Emisión endemoniada. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Emisión endemoniada

 El jet lag del vuelo transoceánico, sumado a las dos cajetillas de tabaco rubio diarias, no me ayudaban para nada en la delicada salud que desde hace unos años arrastro. La fortaleza de la que gocé en mi juventud, en estos momentos rondando la setentena de primaveras, la vitalidad otrora ha quedado en unos pocos y escondidos vestigios bajo la piel, el reflejo en el espejo me devuelve cada mañana a una persona que ya no conozco. La tos perruna tensa mi exigua musculatura, abrazando mi esqueleto de un amasijo de nervios que tensos se resisten a abandonarme. Las ojeras y la rojez de los mofletes delatan los bourbon con hielo que me apreté en pleno vuelo desde España hasta República Dominicana. No puedo disimular la agitación ya que en pocas horas, y tras un pequeño viaje por la isla, llegaré a mi último destino profesional, mi última investigación que ha de poner el broche de oro a mis años dedicado a los fenómenos paranormales, la necesidad de divulgar estos temas me ha llevado a viajar por todo el mundo, y haber presenciado cientos de experiencias que pondrían los pelos de punta al más pintado.

 Soy consciente que décadas de experiencia no me van a proteger de esta última aventura, seguramente la más peligrosa. Mientras cruzamos la Española subidos en un todo terreno, en el cual, voy bien acompañado por el chófer originario de Haití, un tipo pachón, que, al contarle el motivo de mi viaje, de inmediato le varío el semblante, su sonrisa mudó al miedo, balbuceante me hizo saber que él solo le acercaría lo que pudiera hasta aquella aldea, pero ni loco iría hasta allí, en el titubear de sus palabras empequeñeció como lo hace un bicho bola ante un contacto externo. Plantado a unos cientos de metros de la aldea de Souvenance, y tras unas milésimas de segundo que trascurrieron  entre que dejé el segundo pie en el suelo, el chófer salió como alma que lleva el diablo, quemando las ruedas con la tierra compactada del camino. Rodeándome el polvo me encendí un nuevo pitillo, y empecé a caminar hacia la tenue luz de la aldea que alumbraba mínimamente el camino bajo mis pies. Muchos años había andado para echarme atrás ahora, sin prisa, pero con el paso firme me planté en la entrada de aquella curiosa aldea.

 No había consumido aún la mitad del segundo lucky cuando una veintena de personas se acercan a mí, yo no conocía a ninguno de ellos, pero esa gente si me esperaba, aunque jamás anuncié mi llegada. Entre bailes acompañados de música de origen africano, me rodearon, y en volandas acabé frente a una hoguera que iluminaba de sombras aquella fiesta, yo había oído hablar muchas veces de aquello, era como si conociera lo que estaba sucediendo, una mezcla de euforia y pánico me invadía. Las llamas limitaban la visión tan solo unos pocos metros a su alrededor. Yo era la artista invitada, o quizás, era la carnaza de aquella noche. Varios hombres y mujeres de tez mulata pintados con cal, y vestidos con una especie de sábanas blancas disfrazaban difícilmente su negra desnudez.

 Todos danzan con fuerza a mi alrededor, sonríen y ríen a carcajadas. Marcan en círculo un perímetro en la penumbra unos seres de aspecto humano ataviados con túnicas, ellos no bailan se mantienen pétreos, al fijarme compruebo muerto de miedo que sus pies no tocan el suelo, las capuchas tapan las cabezas inclinadas, y solo les asoma la mirada en blanco de sus ojos vueltos del revés. Los danzantes revolotean a mi alrededor, hasta que en un momento aparece tras ellos un hombre mayor, vestido con una túnica de colorines, entre sus dedos sujeta un puro a medio fumar, con un paso atrás de los bailarines, se acerca a mí, me danza a pocos centímetros de mi cara, me hace gestos provocativos escondidos ante la falsa sonrisa, me enseña unos dientes recomidos entre amarillentos y negros que despiden un olor nauseabundo. Después de jugar conmigo, con gesto brusco me escupe con fuerza el humo contra mi pelo. Las cortinillas de humo blanco ascienden hacía el cielo resistiéndose a abandonar los mechones de mi cabeza, El brujo como por arte de magia saco una botella con un líquido blanco que olía a alcohol puro, y con el cual a sorbos se enjuagaba la boca y me lo escupía a la cara como un aspersor. Empecé a perder el conocimiento del tiempo, aquel griterío y el progreso en la alharaca me embriagaron por primera vez en mi vida sin beber. Pasé del entumecimiento a querer bailar, saltar, reír y disfrutar de aquella baraúnda.

