Famosos stilettos de S. Ferragamo que lució Marilyn Monroe en

   Desplegó la carta para leerla por enésima vez. «Convocatoria Bodas de Plata. XLVII Promoción Facultad de Económicas. Universidad Complutense. 1981-1986». Un folio apergaminado y, entre espirales y arabescos, la fecha de un fin de semana del verano en ciernes, las señas de un conocido hotel y una parrafada retórica apelando a los resortes más trillados de la nostalgia.

   Veinticinco años. Los términos de aquella invitación le habrían parecido trasnochados en la época cuyo aniversario se celebraba, pero a estas alturas de su vida debía reconocer que habían estado a punto de conmoverla. Sobre los recuerdos que iban amontonándose se impusieron ciertas imprecisas emociones, bullentes, y percibió que volvían a inundarse algunos cauces secos en el paisaje desértico de su memoria. El timbre del teléfono la sobresaltó.

   —Enhorabuena, querida.

   —Gracias, Néstor. Tendrías que ver mi nuevo despacho. Inmenso.

   —Lo veré, descuida. Y no te olvides, esta noche toca ópera.

   —Salgo del banco a las siete. Hay tiempo.

   —Ángela tiene violín. La llevaré a las cinco. ¿Podrás recogerla a las siete y media?

   —OK. A las siete y media.

   Colgó el auricular. Con la espalda relajada contra el sillón giratorio dibujó una circunferencia completa con los pies, los ojos cerrados, las piernas estiradas, tensando cada gemelo hasta la base del tacón de aguja. Todavía faltaba un rato para la reunión con los directores provinciales, de los que conocía en persona a pocos. Dedicó los siguientes minutos a repasar su aspecto.

   Ya en el salón de actos se acomodó tras la mesa de la tarima y lo barrió de un vistazo. Dio un respingo. Estaba en la segunda fila. Ignacio. Él. Demasiadas batallas libradas para que Carmen dejara trascender el menor atisbo de nervios. Ordenada y precisa, expuso el programa de crecimiento internacional de la entidad partiendo de una actualización de la plantilla. “Actualización”, un eufemismo que todos captaron.

   El encuentro acabó con un tentempié. Lo vio aproximarse.

   —Felicidades, señora importante. ─Se abalanzó para darle un par de besos en las mejillas, sin mucha desenvoltura.

   —Hola, Nacho. ─Carmen sintió un escalofrío similar al que le provocaba la brisa marina de madrugada. Por dentro.

   —Ya te he oído que los prefieres jóvenes. ¿Me vas a jubilar?

   —Si hubiera que jubilarte a ti nos iríamos los dos. Recuerda que soy una semana mayor que tú ─le respondió sin dejar de mirarlo, valorativa.

   ─Por mi parte eso quedará eternamente entre tú y yo.

   A Carmen el pelo se le había resbalado cubriéndole media cara; lo apartó con los dedos para llevarse el vino a los labios. Después de beber un sorbo se quedó con la copa en alto. La pausa fue calculada, perfecta. Disfrutaba del momento.

   ─Más te vale ─le advirtió riéndose.

   ─ ¿Secreto de confesión?

   ─Podríamos considerarlo así ─dijo ella. Volvió la vista a la sala. Suspirando añadió─: hemos de ir con los demás.

   ─Me da vértigo tanta gente.

   El jueves siguiente Nacho la esperó en el vestíbulo de un restaurante. En esta ocasión no inmerso entre un centenar de personas, ni vestido de traje azul y corbata, sino solo, con una cazadora de piel fina y tejanos algo desgastados. Enjuto de planta, con su extraña y seductora fragilidad en la forma de moverse. Aspecto limpio, cálido, de una masculinidad equilibrada. El pelo canoso peinado a raya. Los labios definidos. El perfil de aventurero y ese punto melancólico en los ojos color café. Guapo como un pecado, resumió para sí Carmen. Al saludarla, Ignacio Carrión, el dueño del carnet mil doscientos dos del Partido Comunista, el indómito bolchevique, la tomó inseguro por los hombros para contemplarla antes de sonreír, en un ademán que acaso pretendía suprimir la feroz distancia de la juventud.

