muertos vivientes

Muertos vivientes

He perdido la cuenta de los años que somos amigos. Se diría que lo conozco de siempre, que podría anticiparme a algún comentario socarrón suyo, o al momento en el que ejecutaría una crítica constructiva… Somos amigos. Los amigos se conocen, se saben intimidades el uno del otro, se intuyen otras que se callan por piedad, por vergüenza o por falta de ánimo para contarlas, pero en ese silencioso respeto se sigue conociendo el alma del otro. Así que no tuve reparo, por consideración alguna hacia él, en comentarle la noticia del día: «Cada día se suicidan en España diez personas. Es terrible. ¿Te das cuentas? ¿Cómo no ponemos medidas? ¿Cómo no somos sensibles a sus señales, a sus palabras antes de que atenten contra sí mismos…?». «A veces, solo se está vivo porque lo atestigua el censo», me respondió lacónico. «Ya lo sé», le dije. Pues claro que lo sabía, yo misma he transitado por épocas que no le deseo ni a peor enemigo. ¿O sí? Quizás, sí. Y recuerdo a él mismo diciéndome cuando se las confesaba que «el hombre que sabe de tormentas ve llover y sonríe». Y yo, «claro, claro», como si fuese una frase hecha. ¿A qué tormentas podía referirse? Pensaba que él era algo esquivo por naturaleza. ¿Por naturaleza? Pues no. Por sus circunstancias, que tan celosamente guardaba como algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o porque, como decía Pemán: «No quiero que en mi cantar/ mi pena se transparente/ quiero sufrir y callar/ no quiero dar a la gente migajas de mi pesar». «A casi todas mis amistades hace mucho que deje de abonarlas –siguió diciendo– y se me han mustiado. Las recuerdo, a ratos, y en algún momento de debilidad incluso las añoro, pero nunca se me ocurrió tenderles mi mano suplicante. Los males, la tristeza, el desánimo, mejor en silencio y enclaustrado. Cumplo con los deberes indispensables en la calle y regreso a casa, sita en la calle de la Amargura (aunque en el DNI figure otra distinta). Jamás he dado datos de mi intimidad. Pongamos por caso que, desde hace un tiempo más que prudencial, soy quien barre, quien friega, quien se encarga del lavavajillas, quien tiende la ropa, quien limpia los cristales tras la lluvia, quien soporta, callado, malos tratos psicológicos disculpándolos siempre en nombre de su enfermedad…
»Busco en lo recóndito de mi mente cuándo fue la última vez que reí a carcajadas, pero hace ya tanto… que he pensado en donar mis músculos risorios antes de que sean incapaces de ‘retraer la comisura labial’. A diario conjugo en primera persona del singular los verbos abatir, aguantar, aislar, derrumbar, desertar, desesperar, desistir, dimitir, hundir, renunciar, resignar, sacrificar, sufrir, tolerar, transigir, etc.
»La indiferencia se ha instalada en mi ánimo. Me da igual ir o no al cine, a una obra de teatro, a una terraza de verano… La indolencia vive de okupa en mi ánimo. A veces me canso, aunque me repongo, de lanzar a los mares virtuales botellas de náufrago untadas de humor como divisa. Por disimular, por tratar de ocultar lo evidente… Apenas me importa nada, tanto de lo divino como de lo humano. Parece ser que William Faulkner dejó dicho que “entre el dolor y la nada, prefiero el dolor”. Probablemente la Nada no lo invadió y se apoderó de él. Me veo –con más frecuencia de lo deseable– tentado por esa despreciable, falsa amiga llamada depresión, intento espantarla a manotazos. Aun así, pienso ir a la consulta de un oftalmólogo y preguntarle si la pérdida del brillo en los ojos tiene cura. Yo, empedernido lector, apenas si me acerco ya a un libro. Por apatía, ni retengo lo leído ni disfruto con la belleza de un texto bien escrito ni me importa olvidarlo con prontitud.
»Cuando muera –oficial, legalmente–, la partida de defunción hará constar una fecha. Absolutamente errónea. Llevaré muerto… ¿cuánto tiempo? A saber… ¿Puede uno suicidarse a cámara lenta? De ser así, ¿cuántos suicidas sobreviven años y años hasta derrumbarse para no levantarse?…».

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Durante su confesión yo callaba. Intentaba que las lágrimas no asomaran a mis ojos colocando la punta de la lengua en los incisivos y soplando imperceptiblemente, un supuesto truco que me enseñaron hace años pero que no funciona en absoluto. Yo solo quería abrazarlo, decirle que no estaba solo, que yo era su amiga, que estaba ahí, que buscaríamos ayuda… Había callado durante todo su monólogo para evitar interrumpir, por fin, su confesión, pero ahora callaba él, y a quien tocaba hablar era a mí. Sus ojos me preguntaban precisos: «¿Entiendes ya la noticia?».
Ni la entendía ni quería, solo sabía que a mis manos había llegado el mensaje de un náufrago y que yo no iba a dejar que se hundiera.

Ana María Tomás

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