La lluvia

La lluvia. Por Usue Mendaza

 

Si quienes gobiernan, no han aprendido a conocerse, mal podrán gobernar. Para gobernar, es preciso saber qué somos o qué estamos siendo. CHANTAL MAILLARD.

Oh !! lluvia franciscana que llevas a tus gotas // almas de fuentes claras y humildes manantiales. // Cuando sobre los campos desciendes lentamente// las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

FEDERICO GARCÍA LORCA

Nunca llueve a gusto de todos.

REFRANERO POPULAR

 

   El “objeto estético” en el que se adentra con fina maestría la filósofa, escritora y poeta Chantal Maillard, no deja de ser una reivindicación, optimista, coherente y razonada de los exigentes parámetros y valores que nos exigen los nuevos sistemas educativos, políticos y de comunicación. En definitiva, lo que nos exigirá el futuro que ya está siendo presente. Poner, como pone Chantal, en tela de juicio la razón vital de Ortega y Gasset o la razón estética de la mismísima María Zambrano o la sentiente de Zubiri, no es un asunto baladí sino una profusa tarea de valientes, como lo es Chantal, ya avalada por premios como el Nacional de Poesía por “Matar a Platón” o por el premio de la Crítica en 2007.
Cuando hablamos de “objeto” y además estético, hemos de referirnos y sin tapujos, primero a una actitud estética, y con ella a una mirada, a un gesto o a una percepción. Todo se percibe en base a una manera de estar en el mundo o de mirar. En tanto en cuanto estas alusiones a la actitud, al gesto o a la mirada no son caprichosas por sí mismas, aludiremos, aunque esta vez sí que caprichosamente, a este fenómeno que nos proporciona la Naturaleza y que se repite de forma cotidiana o no: la lluvia, ésta que hace florecer los campos, ésta que cumple con su proceso de vida natural, ésta que ha servido de alusión a muchos artistas, directores de películas y poetas. Quién no recuerda a Fred Astaire danzando con su paraguas bajo su tintineo. O a Lorca por ejemplo, cuando en su poema LLUVIA, la llamaba “franciscana”. Seguramente que Federico la viviese con una aureola especial, como si de un beso profundo del agua con la tierra se tratara y de ésta naciera fecunda su gloria.

   ¿Y si fuéramos más allá?. ¿Y si preguntáramos a un terrateniente andaluz, pongamos que coetáneo de Lorca, qué piensa de los daños materiales que le han producido las fuertes lluvias en sus tierras? No le hablemos entonces del candor en el aire, ni de los abrazos de gotas en los ramajes que ven pasar la vida. Tampoco del misterio de un hecho primitivo que vuelve a realizarse ni de los ojos de infinito y de diamante que miran al cielo turbio que les sirvió de madre. La “verdad” no es la misma verdad para Lorca que para el dueño de un gran latifundio echado a perder. Son verdades diferentes porque ambos perciben el hecho (estético o no), de forma arbitrariamente contraria y desde prismas antitéticos al Otro.
Nuestra verdad aquí es el hecho de que un breve coqueteo o experimento con el objeto en cuestión, no pretenda avalar ninguna teoría, ni convencer, ni mucho menos servir como un asunto moral o ejemplificante. Todo lo contrario. Pero en la medida en que conozcamos no sólo nuestra verdad sino las verdades de los Otros, podremos reconocerlas como tales y entonces seremos capaces, en un escenario cada vez más difícil pero no por ello menos esperanzador, de hablar de un entendimiento mutuo.

Usue mendaza

La lluvia. Por Usue Mendaza

 

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