Reclamado por el pasado (3). Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Reclamado por el pasado (3)

 

—Si dígame —contesto Joan—

—Al otro lado oyó. — Vuelvo a ser José Luís, tiene usted que ayudarme

—Yo no sé quién es usted, ¿Por qué yo? —repetía lastimero

Con serenidad, a pesar de las circunstancias que debía estar pasando aquel individuo, José Luis le contestó.

—Tranquilícese, a todos nos controlan a través del teléfono, todo empezó en los años setenta.

—No entiendo que me quiere decir.

—Joan tiene usted que venir, me tiene que ayudar.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? —Contesto entrando en pánico nuestro protagonista.

—¡No tengo más tiempo, estoy en una cantera abandonada en la salida de Madrid dirección a la sierra, venga usted Joan, se lo ruego, es el único con el que he podido comunicarme en años, venga por favor!

—¿Oiga José Luís? Si yo vivo en Barcelona, y solo he ido a Madrid una vez, le aseguro que yo no soy en absoluto su hombre ¿Oiga? ¿Oiga? —El silencio se hizo de nuevo.

Desnortado tras la llamada, Joan deambuló por las calles hablándose a sí mismo sin parar, y a cada palabra que se decía menos firmeza notaba en sus piernas

— ¿Qué pinto yo en Madrid? Que lio, que monumental lio, que tesitura señor, quizás me hubiera ido mejor quedándome en el Bar-Vero hinchándome a quintos y cortezas de cerdo revenidas. —Se reñía a sí mismo.

La madrugada silenciosa amparada en la oscuridad solitaria, certera como una daga afilada y precisa, que sin remedio siega siempre un día con el siguiente. Pero la madrugada del sábado fue testigo fiel de este hecho hasta que llegó el alba estrenando un nuevo domingo. A diferencia de la placidez acostumbrada que le proporcionaba los ansiolíticos, la noche de hoy transcurrió extremadamente interminable, horas que pasaron lentamente invencibles. Por fin, con el sol iluminando el frescor los poyetes de hormigón del enjambre de ventanas que cubren cada uno de los edificios del barrio, Joan se pone en pie y frente al espejo del baño la imagen que le devuelve de sus ojos dibujan el radio de una telaraña de color carmesí en ellos, con el grifo abierto, se da varias palmadas seguidas impulsando con fuerza el agua fría, chiscando por entero el espejo intenta espabilar la cara, pero aun así al cerrar fuerte los ojos nota el picor de unas almohadillas situadas en el interior del parpado que le oprimía el globo ocular. Esto delata, que no hay agua lo suficiente fresca en las cañerías para recuperarse de la noche toledana que le ha hecho pasar el dichoso José Luís.

Reclamado por el pasado (3). Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Mientras aún duermen en casa, en sigilo se hace con la mochila de las excursiones del niño, algo infantil le parecía con algunos dibujos incluido en la solapa que cierra el pequeño macuto, en él echo cuatro mudas, unas camisetas y un pantalón, todo ello medio arrugado.

Con más miedos que decisión se aventura a las solitarias calles en domingo. Va en busca de la boca de metro que dista un par de manzanas, si, un par de manzanas como dicen en las pelis y series americanas de suspense. Ya subido en el metro de la línea roja y tras un transbordo, le dejará bajo la estación central de Sants, y desde allí seiscientos kilómetros le separan de la aventura, seiscientos largos kilómetros le separan de José Luis.

A pesar de llevar toda la vida en Barcelona, como si de un turista se tratará, tuvo que preguntar cómo se iba a la vía de salida del AVE 03462 con destino a Madrid con salida a las 6.40 de la mañana.

 

Jordi Rosiñol Lorenzo

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