langostas

Langostas

 

I

Una noche Roberto sueña con enormes langostas. Decenas de ellas tratan de subir por su pierna. Su adicción  a las drogas le está causando severos problemas con Eva, quien a cada momento le cuestiona si le es infiel. De cierta manera él entiende la situación. Está consciente de que por mucho tiempo la ha descuidado.  Ella le  recrimina que carece de carácter para negarse a drogas. Y quizá tiene razón. A la primera excusa Roberto corre a refugiarse en la cocaína y en cualquiera mujer.  Encima de todo se encuentra en medio de una crisis literaria. Tiene más de tres meses sin poder escribir una cuartilla decente. La idea de publicar un segundo libro está cada vez más lejana. Se dedica solamente a revisar y corregir los textos que ya se han publicados.

Se ha hecho amigo de una bella mujer que lo tiene trastornado. Sus pocos amigos se han alejado de él porque de alguna manera se ha convertido en un sujeto pedante y engreído. Más de uno acude diariamente (a sus espaldas, claro) a  la casa  de su mujer a contar toda clase de chismes.

Decide entonces acudir con su terapeuta. A la tercera sesión, después de vaciarle la cartera, le receta más antidepresivos  y recomienda que tome unas vacaciones, “le sentarán bien”.

De esta forma, Roberto prepara una maleta y avisa a Eva que no le espere por algunas semanas.  Compra un boleto de avión hacia la Ciudad de México.

Roberto ha nacido en la Ciudad de México, pero desde pequeño emigró al norte del país. Después de muchos años de ausencia, la Ciudad se ha convertido en un enorme y bello monstruo de mil rostros. Le gusta como es: amplia y confortable, siniestra y promiscua.

A su arribo no puede dejar de experimentar un doble sentimiento: por un parte le fascinaba la idea de regresar a la ciudad de su infancia. Por la otra, piensa que ha sido mala idea no enfrentar las cosas como son. ¿Pero en realidad cómo son? Pensando en esto se sumerge en interminables diálogos internos.

Se instala en un hotel de Avenida Reforma y busca en su libreta de contactos la dirección de los parientes más cercanos. Casualmente encuentra el teléfono de un amigo de la infancia, Gonzalo, quien le contesta la llamada con mucho entusiasmo, como si estuviera esperando desde hace mucho su llamada. Su amigo lo invita a un café de la calle Bucareli. Dice recordar con mucha alegría el colegio en donde estudiaron. Recuerda con mucha precisión a todos los compañeros de la generación, a ciertos amigos en común, a ciertos maestros, reuniones y fiestas, de tal forma que con el paso del tiempo y las copas, empiezan a estrechar los vínculos que el tiempo había separado. En algún momento de la plática, Roberto  menciona que solo estará en la Ciudad de México unos días. Tiene una esposa  y unos niños que le espera en un lugar que se encuentra a mil doscientos kilómetros de distancia. Su amigo contesta que de ninguna manera permitirá que se vaya, que considere el piso en donde vive (que también está en Avenida Reforma) como suyo. De esta manera empiezan a vivir juntos.

II

Por las mañanas Roberto despierta temprano para practicar ejercicio. Le encantaba correr por Reforma, el Monumento a la Revolución o Los Viveros de Coyoacán. Le gusta correr, remar y andar en bicicleta.

Una tarde, mientras regresa del Lago de Chapultepec, se encuentra con una sorpresa: Gonzalo le avisa que uno de sus tíos ha tenido un accidente. Se ha caído de un caballo y se encuentra grave, los médicos le dan pocas esperanzas de vida. Gonzalo le pide a Roberto que le acompañe. Si el tío fallece habrá que hacer muchos trámites. La noticia  sorprende a Roberto, quien se encuentra muy a gusto en el confort del piso de avenida Reforma. De súbito la situación se complica.  Sin embargo le dice a Gonzalo que cuente con él, que le acompañará en esa situación con mucho gusto. Así que nuevamente toma algunas prendas,  y parte esa misma noche en el auto de Gonzalo al estado de Morelos.

La casa es amplia. En otro tiempo fue una famosa hacienda. El tío de Gonzalo en otro tiempo se dedicó a monopolizar la industria cañera en la zona. Esa noche Roberto no puede conciliar el sueño.

