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Nº59- Ha empezado. Por J. B. Ballantines

Para cualquier conato de pareja, el primer contacto físico llega cuando se muestran  fotos del teléfono. Ambos  concentran sus miradas en el mismo punto y buscan después cruzar la vista para adivinar la reacción del otro ante la imagen. Los brazos ciñen  las cinturas y se rozan las mejillas. Ella tiene la opción de acercarse más o no hacerlo, estableciendo implícitamente el modo del  que prefiere ser tratada en lo sucesivo. Las tecnologías más avanzadas han servido para evitar cualquier riesgo emocional, velan los instintos más elementales con una nueva pátina de convenciones y consiguen que apenas haya diferencia entre éxito y fracaso. Inmediatamente, se establece ese cociente entre  atracción y disponibilidad que lleva a tomar decisiones propias, sin necesidad ni temor de inmiscuir  sentimientos ajenos, aislándose mientras se intima en un juego de sobreentendidos.

Me mostró una imagen de su cachorra terrier recién esquilada, para que viese cómo era la raza con el pelo más corto. Nos calibramos mutuamente por el tacto mientras nuestros  perros mostraban un nulo interés entre sí. Posé la mano en su espalda fingiendo despreocupación en el gesto e interés por la pantalla, ella se encogió sobre el aparato, posando sus pechos en mi costado y me atreví a extender la caricia, sólo hasta el comienzo de sus caderas, comentando algo completamente distinto a lo que sentía cuando su pelo me rozaba la cara y olía su piel. Mantuvimos aquella escena, desencajando actitudes y palabras, el tiempo suficiente para estar seguros de no habernos malinterpretado.   Luego, paseamos por la orilla del Manzanares, mientras hablábamos de lugares comunes entre toda esa gente que, a falta de trabajo, se dedicaba a practicar deporte en las instalaciones municipales de  Madrid Río para mantener la salud. Ambos fingimos no haber visto a los manifestantes que gritaban inofensivas consignas contra  una nueva subida del IVA frente a las instalaciones del Matadero. Utilizábamos a  nuestras mascotas como vanguardia  de la incipiente relación, para amortiguar cualquier tema que pudiera crear polémica entre nosotros. Cuando nos quedábamos en blanco, bastaba con hacer como que nos preocupaba que los perros se alejasen demasiado y centrar en ellos la atención. Dos animales de sólo cinco o seis kilos seguían siendo utilizados como bestias de carga baratas que,  sobre esos lomos diminutos, portaban  los pesados complejos y anhelos de sus dueños.

Tomamos café con hielo en una terraza. Logramos mantener una conversación fluida sin necesidad de conocernos demasiado. Nos divirtió que nuestros perros bebiesen del mismo cuenco, como si  buscasen reproducir  nuestros gestos.  Mientras, mirábamos cómo los padres de familia hipotecados formaban parejas de pádel con sus esposas, imitando sin mucho éxito  las aficiones y la forma de vestir de quienes  se enriquecían a su costa, en las mismas pistas públicas que estos  habían construido para que pudiesen tomarlos como modelo de comportamiento; seguían siendo bestias de carga humanas, sutilmente disfrazadas de mascotas serviles.  El olor a sangre impregnaba los alrededores del que fuera matadero industrial durante décadas, por más que ahora se utilizase como sala de exposiciones de libre acceso para que cualquiera pudiera sentirse implicado en círculos culturales aparentemente sofisticados.

Sólo me dijo de ella que era técnica sanitaria, algo relacionado con la radiología y la analítica nuclear demasiado complicado para explicárselo a un profano, así que no me extrañó que hubiera material médico y carpetas de historiales clínicos, ni que tuviese ecografías entre los documentos de su ordenador cuando, después de ver una película aquel fin de semana, subimos juntos por primera vez a su apartamento.

