Miguel y María. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Miguel y María

 

Dedicado a Toñi Abenza

La habitación conserva su aroma a pesar de que el tiempo inexorable no se detiene, cruel avanza hacia el olvido de una vida en común, que para él es la perpetuidad indiscutible de un rosario de recuerdos capaces de cambiar en décimas de segundo la mueca sonriente de gozo, y tornarla en tristeza en su rostro por la reciente ausencia de su amada tantos años. Vestido con la elegante bata, ataviado con el último regalo de “Reyes” que recogió aún no hace un año del árbol decorado con el típico espumillón y las bolas de colores. Al recordarlo, el anciano ve detenerse la estrella fugaz que presidio más de cincuenta años la copa del abeto situado cerca del hogar. La estrella se detuvo en seco, de golpe, sin avisar dejó de iluminar el día a día de aquella pareja que se le iba envejeciendo la piel, distendida se descolgaba haciendo pliegues tostados en sus rostros, aunque en el suspiro vital de su amor siempre se mantuvo tersa como la piel rosada de la adolescencia de María fielmente recordada por Miguel.

Acomodado en las mullidas zapatillas, Miguel sostenía difícilmente un vaso de leche tibia mientras recorría torpemente el pasillo hasta la habitación, al llegar deposito sobre la mesilla el vaso y las pastillas que tenía que tomarse. Ningún médico supo desde la fatídica noche, recetarle el medicamento adecuado para curar el mal que él padecía. Se quito la bata y la colgó del perchero de pie, se metió las pastillas en la boca, dio dos buches a la leche, y metido ya entre las sabanas estiró los brazos y las piernas buscando lo imposible. En cuanto empezó hacer efecto el orfidal sus ojos empezaban a darse por vencidos una noche más, una jornada menos a restar en la travesía hacia el fin.

Miguel y María

Las sábanas frías, la cama inmensa, y no estaba ella para abrazarla, para acurrucarse los dos en cuchara, la huelo, pero no la toco, la siento, pero no la oigo. Quiero taparle los hombros desnudos, notar su respiración sosegada, retirar el pelo de su cuello y acariciarlo mientras duerme. Junto a maría los años que parecían meses, y en su ausencia, tan sólo unos pocos meses le parecen siglos. Una vez consiguió quedarse dormido, no supo cuanto tiempo había pasado, pero en el fondo le daba bastante igual. Miguel abrió los ojos y la oscuridad era diferente, era de una negrura nunca conocida. La paz y el silencio acompañaban paradójicamente la tenebrosidad, se despojó de la ropa de cama y al mover sus manos las vio describir gráciles destellos de una estela blanca que no iluminaba nada en absoluto, intentó levantar la voz y solo se oía él a si mismo con un tono pausado, empezó a mirar hacia todos lados, miraba en dirección al armario ropero de estilo clásico elaborado en noble nogal, giraba lentamente la cabeza hacia la cómoda a juego donde tantas veces se peinó María. Se miraba los brazos agitando las nebulosas, cuando de pronto otras estelas comenzaron a bailar por el espacio de la habitación. Miguel no tenía miedo a pesar de la novedad que se le representaba esa noche, sin tener referencias de tiempo, en un momento dado una de aquellas estelas se paro suspendida en el aire frente a él, fijó la mirada, penetró cada vez más en la figura que se iba formando, la imagen se hacía más nítida progresivamente hasta dejar ver el rostro joven de María que venía a buscarlo, venía a buscar a su amor huérfano en la tierra. Al verla, Miguel sollozaba alegría sin lágrimas, alargo sus brazos y levitó hasta ella, se fundieron en un abrazo silencioso que hablaba a gritos.

A la mañana siguiente al descubrir los hijos el anciano cadáver de su padre sobre la cama, se miraron y comentaron. — Seguro que está con Mama. — Y no se equivocaron.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

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