«Oda al rodaballo». Por Luis Alberto Henríquez Lorenzo

 

Admito sin falsa modestia ni pesar alguno que estoy muy lejos de la grandeza poética de Pablo Neruda en Las odas elementales -sucesivamente ampliadas en Nuevas odas elementales, Tercer libro de odas y Navegaciones y regresos-, y aun por lo que dice al resto de la obra literaria del Nobel chileno, pero si el muy celebrado autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada pudo escribir odas a la cebolla y a otras tantas realidades a menudo propias o constitutivas de la humana cotidianeidad (a la alcachofa, al vino, al libro, al mar, al tiempo…), ¿por qué no titular esta reflexión “Oda al rodaballo”, aun a sabiendas de que el título pudiera no ser del todo afortunado o que incluso hubiera de desorientar a más de un lector, toda vez que el meollo y la tesis de esta reflexión giran en torno a la pregunta por Dios, esto es, por el sentido de la vida, o lo que viene a ser lo mismo aquí y ahora, por las razones de ser y el alcance de una ideología que está cada vez más presente en nuestra sociedad con el nombre de animalismo?

De manera que en efecto “Oda al rodaballo” pudiera parecer título frívolo y despistante si consideramos lo que acabo de señalar en el párrafo precedente, pero, desde luego, ante la sola visión del rodaballo al horno que aparece fotografiado en el Facebook de un agregado que tengo, con el que comparto inquietudes sobre el calamitoso estado actual de la Iglesia pastoreada por el papa Francisco, Iglesia despellejada viva por la apostasía…

Pero bueno, al grano, sin más dilación vamos con el artículo de marras (en cursiva):

«Oda al rodaballo»

«Oda al rodaballo». Por Luis Alberto Henríquez Lorenzo

El rodaballo es exquisito, uno de los pescados de carne más apreciada, y ciertamente ese gran plato de rodaballo al horno tiene una pinta que le quita cualquier depresión a cualquiera. En verdad o en mi intención, también afirmo esto porque conozco a personas animalistas que -no contentas con llamarnos, no raramente, asesinos o torturadores a los que comemos productos de origen animal, y torturadores o defensores de torturadores a los que sin ser especialmente aficionados a la tauromaquia ni a las riñas de gallos sí somos al menos defensores de que haya aficionados y cultivadores de las mismas-, se refieren a sus mascotas como “seres queridos que han fallecido o que merecen sepultura”. Desde luego, a tenor de sus palabras manifiestan querer más a sus mascotas animales que a sus seres queridos del género humano, por cuyo descanso eterno no deben rezar nunca, puesto que tales animalistas se confiesan ateos o agnósticos en el 98% de los casos, lo menos.

De manera que no rezando por sus seres queridos, puesto que no creen en el destino eterno del alma de las personas, tampoco deben rezar por sus mascotas, y sin embargo dan a entender a menudo que parecen preferirlas, y que las echan de menos, no en vano situándolas en el podio reservado a los seres queridos humanos. En definitiva, ¿hace falta insistir más en lo moral y trágicamente enferma que está esta sociedad, en lo mortecina o mortalmente enferma que está?

A mí me duele como al que más la pérdida de mis seres queridos y me asusta mi propia muerte, a la que no podré escapar y la cual solo desde Cristo el Señor se puede alcanzar a asimilar y comprender en todo su desgarro humano, inevitablemente humano, pero yo cuando en Navidad puedo llegar a comer carne de cerdo, pongamos, u otros productos de origen animal, no me conduelo por los millones de cochinos cebados en España, ni por las gambas arrebatadas al mar, y sí que querría que ninguno de mis seres queridos hubiera fallecido, los echo de menos por momentos, y ni que decir que no querría morirme yo. Porque yo, dicho con don Miguel de Unamuno, ¡no quiero morir!, ¡siento sed de eternidad, de infinito, de Absoluto, sed de Dios!

Entonces o así las cosas, siendo inevitable la muerte, solo considero la única respuesta que me es dado conocer vencedora de la muerte: Cristo el Señor, Rey de Reyes, Señor de la vida y de la historia. O es más: si pienso en mi afición remota y adolescente por las palomas, pongamos, inmensamente más amor mezclado con un cierto poso de tristeza por haberlos perdido, siento por mis seres queridos fallecidos que por las palomas, los perros, los pájaros o los gatos que yo mismo haya podido tener, criaturas de Dios gracias a las cuales he pasado momentos felices, sin duda, ¡pero no comparemos con la felicidad que nos es dada y a la vez exigida para con las personas! Ciertamente, lo hemos deshumanizado y desvirtuado todo, o casi todo, en un proceso como imparable de desacralización. Dicho y lamentado con el novelista francés George Bernanos: “Un sacerdote menos, mil pitonisas más”.

Chapoteando en la actual apostasía radical, trufada de materialismo, paganismo, hedonismo y nihilismo, hemos elevado el necesario respeto a los animales a la categoría de ideología que se atreve a comparar la dignidad de las especies animales con la dignidad solo debida al hombre, que es única, intransferible, porque Dios así lo quiere en su proyecto de creación y de salvación.

Así, desde la chifladura deshumanizante animalista hay el proyecto de pedir a las administraciones públicas que prohíban el desfile de dromedarios en las Cabalgatas de Reyes, cabalgatas en las cuales Gaspar, Melchor y Baltasar reviven, año tras año, la ilusión de millones de niños y niñas. Alegan que los dromedarios se estresan ante las riadas de personas y de coches y que, ciertamente, no están para eso los dromedarios. Esto es, los pretendidos o reales “derechos” de los animales por encima de tradiciones humanas que, transmitidas de padres a hijos, perviven en la entraña de los pueblos de tradición cristiana. O musulmana, toda vez que ¿alguien se imagina la pervivencia de una sociedad como la de los tuaregs sin la secular presencia del dromedario -al que aprovechan o usan como animal de cabalgadura, de carga, como productor ocasional de leche…-, animal imprescindible aún hoy día para las distancias en el desierto?

Los animales merecen respeto, merecen que no se les trate como a cosas, merecen que no se les maltrate de manera innecesaria o meramente sádica, pero al no ser sujetos morales carecen de derechos y de deberes; así, es el hombre, varón y hembra, el que debe disponer para con los animales diversos códigos de eticidad.

Creo en la resurrección de los muertos, que es la única fe, entiendo, que nos puede salvar de que la muerte que desgarra y desola tenga la última palabra. Y lo digo yo, quien no termina de asumir el doloroso paso que es la muerte (repetido con José Luis Martín Descalzo: “Morir solo es morir, morir se acaba./ Morir es una hoguera fugitiva./ Es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba.”), porque ciertamente mi fe en Cristo y en su Iglesia está a años luz de la de una santa como Teresa de Ávila, pongamos, quien se gloriaba de creer y sentir: “Solo Dios basta, muero porque no muero…”, o porque siento todavía, nietzscheanamente hablando, mucho apego a la tierra.

Sin embargo, aunque mi fe es débil, a todas luces muy mejorable, me atrevo a proclamar: feliz final de Adviento, feliz Navidad y próspero 2018, feliz Día de Reyes.

 Luis Alberto Henríquez Lorenzo

21-12-2017

Profesor de Humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.0/10 (1 vote cast)
«Oda al rodaballo». Por Luis Alberto Henríquez Lorenzo, 9.0 out of 10 based on 1 rating
  •  
  • 1
  •  
  •  
  •  
  •