Ahora, todo el mundo es experto en tecnología. No es difícil manejar cualquier programa una vez se adquiere la habilidad, algo que actualmente resulta, más que accesible, inevitable. Hubo un tiempo en que se conocía a alguien cuando se entraba en su casa, pero los pisos se han despersonalizado.  No hay una pila de discos para indicar qué tipo de música escuchan sus habitantes, tampoco fotos en formato físico donde aparezcan aquellos amigos o familiares que resulten importantes para ellos.  La prensa se consulta en la Red, los libros y las películas se almacenan en formatos digitales y la decoración es funcional. No hay ningún rasgo definitorio  en la disposición doméstica, dado que los inquilinos pueden cambiar en cualquier momento. Lo más parecido a una  personalidad queda establecido en los perfiles virtuales a los que cualquiera puede acceder mediante una sencilla búsqueda de nombre y apellidos en Google. Incluso compartiendo su cama, estando sobre ella o durmiendo a su lado, seguía viéndola como una desconocida con buen culo a la que le gustaban los perros, nada más. Nuestra relación era aséptica, sin ninguna perspectiva. No implicaba a conocidos comunes ni iba más allá de un pacto conveniente para satisfacer cada cierto tiempo  la necesidad mutua de contacto  físico con alguien que no resultase desagradable ni amenazante, sin establecer ningún lazo. Era cómodo, seguro, no exigía ningún esfuerzo y mejoraba notablemente mi   rendimiento en otros ámbitos. Me sentía en deuda, como si ella  estuviera entregándome  algo que  no mereciese. Su compañía era un regalo al que  no sabía cómo corresponder.

No fue  repentino, sino una progresión de aparente lógica. La primera vez, para tener una luz tenue en el dormitorio, dejó encendido el ordenador, mientras desde  el primer quirófano oncológico del mundo con conexión telemática, el del Gregorio Marañón, se transmitía la  lobectomía  pulmonar de un órgano visiblemente invadido por  tumores ramificados en formas cristalinas.

Puede que en nuestro siguiente encuentro o el posterior a éste fuera yo quien se abalanzase sobre su cuello y la levantara de la silla en la que solía sentarse mirando el ordenador con cara de concentración. Seguramente, busqué precipitadamente su sexo  mientras la pantalla reproducía alguna  operación radical. El inicio de aquello es confuso, porque inmediatamente después tuvo lugar ese acto en el cual, definitivamente, sentí la conexión absoluta. La terrier se asustó por los gritos de su dueña, quien se abandonó por completo, entregada quizá a mí, quizá al espectáculo milimétricamente racional y brutalmente sangriento que se mostraba ante nosotros en el espacio virtual, del que no apartó la vista hasta que los espasmos musculares le obligaron a hacerlo. Para reprocharme aquella comunión con su dueña, en ese último instante, el animal me mordió en la pantorrilla. Sé que la herida no era lo bastante grande para hacerlo necesario, pero no quise impedir que, sin siquiera limpiarse o vestirse, todavía confusa, esa mujer a la que sólo entonces había empezado a descubrir realmente corriera tambaleándose en busca del botiquín que siempre me había parecido excesivamente surtido. Me propuso cerrar el rasguño con unas cuantas grapas quirúrgicas, una cura obviamente desmesurada que, sin embargo, acepté.  Finalmente, ella estaba disfrutando físicamente de mi cuerpo tanto como yo con el suyo.

 La extracción de las grapas, pocos días después, derivó en una noche de mutua entrega obsesiva bañada por el resplandor de esas imágenes extremas. Nuestros encuentros lánguidos,  despojados de toda pasión, se habían convertido en auténticos, con ese matiz de perversidad inofensiva que entonces sólo era un juego. Cada noche, nos uníamos de formas inesperadas entre imágenes en movimiento de carne mancillada por sí misma cediendo ante filos esterilizados.

Nos angustiaba cada momento que pasábamos separados y recibía desde su número en el móvil fotos de intervenciones quirúrgicas o pruebas diagnósticas que acrecentaban mi deseo, recordándome su ausencia y disponibilidad.   Así, aprendí  a diferenciar  tumores y fetos en  las  ecografías hechas de  contrastes destemplados y angulaciones aberrantes. Por mi parte, descubrí para ella las novelas de J.G. Ballard y las piezas de Judith Scott, que parecían, respectivamente,  reflejos estilizados  de los enrevesados procesos mentales y formas cancerosas que constituían nuestro nexo. Por un razonamiento  pavloviano, empecé yo mismo a relacionar la simetría  de las incisiones quirúrgicas con la atracción sexual que sentía hacia ella. Los vientres y tórax, impúdicamente abiertos en cavernas angulosas y húmedas, tenían una feminidad inconsciente y prohibida que destrozaba cualquier ánimo de resistencia o convicción moral con la atractiva inmediatez  de  Thylane Blondeau parpadeando ante el objetivo de la cámara. Finalmente, nos convertimos en una pareja que compartía algo distinto a  una serie de convenciones aceptadas. Formábamos un ente sin fisuras, invulnerable.

