MADRUGADA. Por Doctorv

 

MADRUGADA

 

Las seis.

Hace frío, pero no importa; las llaves cobran vida en mis manos, que se niegan a abrir la puerta del coche; tras uno o dos intentos y tras caer al suelo, las recojo maldiciendo y logro por fin abrir la puerta; si hubiera comprado un coche con mando a distancia, hubiese acabado antes; pero qué estupidez, eso qué importa.

No es nada, sé que no es nada. Arranco con las manos entumecidas, golpeo el coche trasero, y también el delantero —los cabrones éstos me han encajonado otra vez—; qué más da; cuando me doy cuenta estoy tres calles más abajo, precisamente en la dirección contraria a la que pretendo ir.

Las cinco.

Dejo el vaso en una mesa, no puedo más; tengo el estómago hecho polvo, salgo a fumar un cigarro a la puerta, ¡con el frío que hace!, uff, tengo que beber menos los fines de semana; antes aguantaba más. Vaya, no llevo fuego; alguien me acerca un  mechero; el cigarro me tiembla en las manos; ¡pues sí que hace frío de verdad! Le doy tres caladas hondas, como a mí me gusta, y el dolor en el estómago se hace insoportable; joder, en serio que el próximo fin de semana no salgo. Vuelvo a entrar; mi chica está con sus amigas bailando; mis amigos en la barra pidiendo otra  ronda; me iré sin decir nada, si no, tendremos cachondeo. Me acerco al corro de las chicas, le digo a mi chica al oído que me voy, que si la llevo a casa.

Entre risas me dice que vale, pero que soy el mismo cortabolas de siempre, que no aguanto nada. Coge su abrigo, y procurando que no me vean mis amigos nos vamos a la calle. Comenzamos a andar, hace mucho frío; la abrazo, le digo que podemos ir a su casa en la huerta, y encender la lumbre; me dice que sí, pero que no vamos a encender la chimenea.

Bien, me muero de ganas de estar con ella.

Las seis.

Doy un volantazo con el  coche y cambio de sentido como un loco; una pareja de críos (menudas horas) que pasean abrazados se quedan inmóviles mirándome; ¡esa cazadora…! No, no puede ser.

Igual es un error, pienso, y el estómago me duele de una manera incontrolable; casi no puedo respirar, pero apenas me doy cuenta, la cabeza me estalla, pero no soy consciente de ello. De pronto, la necesidad de llorar lo invade todo; no tendría que haberle dicho nada; no tendría que haber discutido otra vez con él; (casi) toda la culpa es mía; una visión fugaz de sus abrazos cuando era niño me golpea con fuerza; es apenas un segundo, que paradójicamente dura como toda una existencia; sus besos, su vocecita, su olor ya olvidados me envuelven, y eso me hace sentir tal angustia que todo se nubla a mi alrededor.

Las cinco.

Vamos hasta el coche; las manos me tiemblan por el frío, abro con el mando; entramos al coche, le doy al contacto; antes de arrancar, mi chica coge mi cabeza, y me da un beso tierno, largo, un beso que promete mucho más. «Te quiero», me dice, y el dolor de mi estómago desaparece por un segundo; en cambio, el pecho parece encogerse, tanto que apenas puedo respirar; «y yo», le digo; y siento que jamás podré ser más feliz que en este momento.

«¿Vas bien?», pregunta, «claro, tonta», contesto; bueno, según qué partes de mi cuerpo; pienso con cierta malicia; la verdad es que tengo la cabeza en una nube, el estómago sigue hecho polvo, y aún tengo un pitido en los oídos por la música, pero el resto de mi cuerpo está perfectamente, vaya que sí; además, son apenas cinco kilómetros; iré despacio; no creo que encontremos a la poli a estas horas, y me muero de ganas de acariciarla, de desnudarla, de besarla, de sentir cómo su cuerpo se funde con mi cuerpo.

Arranco; ella rebusca en la guantera algo de música; lo suponía; Alejandro Sanz; era inevitable alguna canción romántica, pero bueno, no todo va a ser rock, además, hoy hasta me apetece.

Amiga mía, lo sé, solo vives por él…

«¿Qué tal esta tarde?», pregunta mientras acaricia mi pelo; «bien», le digo, «bueno, ya sabes, lo de siempre, sigue presionándome para que estudie, no sé por qué coño tiene que dirigir mi vida, que tengo veintiún años, que no soy un crío, joder».