III

En la entrada de la casa encuentra a un hombre alto y fornido que dice ser el enfermero del tío. Es un hombre maduro de rasgos serios, que le recibe de manera amable pero parca, le  agradece que se encuentre al lado del enfermo, en los últimos días ha recibido pocas visitas. También le dice que no se preocupe, él se hará cargo de todos los cuidados. Gonzalo, se acerca y entre bromas le pregunta si conoce algún lugar en el pueblo donde puedan divertirse. El enfermero parece no entender.  Roberto precisa que si conoce un bar o una cantina. El enfermero permanece serio, parecería que se va a retirar sin responder la pregunta, pero proporciona una dirección. Es un lugar seguro, aunque en estos lugares hay pocas cosas seguras, dice. Esa noche Roberto y Gonzalo no salen de la casa.

Roberto duerme plácidamente, se despierta muy temprano y de buenas. Tratando de hacer el menor ruido posible, se baña, se pone ropa deportiva y abandona la casa. En la puerta no encuentra a nadie. La casa, en realidad la hacienda, se encuentra sola. Una calle baja directo al pueblo. En el parque del pueblo Roberto encuentra  a un anciano alquilando bicicletas. Roberto alquila una y comienza a pedalear alejándose del pueblo por un largo camino que lo lleva a recorrer los alrededores de la hacienda. La vista es maravillosa, amplias hectáreas de trigo y maíz, las espigas de los sembradíos le dan un tono dorado al amanecer. El recorrido alrededor de la hacienda le toma una hora.

El trayecto que hace le parece sumamente agradable, hace mucho que no experimentaba una sensación de calma y tranquilidad como esta. Poco antes de llegar a donde termina el camino, deja de pedalear, se baja de la bicicleta y camina alejándose  gradualmente de la hacienda que ya no se ve. Regresa. Encuentra a Gonzalo que ha terminado de desayunar. Los siguientes días Gonzalo y Roberto pasean varias veces por el pueblo, se detienen en diversos estanquillos a beber cerveza.  Paralelamente la salud del tío empieza a mejorar. Extrañamente, ellos aún no lo pueden ver, el enfermero se los impide. Argumenta que no deben preocuparse, que el paciente está mejorando. Los reportes médicos son alentadores, a este paso en un par de semanas podrían darlo de alta.

Una noche, Gonzalo le dice a Roberto que está cansado de la tranquilidad pasmosa (así le dice, pasmosa) de esa enorme casa. Le propone salir a visitar el pueblo de noche, visitar un bar. Roberto medita un momento, le dice que está cansado. Esa noche se queda en su habitación y lee toda la noche.

En la madrugada se levanta y se va a la estancia de la casa a continuar su lectura. La casa también es limpia. Desde la estancia observa la escalera que lleva al cuarto del enfermo. Se pregunta qué pasaría si entrara en la habitación a conocer al enfermo, pero no lo hace. En la sala de la casa Roberto se dedica a observar los cuadros que cuelgan de la pared: Villalpando, Correa e Ibarra, los pintores del barroco en México. Se detiene particularmente en un cuadro llamado “Diluvio”.

De pronto alguien pasa por la estancia hacia la cocina. Es una figura femenina que toma asiento en una de las sillas de la espaciosa cocina. En la mano lleva una taza de café.

IV

La mujer se levanta y camina en dirección a la estancia en donde está Roberto, a mitad del pasillo se detiene, como si se le hubiera olvidado algo. Roberto la observa. La mujer lleva un vestido blanco pegado, con un bello escote que deja entrever una figura delicada. Roberto piensa que la mujer subirá a la habitación del enfermo, pero ella no se mueve, una de sus manos está apoyada en el barandal, la mirada hacia el piso. Entonces Roberto se levanta, deja el libro y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar el rostro de la mujer. Es una mujer de unos treinta años, podría tener menos. Es morena y cuando Roberto se le aproxima levanta la mirada del piso y le brinda una enorme sonrisa. Hola, dice ella, un tanto sorprendida. Hola, dice Roberto ¿Te puedo ayudar en algo?