Esas mascotas, que fueron puente y motor del vínculo cuando todavía las orillas transcurrían enfrentadas por caminos seguros, ahora que éstas habían convergido definitivamente hasta conformar un terreno voluptuoso y prohibido, eran el recuerdo de aquellos temores que, hasta entonces, nos separaron. Como si quisieran desvincularse definitivamente del nihilismo intrínseco en la relación establecida por sus amos, concibieron una camada. Cuando los contornos de la terrier empezaron a evidenciarlo, decidimos dormir a esos dos perros, abrir sus vientres, unir sus entrañas y arrojarlos juntos, dentro de un mismo depósito de órganos hospitalario, a las aguas del  Manzanares. Momentáneamente, sufrimos por la decisión, pero no podíamos seguir guiando los impulsos de nuestro amor relevante por  esas prótesis vivas, sucedáneos de cariño sin trascendencia, ni permitir que esos fetos alumbrasen una esperanza de perpetuidad normalizadora. Nuestra relación debía ser breve, insólita, como un estertor definitivo a dos voces cuyo tono no revele si se ha emitido durante un orgasmo o una traqueostomía fallida. Así entrelazados, esos dos  animales que nos habían sido tan útiles en el pasado, se hundieron  hasta el fondo del río junto a su descendencia abortada, sin que nadie volviera a saber de ellos una vez disipados en el agua los restos de sangre y placenta.

Establecimos una forma de amor filosa, que nos diferenciaba convirtiéndonos en algo absoluto, y debíamos obrar en consecuencia.  Existíamos sin relación con ese tejido social en el que nos habíamos encontrado y que estábamos obligados a transformar para no permanecer enclaustrados, siendo nosotros mismos  células unidas que, en un organismo, se ven impelidas a destruir desde el interior aquellas vísceras de las que se han diferenciado inexorablemente para poder crecer como dictan los códigos de sus núcleos y en contraposición con las instrucciones contenidas en los del resto. Decidimos racionalizar y seguir  la ideología que nos atribuyó Edward Paul Abbey.

Habéis decido relegar vuestras identidades a redes conformadas por máquinas, convirtiendo el mundo virtual en depositario de ellas. En respuesta, nosotros hemos resuelto utilizar esa misma tecnología para expandir nuestra singular relación  en el plano físico. Pronto, ese entorno que conformáis, recuerdo de aquello que nos unió, pero que no es ya sino una rémora de lo que nos separaba hasta entonces, participará de nuestro amor agónico, en un éxtasis definitivo.

No es difícil decidir por lo que sólo son bestias de carga sutilmente disfrazadas de mascotas serviles una vez han cumplido su función. No es difícil conseguir residuos nucleares tóxicos, desechados tras las pruebas médicas en las que se utilizan, ni manipularlos si, en lugar de temer el cáncer, se busca su expansión. No es difícil manejar cualquier programa informático para calibrar la radiación de los aparatos que se han nutrido de su energía.  No es difícil arrojar depósitos quirúrgicos a las aguas del río Manzanares cada noche, desde el Puente de Segovia.

Los casos de leucemia han aumentado exponencialmente  en la ciudad durante estos últimos meses, es el principio. Sólo ahora que es demasiado tarde, vuestros representantes empiezan a investigar el motivo sin siquiera intuirlo todavía, mientras organizáis manifestaciones y gritáis inofensivas consignas, protestando contra lo que ya es inevitable.

 
 

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Nº59- Ha empezado. Por J. B. Ballantines, 6.5 out of 10 based on 28 ratings
Comparte sin desvelar tu identidad real.