«¡Eh, no la tomes conmigo!», me dice, con esa voz serena, dulce, que me envuelve como una cálida manta, que me calma cada vez que lo necesito; «lo siento», le digo, «es que siempre es lo mismo, no puede respetar mis decisiones, siempre discutiendo, que si entro, que si salgo, que si no pienso en el futuro; que estoy harto, ¡coño!, que a mi hermano no le dice nada, que como se ha ido a la Universidad  a estudiar, ya todo lo que hace está bien; quiero trabajar y ya está, y estar contigo, y que me dejen en paz de una puta vez.

… que es con tu piel con quien sueña de noche y que enloquece con cada botón…

Las seis

Llego a la rotonda con el coche; ni siquiera soy consciente de cómo he llegado hasta aquí; desde que sonó el teléfono han pasado apenas cinco minutos, pero siento como si hubiera pasado una vida entera; de pronto, vuelve un dolor viejo, envuelto en  un miedo nuevo, una angustia cotidiana, pero con una intensidad ya olvidada; ¡cómo me haces falta! —pienso—; hace ya tres años y dos meses, y aún te huelo por las noches; me despierto oyendo tu respiración junto a mí, me vuelvo porque creo oír tus pasos, y, al hacerlo, la cruel realidad me abraza hasta asfixiarme.

Tres años y dos meses, y tres meses más de agonía lenta, la tuya y la mía; la nuestra; de silencios, de caras de ánimo, de normalidad fingida cuando estaba contigo; de llantos, de dolor sin llanto, de amargura y desesperación cuando me encontraba  a solas.

Luego el final, y el principio;  la ausencia, y la casa vacía sin ti, una pieza que falta en nuestro rompecabezas, y el dolor, y el rencor a la vida, y gritos, en lugar de  abrazos, y el reproche en vez de la palabra de ánimo. La culpa es mía, sí, es mía, tras tu ausencia la vida se ha hecho más dura, y yo con ella; empecé a reprocharle todo, sus decisiones, su juventud, su vida junto a su novia, su aparente normalidad tras la pérdida que nos hundió a todos; sus ganas de volver a ser feliz; se lo reprochaba todo, no por egoísmo, ni por envidia, ni por maldad; sino por ahorrarle el dolor futuro, el dolor inevitable que llega cuando lo pierdes todo, para advertirle del cruel engaño que es la vida, para prepararlo para cuando todo, inevitablemente, se rompa. Sí, la culpa era mía, las peleas y los gritos son culpa mía.

Acelero, sin darme cuenta he vuelto a perder la noción del tiempo y la realidad, o acaso es ahora cuando estoy fuera de ella. ¡Cuánto daría porque así fuera!

madrugada
Las cinco.

«Venga, intenta comprenderlo, ha tenido que sufrir mucho»; «lo sé», contesto, «todos hemos sufrido, no sólo él». Le acaricio el muslo con la mano derecha; no tengo ganas de hablar del tema, no ahora; pese al frío, su cuerpo desprende calor; ese tipo de calor tibio y acogedor que te invita a quedarte, que te indica que has llegado a casa.

Mi mano abandona su cálido hogar para buscar un chicle en la guantera, siempre llevo algunos de menta; cojo uno y lo mastico, pues sé que, aunque ella no dice nada, no le gusta el sabor del tabaco en mi boca. Acelero un poco; a las ganas de llegar se suma ahora la urgencia aparentemente inevitable de vomitar; al final el estómago me gastará una mala pasada; tan bien que iba la noche, el estómago me va a cortar el rollo; decidido, tengo que beber menos; no aguanto nada.

 … con los ojitos abiertos de par en par, escucharle, nombrarle…

Bajo un poco la ventanilla por mi lado; algo de aire fresco me despejará; el frío cortante entra como un disparo, pero mi cabeza sigue ardiendo por dentro; mi mano derecha vuelve a acariciar su pierna, ella coge mi mano, sin separarla de su muslo, y la aprieta con ternura; «¡eh, hoy no nos podemos quedar dormidos!»; «sí», le contesto, «¡no puedes tener otra bronca de tu padre mañana!»; el sábado anterior nos quedamos dormidos bajo las mantas, y despertamos a las nueve de la mañana; por poco nos encuentran desnudos cuando bajaron al campo, a pasar el domingo; lógicamente, la bronca de su familia fue monumental, y hoy no puede repetirse. «¿Sabes?, estoy deseando que llegue el día que podamos despertar juntos, día tras día…»

«Y yo, tonto, pero antes tengo que terminar de estudiar, y ponerme a trabajar y comprarnos una casa…»

 … esta es mi manera de decir las cosas, no es que sea mi trabajo, es que es mi  idioma…

  

Las seis.

