Reclamado por el pasado. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Reclamado por el pasado

(Primer capítulo)

Se detiene un instante en la acera frente al mar, para a continuación seguir la habitual y matutina liturgia entornando los ojos e inspirando profundo el Mediterráneo. Saborea con la punta de la lengua el salado a mar del interior de los labios. Esta experiencia es de las pocas cosas que merecen la pena en el aburrimiento supino de su existencia. Joan, a pesar de llevar viviendo toda la vida en la gran ciudad, una urbe admirada mundialmente. Plagada de turistas que entran en trance nada más pisar sus calles, gentes de aspecto lechoso en pantalón corto que, subidos a las sandalias, andan desnucados, fotografiando a diestro y siniestro cada absurdo rincón por el que pasan.

Él siempre deseo irse lejos del barrio que le vio nacer, pero, atado con nudo de doble lazo, no le permite huir de ninguna de las maneras. Cuántas veces ha querido mandarlo todo a hacer puñetas, dejar todo atrás, todo, y no volver la vista nunca más hacía los gigantescos y grises bloques de pisos. Viviendas mal hechas, levantadas deprisa al amparo de la especulación institucional de los años sesenta en la ciudad condal, nichos clonados para albergar y amontonar almas penitentes, resignadas y amarradas a compromisos de todo tipo, a excepción del compromiso de ser felizmente libres. Podemos decir y decimos que, en cobarde silencio, Joan es un resistente en muchas lides que le acechan. Aunque, según dice la gente que le conoce, y a los que él ya ni les replica, dicen que es un inadaptado anclado en el pasado. Pero qué narices, se grita en silencio a sí mismo, lleva años aguantando el bombardeo continuo de todos ellos, de todos los pesados que le rodean, soportando siempre el machaqueo diario de la familia, de los amigos, los compañeros de trabajo, y hasta de los impertinentes y lampiños dependientes de impersonales franquicias que, con una estúpida media sonrisa dibujada en su rostro, le espetan con soberbio desprecio cosas tan tontas como.

—WhatsApp no tiene, ¿no?

—No, hijo, no tengo, sólo tengo SMS  —les contesta con un hilo de voz.

—Son 15,50 euros, caballero. Que pase un buen día

Y sin más el pueril dependiente da por terminada la venta.

Una vez en la calle recuerda la voz aflautada del insustancial mocoso arrastrando en la cantinela de día la «ía» hasta el fango. «No será gracias a ti» pensó al tiempo que giraba sobre el mismo y sobre su dignidad tocada pero no hundida.

Lo cierto es que en esta guerra Joan hace una eternidad que va perdiendo, lleva escondido, agazapado, atrincherado sin tregua, sin recibir compasión alguna por la inmensa legión de adictos a la tecnología. Acosado sin piedad por los pobres diablos que ven cumplidos sus sueños por el simple hecho de estar a la última en la moda tecnológica. Son acosadores armados con el implacable e impecable Smartphone prolongando su brazo; con él recorren las calles, tiesos de superioridad, y todos ellos van derechitos dirección al nicho que les tocó en suerte a sus padres en el sorteo de los bloques del barrio. Pero eso sí, durante el camino disponen de toda la información posible en su poder, se balancean chulitos al andar, no le falta de nada a la última adquisición, hasta el tiempo que hace en Nueva York son capaces de decirte sin atisbo de equívoco.

Empieza a sonar una vez más, suena a través del tejido de la gastada americana que le cae por igual a derecha e izquierda de los hombros, discreto corre a refugiarse tras un árbol, mira a los lados, y, sin levantar sospechas, despacio y nervioso extrae del bolsillo interior para recibir la llamada en su querido y obsoleto Nokia 3310. Escondido en la palma de la mano y mirando a su alrededor para que nadie pueda darse cuenta del «atraso». Debe ser el único aún que lo posee Hace mucho tiempo que no ve a nadie hablar con teléfonos tan faltos de inteligencia como el suyo.

En fin, dejemos la disertación aparte y volvamos a la llamada, a la última llamada recibida; es posible que esta llamada tenga la explicación del cariño por un terminal tan añejo. En la pantalla gris iluminada solo aparecen seis dígitos amarillentos. Ese es un dato que, a pesar de ser un tipo clásico, y para sus hijos más bien un tipo rancio, ese número tan corto le hace sospechar. Un número de móvil no puede ser con tan pocas cifras, un fijo tampoco ya que de unos años hacia aquí hay que añadir el prefijo, y de los pesados del número de impagados de la financiera del sofá aún menos. Lo dejó sonar cinco, diez, veinte, hasta treinta veces los tonos, mientras el cerebro le echaba humo intentando discernir. ¿Quién podía ser?

Reclamado por el pasado

Con la curiosidad por todo lo alto, y con cierto acelero en los latidos del corazón, justo cuando iba a descolgar dejó de sonar, llenando de inquietante silencio sus pensamientos. Ni cinco minutos pasaron cuando estridente volvió a llamar, otra vez solo los seis dígitos. Sobresaltado, con temblorosa decisión presionó la gastada tecla verde y, con un hilo de voz de temerosa timidez, esta vez consiguió responder.

—¿Sí, dígame?

Al otro lado de la línea una voz masculina, un tono de voz que le resultó familiar.

—¡Soy José Luis, usted no me conoce, pero me tiene que ayudar, estoy atrapado, hace muchos años que llevo atrapado, ahora vienen, no puedo seguir hablando! Le volveré a llamar.

Asustado, Joan gimoteaba. «No entiendo, ¿oiga?, ¿oiga?».

Había colgado, ahora sí empieza a tener mucho miedo, desconcertado devuelve la llamada al número de seis dígitos, y ni un tono sonó.

—El número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado —decía la voz mecánica del operador telefónico.

Y Santas Pascuas, así se quedó todo el día, pensando, ensimismado y nervioso. La voz, esa voz tan familiar, la había oído infinidad de veces, pero no lograba recordar…

Continuará

Jordi Rosiñol Lorenzo

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