísima desconocida para mí. Corrí alarmada a los brazos de mi madre, gritando cual posesa.

–Me muero, me muero; orino sangre. –Mi madre, tan desahogada, me miró de arriba abajo midiendo las proporciones de mi cuerpo con desgana.

–Qué te vas a morir niñaaa; lo que te pasa es que ya eres mujer y me puedes hacer abuela si te juntas con un niño, así que ni se te ocurra o te mato, eh –me soltó la retahíla sin dejar de blandir el cuchillo con el que mondaba una papa.

–¿Soy una mujer? ¿Yo? –balbuceé sin entender como me había acostado niña y amanecido mujer, así, milagrosamente.

–Sí, hija. ¿Es que no te ves? –añadió despreocupada mi mamá–. Ya eres más alta que tu padre y tienes las tetas más gordas que las mías. –Aquella explicación, clara como el agua, soltada a bocajarro, provocó en mí una atronadora llantera. Intenté, inútilmente, tapar mis pechos con una mano y mis bajos con la otra, esperando que la piadosa tierra me tragase en un súbito ñan-ñan. Ya no podría jugar con mi amigo Pepín a los bolindres ni a un, dos, tres, palito inglés; mi madre me mataría si me juntaba con él. ¡Pepín era un niño (prohibido)!

Enterado mi padre de la metamorfosis acaecida en la «niña chica» comenzó a mirarme de reojo, entre rencoroso y avergonzado, especialmente por lo de la altura, cosa que no me pareció extraña porque papi era muy bajito. Creo que, incluso, empezó a dudar de ser mi progenitor.

En consecuencia, en pleno curso escolar, me enviaron a Bajoguía, a casa de la tía Carmela, que, etiquetada como «solterona», se ocupaba en sus quehaceres y me ignoraba por completo. Tener toda la playa para mí sola me hizo sentir feliz, libre de amenazas y de miradas tipo «bicho raro». No había niños con los que juntarme y por tanto quedaba a salvo de convertirme en una papa monda, lironda y… frita.

Me convertí en la reina del Guadalquivir que se desmayaba agotado del largo viaje, en el inmenso Atlántico, fundiéndose con él a unos metros de la casa. Aprendí a navegar, tejer redes y pescar; de hecho, si no pescaba no comía. Cada tarde me encaramaba al malecón y, sentada a horcajadas, esperaba embelesada la hora mágica en que el sol comenzaba a mecerse entre olas de plata y oro, arrebolando el cielo que tornaba, lentamente, en azul Prusia, mientras sus rayos jugaban al escondite con el horizonte, hasta perderse en el océano, para emerger, bostezando, en el Sur del Sur.

Un atardecer nublado, el cielo se iluminó con un relámpago. Atónita, contemplé como un rayo culebreaba sobre el malecón y se dirigía, directo, a mí. Grité y no recuerdo más. Desperté en la barca de tía Carmela, que me rescató del agua, donde, al parecer, me lancé huyendo del rayo pedófilo.

Nada fue igual desde aquella aciaga tarde. Me sentí extraña, mareada. Vomitaba cada mañana y de la menarquia ni rastro. Mi vientre tomó vida propia hasta alcanzar proporciones insólitas. Un escandalalazo. Yo pasmada. Tía Carmela saltaba por la casa con las manos en la cabeza, escupiendo palabrotas entremezcladas por el nerviosismo:

–Puni ñata; me gaco en tu drema, ¿quién ha sodi…, sido? –Y salió arpón en mano a acabar con todos los marineros; con todos, para no fallar.

–¡Bocardes, cobardes, callanas! –gritaba mientras los asombrados marineros se lanzaban al mar. Aparecieron, exhaustos, en la otra banda, en la playa del Coto de Doñana, desde donde nos llegaban gestos muy feos y ecos de verbalizaciones feísimas.

Mis padres, nada más llegar, zarandearon a tía Carmela incapaz de hilvanar alguna palabra coherente; sólo neologismos y respuestas desequilibradas salían de su boca balbuceante. Mi padre también me zarandeó con los ojillos apuñalados fuera de las órbitas. Mi madre recordó lo del cuchillo y la papa.

–¡Yo te mato, eh!

Ante tal desconcierto hice lo único que podía hacer: rompí aguas. Todos enmudecieron mirando el charquito del que imaginé, con la ingenuidad propia de una niña no exenta de curiosidad, saldría un pececillo…, un pez enorme por los retortijones que hacía para salir de mi pecera.

No hizo falta sirena de ambulancia alguna para trasladarme al hospital. Toda la familia, apiñada en el seiscientos, entonó una especie de saeta interminable cuya letra se reducía a un «¡Aaaaaaaa…!» monótono e interminable que duró hasta la mismísima puerta de «Urgencias» donde yo rematé la saeta debido a que la orca asesina daba sus últimos coletazos para salir. ¡Aaayayaay, auuuu, ay!

Afortunadamente para mí, el médico llegó a tiempo de confirmar que no me había juntado con ningún niño: era virgen, tenía diez años y parí una hermosa Nenuca, que continuó la tradición familiar de entonar la saeta con notabilísima capacidad pulmonar y estilo propio manifestado en el cambio de letra y do de pecho. ¡Buuaaaa…!

Fueron consultados todos los médicos de la comarca y de la extranjería mundial. Por fin encontraron un artículo de don Santiago Ramón y Cajal, sobre la partenogénesis, en el que afirmaba: «Es posible la generación virginal en mujeres, es decir, la procreación sin padre, si intervienen elementos físicos o químicos que hagan posible la división del óvulo mediante partenogénesis». «¡El Rayo!», gritamos al unísono tía Carmela y yo. ¡El Rayo!

Más tarde, nos informaron de que, durante la guerra, una joven huyendo de un bombardeo, del susto, quedó preñada de la bomba que casi la tatúa sobre el asfalto berlinés. Nadie la creyó hasta que tras mogollón de análisis confirmaron que la niña –Mónica se llamaba la hija del bombazo– era gemela de su madre, Emmimarie Jones, con el mismo ADN, huellas, rasgos físicos; un clon. Y está lo de María. ¿Qué mujer no se quedaría preñada del susto si un palomo bajase de los Cielos para hurgarle las entretelas. En fin.

Mis padres se negaron a llevarme a mí y a mi clon con ellos. ¿Qué dirían los vecinos? Quedé en casa de tía Carmela, que me miraba como el bicho raro que era y sólo acertó a repetir tres frases durante los años que convivimos mi ya viejita tía, servidora y mi hijahermanagemela, tres frases:

1.ª ¡Al malecón ni te acerques, eh! –Sacudía, enloquecida, su blanca melena enmarañada, empuñando el oxidado arpón, mientras ceñía su bata a modo de coraza inexpugnable.

2.ª ¡Y la «niña chica» tampocooo…!

3.ª ¡El Rayo es míoooo…!

La encontramos en el malecón, hecha una momia feliz, sentada a horcajadas, esperando a su príncipe azul disfrazado de Rayo.

 

Catalina Ortega

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