    21 Comentarios a “Nº59- Ha empezado. Por J. B. Ballantines”

    1. Ahuntsic dice:

      Hola J.B. Ballantines, has escrito un fantástico relato, una buena metáfora muy actual, abordando una serie de temas muy presentes en nuestra sociedad actual: las relaciones interpersonales cada vez más mediatizadas a través de la Red (yo la llamo GBB, Global Big Brother), y que, a mi modo de ver, están acabando poco a poco con el verdadero espíritu de la comunicación humana. Tremenda incoherencia: en la era de las nuevas tecnologías, donde podemos establecer una comunicación al instante y en tiempo real con las antípodas, resulta paradójico, según mi opinión, por supuesto, que el ser humano se encuentre cada vez más solo y aislado ante esta sociedad-jungla donde todo vale con tal de adquirir el máximo de poder posible para seguir conduciendo el “rebaño” siempre en la dirección que ellos han trazado (lo defines muy bien cuando hablas de esas parejas jugando al pádel mientras imitan en comportamiento y vestimenta a los peores ejemplos a los que se debe imitar). Creo que cada día que pasa nos estamos volviendo más estúpidos e irracionales (yo añadiría más gilipollas), y la prueba está al ver en qué manos dejamos la gran responsabilidad de gestionar y gobernar nuestra sociedad. Sí, amigo mío, estoy contigo en que esto ya ha empezado y que, por desgracia, ya no hay vuelta atrás (o sí, con la caída de un meteorito gigantesco que provocase la extinción de la raza humana). Curiosamente, mi relato se centra en la filosofía de vida de aquellas culturas que en su tiempo sí supieron vivir en armonía con su entorno, conservando la humildad necesaria que tan bien nos vendría en la época actual. Tristemente, esas culturas han ido desapareciendo con el tiempo dejando paso a una cada vez más global y a la que yo defino, también en un idioma cada vez más global, como “fast culture”. En fin, no me enrollo más, que cuando me animo…
      Sobre todo, quería darte la enhorabuena por tu magnífico relato y el mensaje que encierra (por cierto, la ambientación es fantástica, principalmente porque se sitúa en un barrio que conozco bien. Por algo tengo nombre indio). También te dejo mi voto y te deseo mucha suerte.
      Un saludo.

      • J.B. Ballantines dice:

        Muchas gracias por tu extenso comentario, Ahunstsic.
        Desde luego, las nuevas posibilidades de comunicación están cambiando la forma de entender las relaciones humanas y los conceptos de identidad, privacidad y demás. Seguramente, hay gente mucho más cualificada que yo para calibrar su infuencia sociológica y todo eso, pero me pareció un buen tema para enmarcar este relato.
        En cuanto a los escenacios físicos, me hizo mucha ilusión y causó un gran impacto cuando en “El día de la bestia” aparecieron las Torres Kio retratadas de aquella forma o cuando en Alatriste salía Quevedo acompañándole por las callejuelas de Madrid. Lo habitual en ese tipo de obras de ficción extrema es ver la estatua de la libertad y, en general, personajes anglosajones, así que cuando encuentro referencias más cercanas en ficciones muy extremas, me alegra mucho reconocerlas, por tanto me ha hecho mucha ilusión que a alguien haya identificado el barrio donde transcurre la acción(aunque mi cuento sea a una escala mucho menor). Un barrio indio, claro… ¡A por el doblete!
        Lo dicho, muchas gracias.

    2. Freya dice:

      Un relato que exige nucha atención pero que a mi entender no solo habla de la deshumanización de las relaciones sociales también de la invasión cotidiana del morbo de la violencia en nuestras vidas desde los medios electrónicos o visuales haciéndonos incluirla en la vida como algo cotidiano.Y ya puestos, deduce que se puede ejercer del mismo modo morboso e impune como venganza.
      Una propuesta que no es tan irreal y está bien escrita.
      Enhorabuena J.B Ballantines.
      Saludos afectuosos
      Freya

      • J.B. Ballantines dice:

        Gracias por tu comentario, Freya. Es una visión muy interesante.
        Cuando metí unas cuantas citas en el relato temía que fuera demasiado cultureta, pero, por ejemplo, la de Edward Abbey es algo así como: “crecer por crecer es la ideología de las células cancerosas”. Se me ocurre que puede que la visión de los medios centrada en el morbo facilón a la que te refieres oculte también los tumores que crecen en nuestro entorno por debajo de esa superficie.

