Tinta en las venas. Por Ana M.ª Tomás

Tinta en las venas

 

Me urge la necesidad de escribir. Desde la primera hora de la mañana o la última de la noche siento el latido de la tinta ulular en mis venas apremiándome a contar historias, a escuchar a todos esos seres imaginarios o reales que pueblan mi mundo, mi mente, y precisan de ser contados, vividos en letras, en palabras. Aceleran mi pulso las voces de tantas mujeres escritoras ninguneadas, plagiadas, ocultadas bajo seudónimos o suplantadas por hombres a lo largo de la historia. Pero los deseos chocan siempre con la realidad, no importa que haya conseguido una «habitación propia» como pedía Virginia Wolf. No es suficiente. Al logro de ese espacio hay que añadirle siempre un «tiempo propio». Y eso es mucho más difícil que conquistar unos metros cuadrados físicos.

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«Hay que esperar» le digo a esa musa impaciente que desliza sobre mi oído el regalado primer verso de un largo poema. Ahora es preciso preparar el desayuno, vestir o desvestir a los niños –es siempre tan inoportuna–, acudir al trabajo por el que, se supone, se logra una independencia económica. Independencia, claro está, para elegir si pagas por un banco o por otro los obligados recibos que genera el estar vivo: vivienda, luz, agua, teléfono, comida… Independencia para ser consciente de que pocas veces o ninguna se vive de la escritura. Independencia para saber que las mujeres… «tenemos mejor mano» para las tareas de casa, para las obligaciones familiares, para organizar la intendencia de la vida cotidiana. Independencia para aparcar siempre ese rugido literario silenciado por el leve gemido de un bebé, el chup chup de la salsa para la cena, el silbato de la plancha, el pitido de la lavadora, el susurro de la fregona deslizándose en el suelo… Porque escribir es una necesidad básica propia. Pero todos sabemos que las necesidades de las madres están supeditadas siempre a las de la familia. Y ahora te necesitan ellos. Después habrá tiempo. Siempre es un después. «¿Por qué tú también?» parecen preguntarme algunos de los espectros de esas mujeres silenciadas. «¿Y tú me lo preguntas?» les respondo.  Y me digo que ya habrá un día cuando mis hijos crezcan y tengan sus propias vidas… cuando no sea necesario acudir cada día al trabajo porque ya ese tiempo proporcionó unos dividendos para sí tener entonces una «independencia económica»; cuando las habitaciones vacías de los hijos dejen demasiadas «habitaciones propias»; cuando no haya que acallar de manera imperiosa las voces del Olimpo; cuando nadie pregunte si escribo para mujeres; cuando los sillones de la Real Academia de la Lengua tengan en su regazo a tantas mujeres como hombres o más; cuando en los libros de literatura aparezcan nombres jamás escuchados como Luisa de Carvajal, Beatriz Galindo, María de Zayas y Sotomayor, Sor Juana Inés de la Cruz, María Lajárraga, Rosa María Gálvez, etc. Entonces se podrá escribir,  «Escribir…/ desde los bajos fondos de las tripas/ desde el suburbio/ de la angustia o la amargura,/ desde los arrabales del insomnio/ y la tortura/ por tanto desamor del hombre amado,/ por tanto amor/ al pueblo y a la tierra que nos vive y que nos pisa./Escribir tras la Mirada/ –siempre femenina–/ del hambre, el miedo o la violencia/ aunque el mundo no acierte a poner nombre/ adecuado/ a las calles amargas de la Vida» (como ya dije en Miradas cómplices). Mientras tanto habrá que conformarse con que este 17 de octubre, por «primera vez», se ponga sobre el calendario «Día de las Escritoras». De todas. De las reconocidas, de las anónimas, de las triunfadoras, de las que sintieron en sus carnes el fracaso, de las valientes que rompieran moldes y de las pusilánimes… y de todas aquellas que pensamos que  «Por amor a los míos/ inmolo cada día ante una escoba/ los talentos otorgados./  Mi vida es un largo poema/ nunca escrito;/ cada plato que friego,/ cada camisa que plancho,/ es un verso inacabado,/ una espina añadida/ a un tiempo marchito y desolado./ Son sonetos la limpieza de los suelos,/ redondillas cocino con agrado/ mientras lavo entre ropas egoísmos/ que renacen cada día/ inmaculados./  Y mi vida se va con cada rima/ mezclada con el agua/ que lloran los lavabos». Ese día será de todas.

 

Ana María Tomás

 

 

 

Ana M.ª Tomás

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