El único y gran amor de Satie (Parte I). Por Francisco Arsis Caerols
   Aquí estoy de nuevo, tras un breve paréntesis, con una nueva aventura sacada de la imaginación despertada a través de mi enciclopedia particular. El dedo tropezó de lleno sobre una palabra llamada “Absenta”, que no es otra cosa que una bebida con gran contenido alcohólico, de gran parecido en el sabor al anís, pero que sin embargo carece de azúcar añadido, lo que la convierte en una bebida ligeramente más amarga.
Y como quiera que no me resulta convincente inventarme una historia sobre la absenta, mi punto de mira se ha dirigido hacia un personaje controvertido a la vez que muy interesante, llamado Erik Satie, un músico francés que vivió un fugaz amor con una mujer llamada Suzanne Valadon, la cual gozó de numerosos amantes y que fue retratada por varios pintores, entre ellos Santiago Rusiñol, Miguel Utrillo o Ramón Casas. De éste pintor precisamente encontré la fotografía que aparece aquí, en la que la propia Suzanne se halla con mirada perdida a punto de beberse una gran copa de licor de absenta, y que al parecer era su bebida favorita. Por lo visto, su fama de persona independiente, bohemia, libertina, mentirosa y bebedora empedernida nunca pasó desapercibida.

El único y gran amor de Satie (Parte I). Por Francisco Arsis Caerols

EL ÚNICO Y GRAN AMOR DE SATIE (Parte I)

Suzanne…

Dispuesto a dar el último repaso a mi vida, podría sin duda comenzar de otra forma esta última carta, al igual que he venido haciendo estos últimos tiempos con todas las demás. Pero inevitablemente el pensamiento me lleva una y otra vez a ella, nada más que ella, el único y gran amor que he tenido.

Cuando muera, alguien dará entonces con mis cartas, y a buen seguro que aquél que lo haga quedará sorprendido por esta obsesión mía con Suzanne. Y no podría ser de otra manera, por mucho que yo me empeñara en no padecer de tales sentimientos. En todas mis cartas hago referencia a ella de una forma u otra, aunque supongo que no tan intensamente como espero hacerlo aquí. Y es porque pienso que me hallo frente a una especie de testamento, donde ella obvio es que debe figurar en primer lugar.

Aquí, sentado frente a mi escritorio, no he dejado hasta este momento de contemplar el retrato que Suzanne me hizo hace ya más de treinta años, durante nuestro idílico amor, y que permanece inerte junto a mi colección de paraguas, algunas de mis cartas dirigidas a ella y nunca entregadas a su destinataria, así como los dibujos que tanto me recuerdan a aquella tormentosa aunque para nada despreciable etapa de mi vida. Por eso, quienes entren en esta casa de Arcueil tras mi cercana muerte, lo primero en que se fijarán además de lo anteriormente citado, cubierto por el polvo y la suciedad acumulada al paso de los años, será en esta cuidadosa carta, necesaria para poder dejar en paz mi pobre espíritu, ya cansado y deteriorado ante tanto errante caminar.

No quisiera limitarme, no obstante, a recordar únicamente aquellos seis benditos meses en que nuestro amor fue una realidad, pues considero que tal vez merezca la pena que el futuro lector conozca parte de la vida de Suzanne y la mía propia, tanto antes como después de nuestra relación, aunque solo sea en forma de pequeños esbozos. Creo que podré hacerlo sin resultar demasiado anodino, pero si no fuese así espero que aquellos que me lean sepan perdonarme a pesar de todo.

Los primeros años de mi vida transcurrieron en mi propio lugar de nacimiento, Honfleur, una pequeña población situada en la baja Normandía. Corría el año 1866, un año de poca relevancia dentro de la historia de Francia, como no fueran los escarceos de Napoleón III en México a la hora de apoyar la instauración de un imperio por parte de Maximiliano I, archiduque de Austria, por citar algo al respecto.

Pero cumplidos los cuatro años, mi padre decidió trasladarse al propio París, debido a un ofrecimiento de trabajo como traductor, donde conviví hasta la muerte de mi madre, acaecida en 1872. De allí pasé, en compañía de mi hermano pequeño Conrad, a residir de nuevo en Honfleur junto a mis abuelos paternos. Fue entonces cuando se produjo mi primer contacto directo con la música (no en vano mis padres pasaron gran parte de su vida componiendo), al recibir lecciones por parte de un organista ciego al que aún recuerdo con cierta nostalgia. Supongo que, de alguna manera u otra, influyó de forma determinante en mi vida, labrando las semillas de mi futuro como músico.

Sin embargo, aquella empresa duró más bien poco, pues apenas seis años más tarde, en 1878, moría mi abuela, debiendo reunirnos mi hermano Conrad y yo con nuestro padre Alfred de nuevo en París. Por aquél entonces, nuestro progenitor había decidido casarse de nuevo, esta vez con una conocida maestra de piano en los ambientes de París, y con la que se dedicó a publicar composiciones de salón. Ciertamente fue una especie de matrimonio de conveniencia, por mucho que pudiera existir amor entre ambos. Personalmente, mi pobre madrastra no me parecía más que una mediocre compositora del movimiento romántico, y nunca entendí como mi padre pudo casarse con alguien como ella.

