La pasión de Lola B., según una madre trabajadora. Por Amelia Pérez de Villar

La pasión de Lola B.,

La última estupidez revestida de no sé si ley, propuesta, iniciativa o qué historia en materia de avance social –¿debería entrecomillarlo?– es este engendro que ha puesto en marcha Cantabria para que los niños tengan dos meses de clase y una semana de descanso. En un país que no tiene ni idea de lo que es la conciliación familiar ni cómo se escribe, donde la inmensa mayoría de las empresas son medianas o pequeñas (algunas, francamente pequeñas, con menos de cinco empleados) y en cuyos directivos provoca urticaria la mera mención del teletrabajo, porque no todas son Repsol o Mapfre.

Escribí La pasión de Lola B., que acaba de publicarse con el título de El pulso de la desmesura, en un momento de mi vida en el que no podía trabajar. Y no era porque no tuviera trabajo: era porque no podía mantenerlo. Llevaba nueve años dando tumbos, desde que nació mi hijo mayor. No me concedieron una guardería pública porque entendían que, «siendo autónomos ambos componentes de la pareja, podíamos perfectamente turnarnos para el cuidado del niño». Nadie pensó que el trabajo que desempeñaba el padre componente entrañaba viajes continuos y horarios de espectáculo, que lo son todo menos compatibles con el cuidado de un niño precisamente porque coinciden al ciento por ciento con las horas de ocio. Para ese ente informe que se llama Estado, o gobierno, o comunidad autónoma, poco o nada importaba que en esta familia tampoco hubiera abuelos de esos a los que una vez al año homenajean porque son tan importantes y necesarios para hacerse cargo, gratuitamente, del cuidado de los nietos mientras los padres trabajan. Los campamentos de verano públicos funcionan –o lo hacían entonces– sólo en julio, porque según quien los organiza TODO el mundo está, en agosto, de vacaciones pagadas. Pero en el colegio hay vacaciones también en julio, casi medio junio, casi medio septiembre, unos veinte días en diciembre y otros diez en Semana Santa. Así las cosas, aunque los dos componentes de la pareja se queden sin su mes de vacaciones para cuidar de los hijos por turnos, o las cuentas no salen o las empresas no les dan días libres en los momentos en que los colegios los imponen.

Me pregunto qué harán esos padres que están, como yo estuve un día, en situación de desamparo total. Padres que, una gran mayoría, serán autónomos –muchos habrán optado por el autoempleo, precisamente, para poder cuidar de sus hijos– o tendrán una pequeña empresa propia, familiar, trabajarán en el campo seguramente o, para su desdicha, serán empleados en el sector servicios, chez un empresario que lo que quiere no es tener un trabajador que saque adelante la tarea, sino un monigote que ocupe una silla durante ocho horas diarias porque en este país, señores, se sigue pagando en «horas nalga», como dicen en Méjico: no para que se trabaje sino para que se caliente la silla.

Después de pasar por todo eso, por la angustia de la falta de guardería, de trabajar en casa con el bebé durmiendo menos horas a medida que se hacía grande, de buscar un campamento para julio, cuatro semanas, cuando yo, como mucho, sólo tendría tres, de aceptar puestos por cantidades míseras a cambio de tener un horario de 9 a 3 para poder hacerme cargo de mis hijos por la tarde… después de eso recalé en una revista en la que acabaron por ofrecerme un puesto de subdirección. No pude aceptarlo, porque, aparte de la dedicación que requería, me obligaba a viajar. Lo dejé y volví a casa, rebajada de empleo y sueldo, a una casa muy bonita y a cuidar de una familia maravillosa, sí, pero yo no me había preparado para eso. Eso no era lo que quería hacer o, al menos, no sólo eso. Mi vida, mi vida de ser humano, no de mujer, tenía más facetas. Ahora, cuando la gente lee la historia de Lola B. y no entiende de dónde sale tanta dureza, tanto abandono, tanta soledad y tanta frustración, cuando intento explicarles lo que se siente cuando uno se ve encerrado en una jaula invisible, tras unos barrotes tejidos con unas circunstancias contra las que luché y me rebelé, oigo esta noticia y me veo regresando a aquella época. No hemos avanzado nada. El cuidado de los hijos, los ancianos y los enfermos sigue regresando a las mujeres, y las autoridades se siguen escudando en que la conciliación es cosa de la familia y la pareja, pero no es cierto: eso no es más que lo que les permite desmantelar un conglomerado de prestaciones que sí redundaban en algunos casos en que redundaron antes de que se los cargaran, como la Ley de Dependencia, o redundarían, si existieran, como el establecimiento obligatorio de unos horarios de trabajo y de escuela realmente compatibles, en el bienestar y el progreso social. Ahora hay en marcha un movimiento subterráneo, mucho más sutil que la prohibición y la represión, y del todo invisible. Es una corriente de agua podrida que va minando los cimientos de una sociedad que nunca llegó a madurar. No todas las parejas están en condiciones de compartir la crianza, por razón de la actividad que desempeñan, y no todas están en situación de pagar por una ayuda doméstica. Yo opté por volver a casa y vivir con lo justo porque no quería abandonar a mis hijos. Hay quien está peor que yo, porque si vuelve a casa y deja de trabajar no tiene ni siquiera lo justo para vivir. Vean que no estoy hablando de rechazar puestos de responsabilidad, así que no me vengan con lo de los techos de cristal ni de titanio, porque no me vale. Esto, en un país donde la formación de los niños –salvo en instituciones muy exclusivas– está regresando a cotas de antes de la guerra civil, donde cada vez salen peor preparados, más incultos, más taciturnos, violentos y proclives a un ocio embrutecedor. Como siempre, en lugar de atacar el problema de raíz y propiciar una situación donde cada cual pueda hacer su parte nos gastamos montones en proyectos que son mucho más vistosos, como los programas y las campañas escolares para que no haya violencia doméstica o consumo de alcohol y drogas. Pero yo, que vengo contemplando esta progresión desde hace casi veinte años y que soy una optimista bien informada, me veo como estuvieron nuestras madres: sin cartilla del banco porque el único que puede manejarla es el marido. O tal vez esto no… al menos mientras los bancos necesiten clientela para seguir alimentando sus órganos hipertrofiados.

Amelia Pérez de Villar

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