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Nº-17 Combustible Rojo. Esclavitud. Por Cigüeña hogareña

Tú ya lo sabías. Solo tenía que decírtelo de nuevo. No te gustaba, pero debía gustarte. Ellos decían que era así.

Esto es lo que cada día Andina se decía de su compañera. Los extraños fenómenos ocurridos hacía cuatro días no les dejaban dormir con tranquilidad. En parte Andina era incapaz porque cada nuevo amanecer debía hacer de pequeña canguro.

Todos los días, Zulia se levantaba de su acolchada joroba semicircular y paseaba lentamente por el pasillo, decaída anímicamente y arrastrando levemente los pies ante la impotencia de no poder dormir. Era una nueva sensación, algo que nunca habían tenido que asumir. En parte, Andina ya se había acostumbrado a ella, pero Zulia era reacia a sus nuevos impulsos.

La puerta corredera se abrió y un hombre, igual de pálido que las dos niñas, sonrió:

-Bueno pequeñas, llegó la hora de ir de caza. Espero que descansarais bien.

-Yo sí señor, pero Zulia sigue sin poder dormir.

-Si no durmiésemos de noche, a lo mejor dormía. -Dijo enfadada.

-Bueno chicas, no importa. No os peleéis y acompañadme.

El corredor que continuaba tras el pasillo de la habitación se dejó ver de nuevo, ante un quinto día extraño. Esas nuevas costumbres eran muy pero que muy raras hasta para cualquier adulto, pero alguien debía hacer el trabajo que nadie quería. Y una vez cruzaron el corredor, lleno de puertas en su techo, suelo y paredes, abrieron la última puerta para salir a la luz de la brillante luna, que se reflejaba en la mojada carretera, deslumbrando en cierta medida a los ojos de Zulia.

Ningún niño sabía realmente que era lo que estaba haciendo, puesto que la transformación ni siquiera les causaba un fuerte impacto, tan solo se limitaban a dormir. Esto les beneficiaba enormemente a sus nuevos dueños, que se encargaban de alimentarlas y darles cobijo.

Pero la luna no solo albergaba niñas pálidas con vida nocturna, también lo hacía con alimañas, o al menos así les llamaban.

Tenía una sensación molesta, molesta de verdad. Mi cuerpo temblequeaba y mis piernas respondían de forma extraña. Mi cabeza me propinaba punzadas y todo aquello que debían ser colores y objetos tridimensionales no eran más que borrosas manchas blanquecinas y negras. Pero no podía dejar de reír a carcajadas. No podía dejar de disfrutar de aquella sensación. Debo admitir que ni sabía en qué lugar me encontraba.

Entonces, una de mis piernas me proporcionó la respuesta adecuada por fin y mis ojos comenzaron a visualizar las figuras que tenía a mí alrededor. Todo estaba encharcado de sangre. A mis pies múltiples cadáveres y mi mano sosteniendo un trozo de cristal. Entonces enfoqué hacia dicho cristal. Estaba clavado en un cuerpo mutilado y colgado de una soga.

-Muy bien, asquerosa alimaña. –Un tono de desprecio se hizo patente ante dicha frase, mientras le colocaban unas gafas. -Parece que esta noche ya has servido bien. Ahora puedes largarte al camión con los demás.

Otra vez me había dado un festín con sus entrañas y su carne. Otra vez. Malditos hijos de puta. Espero que os pudráis en la miseria.

-¿Qué te pasa? ¿No te gusta la recogida de combustible?

-Déjalo anda. –Dijo otro hombre. –Nunca habla. Quizá por eso sea el mejor que tenemos para el trabajo.

Noche tras noche, en la que una luna llena estuviese en el cielo iluminando con su puto brillo, nos sacaban a la fuerza de nuestras jaulas, nos ataban con cadenas eléctricas y nos controlaban como si fuésemos muñecos. Unos chips eran los responsables. Unos míseros chips y esas cadenas. Así lo llaman ellos, el nuevo combustible. Pero lo cierto es que a mí sólo me parecía una salvajada desmesurada. Una putada de la naturaleza. Sí, algunos nacíamos así, y ya ves, tuve que ser yo uno de ellos. No te pudieron dejar en la tripa de tu madre, tenían que sacarte. No sé cómo consiguieron que la sangre pudiese servir de combustible desde que el petróleo se prohibió; pero desde luego prefería que el mundo se sumergiese en la mierda antes de ver tantas atrocidades noche tras noche.