   Ella se colgó de su brazo, pegada a él, obligándole a conducirla dócilmente hasta la mesa que mostraba el camarero. Las confidencias llegaron con los cafés.

   ─Lo último que supe de ti fue que te habías marchado al extranjero con una beca. Necesito que me cuentes todo de tu vida, todo… ─pidió Carmen con la mejor sonrisa del mundo.

   ─ ¿Todo? Entonces concédeme un segundo para organizarme. Empieza tú.

   ─Como quieras. Un matrimonio, con Néstor, ¿lo recuerdas? ─, él asintió con fingido desdén, poniendo boca de asco─ y dos hijos; Jaime, veinte años, y Ángela, dieciséis. ¿Y tú?

   —Sólo un divorcio, de quince años de edad. Sin hijos. Los comunistas sólo sabemos ser leales a Lenin y a los licores duros.

   ─Guardar fidelidad en la riqueza y en la pobreza a dos elementos tan contundentes es de campeones.

   ─No te burles. La fidelidad de la que hablas es el estado de gracia al que un hombre sólo llega cuando ya no llega; seguro que me entiendes. Y, aparte de procrear y ganar dinero, ¿a qué más te dedicaste durante tanto tiempo?

   Antes de responder Carmen lo observó quedamente, luego alargó el brazo para rozar con las yemas de los dedos las sienes de él, en un gesto espontáneo y delicado. ─Ahora tienes el pelo gris… ─musitó. Enseguida pareció despertar de un ensimismamiento y contestó con fluidez ─ ¿Que qué he hecho? Ah, sí. Vivir. ¿Qué más puede interesar? Ambos tenemos cuarenta y ocho años, yo con veinte de servicios a la especulación, y aún nos queda cuerda para rato. Desde este mes soy consejera delegada de uno de los grandes. Mando mucho.

   —Me consta.

   —Pues bien, biografía terminada. Te toca a ti.

   —Después de la facultad, beca y pinitos en la banca. Me casé, recién fichado por una filial para trabajarles el mercado británico. Mi mujer era funcionaria y se quedó esperando un traslado. Una separación provisional que concluyó en divorcio. Mi banco acabó siendo devorado por un depredador insaciable, tu banco. Enviaron a la City cachorros frescos, con más pelo y menos escrúpulos, y me propusieron envejecer en la patria. Una sucursal de provincias era un puesto mezquino, pero no pude escoger. Fin.

   ─ ¿Algún dato más…, reciente?

   ─Ninguno digno de mención. Bueno, sí; este invierno he aprendido a preparar cócteles exclusivos que bautizo con nombres de mis héroes de tebeos. Una afición secreta que sólo revelo si hay mucha confianza.

    ─ ¿Y el Partido? No llevas nada rojo…

   —Una romántica historia de amor que terminó cuando Carrillo se hizo amigo de Fraga. Guardo el carnet en una caja de zapatos.

   ─ ¿No hay otras historias? De cualquier clase…

   ─No. ─Hablaba con mucha calma, en tono objetivo. Ella lo estudiaba con sabiduría de mujer.

   —Sé reconocer la ropa cara. Vistes mejor que cuando la barba de fraile y el zurrón de pastor. Tardaste en caer del guindo político.

   —Considéralo el uniforme para reencontrarme con antiguas novias. Puestos a comparar, le das cien vueltas a aquella Carmen de poncho y melena lacia. Tardábamos en enterarnos de casi todo; menos yo de que estaba enamorado de ti: diez minutos. Y, fíjate, salimos juntos los tres primeros cursos y lo más indecoroso que hicimos fue magrearnos como chimpancés. Sexualmente, un par de reclutas.

   —Ascendiste rápido. Toda la clase acabó por enterarse de que, durante el primer verano sin mí, una alemana casada te había hecho hombre las primeras diez veces en una sola noche. Impresionante récord…

   —Jugué de farol.

   ─ ¿En serio? Entonces… ¿Qué pasó?

   ─Nada de nada. ─El rostro de Nacho se vació de toda expresión ─. Debería haber aprendido a escoger a las personas que quería herir con más cuidado incluso que las que quise amar. Pero, ya que hablamos de casados…, tu marido es mucho mayor que tú. ¿Qué viste en él? En la secretaría de la facultad, cuando recogimos la última papeleta de la carrera, aquellos dos gloriosos aprobados rasos, me dijiste que os ibais a casar lo antes posible. ¿Quisiste hacerme un original regalo de licenciatura?

