Ana María Tomás

La televisión muestra la imagen de las calles de un pequeño pueblo; después, las de un anciano  llamando por teléfono a todos y cada uno de sus lejanos hijos: médicos, juristas, ocupados… para invitarlos a casa por Navidad. Todos justifican su imposibilidad de ir. Demasiado trabajo. El anciano queda consternado. A los pocos días, sus hijos reciben una notificación: su padre ha muerto. Apenados, doloridos, arrepentidos y enlutados, los hermanos se encuentran llegando a las proximidades de la casa familiar. Cuando abren la puerta, encuentran la mesa del comedor preparada para recibirlos llena de apetitosa comida y el anciano padre esperándolos con una amplia sonrisa. El anuncio está realizado en alemán para una conocida cadena de supermercados germanos. Y confieso que, cuando lo vi, me impactó por el mensaje tan esclarecedor que lleva de manera tan explícita: no podemos aparcar las innumerables tareas urgentes que nos llevan como una ola a una tabla de surf de otras que, sin ser tan urgentes –aunque no dejen de serlo: nuestros padres no van a estar indefinidamente con nosotros–, son muchísimo más importantes. Pero sí podemos hacerlo para enterrarlos, cuando ellos ya no se enteran.

El anuncio, que ha corrido como la pólvora, deja al descubierto una tristísima realidad: la dolorosa soledad de los ancianos a los que aparcamos en panteones vivientes cuando dejan de sernos útiles. Pero también viene a hacernos presente la importancia de la familia y no sólo en unos determinados días, aunque también, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Mi sobrino Fernando M., cuasi historiador, me envió hace unos días la transcripción de la carta de Polion, un soldado romano del s. III d. C.  que, alejado de su familia, les escribe una conmovedora misiva. Esta epístola fue descubierta por Bernard Grenfell y Arthur Hunt a finales del XIX y ahora ha sido descifrada por Grant Adamson de la Universidad de California, y me viene como anillo al dedo para poner sobre la mesa sentimientos universales que ni guerras, ni tiempo, ni nada, han conseguido empañar. El joven Polion les dice que reza día y noche para que ellos se encuentren bien; es decir, en unos momentos en los que quien está en peligro es él, su preocupación primera es que los suyos estén bien. Le angustia sobremanera no recibir noticias de los suyos. Les suplica que no lo olviden, para terminar enviando saludos para quienes tanto ama.

La carta es una joya porque muestra cómo los mismos miedos han acompañado desde siempre al hombre: miedo al dolor; miedo a perder a quienes amamos; miedo a que les sucedan cosas terribles que no podamos impedir nosotros; miedo a no ser amado, a no ser reconocido en nuestra esencia, a tener que dejar de ser nosotros mismos para ser aceptados… Miedos en soldados de ejércitos de a. C. y de d. C., miedos ancestrales reverdecidos con la soledad y el paso del tiempo.

Hasta hace unos años nos conmovía el corazón el archifamoso anuncio de «Vuelve a casa por Navidad», en donde el símil era que el hijo volvía, como el turrón, por fiestas; pero el problema es que ahora la vida le ha dado la vuelta a la cosa y ya no es «toda» la familia la que espera al «individuo» lejano, sino que es precisamente «uno solo» quien espera a toda una «familia» que siempre está demasiado ocupada como para dejar las angustiosas obligaciones en pro de lo substancial y festejar unas fechas concretas y señaladas con quienes tanto… nos aman, aunque a nosotros se nos haya olvidado amarlos.

Ahora bien, tampoco nos equivoquemos al hablar de familia, que ya ese Niño, cuyo nacimiento celebramos y que reconocemos como Dios, lo dejó bien claro en el Evangelio cuando le dijeron que su madre y sus hermanos lo esperaban fuera: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». O sea, que hay familias que son una bendición, ¡estupendo!; pero, desgraciadamente, no siempre es así o, simplemente, no se tiene una familia de sangre pero sí esa otra que nos regala el Cielo. Dicen que los amigos son la familia que la Vida te permite elegir, los que nos aman y a quienes amamos como si fueran sangre de nuestra sangre cumpliendo así el mayor de los Mandatos.

Es una pena que sea el «consumismo» quien nos haga pensar, y «sólo» por estas fechas, en nuestros mayores, en los que están solos o en los que no podrán reunir a los suyos porque siempre hay cosas más forzadas a las que acudir. Deberíamos retomar el consejo de los ascetas de tener cerca una calavera que nos recuerde que el cementerio está lleno de imprescindibles, sobre todo cuando nuestro corazón se  llena de obligaciones y se vacía de sentimientos.

Ana M.ª Tomás 

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