 La noche parecía eterna, aquellos muchachos de blanco trajeron un pollo vivo y, entre risas, con un golpe seco le arrancaron la cabeza, le dejaron colgando de ella varios tejido sangrantes del cuello, con el cuerpo separado de la cabeza aún, el ave pestañeo varias veces y su cuerpo aleteo, el chorro de sangre nos salpicaba a todos, bailando con más violencia aún se restregaban la sangre por el cuerpo, que al mezclarse con la cal nos daba un aspecto tétrico, fue la noche más larga, tan larga que no sé cuándo acabó. Igual fue una noche, o dos, o quizás una semana, tal vez un mes, o toda una vida, juro que no lo sé, igual que tampoco sé que pasó después. Con un terrible dolor de cabeza desperté en la habitación del hotel en Santo Domingo, temblaba como una hoja soportando la peor resaca de mi vida, violentamente me martilleaba el cerebro. Me puse la bata blanca del hotel y fui al baño, vomité hasta casi echar los intestinos por la boca. Llegué a la conclusión que todo había sido una pesadilla producida por los excesos del Bourbon en cualquier bar en mi primera noche caribeña. Lo había soñado, así que ahora lo importante era recuperarme de esa terrible resaca, y prepararme para mi visita a la aldea de Haití donde iba a ser un testigo privilegiado de aquel culto importado por los esclavos procedentes de África, me había costado muchos años conseguir los contactos necesarios para contemplar el rito Vudú, qué después relataría en un especial en mi programa de radio, era la última emisión antes de mi retirada de las ondas.

 Me tomé un par de paracetamoles y salí a la terraza a fumarme otro piti, no llevaba ni dos caladas cuando al meter las manos en los bolsillos del albornoz noté algo húmedo en la punta de los dedos, al sacar la mano, y vi el color rojo de mis dedos chorreando sangre, baje de golpe la mirada y el bolsillo blanco inmaculado estaba teñido de carmesí, volví a meter la mano en el bolsillo, y al apretar su interior entre mis dedos note como una nuez húmeda que atravesaba de pánico mi mano, la saqué rápidamente, la abrí frente a los ojos, y allí estaba mirándome fijamente la cabeza del pollo del sueño de la pasada noche. Mi cerebro racional luchó en desventaja con la realidad del demonio, y perdió. La mirada del pollo, y una medio sonrisa altiva en su pico fijaron su fuerza en mis ojos, y de ahí, dominó mi voluntad. Siguiendo sus órdenes mudas me subí al alfeizar del balcón, y, a pesar del vértigo que sufro desde mi nacimiento, me lancé con fuerza a la nada, en el vacío acompañado solo por el Sol caribeño estalló mi cuerpo contra la amplia acera que a esas horas empezaba a llenarse de turistas, con los huesos hundidos unos contra otros, y la masa viscosa del cerebro revolviendo y tiñendo de rosa la sangre esparcida a mi alrededor dejé esta vida, y mi último programa por radiar permaneció eternamente escondido. Mis ojos muertos y desorbitados de miedo permanecieron clavados a los de la perversa ave.

 Aquella misma noche en la aldea de Souvenance levitaba un zombi más bajo la túnica, con los ojos vueltos del revés en el anillo del aquelarre haitiano.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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