Estaba recordando, dice la mujer sin dejar de sonreírle. Roberto piensa un instante en lo que la mujer le acaba de decir. Sin saber por qué percibe en las palabras de la mujer rasgos de temor. Sin embargo no hace ningún movimiento y entonces la mujer se presenta, le dice que es Vanessa, novia de Gonzalo, que acaba de llegar a la Hacienda y que buscaba conciliar el sueño. Tú  debes ser Roberto, el amigo de Gonzalo. Él afirma con la cabeza. Es un gusto conocerte dice la mujer, déjame decirte que creía que eras mayor. Parece haber recobrado la confianza. En ese momento él mira hacia el cuarto de Gonzalo y se da cuenta de que la luz está encendida. En el marco de la puerta, de manera casi escondida, ve la silueta de su amigo que los está mirando sin decir nada, en silencio. De inicio, no sabe qué pensar, la situación llega a parecerle bochornosa: él platicando con la novia de su amigo, y su amigo en la parte de arriba, espiándolos. Roberto inclina el cuerpo hacia atrás y Gonzalo se introduce en su cuarto.

¿Del norte? dice la mujer. Roberto la mira. Tú debes ser del norte. Ah, sí, claro, responde Roberto. La mujer le da las buenas noches, le dice que fue un placer conocerlo y sube apresuradamente por la escalera al cuarto de Gonzalo.

Al siguiente día Roberto se levanta y busca a Gonzalo. Lo encuentra completamente borracho, sentado en la sala. Por un momento se pregunta en dónde en encuentra la hermosa novia. Después se dice a sí mismo que realmente no es asunto que debiera importarle y se dirige a la cocina, en donde encuentra a Vanessa preparando el desayuno. Ella le ofrece café, parece estar de muy buen humor.  Roberto lo nota y le empieza a contar ampliamente de su época de escolar, de los  amigos que formaban la palomilla, sin embargo, en pocos momentos de la plática hace referencia a Gonzalo, como si en esa época, Gonzalo fuera un personaje no digamos secundario, sino algo más alejado, más que un personaje, una sombra. En determinado momento de la plática (y aquí está la clave) Roberto recuerda  a Gonzalo como un niño taciturno, un pichón a merced de los lobos en las aulas del colegio. Quién iba a pensar que se iba a convertir en un tipo de tanto éxito. De pronto, sin saber cómo, Roberto recuerda que siendo niño en más de una ocasión hizo a Gonzalo blanco de sus burlas. Pero, bueno, fue en la etapa de escolares, piensa. Instintivamente siente remordimiento. Esa tarde Roberto la pasa acompañado de la novia de Gonzalo, quien se excusa diciendo que tiene un fuerte dolor de cabeza.

V

Gonzalo le invita a hacer un recorrido a caballo por toda la hacienda. Le dice que algunas reses se han perdido, que es necesario que alguien investigue lo que está sucediendo. Además será placentero llegar al río que suministra de agua a la Hacienda. De inicio Roberto se niega, deberías ir con Vanesa, le dice. Gonzalo insiste, le dice que a Vanessa le desagrada montar. Roberto acepta.