En mi fuero interior, yo desea ser músico a toda costa, al menos emulando a mi padre, aunque este no fuese considerado como un compositor de talento. Por ello insistía de continuo en que me dejaran ingresar en el conservatorio parisino, hasta que al fin, en 1879, mi padre acabó accediendo. No podría juzgar a ciencia cierta cuales eran sus pensamientos respecto a mis posibilidades como músico, pero el caso es que poco tiempo después de mi ingreso fui rechazado por la mayor parte de mis maestros, considerando que carecía de la aptitud necesaria para ser tenido en cuenta. Aquello supuso una profunda frustración dentro de mis pequeñas aspiraciones, pero que a pesar de todo no logró abatirme finalmente. Tras dos largos años críticos, fui admitido una vez más por extraño milagro, aunque pasados tres años más, alrededor de 1885, apenas había logrado sorprender a ningún maestro, contando entre los alumnos más rezagados y poco provechosos.

Así pues, hallándome con casi veinte años y moralmente abatido, creí oportuno acceder al servicio militar, en un intento de encauzar aquella triste y precaria vida tenida hasta entonces. Pero, al cabo de unas cuantas semanas y comprendiendo que la vida militar no estaba hecha para mí, decidí abortar aquella situación tan poco satisfactoria, ingeniándomelas con gran astucia simulando repetitivas bronquitis agudas, y saliendo indemne de una forma que ni aún yo mismo soy capaz de comprender cómo pude lograrlo.

Desde entonces, mi destino comenzó a estar ligado a Montmartre. Allí conocí a grandes y queridos amigos, como Claude Debussy, Patrice Contamine o Maurice Ravel, los cuales siempre significaron mucho para mí. Aún recuerdo con infinita nostalgia las veces que nos reuníamos en el Moulin Rouge, el gran cabaret por excelencia, y nuestras posteriores correrías por el Boulevard de Clichy. Sin embargo, y a decir verdad, no fue sino en el café-cabaret Le Chat Noir donde comenzó a crecer mi labor artística. Allí construí las Gimnopedias, utilizando como fuente de inspiración uno de los poemas de Contamine, titulado Les Antiques. El encanto de aquellas antiguas danzas de guerra espartana nos fascinaba tanto a ambos, que fuimos incapaces de ignorarlas.

Durante mi etapa en el Chat Noir compartí también aficiones con innumerables artistas y bohemios, como George Auriol, Henri Rivière, Aristide Bruan, Guy de Maupassantt o el mismísmo Toulouse Lautrec. Pero mi mayor satisfacción en el cabaret llegó al convertirme durante gran parte del año 1888, en auxiliar de su pianista principal, Albert Tinchant. Y, para este servidor y desgraciado gentilhombre, poder recomendar al auditorio musical mis amadas Gimnopedias, no tenía precio. Siempre he creído que esta obra, esencialmente artística, podría figurar entre las más bellas del mundo, sin intención de coquetear con la pedantería.

También resultó gratificante durante aquella época acompañar en el piano a un talentoso cantante como lo era Vincent Hyspa, con sus divertidas y atractivas sátiras políticas. Pero no fue sino el propio Debussy quien despertó en mí la verdadera pasión por la música, a unos niveles indescriptibles. Yo sabía, ciertamente, que jamás podría alcanzar su técnica y finura musical, y así se lo hacía saber, aunque mi buen amigo me demostrase admiración mutua de continuo. Uno se rompía la cabeza con tal de sorprenderle, harto difícil de lograr, y aquello imagino que acrecentaba mi saber, si bien en una dirección que en nada se asemejaba a la musicalmente correcta. Debussy era la seriedad, la completa armonía, y yo era el contrapunto, la atonía, y sin embargo conseguía captar el interés del público, lo que hizo encaminarme hacia aquella extraña dirección que nunca supuse equivocada.

Pasado de largo el año 1890, fui llamado por la Orden de los Rosacruces para convertirme en su compositor oficial y maestro de capilla, lo cual me llenó de orgullo, cayendo invariablemente en sus manos. De esta época surgieron mis composiciones más místicas, como lo fueron Salut Drapeau o Le Fils des étoiles. Supongo que me siento incapaz de menospreciar mis logros artísticos, haciéndolos nombrar en esta especie de testamento, pero reconozco que mi particular egocentrismo nunca me ha dejado otra elección, y espero que el lector sepa comprenderme en su justa medida.

Y fue entonces, apenas dos años después, y tras entablar gran amistad con un grupo de artistas catalanes que convivían en Montmartre, Miguel Utrillo, Ramón Casas y Santiago Rusiñol, cuando la misteriosa e inigualable belleza de Suzanne Valadon se cruzó por primera vez en mi aciaga vida…

© Francisco Arsis Caerols (2007)

24-03-2007

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