Un camión paró en frente del piso, y las niñas y el hombre que las acompañaba subieron entre el conductor y el copiloto. No les daban miedo, ya los conocían; pero desde luego el estar sentadas en ese camión de nuevo les dejaba una sensación extraña en la boca.

-Bueno pequeñas. Os vamos a llevar a un parque de atracciones muy rojo y emocionante. ¿Qué os parece? –Comentó el acompañante.

-Yo ya me acostumbré, pero Zulia todavía no.

-Bueno, esto es poco a poco. Lo importante es que os gusta la sangre, ¿no?

-A mí no. –Se quejó Zulia.

-Bueno pequeña, no te preocupes, ¿vale? Es normal tardar en hacerlo.

-¿Y tú qué sabes?, humano de mierda.

-Ciérrale la boca a ese, ¿quieres? –Le dijo el piloto al copiloto. -Si no, no puedo conducir tranquilo.

Una descarga chisporroteó de una cadena y un gemido de dolor inundó el camión, que en unos segundos solo dejó paso al sonido de la lluvia chocando contra el techo del vehículo.

Y así nos trataban cada vez que les escupíamos a la cara lo que eran. La electricidad quemaba como el fuego, y los nervios se desataban. Pero lo que más me jodía era que usaran a los niños y niñas. Solo debían contratar a un vampiro adulto que los transformara, y luego sólo había que acostumbrarlos a esa horrible vida de esclavitud. Ellos no se enteraban por supuesto, pero lo hacían sin malicia ni sabiendo que era esa sensación nueva que corría por sus venas. Al fin y al cabo, eran niños.

El camión aparcó, y a todas las alimañas nos hicieron bajar, otra vez. Entonces, tras bajar el conductor y el cabrón del copiloto, pude ver a las pobres niñas saliendo de la cabina del camión con su acompañante. Nos ponían unas gafas contra la luz de la luna. Luego, simplemente nos volvían a someter a la nueva tortura, a su juego.

-Vale, sacadle las gafas a todos ellos. ¡Vamos, no quiero retrasos!

Sus asquerosas manos, protegidas con los guantes, se encargaron de sacar las mías. El capitán de la tropilla. Mi cuerpo volvió a temblar, a reaccionar nerviosamente. Ni siquiera hacía falta que mirase a la luna, sus rayos y reflejos ya causaban la putada más grande de mi vida. El pelo comenzaba a crecerme aceleradamente y los huesos se estiraban y desgarraban, forzando a los músculos a moverse. Dios, quiero que pare esto. -¡Quiero que pare esta mierda joder!

Las niñas miraron al hombre que gritaba. Su acompañante, también.

-¿Qué le pasa a ese hombre? Es muy peludo ahora, ¿no?

-Si Andina, así es.

-Y… ¿qué es él? Nunca los vimos. –Preguntó Zulia.

-Bueno, veréis se les llama alimañas.

-¿Y por qué? No lo parecen. Aunque no sé qué es una alimaña. –Curioseó con sus palabras Andina.

-Veréis, ¿os suenan los hombres lobo?

-¿Es él uno?

-Sí Andina, él es uno.

-Pues a mí me gusta su pelo. –Dijo Zulia.

El acompañante sonrió. Y repentinamente, su rostro cambió. Por su mente, pasaron todos sus recuerdos de la infancia y todo lo que tuvo que pasar cuando lo transformaron. Claro, que él era un adulto. Desde hacía años se venía cuestionando todo acerca de que usasen a los vampiros y a los hombres lobo como máquinas chupa sangre que podían alimentarse un poco y dejar la suficiente sangre para que ellos la succionaran con máquinas. Aunque los presos no les importaban a nadie. Incluso si algún hombre lobo o vampiro moría, usaban su sangre, solo que lo único para lo que les servía era para poder transformar a los demás. Sólo la sangre de un vivo podía combustionar de aquella forma tan extraña. Y las cárceles estaban llenas siempre de esa sangre. Así, también se podía hacer hueco a nuevos presos.