El recorrido es, en efecto, placentero, la hacienda además del río cuenta con varias hectáreas en árboles frutales. Una cuadrilla de caballos pura sangre y miles de cabezas de ganado. En determinado momento llegan a una casa de madera que es habitada por un hombre que se dice ser el administrador. Es un hombre alto y fornido. Lo encuentran afilando un machete y no se levanta a saludar hasta que termina su tarea. El hombre pregunta qué les ha parecido la hacienda. Sin saber de qué manera, Roberto se encuentra de pronto caminando con ambos hasta llegar a una improvisada cantina con mesas y sillas polvorientas. El administrador saca una botella de tequila y empiezan a hablar. El lugar está oscuro y desordenado, hay otras dos mesas que están vacías. En el clandestino lugar también se encuentra un anciano que los saluda con gesto complaciente. En una plática intrascendente transcurre el tiempo hasta que Roberto se da cuenta de que está completamente borracho. Observa que Gonzalo está bailando con una mujer muy joven al tiempo que muestra (haciendo mucho alarde) decenas de billetes de su cartera que bien podrían ser dólares. Cada que saca a bailar a la mujer le entrega un par de billetes. A la mesa llegan dos mujeres más, una es delgada y morena, la otra es blanca y tiene grandes pechos. Lo invitan a bailar, dicen que no se preocupe que su amigo ha pagado por adelantado. Roberto ve a Gonzalo que desaparece por un pasillo en compañía de la mujer con la que estaba bailando. Después de varios minutos, Gonzalo regresa a la mesa, parece que está igual o más  borracho. Una de las mujeres toma de la mano a Roberto y lo saca a bailar, es la mujer delgada y morena que toma las manos de Roberto y las coloca en sus senos, así bailan una melodía que a Roberto le parece tristísima. Cuando termina, la mujer lo conduce a una habitación (la misma en donde estuvo Gonzalo) en donde hay una cama y una silla. La mujer se desnuda,  se sube encima de Roberto. Mientras la mujer termina, un gato se acerca a la cama. La mujer, que ha permanecido desnuda, toma al gato lo acaricia y después lo avienta suavemente hacia una silla. La mujer sale de la habitación. Cuando Roberto logra vestirse y regresa a la mesa, Gonzalo lo espera de pie. Vámonos, le dice, Roberto lo mira a los ojos y descubre que está llorando. Montan dificultosamente los caballos y emprenden el regreso a la casa. Los recibe Vanessa.

Mientras mira por la ventana, Roberto piensa que Vanessa es demasiado bella para Gonzalo. Luego regresa a la cama y toma un libro, no tarda en darse cuenta de que esa noche volverá a soñar con langostas. A partir de este momento presiente algo malo. Las siguientes horas sin embargo transcurren en medio de la quietud. A la siguiente noche Gonzalo se ausenta con motivo de una fiesta, le dice que no llegara a dormir y que si quiere ahí está Vanessa. “Ahí está Vanessa”, se queda pensando Roberto, repasando el sentido de esas tres palabras. A mitad de la noche, mientras Roberto duerme, un cuerpo de mujer se introduce en el cuarto de Roberto, es Vanessa que está completamente desnuda.

langostas

 VI

Al siguiente día el administrador se presenta a la casa para hablar con Gonzalo. Roberto se da cuenta de que el administrador está completamente borracho. Gonzalo también lo nota pero sin embargo le invita a pasar a la sala en donde empiezan a platicar. En determinado momento Roberto cree descubrir que ambos se secretean y que él es el objeto de la conversación. Siente un extraño presentimiento y piensa encerrarse en su cuarto para leer y descansar, cuando de repente alguien sorpresivamente se le acerca por la espalda y le da un golpe en la nuca, en la espalda, en la cabeza. Roberto cae desmayado. Cuando despierta, se encuentra en el interior de un pequeño cuarto. Está sentado en una silla, sin zapatos y con un pañuelo en la boca, las manos las tiene amarradas con una cuerda y junto a él se encuentra el administrador y otras dos personas: el enfermero del tío y (¡oh, sorpresa!) el propio tío, quien inexplicablemente está de pie y sonriendo. Gonzalo se acerca por la espalda y le dice al oído, en voz baja: Hola Roberto, estamos  a punto de matarte. Roberto le mira aterrado, su corazón empieza a latir apresuradamente, trata inútilmente de quitarse las cuerdas que atan sus manos. Entonces Gonzalo le recuerda de las burlas en el colegio, los chistes a sus costillas y  los apodos. Le recuerda también de aquella fiesta de graduación, en la que varios de sus compañeros (encabezados por Roberto) lo amarraron y escondieron en el baño de la escuela hasta el siguiente día. Pero eso ya no volverá a ocurrir, porque tú ya no vas a estar con nosotros. Ahora Gonzalo ríe a carcajadas, mientras le explica que todo fue rigurosamente planeado, incluso la noche con Vanessa. Tenía que incrementar los motivos para acabar contigo ¿No crees, amigo? Pero Roberto ya no lo escucha, quiere concentrarse en pensar que nada de lo que está pasando es cierto, que todo es un mal sueño, que finalmente es mucho mejor soñar con langostas, con miles de ellas, después de todo nadie debería de tener miedo a esos horrendos bichitos.

Agustín Azcona Hernández

Noviembre 2018

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