Sangre. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Sangre.

  En la caída, cuando emerge o borbotea, se aprecia la majestuosa y oscura densidad que tanto juego puede dar. Una simple gota abre infinidad de enfoques emocionantes a tan solo unos pocos privilegiados que, somos capaces de ver más allá en el liquido vital, la puerta abierta a transformar en arte cada inspiración. El corazón late a un ritmo alto y sostenido, al compás los pulmones inhalan y exhalan rápidas, constantes y ligeras bocanadas de aire, los ojos arden como cavernas colindantes al infierno, el sabor memorizado en la lengua seca la boca esperando volver a chupar el dedo índice derecho, volver a lamer el pincel, ávido de tornar a pintar una nueva obra que cuelgue en la galería de lo excepcional.

  La descubrí siendo muy niño, sobre los cinco años debía tener, si recuerdo que fue una mañana primaveral en mi primer año de guardería. Era un lugar idílico, un antiguo parque repleto de pinos centenarios envejecidos con profundo y marcados surcos navegando desde la copa a la tierra compacta a la que se agarra, imponente en la altura, al son del viento danzan las ramas en su libre albedrío, amenazadoras unas veces nos bañan de sombra y otras nos secan de Sol. En ese entorno, en una pequeña edificación con más ventanas que cemento pasaba desapercibida el aula que nos recogía tras corretear unos tras otros la medía hora de recreo. Esa mañana, excitados, llenos de vida, floreciendo contagiados del buen tiempo, no teníamos ganas, ni intención alguna de parar el correteo que traíamos, brincando sujetos difícilmente a la silla, seguimos jugando a matar, a disparar supuestos proyectiles y se me ocurrió inconscientemente lanzar a un compañero sentado dos filas detrás de mi el boli Bic sin la caperuza azul.
Sangre.

  A diferencia de la mayoría de las ocasiones, disparé con fuerza, tuve una puntería digna de un francotirador, y le acerté a buena velocidad con la punta del bolígrafo en el lagrimal del ojo izquierdo, el silencio atronó, y la clase entera se paralizó ante aquel pequeño desgraciado llorando y gritando: se cubría la cara con las manos, por debajo de ellas vi a la altura de la barbilla un reguero de sangre aguada y salada deslizándose hasta el suelo. Mientras unos acompañaban el llanto gimoteando, y la maestra ponía orden en aquel alboroto, yo casi con los movimientos de un felino me abalancé enfocando la mirada en aquellas gotas rojas bailando como un flan sobre el blanco roto de la baldosa de gres. En ese momento supe que era diferente al resto, que era superior a ellos, yo no sentí pena alguna por aquel desdichado, es más, desprecié aquel tonto gimoteo. Mi destino inmediato al arrodillarme era, con el dedo índice, rozar presionando levemente una de aquellas gotas, un placer indescriptible recorrió mi cuerpo al notar la consistencia de la sangre, tras apretarla regresaba a su origen ovalado empujando la yema del dedo hacía arriba, levante el dedo para ver manchados  los surcos de mi huella dactilar antes de comenzar a frotar despacio el fluido contra el pulgar. Levanté la vista al notar las miradas de los compañeros sobre mí, en silencio la maestra me miraba incrédula…

Continuará.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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