Soldado

Es una de mis pesadillas recurrentes. Sueño que me falta por cumplir una parte de la mili y me obligan a regresar al ejército. Pero como con los años he olvidado las reglas del comportamiento castrense, cometo una falta tras otra y termino arrestado en el calabozo, un cuchitril que tiene algo de panteón. Una mezcla de miedo, disgusto y vergüenza me empuja a despertarme con un respingo y salir de la cama.

Han pasado casi cuatro décadas de aquello, pero puedo recordarlo minuto a minuto cuando en la cocina, desvelado, mordisqueo unos gajos de naranja y me tranquilizo bajo la quieta presencia de una noche que, por fortuna, no es distinta a cualquier otra. Acaso hay ciertos hechos sobre los que no podemos escribir más que cuando se encuentran tan alejados en el tiempo y el espacio que casi daría lo mismo si no hubieran sucedido. Éste sí ocurrió; la foto uniformado de caqui con una estantería detrás llena de fusiles cetme, y la cartilla militar -en la que las letras de mi nombre, a máquina, han comenzado a desvaírse-, lo certifican.

Madrugada del veinte de noviembre de 1975. Un frío de narices. Hotelucho para la milicia universitaria, a un par de kilómetros del Regimiento de Infantería, en Lorca. A la hora de los fantasmas mi capitán me telefoneó: Franco había culminado su agonía. En la jerga cuartelera ordenó que me pusiera en marcha; las tropas marroquíes avanzaban en el Sahara y a mediodía partíamos rumbo a Canarias. Por nuestra patria, por nuestro honor y todas esas cosas.

La guerra que nunca debió llegar. Ni llegó, como les enseñan a los niños de ahora en el colegio.

Quince minutos después, con el terno de combate y un hatillo de incertidumbres a cuestas, conducía a todo gas mi Montesa de tercera mano, amortizada de la bombilla del faro a la matrícula. Alguien me gritó desde la penumbra, en la acera. Era mi compañero, el sargento Cerezo, un totanero pelirrojo y achaparrado, que corría a pie hacia la misma cruzada que yo. Resoplaba como un ballenato. Me hizo parar y, sin dar opción a negarme, ocupó el asiento trasero y le inauguró un calvario a la moto. Lo que quedaba hasta la entrada del cuartel fui inclinado sobre el manillar para contrarrestar los cien kilos largos de Cerezo.

Al aproximarnos al cuerpo de guardia, Cerezo, un chusquero de la estirpe cabeza cuadrada, no tuvo mejor idea que, afirmados los pies en los estribos, enderezarse en plena curva y saludar a la bandera que ondeaba en lo alto del mástil, con la punta de la mano derecha abierta tocando la sien. Según el principio físico de la acción y reacción, un objeto desplazado de su punto de apoyo provoca un impulso equivalente en sentido contrario. O algo así. Como consecuencia del mismo y de la maniobra de mi paquete, después de dibujar unas cuantas eses tuvo lugar el descarrilamiento. Cerezo salió despedido como un fardo hacia un lado, yo hacia el otro pegando volantines, y la Montesa, desbocada, fue a estrellarse contra una garita.

Me incorporé palpándome la osamenta. Apenas tenía roto el uniforme y algunos rasguños. Cerezo yacía inmóvil unos metros más allá, pensé que desvanecido, hasta temí que muerto. Piernas abiertas, brazos en cruz, la barriga apuntando a la copa de las palmeras. Me aproximé renqueando y pude comprobar con alivio que respiraba. Sangre abundante en la cabeza y por la boca. Le interpelé, con suavidad, que cómo se encontraba. Me escrutó con los ojos entornados antes de lanzar un prolongado quejido.

 —Estoy muerto, pijo —masculló— he llegao al cielo y tú eres mi angelico de compañía.

—De ángel nada, no me degrades; soy San Pedro —le recriminé—: ¿No podías haber esperado a bajar de la moto para cuadrarte?

Lo alzamos entre cuatro y a duras penas pudimos llevarlo hasta la enfermería. Dirigía la maniobra exigiéndonos mucho cuidado porque, aseguraba, se había roto la corona cervical.

