¿Y ahora qué? Ante el desconcierto nacional. Por Santiago Tracón

¿Y ahora qué? Ante el desconcierto nacional

Foto: Fernando Redondo

¿Y ahora qué? Ante el desconcierto nacional

 

Podría escribir otro artículo. Podría repetir lo que he dicho y anunciado desde hace más de treinta años. Podría recoger cientos de afirmaciones escritas en cientos de artículos durante los últimos cinco años (por acotar el tiempo). Podría repetir los gestos de conmiseración con que han sido acogidos mis análisis y vaticinios por muchos, incluidos algunos de mis amigos, los que, aun pensando como yo, me han tachado de exagerado, alarmista, incluso de pirado. Los hechos, sin embargo, han ido dejando cortas mis reflexiones, mis premoniciones, no sólo para darme la razón (pobre consuelo), sino para sacarla de quicio, porque ni siquiera los hechos caben dentro de los márgenes de la razón.

Cuando los hechos empiezan a desbordar a las palabras, entonces significa que hemos entrado en otra fase, otro estado. Cuando se pasa del estado sólido al líquido, por ejemplo, las leyes cambian, nada de lo que vale para tallar una piedra sirve para manipular un litro de gasolina. Las leyes de cohesión, tensión, fluidez o capilaridad cambian. Pues eso mismo sucede con una sociedad, puede pasar de un estado a otro. Los cambios pueden ser bruscos (una revolución) o lentos y graduales (lo más frecuente) hasta que se hacen evidentes e irreversibles. La paz y la cohesion social, así, pueden pasar de la estabilidad y el equilibrio a la inestabilidad y el desorden. Los negacionistas, que suelen confundir pacifismo con cobardía, acaban siendo incapaces de distinguir una marea de un tsunami.

No necesito decir que me refiero a España. Pero debo precisar: no sólo a Cataluña. El primer error, el que lo desenfoca todo, es hablar del «problema de Cataluña» como si fuera algo separado o distinto del problema de España. Pensar y creer que lo que sucede en Cataluña no afecta ni influye ni determina todo lo que hoy ocurre en España es algo que sólo una maniobra de persistente propaganda, de intencionada campaña de adormecimiento, obnubilación e hipnosis colectiva ha podido lograr. Que hoy predomine el relato goebbeliano y nazi sobre lo acontecido en Cataluña el 1-O, transformando una insurrección anticonstitucional en una resistencia heroica del «pueblo catalán», es algo de una gravedad que supera mis más negros augurios. Pero he dicho que no quiero escribir un artículo. Así que aquí me callo. Es tanta la responsabilidad delictiva de Rajoy y su miserable y cobarde camarilla que aquí dejo en el tintero la indignación de mi pluma y anestesio con poesía mi lengua:

Aires, aires de mi tierra, da minha terra, de aquel horizonte rojizo manchado de robles y encinas (más allá, las altas montañas), que fue la primera lejanía que mis ojos lograron distinguir en la confusa e inabarcable inmensidad de los campos y riberas que no necesitan más que la luz para existir. Volver a la patria pequeña, a la matria regada por el Cea y luego el Esla y más allá el Duero que acaba en la mar sin límites, atravesando Portugal, que es la misma patria. Amar esta tierra desnuda y sin fronteras, la que es de todos por igual, la que nadie tiene y todos poseen, la que, extendiéndose más allá, encuentra otro mar, al este, y otro al norte, y otro al sur, la España que nos une y nos hace libres.

Frente a la despesperación de esta hora, que acabará siendo trágica, sólo me queda una esperanza, y aquí ya la política olvida su nombre y encuentra su justificación más allá, en los caminos que señala el corazón, y la lucha por la verdad y la razón y el empeño de impulsar un movimiento político de resistencia, que recupere el sentimiento de libertad y dignidad, adquiere su único sentido, que no es otro que volver a ver en el rostro de la patria, o sea, en el de la mayoría de sus ciudadanos, la fe en sí misma (en sí mismos), en su capacidad de reacción ante la deleznable casta política que hoy nos gobierna y domina, un grupúsculo de indeseables corruptos, cobardes y apocados, incapaces mentales, tan engreídos como inútiles.

Sí, hasta el diccionario se fatiga tratando de describir la abyección de quienes han renunciado a devolver la dignidad al Estado, a las leyes, a la libertad, a la igualdad, a la convivencia y a la unión que, si no la persiguen y aplastan, surge de modo natural entre todos los españoles, vivan donde vivan, tengan la ideología que tengan, hablen la lengua que hablen. De todos ellos, de todos nosotros, dependerá que triunfen los sediciosos, los nacionalfascistas, los antidemócratas, los únicos que de verdad usan la violencia, la discriminación y la intimidación contra la mayoría. Se llaman lo contrario de lo que son, pero este engaño, manipulación e imposición del relato cambiado de los hechos acabará desmoronándose. Sí, somos mayoría. Empecemos a creer en nuestra fuerza, por más que nos amordacen unos y otros, independentistas y pusilánimes, atracadores y consentidores.

Santiago Tracón

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