
{"id":1000,"date":"2012-11-05T08:59:10","date_gmt":"2012-11-05T07:59:10","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=1000"},"modified":"2012-11-05T08:59:10","modified_gmt":"2012-11-05T07:59:10","slug":"251-el-ocaso-de-don-luis-por-maguiar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/251-el-ocaso-de-don-luis-por-maguiar\/","title":{"rendered":"251- El Ocaso de Don Luis. Por Maguiar"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">El viento empujaba dos hojas secas frente a sus ojos y \u00e9l las segu\u00eda con la mirada hasta que se perd\u00edan por la pendiente. Don Luis era un hombre de ochenta y dos a\u00f1os, cifra que delataba m\u00e1s que el paso del tiempo, los achaques que \u00e9ste suele traer consigo. <!--more-->Sus mayores dolencias eran un fuerte lumbago que no le daba respiro, as\u00ed como profundas puntadas que eran como rayos golpeando su pecho. A veces respiraba con dificultad; en ocasiones le costaba pararse; hab\u00eda d\u00edas que no ten\u00eda fuerza para levantarse de la cama. El padecimiento era su vida; la muerte era su espera. Muy a menudo experimentaba la sensaci\u00f3n de ahogarse, y cuando el pecho se le cerraba decid\u00eda entornar los ojos y erguir la cabeza, como si tales acciones mitigaran su padecimiento. Quiz\u00e1s le ayudaba, as\u00ed como inhalar y exhalar con cierta improvisada disciplina, la cual le permit\u00eda renovar el aire de sus pulmones. El ahogo lo visit\u00f3 una noche de la que no puedo decir nada distinto de las otras. Desde su jubilaci\u00f3n, m\u00e1s a\u00fan luego de que su esposa muriera, se sentaba en el umbral de la puerta, apoyando su viejo bast\u00f3n de madera a un lado de la silla. As\u00ed contemplaba casi inerte la muerte del d\u00eda. No hab\u00eda renacimiento en cada respiraci\u00f3n, sino que contemplaba resignado un mundo que hace mucho le hab\u00eda dado la espalda.\u00a0 Algunas veces dejaba su cuerpo para ir tras algunos recuerdos, sus recuerdos. \u00a0El deseo, la juventud, los anhelos, todo se conjugaba en pret\u00e9rito para Don Luis. Durante gran parte de su vida repiti\u00f3 que los a\u00f1os pasaban cada vez m\u00e1s r\u00e1pido. Pero hubo un momento en que su tiempo se detuvo y el calendario comenz\u00f3 a regirse por el hast\u00edo y la resignaci\u00f3n. Era la recta final y la marea esperaba instrucciones de la luna.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Aquella noche le correspondi\u00f3 a un d\u00eda jueves, mas \u00e9l nunca lo supo. A\u00f1os, meses, d\u00edas, minutos eran para aquel hombre longevo semejante a palabras para quien olvid\u00f3 su lengua. Eran las 6 y media de la tarde, hora en que habitualmente se levantaba de la silla con dificultad. Despu\u00e9s\u00a0 apoyaba su mano derecha en el bast\u00f3n y con la izquierda tomaba el mate y la caldera. Luego recorr\u00eda con gran parsimonia el largo pasillo en direcci\u00f3n a su apartamento, para desaparecer de nuevo en el sue\u00f1o que se prolongaba hasta el d\u00eda siguiente. Pero aquel jueves no entr\u00f3 a su casa, sino que se mantuvo frente a su acotado espacio de observaci\u00f3n. \u00c9ste era una angosta calle de piedra que permanec\u00eda desierta, por tanto, al igual que su principal espectador, se alimentaba de recuerdos. S\u00f3lo alg\u00fan sorpresivo visitante camin\u00e1ndola, tal vez escap\u00e1ndose del v\u00e9rtigo impersonal de las avenidas c\u00e9ntricas, quebraba su monoton\u00eda.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Los relojes marcaron las siete y media de la tarde cuando el panadero del barrio profiri\u00f3: \u201cBuenas tardes Don Luis\u201d. La respuesta del anciano a este saludo fue similar a los otros. Inclin\u00f3 la cabeza en s\u00edmbolo de asentimiento y promesa de seguirle la pista hasta que se perdiera de su campo visual, ya sea por un giro en la esquina o porque pas\u00f3 a la cuadra siguiente.