—Y tengo un desparrame interior —tosió un poco, luego un prolongado suspiro—. Me se van a salir los sesos por el bujero, y el corazón y los higadillos por la boca. Voy a perder el sentimiento y después la voy a cascar.

El cabo médico lo exploró a través de las mollas. Aparentemente no presentaba más que una herida en el cogote, sobre un chichón y un hematoma dignos de foto, resultado de la colisión contra el macetero que frenó su deslizamiento terrestre. Además, un diente le había cortado el labio al darse con un pedrusco.

—Escucha —me decía con la mirada perdida—, no quiero transfusiones; esto es el final y, además, me pueden apegar de . Como no hay un notario de cuerpo presente, te nombro ipso facto mi albacea. Cuando fallezca, que será dentro de un ratico, dile al matarife que utilice mi cuerpo para la ciencia y que mis ojos devuelvan la vista a dos ciegos. Te nombro también heredero de mi petate. Las latas de fritás que me manda mi madre están en la taquilla. Cómetelas y buen provecho. Ah, escríbele a mi novia y dile que he caído con honor y mirando de frente a la muerte. Que no me importa que se case con otro… —se quedó callado unos segundos, cavilando con cara de rata—, pero obligao que sea murciano.

El médico, mientras, había trasquilado el pelo alrededor de la herida dejándole la coronilla como la de un fraile medieval.

—Mi sargento —le sugirió a Cerezo, vacilón—, con un zurcido artesano y una pincelada de yodo, la noche próxima, si quisiera, nos podría hacer la guardia. Por lo demás, como lleva siempre puesta una almohadilla de naturaleza natural debajo del cinturón, no ha sufrido lesiones graves.

─ ¡No joda, cabo! ¡Supongo que quiere que la espiche feliz; pero no me mienta, pijo, porque le arresto a título póstumo! ¡Lo menos tengo hemorroide cerebral, me he partío el espinazo y la sangre me s’está derramando por dentro!

Luego comenzó a farfullar alguna última voluntad más, como un teléfono para despedirse de su madre. Entró un oficial y pareció convencerle de que sobreviviría al percance, y yo aproveché para salir al patio, necesitaba despejarme. Terminé sentado en una mesa de la cantina. Poco después le vi venir desde la puerta de la enfermería. Demacrado, cojitranco, una mano en las costillas, la otra en el cráneo forrado con un turbante de vendas y encima la gorra de campaña, igual que la guinda de un merengue. Y una gasa bajo el labio superior inflamado. Parecía un conejo hindú.

Se derrumbó silencioso a mi lado. Nos quedamos allí, apoyadas las cabezas en las manos, humillados y sucios. Guerreros abatidos antes de la primera escaramuza, los codos sobre una mesa de formica descascarillada, frente a dos vasos de tinto peleón y el televisor de una cantina mugrienta, en un cuartel olvidado. Escuchamos al presidente Arias, desolado, leer el parte de defunción de Francisco Franco. Vivíamos momentos históricos, la muerte de un jefe de Estado que provocó tanto derramamiento de lágrimas como de burbujas de cava. Lo peor de los momentos históricos es que casi nadie se entera. Cerezo, por ejemplo, no paraba de lloriquear como un modorro, pero porque le dolían las mantecas y el chichón. De tanto en tanto se limpiaba los mocos con ruido de cisterna.

Entonces me dio por reflexionar sobre el despropósito de pagar el tributo de la milicia, y lamentar la incoherencia de una forma de vivir con unas reglas por las que uno se olvidaba en gran medida de su identidad y hasta de su condición humana. También deseé con toda el alma que aquel destierro acabara y volver pronto a mi casa.

Por la ventana translucía ya el disco rojo del primer sol, como un enorme escudo contra el desánimo. Le alargué a Cerezo una moneda.

—Te lo agradezco, pero puedo pagarme las espirinas.

—No es para pastillas. Cuando deje de sangrar colócala sobre el chichón y la comprimes con un pañuelo. Mano de santo.

El sargento Cerezo, que yo sepa, llegó a ascender hasta capitán. Supongo que dado el caso de cumplirse mi pesadilla me enchufaría en el botiquín. Un consuelo.


Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”
letrasrafaelborras@gmail.com

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La pesadilla. Por Rafael Borrás Aviñó, 9.7 out of 10 based on 10 ratings
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