Entonces, se miró en el retrovisor, aborrecido de todo lo que veía y cansado de su penosa vida. Pero lo que más le impactó fue ver a aquellas pobres niñas bebiendo sangre y matando a presos con sus diminutos y relucientes colmillos de leche. Habían perdido la vida para servir a arrogantes y avariciosos humanos. Y entonces se dijo a sí mismo, -basta. Es hora de que esto se detenga. ¿Por qué a los niños? ¿Por qué a cualquiera? Ni los pobres peludos se merecen esto. Debo detener esto. Aunque solo sea por hoy. Aunque solo me lleve a la muerte de la muerte.

El acompañante se arrancó una uña de uno de sus dedos y la lanzó al ojo del capitán. Gritó agonizante y tapándose su herido ojo. Una vez se colocó a su espalda le rompió el cuello, sonando como una nuez partiéndose para ser devorada. Agarró la cadena eléctrica por las sujeciones del que antes se había quejado y las partió.

-Llévate a las niñas contigo. Llévatelas lejos.

Los demás hombres empezaron a disparar. La alimaña saltó encima de uno y de un mordisco le arrancó media cara. El acompañante, mientras era traspasado por numerosas balas que se deslizaban por el aire, seguía avanzando hacia ellos con mirada desafiante. Los casquillos caían al suelo y lo golpeaban, sonando como si numerosos grillos acompañasen la escena con su canto. Y tan pronto las balas se acabaron, el acompañante deslizó uno de sus brazos y seccionó con sus uñas las venas del cuello de un soldado. Al que estaba a su izquierda lo agarró por el cuello y lo levantó, esperando que poco a poco se ahogase mientras sentía su nerviosa respiración en la cara. Mientras, la alimaña ya había asesinado a los demás miembros del cuerpo.

Las niñas empezaron a llorar tras ver tal abrupta escena, y su acompañante fue junto a ellas.

-Escuchadme, iréis con el hombre lobo, ¿vale?

-Pero yo quiero ir contigo. –Dijo Zulia en medio del sollozo, medio atascada.

-No podéis venir conmigo peques. Pero con él estaréis a salvo. ¿Confiáis en mí?

-Sí Gerardo. Yo cuidaré de Zulia y del hombre lobo. –Afirmó Andina.

-Así me gusta guapa. –Se despidió con un beso en su fría y pálida frente.

Gerardo le retiró las cadenas a los demás, dejándoles las gafas. Luego, le dio a la alimaña que lo había ayudado las suyas. Este se las puso, y una nueva oleada de quejidos y alaridos, acabados en carcajadas, dejó paso a la estructura de un hombre corriente y delgado.

-Gracias tío. Cuidaré bien de ellas, te lo juro. Jamás dejaré que les pase nada. Estaré con ellas hasta que sean mayores mentalmente. Luego puede ser que nos dividamos o no.

-Muy bien. ¿Cómo es tu nombre? –Preguntó Gerardo.

-Me llamo Ul-kalak.

-Encantado de conocerte. –Dijo estrechándole la mano. Seguramente te llamen peludo u hombre lobo. Ten paciencia con ellas.

-La tendré.

Ul-kalak cogió de las manos a las niñas y se fue andando con ellas, con la ropa rasgada y sucia. Sin embargo, Andina y Zulia iban vestidas elegantemente. Sus pasos los apartaron poco a poco de la vista de Gerardo; engullidos y silenciados por la oscuridad. Quizá fuesen nuevos tiempos. Quizá.

 

 

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    14 Comentarios a “Nº-17 Combustible Rojo. Esclavitud. Por Cigüeña hogareña”

    1. Freya dice:

      Te han dicho todo ya Cigueña, yo solo quiero añadir que lo he leído con interés.
      Suerte compañero.