Por fin llego a la autovía; acelero como  un loco, llegaré pronto, sí, llegaré pronto, enseguida estará todo aclarado; no será nada, no puede ser nada.

En apenas tres minutos que parecen interminables vuelvo a salir de la autovía; siento su olor con fuerza ahora, su vocecita cuando me llamaba «papi», cuando me pedía medio llorando que durmiese con él un ratito, cuando me abrazaba con sus pequeños brazos, tanto que a veces me hacía daño; ese daño que no causaba dolor, sino un miedo infinito a que pasara el tiempo; cuando su hermano aún en la cuna lloraba por las noches, y él me reclamaba también, celoso; cuando no podía dormir ni una sola noche de un tirón, cuando la vida era justa, y sagrada, y merecía la pena vivirla.

Ahora tampoco duermo ni una sola noche de un tirón, desde luego que no; hace casi cuatro años que no duermo ni una sola noche de un tirón.

Las cinco.

Ella toma mi cabeza entre sus manos, se acerca, siento su aliento en mi mejilla, siento sus labios que me besan, despacio, tibios; noto como se me pone la piel de gallina; giro un poco la cabeza a la derecha, y mis labios rozan levemente los suyos; vuelvo a mirar a la carretera, ya casi llegamos, ya puedo sentir su piel suave y cálida sobre la mía, sus besos, su ternura infinita…

… amiga mía, a ver si uno de estos días por fin aprendo a hablar sin tener que dar  tantos rodeos…

… apenas noto ya la pesadez de cabeza, y el estómago parece darme un respiro, ya llegamos…

… sin verlo apenas, un perro aparece por la carretera, o estaba allí, no sé, doy un volantazo hacia la izquierda, y vuelvo a corregir, es sólo un perro, pero no voy a atropellarlo; entro un poco por la izquierda en la siguiente curva, miro por el retrovisor, no creo haberlo atropellado…

 … pero él no te ve, como yo, suplicarle a mi boca…

… como en un sueño, a cámara lenta, muy lenta, unas luces ocupan toda mi visión y me ciegan por completo, se oye un claxon lejos, muy lejos; oigo gritar a mi chica, pero su voz viaja muy lento, y desde muy lejos hasta mí; doy otro volantazo, y el mundo sufre un empujón violento hacia la derecha, hacia otro mundo que está más abajo, muy abajo; todo se mueve muy despacio, en una película de la que no puedo escapar…

… sólo la música suena con claridad…

 … yo quiero regalarte una poesía; tú piensas que estoy dando las noticias…

… después de lo que parece una vida entera, la luz se ha ido, no veo nada, no siento nada, me oigo susurrar a mí mismo; «… María…»

… ahora el mundo se concentra en mi cabeza, no siento nada más, siento que mi cabeza pesa un millón de toneladas…

… poco a poco me voy adormeciendo…

… María…

 …que toda esta historia me importa porque eres mi amiga…

Las seis.

Me salto sin ni siquiera levantar el pie del acelerador, un semáforo que parecía estar en rojo, no lo sé, no me importa, ahora eso no me importa; llego al final de la calle, y giro a la izquierda; la cámara lenta lo invade todo; frente a mi está el edificio gris, cuadrado; está a cien metros escasos, y parece que no llegaré nunca; no quiero llegar nunca.

Dejo el coche medio cruzado en la calle, y murmuro en silencio una oración para un dios al que odio, y en el que no creo; cruzo la puerta y me dirijo hacia un funcionario; no veo a nadie; no sé si hay alguien más en la sala; el funcionario, medio dormido, me mira apesadumbrado; le digo el nombre de mi hijo, creo; su actitud cambia; me acompaña puertas adentro; todo esto me da miedo, me da mucho miedo.

LAS CINCO.

Todo, todo está en silencio; sólo la música suena colgada en el tiempo, como el fotograma de una película impreso en papel, sin cambiar, sin ir hacia delante o hacia atrás, preso para siempre en ese instante infinito.

LAS SEIS.

Al final del pasillo, un guardia civil se dirige a mí con cara seria, de pena, de lástima, creo; intenta hablarme, pero no lo oigo, no hace falta; ya le entiendo.

El silencio lo invade todo; la oscuridad lo llena todo.

Doctorv

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