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Esta entrada iba a ser la segunda y última de la serie, y la que la autora quería escribir. La primera fue para contextualizar. La segunda se coló, impulsada por esas cosas que se dicen, se comentan, se rumorean. Pero explicado ya en aquella primera lo que había que explicar, me dispongo a contar lo que a mí me gusta siempre de una traducción: lo que hay en la trastienda. O en la cocina, prefieren decir algunos.

Qué más da… el laboratorio, la rebotica… El cuarto de atrás, de Martín Gaite, otra expresión que podría valernos. Nos sirve además para sacarla a ella a la palestra. Porque de ella va el asunto, parte del asunto al menos. Y porque cuando se habla de la trastienda de una traducción es cuando el traductor y el lector ven realmente las tripas no sólo del libro: también del proceso.

Me encanta hablar del proceso de traducción, porque nunca es recto, liso, ni unívoco. Tiene altibajos, retrocesos, socavones, curvas, repechos, recodos. Recodos que, como en la canción de Serrat, se acostumbran al camino. Yo, que no puedo hablar de traductología, ni de teoría de la traducción, ni he ido a un colegio bilingüe ni he tenido la suerte de vivir o estudiar fuera, disfruto enormemente cuando me enfango en un texto, cuando hago, deshago y rehago frases y párrafos, cuando busco el nombre preciso o me escapo de la traducción que me impone el diccionario. Como llevo más de 25 años de oficio me niego, sin embargo, a que se me pongan etiquetas de las que se libran otros que han tenido más suerte en la lotería demográfica, o más tino, o han el don de la oportunidad. Tal vez a los colegas sí, pero a los lectores les importan muy poco las áridas teorías que nos llevan a hacer las cosas como las hacemos, y mucho el resultado, o las pequeñas manifestaciones de savoir faire o de serendipia que nos llevan hasta él.

Lo que quería contar de mi traducción de Cumbres son, sobre todo, dos cosas. La primera, probablemente la más romántica de cuantas rodean a este quehacer, es una pregunta que nos hacen a menudo: si el que has traducido era un libro que querías traducir “de toda la vida”. Esa es puramente subjetiva. La segunda, lo que rodea al libro desde su publicación hasta que aparece tu traducción, y que es una mezcla de objetividad (en mayor porcentaje) y subjetividad: elementos, muchas veces, paralingüísticos. Me preguntan si Cumbres borrascosas era mi libro favorito o, al menos, uno de esos libros que uno quiere traducir. La respuesta es no. Aclaro esto: la historia de Catherine y Heathcliff es muy poco inglesa para mí, y por eso no está entre mis predilectos. Como lector, aclaro de nuevo. Como traductor, la cuestión es otra porque los factores que intervienen son, aquí sí, una mezcla de cuestiones objetivas y subjetivas. Mi novela favorita de todos los tiempos es Retorno a Brideshead y no la traduciría ni loca. La segunda es La naranja mecánica y no la traduciría ni por todo el oro del mundo. Hay una mezcla de “Oh, no, no soy digna” y de sospecha de incapacidad propiciada por esa inmersión afectiva en el libro. Si acepté el encargo de traducir Cumbres fue porque esos factores no intervenían (bueno, tal vez el de “no soy digna”, sí…) y con ello el libro no sufriría más de la cuenta. A pesar de que por mi parte quedaban garantizados el rigor y la distancia necesarios para acometer la traducción, pensaba en cuántos colegas lo habrían hecho desde el otro punto de vista, el de la pasión absoluta, y me sentía un poco mal. Si me pongo yo en este supuesto y veo qué libros que yo quería traducir han caído en otras manos veo que ninguno está en mi categoría de “libros con pedestal”, sino en otra: la de libros adorados, perseguidos y deseados. Y no, no voy a decir aquí ninguno… O tal vez sí, uno que ya traduje: Las muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini, que publicó Impedimenta. Y otros que seguramente no traduciré nunca, como los de Jane Austen o prácticamente cualquier otro autor del XIX inglés.

Con este retorcijo (no, no está en el DRAE, no busquéis) de sentimientos y sensaciones vamos directos al psicoanálisis. Si ya era complicado abordar la traducción de un clásico, muy conocido y con numerosas traducciones ya disponibles, como he comentado anteriormente, no lo era menos hacerlo con un recuerdo que atesoro y que data de antes de que comenzara mi carrera de traductora literaria. Iba a traducir del inglés un libro que antes había vertido Carmen Martín Gaite, y me vino inmediatamente a la cabeza una anécdota que oí contar a María Teresa Gallego en una mesa redonda sobre la traducción que Martín Gaite había hecho de Madame Bovary. Decía que cuando el amante le comunica que la abandona ella, a quien Flaubert había colocado de pie para recibir la noticia, acabó sentada –por obra y gracia de Martín Gaite– porque era esa noticia que una mujer no puede recibir de pie. Años después la propia María Teresa traducía la misma obra, que no he leído pero donde sin duda habrá dejado a la Bovary de pie como corresponde. Cerraba, de pronto, un círculo: me veía, de alguna manera, confrontada no sólo a Martín Gaite, a quien admiro profundamente como escritora, sino a María Teresa Gallego, a quien admiro profundamente como traductora. En una situación paralela, con menos años, menos recorrido y menos experiencia.

Esto supuso, como imaginarán, un conflicto freudiano. No tenía que “matar al padre” o, en cualquier caso, no a un padre, sino a tres. No he encontrado barbaridades como la que refiere Gallego en la obra de Emily Brontë, aunque hay alguna imprecisión que bien puede deberse al desconocimiento o a un leve tinte de censura, al menos de censura moral. Pero no es este el lugar para hablar de ello. Siempre digo que una traducción tiene muchas capas, muchos niveles de actuación, de intervención y, por ende, de complejidad. También de disfrute. No quiero hacer demasiado hincapié en la pasión porque parece que acaba siendo una palabra vacía de sentido a fuerza de usarse de contrapeso para compensar otras: la falta de años, la falta de experiencia, la ausencia de una licenciatura en Traducción e Interpretación… Pero como decía Pascal, también en esto el corazón tiene razones que la razón ignora.

Quédense con esto: cuando me ofrecieron el trabajo me sentí inmensamente afortunada y honrada por haber sido escogida. Lo acometí con rigor y respeto, pero también con ilusión y cariño. Creo haber hecho una buena tarea. Y si no les convenzo espero al menos que, como dijo Brian Jones, “No me juzguen con demasiada severidad”.

La historia de Lola B. Por Amelia Pérez de Villar

Amelia Pérez de Villar

Blog de la autora

 

 
 


 

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Traducir Cumbres borrascosas. Tercera y última parte. Por Amelia Pérez de Villar, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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