No eran cuentos. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

No eran cuentos

 

  En mi casa siempre cuentan que, hace mucho tiempo, dicen que muchos años han pasado ya, e incluso aseguran que todo terminó hace más de cuarenta. Relatan que ellos vivieron una España en blanco y negro, un país sumido en oscura realidad, un país en el que no se permitía la claridad, y mucho menos colorear la vida. Explican que era una sociedad reprimida por ella misma y, por quienes la gobernaban. Amarrada al «qué dirán» era una sociedad encorsetada en valores morales, bien uniformada no permitía la libertad, la igualdad, y mucho menos la diferencia.
La hipocresía legislada, protegida, y férrea, no solo perseguía, también castigaba a quién descubría. Horrorizado escucho atento el flagelo que durante décadas sufrieron los diferentes colectivos humanos. Mi madre y mis tías siempre explican la desigualdad de las mujeres de esa época. Unos seres propiedad y tutela del padre hasta que este se la entregaba al marido, ni abrir una cartilla en el banco, ni una visita al extranjero sin el permiso de uno de ellos podían. Pero según narran, aún peor lo tenían, mejor dicho, lo teníamos los homosexuales, cuatro décadas refugiados y ocultos en armarios, intentando llevar en penumbra discretas vidas paralelas. Siempre con el temor de ser descubiertos por algún vecino, por algún conocido. ¡Ay! de aquel que le sucedía, de inmediato era rechazado, señalado y caía en desgracia social. Vilipendiado, y legalmente encarcelado como si fuera un delincuente para el Estado, un peligro para sus congeneres,y antes de dar con sus huesos en el penal, había que pasar por terroríficos y vejatorios interrogatorios. Ya en la sala y ante su señoría, hábiles saben maquillar los moratones de legalidad en el tribunal de orden público, legitimando la barbarie para así condenar al amparo de la ley de vagos y maleantes. La misma ley que injustamente también recibían los pobres, los perdedores de algo más que una guerra. Hambrientos pero honrados, recién llegados a la capital, cansados huyen de la miseria, en una mano la maleta de cartón, en la otra un pedazo de papel con una dirección escrita, y en la mirada traen escondida tras las pupilas la dignidad arrancada.
Estas conversaciones las oigo desde la infancia, y aunque me las sé de memoria, no por eso dejan de fascinarme, me parece increíble que personas que están tan cerca de mi hayan vivido todo eso, y que por el destino de nacer solo unos pocos años después, yo ni siquiera lo vi, tengo la sensación de haber estado tan cerca y al tiempo tan lejos de todo aquello. Como persona educada en el respeto y la tolerancia más allá de la condición sexual de cada uno, todo ese dolor que cuentan me produce rabia y al tiempo miedo.
Son las seis de la tarde, y ya es hora de dejar toda charla e ir a cambiarme a mi habitación si no quiero llegar tarde. Enfundado en los vaqueros ajustados como un guante, simultaneando en ellos algunos rotos con manchas de lejía, y una camiseta dada de si, sin mangas, y de descolorida viveza. Una vez vestido, al despedirme y cuando ya casi salía por la puerta, mi padre me pregunto.

—¿Dónde vas hoy?

—Vamos a Murcia, que por primera vez tenemos el desfile del orgullo gay.

Le contesté con naturalidad.

— El gesto de su cara denotaba algo de preocupación, y pensé.

—Este hombre vive en el pasado.

No eran cuentos

  Ya en la plaza de la Fuensanta, la animación, el colorido, la música, en fin, la diversidad y la libertad eran extraordinarias, como nunca se había visto antes por aquí. El Sol brillaba en Murcia de una forma especial y las banderas del arcoíris ondeaban bajo el astro al son de la música. No pasaron muchos minutos de diversión cuando empezamos a oír ruidos, gritos que distorsionaban la paz del momento, presagiando que algo no iba bien. El cielo se oscureció, y fueron cayendo encima de nosotros unos gorilas al grito de «maricones de mierda» «os vamos a cortar los huevos» etc. Temblando de pánico ante aquellas bestias, me hice un ovillo en el suelo al tiempo que recibía patadas y golpes por todo el cuerpo. Los minutos se hicieron horas, se convirtieron en una eternidad mientras la policía los separaba de nosotros. Al terminar la agresión preguntábamos, intentábamos saber cómo había una manifestación nazi, una manifestación del odio, al tiempo que la nuestra de amor y respeto. Un policía con la mirada caída, avergonzado nos dijo, que tenían permiso del delegado del Gobierno para manifestarse. No había más días en el año, que tenían que autorizar nuestro día. Ahora entendía a la perfección las charlas de mi familia, entendía y había vivido en mis carnes esas charlas en un ejercicio de regresión al pasado más presente.
Llegué a casa entrada ya la noche, después de la visita a urgencias en la Arrixaca, llevaba las señales en el rostro delatando lo ocurrido, y al cruzar el comedor en penumbra, mi padre sentado en su sillón frente al televisor desvió un instante la mirada y al cruzarse con la mía, una lágrima le rodó por la mejilla, no nos hizo falta hablar nada, los dos fuimos conscientes que quizás no habíamos avanzado tanto como creíamos después de aquellos cuarenta años.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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