    2. Duna dice:

      Coincido con la mayoría de los comentarios. Una imaginación desbordarte.
      Suerte!

    3. Juno dice:

      ¡Hola, Cigüeña hogareña! Aquí tienes mi humilde opinión. Respecto al tema, te arriesgas mucho al presentar tu versión después del éxito de otras, aunque si te gusta el conjunto vampiros/humanos/lobos, seguro que tus dedos iban plasmando cada imagen de tu mente con entusiasmo; al menos eso es lo que a mí me ha llegado y no hay nada como escribir disfrutando.

      Respecto a la narración, además de lo que ya te comentan, creo que tu relato mejoraría mucho narrado en tercera persona; me resulta extraño que el narrador, formando parte del relato, exprese lo que sentían los demás como si estuviera también dentro de ellos, y, por otro lado, las frases con palabras como mierda, joder, puta y sus derivados se podrían mostrar como pensamientos en vez de una exposición del que narra, pues tal cuál está escrito queda muy brusco y poco o nada literato.
      Escribe, escribe, escribe 😉
      ¡Suerte!

    4. Benito P. dice:

      Suerte.

    5. Cigüeña hogareña dice:

      Muchas gracias Álex. La idea de la división de los párrafos la traje de otra historia, y en esta lo cierto es que son transiciones mucho mas suaves. Quería arriesgarme un poco aunque tengo que trabajarlas más, eso es cierto. Y si, cuando lo he releído he visto un pequeño abuso del verbo haber, que ciertamente es un poco horrible. De nuevo muchas gracias por la crítica constructiva, que así se avanza en la escritura. PD: me suele gustar un poco el ritmo rápido en las historias.

    6. Alex dice:

      Como revisión del mito del vampirismo la idea funciona -aunque me recuerde algunos videojuegos de la última hornada-, con hallazgos ingeniosos en la definición de los personajes.
      El desarrollo en forma de cuento creo que es notablemente mejorable. Empezando por que ayuda poco a la lectura el que los párrafos sean tan cortos, como peldaños de escalera, unos sobre otros, o una serie de expresiones de argot que no siempre vienen a cuento, o la división, algo dispersa, en puntos y seguido, puntos y aparte -ya comentado- y comas.
      Ánimo, Cigüeña, tienes una imaginación privilegiada.

    7. Cigüeña hogareña dice:

      Agradezco mucho vuestros comentarios. Me habéis alegrado al leerlos. Esto reconforta y hace saber que se ha hecho un buen trabajo, o por lo menos el mejor posible. De veras muchas gracias.

    8. Furtiva dice:

      Yo también apuesto por su imaginación,es originalísima. Mucha suerte Duna,un abrazo.

    9. Greta dice:

      Hasta que le tira la uña arrancada al ojo he podido leer. Yo me voy con Garcilaso urgentemente.
      ¡Qué Cigüeña tan hogareña!¡Qué fauna tan completita tenemos por aquí! Suerte, suerte.

    10. Gaia dice:

      Recreas muy bien el ambiente y me he quedado aterrorizado y desolado leyéndolo. Cuando tenga más tiempo volveré a leerlo, estoy convencido de que necesita otra lectura más atenta. Enhorabuena y suerte.

    11. Aisara dice:

      ¡Qué espectáculo desolador tan bien ambientado!

    12. El Pérfido Samaritano dice:

      Se diría que sobre hombres-lobo y vampiros ya se ha escrito casi todo, pero este relato de corte apocalíptico demuestra que el género siempre puede dar mucho más de sí. Muy imaginativo.

    13. Anaconda dice:

      Excelente imaginación la del autor o autora de este relato para desarrollar una historia sorpresiva. Únicamente un pero: los incisos del narrador son poco convencionales.

    14. Odiseo González dice:

      ¿Será ésto lo que llaman donación de sangre? ¡Qué fuerte! es impresionante.Tiene este autor, o autora, una imaginación brillantísima.
      Suerte.

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