Sucedió en Yecla. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Sucedió en Yecla

 

   Las armas enloquecieron demasiado tiempo, incansable el cólera humano apretó incesante el gatillo del odio, hasta que llegó el día que por fin enmudeció. Dando paso a un nuevo y nada halagüeño escenario de venganza, de persecución, de ruindad, y de tristeza en las calles silenciosas de un hambre atronador.

   En el altiplano murciano a los pies del Monte Arabí, mal refugiadas en Yecla viven las dos hermanas pequeñas, que, junto a sus tres hermanos mayores y a una madre ajada de tanto dolor, tanto sufrimiento, sola, lucha casi sin fuerzas. Recuerdan a su madre, una mujer educada, religiosa, seria, cariñosa y centrada, una mujer que siempre fue el pilar de la familia, y ahora se consume frente a tantas bocas abiertas para tan poco puchero que las calme, y que ni tan siquiera puede engañarlas. Recién inaugurada la década de la victoria para unos y de la derrota para otros, los primeros regocijados, entretenidos en desfiles públicos por doquier, y saboreando en privado el reparto de la nueva España. Los otros, los perdedores sufriendo las represalias de aquella locura mortalmente vivida por los extremos patrios, y en el medio, millones de inocentes que se vieron envueltos en la sinrazón.

   Los hermanos mayores de las niñas, adultos por el imperativo de la miseria salen a buscar cualquier cosa que echarse a la boca, ardua tarea con exiguos resultados. Pero, aun así, de vez en cuando, ante el triunfo por un pequeño pedazo de pan de centeno peleado y envuelto en el pañuelo, lo sujeta firme con la mano dentro del agujereado bolsillo de un viejo y raído pantalón heredado de su padre, corre sin parar, con el corazón que se le sale por la boca, galopa alegre hasta la madre que lo recibe con una triste sonrisa de orgullo por el tesoro que porta el zagal. Ahora toca dividir el pan en seis cachos, que tienen más espigas duras como agujas que nutrientes, como de costumbre en el reparto, al final siempre bajo la magia materna, el chusco se convierte tan solo en cinco pedazos. Mientras mira roer a sus hijos el pan previamente humedecido en agua, al compás oye los rugidos gástricos de los estomagicos, ella con el dolor en las tripas, recuerda su infancia en el obrador de la panadería de sus padres, rodeada de pan blanco, sueña despierta con las mañanas oliendo el pan recién horneado con leña, y con los sabrosos «libricos», o los «sequillos», y sobre todo los «panes benditos» el pan dulce que en febrero por San Blas no parábamos de elaborar. No puede evitar a pesar del amor que siente por él, la mala cabeza de su marido, —¿Por qué tenía que meterse él en nada? Se lo llevaron sin contemplaciones de la casa, entre lloros y suplicas, las dos pequeñas de tan solo nueve años una, y seis la otra, se agarraron con las manos a las perneras del pantalón, abrazadas las piernas, clavaron fuertemente sus uñitas en un intento desesperado por anclar el destino de aquel pobre hombre a su vera. Faltos de compasión aquellos hombres armados que arrastraban a su padre, al maestro. — No se lleven a mi padre, — gritaba la mayor, la menor solo atinaba a llorar inconsolable— todo esfuerzo fue en vano, el hombre acabo con los huesos en una de las celdas habilitadas en el ayuntamiento.

Sucedió en Yecla

   Durante los siguientes días la madre se acercó varias veces para intentar verlo, pero entre lágrimas volvía a la casa sin conseguir nada más que algún improperio y mucho desprecio. Una noche cuando aún el Sol se resistía a ocultarse, Carmen la mayor de las niñas menores insto a la pequeña Maruja a darle la mano, y que cuando ella le diera una patada disimulada en el tobillo llorará como nunca lo había hecho. De la mano las dos niñas se aventuraron a ir a casa del alcalde, Falangista moderado, católico y médico de profesión. Al llegar a la puerta Carmen llamo decidida golpeando sus nudillos contra la robusta puerta, la pequeña temblaba sujeta a la mano de su intrépida hermana. A los pocos segundos se abrió la puerta, y frente a ellas tenían al alcalde que con media sonrisa intrigada les pregunto que hacían allí, Carmen le explico que eran hijas de Antonio, del escultor conocido en el pueblo como el maestro, explico con una claridad alejada por completo a su edad lo sucedido, «en medio de la explicación le dio disimulada la patada a Maruja que de inmediato empezó a sollozar con sus pucheros incluidos» le suplicó de tal manera que aquel hombre se le debió partir el corazón, y tras hacerles pasar y darles dos buenos pedazos de pan blanco, les prometió que si iban en un rato al ayuntamiento, se podrían llevar a su padre a casa.

   Así lo hicieron, al llegar y con el desprecio habitual le entregaron al maestro, le devolvieron al padre. Con los dos pedazos de pan guardados dentro del vestiditos se abrazaron una cada lado y comenzaron el camino de vuelta con el resto de la familia. La mayor se dio cuenta de los moratones y el andar renqueante de Antonio, en silencio la niña lloraba y le dolían en su piel cada uno de los golpes que había recibido su padre. Al pasar el umbral de la casa y después de más lloros abrazos, las niñas sacaron el pan blanco y mientras lo comían dividido en siete cachos, Carmen explicó como su Maruja y ella habían conseguido el milagro ante las miradas atónitas y orgullosas de sus hermanos mayores, y de su madre, la de Antonio andaba cansada y perdida esa madrugada.

Después vendría la cárcel de Cieza, pero esa es otra historia.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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