Reclamado por el pasado (2). Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Reclamado por el pasado

(Segundo capítulo)

Por la noche, en el nicho 7º B de la escalera interior derecha le esperaba la cena familiar, que, para no crear buenos precedentes, fue igual de tediosa que las cenas de los últimos años, los niños dándose codazos mientras wasapean, su mujer la Mariana explicando, yo no sé qué de unos vecinos, algo que se supone que debía conocer. Que, si habían montado un cisco de bíblicas proporciones, algo inaudito según ella en una comunidad que de unos años para acá se habían convertido por obra y milagro bancario en clase media, creo que la raída americana de Joan no estaría de acuerdo con la afirmación. Con la mirada clavada en la Smart TV no oye la descripción con pelos y señales de la escenita de los vecinos. Ya ni se irrita con la tontería que llevan encima el par de malcriados de clase media sentados enfrente mío, y hoy ni siquiera refugia el pensamiento como es de costumbre en la imagen de Matías Prats y Mónica Carrillo. Hoy solo piensa con emocionante temor en José Luís, en su voz tan familiar, lo tiene en la punta de la lengua, pero no hay manera se aferra a la punta de ella como Harold Lloyd a la punta de la aguja del reloj.  Por un lado, quiere que le vuelva a llamar, pero por otro no sabe en qué líos puede acabar metido, y como venimos diciendo Joan nunca ha sido un tipo excesivamente valiente.

—¡Mañana es sábado, así que mejor me tomo el Orfidal de rigor y me voy a dormir! —Se dijo así mismo—. Con un poco de suerte hasta que no acabe «Tú cara me suena» eso será sobre las dos de la madrugada, hasta entonces Joan no cree que aparecerá la Mariana por la alcoba, vocablo de nuevo uso familiar, que según ella dignifica el dormitorio y reafirma la clase media a la que sin duda pertenecen, y gracias a Dios para entonces ya estará dormido como un tronco.

Reclamado por el pasado (2)

El sábado amaneció soleado en la ciudad Condal, los vecinos pueblan de temprano las calles del barrio, sonríen felices de no tener que ir a trabajar, se contonean socarrones y alegres bajo el Sol que los baña. Hoy es el día de la semana en que se pavonean unos frente a los otros, alardean en competición constante de lo importantes que son todos y cada uno de ellos en sus trabajos, nada funcionaría sin su capacidad y experiencia, porque ninguno de sus jefes vale nada. Pero al tiempo que llega el segundo round lúdico matinal que consiste en ver cuál de «sus» empresas es la de mayor magnitud, es en ese momento que se produce el milagro heredado de padres a hijos. Inexplicablemente dirigen inconscientes sus pasos envueltos en alaridos gallipavos hasta el bar de costumbre, allí ya no hay límites, allí pueden dar rienda suelta a las más grandes bravuconadas y fanfarronerías. Han sido atraídos por una fuerza gravitatoria invisible, que irremediablemente hace que a las once de la mañana la barra del Bar-Vero sostenga ya varias decenas de quintos y sujete una treintena de codos reclamando las tapas.

Ante grotesca escena Joan huye a paso ligero y con la vista perdida al frente, a medida que se aleja el griterío disminuye paulatinamente convirtiendo primero el vocerío en murmullo y hasta hacerlo desaparecer. Con las hombreras resbalando por los brazos va en busca de la tranquilidad que le da el anonimato paseando cerca del muelle lleno de caras sonrientes de abducidos y desconocidos turistas. El gentío resguarda sus momentos de libertad para pensar, y esa mañana tenía mucho que meditar. En la mano agarraba con fuerza temblorosa el 3310, la respiración acelerada y la debilidad corporal al andar delatan la lucha en su fuero interno, por una parte, quiere que ocurra, pero por otra el miedo le atenaza, aunque está seguro de que va a ocurrir, y sin tardar, sin hacerse de rogar. Rozando el mediodía, con el calor apretando al paso por la amplia acera junto a Capitanía empezó a sonar, el brazo le temblequeó y, por un instante pensó en no descolgar, pero no tenía más remedio. Como decía su abuelo «a la fuerza ahorcan» que hombretón era, que valiente era el tío. Joan debía salir de la rama de la abuela pensaba siempre. En fin, en otra ocasión nos centraremos en los antecedentes familiares. Los tonos no cesan, él cubriendo el móvil con la mano y con alguna gota de sudor perlando la frente, pequeñas gotas que resbalan por la mejilla al inclinar la mirada y ver en la pantalla los mismos dígitos de ayer. Empujando la voz hasta los labios el sonido que emitió recordaba la voz aflautada de los últimos discursos del Caudillo.

—Si dígame —contesto Joan—

—Al otro lado oyó. — Vuelvo a ser José Luís, tiene usted que ayudarme

—Yo no sé quién es usted, ¿Por qué yo? —repetía lastimero

Con serenidad, a pesar de las circunstancias que debía estar pasando aquel individuo, José Luis le contestó.

—Tranquilícese, a todos nos controlan a través del teléfono, todo empezó en los años setenta.

—No entiendo que me quiere decir.

—Joan tiene usted que venir, me tiene que ayudar.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? —Contesto entrando en pánico nuestro protagonista.

—¡No tengo más tiempo, estoy en una cantera abandonada en la salida de Madrid dirección a la sierra, venga usted Joan, se lo ruego, es el único con el que he podido comunicarme en años, venga por favor!

—¿Oiga José Luís? Si yo vivo en Barcelona, y solo he ido a Madrid una vez, le aseguro que yo no soy en absoluto su hombre ¿Oiga? ¿Oiga? —El silencio se hizo de nuevo.

 

Jordi Rosiñol Lorenzo

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