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Otra vez el dolor golpe\u00f3 su espalda y presion\u00f3 los pulmones. Por un momento apag\u00f3 su registro del universo, implorando que el martirio terminase. Cuando menos lo esperaba, una leve brisa acarici\u00f3 su rostro y jug\u00f3 con sus plateados cabellos. Esta brisa le devolvi\u00f3 poco a poco el aliento, aunque no pudo devolverle la sonrisa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me pregunt\u00f3 si Don Luis am\u00f3 y fue amado. Si sinti\u00f3 compasi\u00f3n por los seres humanos. \u00bfQui\u00e9n es Don Luis? Es la interrogaci\u00f3n que me surge al leer las l\u00edneas anteriores, la misma que \u00e9l repet\u00eda para s\u00ed aquella noche, cuando una pelota roz\u00f3 su pie. El due\u00f1o de\u00a0 ochenta y dos abriles levant\u00f3 la vista y se encontr\u00f3 con la figura de un ni\u00f1o que estaba parado a pocos metros de su sagrado sitial. El peque\u00f1o experimentaba una disyuntiva: dudaba entre ir buscar lo que se le hab\u00eda escapado o aguardar que el se\u00f1or mayor se lo devolviese. Ambos frente a frente, inexpresivos, iniciaron una silenciosa batalla. Para quien peinaba canas, el peque\u00f1o manchaba con gotas amargas de nostalgia el blanco pa\u00f1o de su atardecer. Alba y ocaso, dos colores opuestos en la paleta, pero complementarios en una pintura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Infancia desafiante y altanera \u2013le dijo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Detr\u00e1s de los cinco a\u00f1os, los pantalones rotos y la camisa sucia, el infante no entendi\u00f3 lo que el se\u00f1or le quiso decir. Pues s\u00f3lo quer\u00eda su pelota, o sea, su juguete.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El veterano la hizo rodar con su bast\u00f3n en direcci\u00f3n a donde estaba el peque\u00f1o. \u00c9sta se detuvo en los destartalados zapatos de goma de su due\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013 Cuando usted era ni\u00f1o, \u00bfjugaba al f\u00fatbol? Pregunt\u00f3 el chico.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Sus mejillas se contrajeron como arrepinti\u00e9ndose en el acto de haber hablado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Don Luis no respondi\u00f3, ya que uno de los ataques sobrevino. S\u00ed pudo regalarle al peque\u00f1o uno de los \u00faltimos gestos de amor que tendr\u00eda para dar. Fueron segundos en que ambos sonrieron. En seguida los dos marcharon en silencio. Uno a seguir jugando, el otro, de alguna manera, tambi\u00e9n.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0El anciano utiliz\u00f3 la silueta del ni\u00f1o para colorear aquella etapa de su existencia, con intenci\u00f3n de viajar hacia la m\u00e1s hermosa ingenuidad. \u00bfGotas amargas de tristeza? S\u00ed, gotas envenenando su tranquilidad, gotas que se evaporaban al tocar el rec\u00f3ndito lugar en donde ard\u00edan los recuerdos. Gotas que sin querer lo atormentaban y daban cuerpo a su recordaci\u00f3n. Era un lluvioso amanecer en casa de su madrina Carmen. El valetudinario hombre era un ni\u00f1o que petrificado frente a una ventana contemplaba el c\u00e1ntico de la lluvia. Como por impulso, sali\u00f3 corriendo en direcci\u00f3n al patio para recoger los juguetes, los cuales hab\u00eda dejado tirados la tarde anterior: un trompo gastado, un trencito hecho con latas y la vieja pelota de trapo, regalos de su t\u00edo Amilcar. Los tom\u00f3 y no le import\u00f3 mojarse, pues sol\u00edan decirle que la lluvia es agua bendita que El Alt\u00edsimo derrama desde el cielo. Agua que purifica todo cuanto existe. M\u00e1s de setenta a\u00f1os despu\u00e9s se preguntaba si eso era sentirse vivo. \u201cPor m\u00e1s que me pregunte al respecto no obtendr\u00e9 ninguna respuesta\u201d, sentenci\u00f3 para s\u00ed. Despert\u00f3 y respir\u00f3 profundo. Y un ligero gesto de dolor se dibuj\u00f3 en su rostro.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Las arrugas de su cara se agudizaron mientras intentaba enderezarse con dificultad. Tom\u00f3 con resoluci\u00f3n el bast\u00f3n y apoy\u00f3 la otra mano en la pared. La noche llegar\u00eda muy pronto y esto era lo \u00fanico que \u00e9l deseaba. Intent\u00f3 incorporarse, pero un escalofr\u00edo lo dej\u00f3 inm\u00f3vil. El d\u00eda pareci\u00f3 escaparse con m\u00e1s rapidez que lo habitual, la oscuridad lo hab\u00eda reemplazado en miserables segundos. Ya no hab\u00eda brisa, ni sonido, ni caricias. El dolor desaparec\u00eda por completo. Nadie oy\u00f3 el eco sordo del bast\u00f3n que al caer golpe\u00f3 el asfalto. Luego de dejarse llevar por el \u00faltimo ocaso, Don Luis no necesit\u00f3 luz para llegar a su cuarto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El viento empujaba dos hojas secas frente a sus ojos y \u00e9l las segu\u00eda con la mirada hasta que se perd\u00edan por la pendiente. 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