    3. Juno dice:

      ¡Hola, J. B. Ballantines!
      Un relato extraño que a mí me ha enganchado; en él me han parecido buenísimos los tres últimos párrafos, y los dos primeros párrafos podrían ser la descripción de un chico y una chica cualquier sábado de madrugada en algún bar musiquero de hoy en día 😉
      Un relato que te hace pensar, y, quizá, recapacitar sobre nuestras propias actitudes individuales y en sociedad.
      ¡Suerte! 🙂

      • J.B. Ballantines dice:

        ¡Hola Juno!
        Gracias por tu comentario, me alegra mucho.
        La verdad es que lo de las fotos de los móviles llegó justo a tiempo, cuando en los bares musiqueros dejó de permitirse fumar y por tanto pedir fuego para entablar conversación.

    4. Enara dice:

      La verdad, es complicado comentar un relato tan complejo y tan duro. Deshumanización, crítica a la sociedad virtual en que nos hemos convertido, falta total de ética… Personalmente, me hubiera gustado que fuera menos didáctico, que las cosas ocurrieran sin lanzar mensajes sobre lo mal o bien que están. He leído por ahí que el autor no se implica. A mí me parece todo lo contrario (y perdona Ballantines por ser demasiado osado con tu relato), la historia se diluye por exceso de didactismo, el final se convierte en una denuncia de lo que se nos viene encima donde ya ni siquiera las manifestaciones ni consignas tienen cabida. Probablemente comparto contigo muchas de las cosas que se dicen aunque tendría que volver a releerlo (algunos párrafos los he leído ya dos veces) para poder diferenciar en más de una ocasión simbolismo y realidad. De cualquier manera, Ballantines, creo que has hecho un buen trabajo. Volveré a leerlo en cuanto tenga un hueco, ya ves, el tiempo corre y se nos va sin disfrutarlo de tan aprisa que vivimos. Quizá sea verdad que “ha empezado”…el final.

      Suerte

      • J.B. Ballantines dice:

        Gracias por tu comentario, Enara. En él planteas reflexiones muy interesantes.
        Estos personajes ejercen como jueces y verdugos y dictan una sentencia difícil de apelar contra ese entorno al que pertenecemos todos. He intentado no dar mi impresión sobre ellos ni juzgar sus actos, argumentos o decisiones. Comparto algunas de sus impresiones, otras no y unas terceras, ni una cosa ni la otra.
        De la misma forma, estoy bastante convencido de que el señor Thomas Harris no cree que haya que cargarse al violinista de una filarmónica, si en un mal día desafina, y comerse su cerebro con un Rioja, pero deja que su Hannibal Lecter explique detalladamente sus motivaciones para hacerlo e incluso la receta.
        Siento si resulta demasiadoo didáctico, pero me alegra que plantee dudas en el lector sobre si son un par de locos psicopáticos o unos activistas especialmente apasionados y celosos con su causa, así como si su enrevesado discurso es o no aceptable.

    5. Adel dice:

      Un hallazgo!!!!
      Al leerlo, uno siente la envidia y el miedo partiéndole el espinazo a partes iguales. No es necesaria tanta inteligencia para describir una simple historia de amor ¡Pero es que no es una simple y triste historia de amor! Es un choque de cultura, de fortaleza, de remordimiento alegre y de miedo imperioso. Me ha encantado, escritor/a, no pare de escribir, no se levante de la silla, pida que se lo traigan todo, el agua, la comida… Valdrá la pena, con toda seguridad.
      Enhorabuena y suerte.

      • J.B. Ballantines dice:

        ¡Muchas gracias por ese comentario tan entusiasta! Me alegra que el relato haya generado una respuesta así. Intentaré seguir escribiendo, por supuesto, aunque de cuando en cuando prefiero dejar el ordenador para ir a comer y beber, a ser posible cerveza.

    6. Libelula dice:

      ¡Impresionante, me quito el sombrero!

      Magnifica crítica, mordaz y aguda.

      Me encanto, gracias por compartir!

    7. Odiseo González dice:

      J. B. Ballantines, tu relato me parece muy postmoderno, o como se diga, muy brillante y detallado. Sin duda tendrá éxito. Te agradezco el comentario que has dejado en el mío. Yo no sé si aún se pueden dejar comentarios en los relatos. Si es así te dejo el mío y te felicito por el tuyo.

