Nación y Estado. Por Santiago Tracón

Nación y Estado

(Foto: A. T. Galisteo)

 

Nación y Estado son conceptos distintos, pero inseparables. A los conceptos hay que pedirles precisión, sobre todo a los conceptos políticos. Precisión significa que podemos atribuirles rasgos semánticos con que diferenciarlos de otros conceptos afines. Toda discusión debe empezar por precisar los conceptos. Si no se comparte el significado de las palabras es imposible confrontar enunciados o juicios. Conceptos precisos para expresar ideas claras: exíjaselo usted a los políticos, tertulianos y periodistas. Es la prueba del algodón: verá enseguida quién no sabe de lo que habla, quién engaña y quién, aun sabiendo que engaña, sigue engañando. Ejemplo: pregunte a Pedro Sánchez, a Iceta o a Iglesias por la “plurinacionalidad”. O más sencillo: ¿qué es para usted una nación?

Hablamos de nación política, que hoy es el único sentido que nos interesa. Dejemos de lado, para no confundir, la noción romántica de “nación cultural”, “étnica” o “lingüística”. Digo que nación es una forma de agrupación social. Los hombres somos seres sociales, no vivimos aislados, sino formando grupos. El primer grupo es la familia, basada en la consanguinidad y el parentesco. Luego hay otros, unos inclusivos y otros excluyentes, como el clan, la tribu, la etnia o cualquiera de las muchas agrupaciones que hoy existen, desde una Iglesia a un club deportivo.

Avanzo. Nación política es una forma de organización social en la que todos los individuos que pertenecen a ella, poseen una condición básica: son sujetos políticos. El vínculo común no es ni la sangre, ni la lengua, ni la etnia, ni el lugar de nacimiento, ni la condición sexual, ni el estatus económico, ni cualquier otra característica, sino el hecho de ser reconocido como un sujeto de derechos y deberes sociales. Es aquí donde el concepto de Nación se hace inseparable del concepto de Estado.

El Estado es la forma institucional que adopta una Nación. El Estado transforma el vínculo y el acuerdo social en leyes e instituciones que organizan y regulan las relaciones entre los individuos. La Nación política nace con la Revolución Francesa y se consolida con el Estado democrático moderno. Desaparecen los estamentos y las clases para proclamar un solo sujeto político: el ciudadano. Los Reinos o Imperios dejan de existir para convertirse en naciones políticas, y las naciones se organizan como Estados.

La diferencia entre Estado y Nación es importante. La nación es una agrupación de ciudadanos; el Estado, un conjunto de leyes e instituciones. La nación es el fundamento del Estado, no al revés. El Estado varía y puede adoptar distintas formas, pero la nación se mantiene mientras la mayoría de sus ciudadanos no rompan su vínculo de pertenencia y permanencia en ella. La nación es el resultado de muchos avatares históricos, pero no es una invención arbitraria, ni impuesta, ni mantenida por la fuerza o el interés de una minoría dominante.

La nación política moderna es una forma racional de agrupación humana que responde a hechos, necesidades y acuerdos sólidamente fundamentados. No es expresión de ninguna esencia (no existe ni el alma ni el ser nacional), sino fruto de la experiencia, la conveniencia, el interés general, la seguridad y la defensa mutua, el control del territorio, la creación de bienes y servicios comunes, etc. La nación asegura la vida en común, la supervivencia, la paz y el bienestar de la mayoría. Por eso -y para eso- existe. Dada la complejidad, la dificultad y el largo período que requiere la cristalización de los procesos que dan lugar a su constitución, toda nación tiende a permanecer.

Apliquemos esto a nuestra nación. El nombre de España se refiere a la nación, tal y como aquí la definimos; una nación que surgió de la unión de varios reinos que acabaron creando un Imperio que, a su vez -y una vez desaparecido como tal-, acabó convirtiéndose en una nación moderna a comienzos del siglo XIX, después de un período de transformación como lo fue el siglo XVIII. En la idea de nación española cristaliza una larga historia que va creando la conciencia de compartir un territorio común, unas necesidades y leyes comunes, etc.

Una primera conclusión, apresurada por falta de espacio, es que sin España no puede existir el Estado español. Que, para poder abordar cualquier reforma del Estado, necesitamos revitalizar y reforzar la conciencia y la consistencia de la nación española, o sea, los vínculos de pertenencia a una sociedad común, política, social y legalmente constituida. Que la nación española no es ningún capricho ni ningún proyecto fallido, sino una realidad poderosa, vigorosa y democráticamente construida. Que el resurgir del sentimiento nacional que el separatismo ha despertado, no es una reacción efímera que puedan manipular políticos oportunistas, sino la expresión de algo más profundo que nadie tiene derecho a desvirtuar con confusas promesas electoralistas.

Santiago Tracón

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