Fulgor y miseria del cerebro

Fulgor y miseria del cerebro

Fulgor y miseria del cerebro

  El título parafrasea una obra dramática de Bertolt Brecht, autor otrora omnipresente en la escena, hoy abandonado en ese cercado de desguaces que es en gran parte el teatro actual. Pero nada tiene que ver el contenido de esa obra con el título de este artículo, salvo la resonancia mórfica y fonética, fenómeno inesperado y automático al que casi nunca opongo resistencia. Mi intención es mostrar la perplejidad que me produce ese órgano al que los científicos más prestigiosos del mundo están dedicando su mejor esfuerzo, un empeño titánico por descubrir no sólo cómo funciona, sino para desentrañar qué es, qué hay en ese conglomerado, en esa sustancia química y biológica que hace posible el pensamiento y la conciencia.

  Quizás el error esté en la misma pregunta, pues en el universo, la mera existencia de algo no exige ningún porqué previo que lo justifique, eso es algo que construye nuestra mente y va más allá de la existencia misma. El cerebro existe, está ahí, colocado dentro de nuestra cabeza y ramificado por todo el cuerpo, especialmente en el intestino, y sabemos que gracias a él tenemos sensaciones y percepciones que acaban transformándose en imágenes, emociones y pensamientos. Y toda la vida consiste en organizar ese bullicio y agitación neuronal incesante de tal modo que actuemos de un modo eficaz para mantener la vida de todas las células de nuestro cuerpo y su constante renovación.

  El cerebro es capaz de construir una imagen de todo cuanto existe, o sea, convertir la actividad celular y neuronal en mente, creando una representación, una simulación y una sustitución virtual del mundo, gracias a la cual podemos anticipar los hechos y los cambios de nuestro entorno y acomodar nuestra conducta a ellos. Este es el fulgor del cerebro: la capacidad de iluminar la realidad, sentirla y percibirla. Pero más allá del automatismo con que la vida afirma y asegura su existencia a través de la mente, lo más inexplicable es que hay algo más, y es la conciencia que esa mente (ese cuerpo) tiene de sí misma como un todo al que llama “yo”, entidad a la que atribuye cuanto hace, ve, piensa, siente y padece.

  Más allá de la mente, aparece la conciencia, ese darse cuenta de sí mismo, ese percibirse a sí mismo dentro del mundo pero como algo separado de él. Nuestra “miseria” (en el sentido de pobreza), la miseria de nuestro cerebro nace de la limitación de nuestra conciencia. El yo es tímido, está siempre al acecho y le teme a la muerte, a su propia desaparición. La conciencia, en cambio, es el intento de liberarse del yo, acceder a la percepción pura, el observar sin el filtro de la mente todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos.

  La observación de sí mismo comienza al darnos cuenta de qué estamos pensando, qué es lo que está trajinando, haciendo y deshaciendo nuestra mente. Todos sabemos lo difícil que es atrapar los pensamientos. La mente es siempre nebulosa, flotante, y sólo gracias al lenguaje esos efluvios neuronales se convierten en pensamiento. El pensamiento, gracias a la escritura, puede, a su vez, adquirir una realidad objetiva, fuera de nuestro cerebro. Por eso la buena escritura, la buena literatura, es siempre fulgor, resplandor que nos saca del sopor y el aturdimiento mental.

  Llego a donde quería llegar: nada más importante que el pensar consciente, el desarrollar la capacidad fulgurante del cerebro. ¿Para qué? Para ser felices o, al menos, para ser un poco menos infelices de lo que la mayoría (la mayor parte del tiempo) lo somos. Feliz es quien es consciente de lo que piensa y lo que siente, quien se da cuenta de cómo lo que piensa determina lo que siente y así deja de estar enganchado a pensamientos automáticos, inútiles, anticipaciones paralizantes, rumiaciones tóxicas, miedos, evasiones y proyecciones fantasiosas. En su lugar, enfoca toda su atención en observar, percibir y admirar todo cuanto sucede a su alrededor.

 

Santiago Trancón

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