    8. J.B. Ballantines dice:

      Dadas sus preferencias, se me ocurre que, beban lo que beban mis personajes, lo tomarán con sulfato de bario diluido, algo nada recomendable fuera de la ficción.
      Agradezco esos comentarios, y apunto para futuras correcciones el exceso de “mentes” que me había pasado desapercibido

    9. Alex dice:

      Reconozco que el relato me sobrepasa. No es la clase de literatura que suelo leer, pero el autor se ha molestado en contestar a los comentaristas, y aquí estoy.
      Un texto largo, muy largo, del que nacen, como en un árbol, ramas múltiples que ofrecen salidas encadenadas para, desde ellas, ahondar en reflexiones al margen de lo social o moralmente establecido como correcto. Reflexiones -o desafíos, tal vez- acerca de las relaciones humanas, de sus causas o consecuencias, de las reglas del sexo digamos que heterodoxo, de las fuentes de la pasión, de los miedos o del placer como experimento científico.
      Lo más interesante es que al autor no juzga, ni siquiera se implica, sino que expone y lanza, para después, al final, ofrecer los interrogantes al lector para que reflexione sobre su escrito.
      Que tal reflexión se lleve a término junto con una copazo de licor peleón o con una botella de agua mineral va a depender, básicamente, de los sueños o convicciones íntimas del lector.
      En algunas líneas no se ajustan bien los espacios entre palabras. También encuentro sobreabundancia de adverbios acabados en “mente”. Asuntos menores, por supuesto.

    10. Anaconda dice:

      Futurología de los sentimientos deshumanizados por la necesidad de satisfacernos con algo distinto. Muy bien escrito y, como dice su autor/autora whisker@, “no es que yo piense así, simplemente le entrego las armas con las que manifestarse”

    11. Bogardilla dice:

      Sólo conozco a una persona capaz de noquearme exactamente así, y no la esperaba por aquí. Un saludo.

    12. Duna dice:

      Transgresor e impecablemente escrito.
      Me has dejado sintiéndome, como un simple lomo de carga.
      Dura crítica a una sociedad consumista en la que todo se diluye, empezando por la personalidad o terminando con ella.
      Un puñetazo muy bien dado. Creo que seguiré los pasos de Gaia e intentaré reponerme con una bebida espirituosa.
      Mi enhorabuena.

    13. J.B. Ballantines dice:

      Muchas gracias, Gaia y Furtiva, por dejarme vuestras impresiones sobre el relato.
      Respecto a la ética de los personajes, he intentado seguir algo que dijo Orson Wells sobre el policía corrupto y más malo que un dolor de muelas que interpretó en “Sed de mal”, aunque suene pretencioso. Él decía que no lo juzgaba, sino que le daba armas para defender sus razones en la ficción.
      Me alegra si estos han sido capaces de exponer y hacer comprensibles, si no justificables, sus acciones, por extremas que estas sean.

    14. Gaia dice:

      J. B. Ballantines:

      Espeluznante historia, me he quedado desorientada y helada. Espero que el seudónimo (clara alusión a dos marcas de whisky) ayude a quitar gravedad al fondo de este relato. Abundan las referencias culturales tanto de autores y libros, como de la modelo-niña Thylane Blondeau. Buena prosa y densa. Enhorabuena y suerte.

      Cuando me sobre un rato volveré a leerlo, lo merece y necesita. Ahora me debo a tareas cotidianas.

      P.D.: Parece usted muy puesto en el mundo sanitario.

    15. Furtiva dice:

      vaya J.B Ballantines!! nos ha introducido usted y no de manera sencilla en lo que algunos llaman “antropología sexual” . El debate ético aquí va estar servido.
      Entender el cuerpo como emoción a dia de hoy es una ciencia nueva, y entender que el cuerpo habla a través de la conciencia conlleva unas horitas de reflexión y de estudio. Su forma de narrar mas que impecable yo diría que es de altura,usted deja muy claro que no tiene ningún problema en traducirse perfectamente.
      Su relato es transgresor sin duda ninguna en la propuesta intima y está escrito de muerte y con un estilo muy marcado,con sus toques de cinismo y otras salpicaduras que lo hacen muy muy atractivo.
      Mi más sincera enhorabuena.

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