   Ella alzó una mano con la palma hacía él, como dándole el alto.

   —Néstor era amigo de mi familia. Me lo presentaron en bandeja con una manzana en la boca de muchos millones. Las chicas de entonces veíamos el futuro con el filtro de nuestros padres. Es un hombre inteligente, con instinto para los negocios. Supongo que me casé enamorada. Dejémoslo en que estamos empatados a aciertos y errores.

   —Y ahora, ¿qué?

   —Un lago tranquilo. Él cumple su parte y yo la mía. Sin molestarnos. Sin solaparnos.

   Tras un breve silencio, Carmen puso la servilleta doblada sobre la mesa y apartó con discreción la vela que ardía entre ambos. Adelantando el cuerpo para aproximar los rostros se lo soltó a bocajarro, con una suavidad perturbadora en cada palabra y un brasero en cada pupila.

   —No me creo que tú no estés con alguna mujer.

   Luego se recostó en la silla y, con un movimiento medido, introdujo la mano en el escote y extrajo una tarjeta de crédito apresada entre la piel morena y el tirante del sujetador. Nacho asistía al lance sin mover un músculo. Ella le hizo una señal al camarero.

   —Según con quién me cite es el escondite más seguro. —Y ante la oposición de su acompañante intervino resuelta—: Ni hablar. Nos lo merecemos. A esta comida invita el banco, nuestro querido banco, compañero. Luego bajó la voz hasta convertirla en un murmullo y, sin perder la sonrisa le preguntó─: ¿Verdad que has recibido también una invitación? ¿A que sí?

   ─Por supuesto ─confirmó él. Y, como si llevara el día entero esperando a decírselo, apostilló─, pero si tú no vas, tampoco pienso ir yo.

   Después de aquel almuerzo hubo llamadas telefónicas entre ambos que ella ocultó a su entorno. Conversaciones en un lenguaje cercano, sin la menor referencia a oportunidades perdidas o asignaturas pendientes.

   La noche de la fiesta Carmen se entretuvo en acicalarse y en escoger el atuendo con el esmero de una novia primeriza. Apareció por el salón sobre unos tacones que hacían oscilar al unísono la melena suelta y la falda de un vestido de lino, ajustado a su silueta hasta el inicio de la cadera. Entre abrazos y aspavientos surgieron antiguos compañeros en los que trató de reconocer facciones juveniles bajo rostros avejentados, papadas y calvicies ostentosas o disimuladas. Habían preparado el encuentro a la manera tradicional: credenciales con la foto de estudiantes, flores para ellas, canciones inmortales, augurio de sorpresas durante el baile…

   Cuando estaban llamándoles para pasar al comedor, y ante su ausencia, se atrevió a preguntar a una compañera, de las del comité de la fiesta.

     ─ ¿No ha venido Ignacio?

     ─ ¿Quién?

   —Ignacio… Nacho Carrión.

   La otra la miró perpleja.

   —Creí que habíais seguido en contacto.

   —No. ¿Por qué?

   —Ya veo que no lo sabes. Nacho Carrión murió. Hace nueve años.

    ─ ¿Cómo dices…? ¿Muerto?

   —En un accidente de tráfico, cerca de Londres. Trabajaba allí.

   Un bullicio de guitarras y panderetas les hizo girar la cabeza hacia la puerta. Llegaba la tuna. Nadie notó que Carmen se tambaleaba ligeramente cuando iba hacia su sitio.

   El lunes, tras teclear la contraseña en el ordenador de su despacho, y mientras esperaba a que arrancara, Carmen paseó con desgana hasta el ventanal y miró abajo, a la calle. Se percibía el habitual estrépito amortiguado del tráfico en una ciudad que comienza a agitarse desde sus tripas. Regresó para sentarse ante la pantalla. Fue entonces cuando se fijó. El mensaje del protector que serpenteaba arriba y abajo había cambiado. Ya no decía «Una hora perdida es un tesoro malgastado», sino «Estabas irresistible con aquel vestido. Nacho».

 

Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”
letrasrafaelborras@gmail.com

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