cena previa

         Para mí comer es un placer, siempre lo ha sido. Vivir en una sociedad de saciados permanentes te permite disfrutar de la comida. Pero no todos los que no ansían desesperadamente un mendrugo de pan saben apreciar lo que comen. Limitar lo que nos metemos en la boca a pura necesidad, cuando ya no lo es, me parece un sacrilegio. Algo similar pasa con el sexo. Si uno sólo lo considera un alivio de su urgencia puede convertirse en poco más que una violación.

         He podido comprobar que una cena previa al placer bajo las sábanas es un esbozo de lo que después entre ellas ocurre. La manera en que hacemos parte de nosotros  unos alimentos preparados para el deleite de nuestro paladar guarda una estrecha relación con cómo gestionamos nuestros encuentros más íntimos.

         Todavía recuerdo una cena en la que, mi posible e inminente adán de juegos sexuales, pretendía mezclar el Ribera del Duero con gaseosa. No lo permití, por supuesto, pero no pude impedir que pasara de los entrantes y atacara directamente al chuletón de Ávila que, más que comer, engullía. Mientras observaba aquella barbaridad temía que me tragara a mí, en el escenario posterior, sin saborearme siquiera. Tampoco pidió postre ni café, quizá pensó en no aumentar la cuenta demasiado.

         A pesar de aquella cena desastrosa decidí darle una oportunidad. Por aquel entonces el concepto de la relación entre la comida y el sexo no era más que una hipótesis pendiente de ser confirmada, debía comprobar su validez o su error. Después de aquella noche me quedaron pocas dudas.

          Me abordó de la misma manera en que había abordado el menú. Se saltó los preliminares y pretendía penetrarme sin hacer ningún  esfuerzo por encontrar en mi piel las llaves que daban acceso a mí más profunda intimidad.

         Antes de que me violara; sí, me violara, literalmente, fingí una indisposición. Me encerré en el cuarto de baño y esperé que su urgencia se calmara. Cuando salí se había dormido. Quizá pensó que no poder follarme como había engullido la comida no tenía demasiado interés.

         Mi memoria se des-traumatizó, un tiempo después, gracias a una cena, aun insuperable, con  otro posible candidato a compartir el templo del placer conmigo. Se llamaba Flavio. Todavía me estremezco al pronunciar su nombre.

         En el restaurante, Flavio me introdujo en un mundo de sensualidad que comenzó con la elección del vino, que él  realizaba  en primer lugar.

         -¿Qué prefieres, un cabernet  o  un tempranillo? Los dos son excelentes.

         -Pues…no sé, elige tú, seguro que será una buena opción.

         -No, no puedes quedarte al margen. Te lo diré de otra manera (me acarició con sus ojos azules antes de hacerlo con sus palabras). El cabernet es un bosque en otoño y el tempranillo un jardín en primavera. ¿Dónde quieres ir?

         Me estaba pidiendo que eligiera el escenario que iba a ser cómplice del despliegue de sensaciones que se adivinaban. Yo no sabía si quería un bosque o un jardín, creo que deseaba los dos con tal que él estuviera en ellos. Al final elegí el tibio sol de otoño y sacrifiqué el estallido de la primavera.

         -Buena elección, -se limitó a decir, pero me miró como si hubiese desentrañado el primer enigma: cómo debía hacerme el amor-.

         El resto del menú fue seleccionado por ambos, pero era él quien me conducía para armonizar mis preferencias con el ambiente otoñal al que fui transportada tras el primer sorbo de vino.

         Con los seis mini canapés que nos sirvieron como entrantes me invitó a participar en un juego. Flavio elegía uno, lo acercaba a mi boca, lo introducía rozando distraídamente sus dedos con mis labios; yo lo saboreaba lentamente y pronunciaba después una palabra que lo describiera. Luego era mi turno, elegía uno para él y… así hasta que desaparecieron. Estuve tentada de pedir otra ración, pero dejé que la cena siguiera su curso por miedo a que mi intervención pudiese estropearla.

         El plato principal estaba compuesto de los mismos ingredientes para los dos: solomillo de ternera con crema de castañas. Lo disfrutamos en silencio, intercambiando gestos cómplices y miradas llenas de deseo, nutrido en cada bocado, en cada sorbo.

         El postre fue dulce y compartido, una variedad de trocitos de diferentes tartas. Nuestras manos se encontraban hasta acariciarse cuando, con o sin intención, introducíamos nuestras cucharillas en el mismo territorio. Pero eso sólo evidenciaba el roce de nuestras piernas que el mantel escondía.

         Me invitó a tomar el café en su casa de soltero empedernido. En el restaurante estaba prohibido fumar y, además, él podía ofrecerme una gran variedad de sabores a elegir con o sin cafeína del aromático líquido negro. Así que pagó la cuenta y acompañados por esas fútiles razones nos dirigimos al picadero, al menos eso es lo que yo esperaba encontrarme.

         Pero su casa era realmente acogedora, nada más lejos de un espacio preparado intencionadamente para el sexo ocasional. Se adivinaba la mano invisible de una mujer en la disposición de los elementos. No pregunté, aunque imaginé que podría ser su madre o su hermana.

         Mientras tomábamos un exprés  acompañado de algún que otro cigarrillo, me preguntaba si lo que estaba a punto de suceder superaría la experiencia en el restaurante. No tardé mucho en comprobar que aquello sólo había sido un ensayo.

          Flavio me hizo el amor como si fuera la quinta vez. Apenas tuvo que indagar cuáles eran mis zonas más sensibles, la forma de las caricias o el ritmo del placentero vaivén. Yo tenía que ir adivinando las suyas, pero la seguridad con que se adueñaba de mi cuerpo, dirigía acertadamente mi intuición. Fue una noche larga en la que alternamos tibias conversaciones con gemidos de placer.

         Al día siguiente estábamos agotados. Después de desayunar, me marché preguntándome si habíamos quemado todos los cartuchos en una sola noche.

         No fue así, hubo más cenas y más sexo a la caída del sol. Los encuentros seguían siendo ocasionales, quizá por eso no decrecía su intensidad. Pero, un día, me atrapó la tendencia, no sé si natural o impuesta por la cultura, de convertir el buen sexo en amor exclusivo. Eso lo estropeó todo, y me quedé tan sólo con el recuerdo, en el que me refugio de vez en cuando. Espero que mi memoria no se traicione a sí misma y deje entrar al olvido.

María Expósito 2011.

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La cena previa. Por María Expósito, 5.3 out of 10 based on 6 ratings
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