un país a la intemperie

Un país a la intemperie

 

 

   Entre la somnolencia indolente y la agresividad histérica se hallan las aguas vivificantes de la moderación,  la sensatez, la previsión y la buena educación. Desgraciadamente, en nuestra sociedad y en nuestra clase política venimos viviendo mucho más ese “Parkinson”de los extremos compulsivos que el solaz del equilibrio.

   Está bien que se abra, como se abre hoy catorce de marzo de dos mil diez y ocho, o mejor dicho se reabre, el necesario debate de la sostenibilidad de las pensiones públicas. Para un tema como este, como sabemos todos, desde un punto de vista político y social es absolutamente imprescindible un abordaje desde posiciones, que si bien pueden ser muy distantes, la voluntad que subyazca a todas ellas sea la de avanzar con la mayor celeridad posible hacia un acuerdo de sostenibilidad con el que, si está bien hecho, ningún grupo político estará de acuerdo del todo pero cuyo fruto beneficiará al conjunto de la sociedad.

Y si bien este es un tema urgente como pocos, hay uno que siempre es el más urgente, siempre el más importante. Por la sencilla razón de que nunca podrá ser urgente, en el sentido en el que nunca, nunca será producto de la prisa. Y por tanto, cuanta más calma y templanza requiera un asunto, más urgente es su abordaje y más necesaria es su inclusión permanente en el quehacer de todas las instituciones e individuos responsables de su fomento. Por supuesto, estamos hablando de la educación.

   La educación es a las mentes y espíritus lo que la casa a los cuerpos; sin ella, no hay crecimiento, estabilidad, futuro. Si evaluásemos el coste, no sólo monetario, que también, sino moral, social, político, etc., como consecuencia de no abordar correctamente la reforma del sistema educativo, su mejora, los recursos y cariño social e institucional que merece, estoy convencido de que estaríamos hablando de la mayor fuga de recursos y oportunidades de este país de largo, equiparable a una hipotética ausencia de vacunas para el tratamiento de las enfermedades infecciosas – que naturalmente, vino gracias al fomento de la ciencia, producto genuinamente educativo -. Hoy precisamente ha fallecido uno de los máximos exponentes de la ciencia de las últimas décadas, Stephen Hawking, que encarnó casi todas las virtudes que acompañan a la buena educación, además de su inmenso legado de conocimiento. Descanse en paz.

un país a la intemperie

   La educación es un fenómeno tan transversal que incluso este concepto deviene insuficiente para ilustrar su calado: la educación es omnipresente, es como el oxígeno para la vida en la tierra. La calidad de vida viene por la educación, y el sentido de la vida es su calidad, ninguna otra cosa es. Y la sociedad no lo entiende. Porque en las encuestas del CIS nunca aparece como una preocupación; es la pescadilla que se muerde la cola: para comprender la importancia vital de la calidad educativa hace falta calidad educativa. Por tanto, sólo un colectivo consciente de la superior importancia del tema y con poder y conocimiento suficiente para ponerlo encima de la mesa con la suficiente fuerza, contundencia y capacidad de persuasión, puede poner de relevancia ante la sociedad y presionar a la faltriquera clase política para abordar de manera prioritaria un tema del que no se beneficiarán a corto plazo – en ese primario sistema de recompensa carroñero en el que están inmersos – pero del que bebieren generaciones y generaciones y se desarrollaren millones de personas hasta niveles de realización individual y colectiva nunca vistos en nuestra historia.

   El futuro de la especie humana pasa por ahí. Por que un individuo tenga criterio para saber si una información es cierta o es de dudoso valor, si un partido político merece su voto o su reprobación, cómo y cuando salir a la calle para protestar, cómo consumir de manera responsable, cómo comportarse correctamente en sociedad – no hipócritamente -, cómo tratar a otros seres humanos y a los animales y seres vivos en general, y un largo etcétera en el que la educación institucional – no sólo en guarderías, escuelas y universidades sino en todos los ámbitos de lo público y lo privado – es clave para nutrir el desarrollo de una sociedad. Absolutamente clave. Y, por supuesto, estamos lejísimos de alcanzar el pleno potencial del individuo y la sociedad en este aspecto que permea todos los aspectos.

   Pero este tema queda a un lado, soslayado, cuasi ignorado, siempre para otro momento, cuando no como arma arrojadiza politicoide en una sucesión de mareos de lodes, logses y lonces, que han producido el actual engendro, que como van pudiendo los docentes, se parchea para dar algo con un mínimo de sentido y que funciona peor que nunca, todo sea dicho, a pesar de tantos miles de docentes entregados a la causa.

   Hemos dejado el tesoro a la intemperie, a su albur, expuesto a las inclemencias del tiempo y al alcance de bestias e insectos.

   Este es el mayor error cometido por este maravilloso país desde la guerra. Y no lo verá en ningún periódico, en ningún telediario, en ningún debate político.

 

jaime trabuchelli

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