{"id":351,"date":"2012-10-13T01:02:06","date_gmt":"2012-10-12T23:02:06","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=351"},"modified":"2012-10-13T01:02:06","modified_gmt":"2012-10-12T23:02:06","slug":"67-dos-viejos-y-el-mar-por-el-nino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/67-dos-viejos-y-el-mar-por-el-nino\/","title":{"rendered":"67- Dos viejos y el mar. Por El ni\u00f1o"},"content":{"rendered":"<p align=\"right\">La Habana. La Terraza. 3 de julio de 1961<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo conoc\u00ed de la misma forma que \u00e9l me conoci\u00f3 a m\u00ed. Por casualidad. Paseaba por La Terraza cuando el viejo y yo encallamos la embarcaci\u00f3n en la arena de la playa. Hola, nos dijo y luego sigui\u00f3 su camino.<\/p>\n<p>Lo observ\u00e9 alejarse. Hablaba solo, cabizbajo, llevaba los brazos cruzados en la espalda y cargaba en su mano una botella de whisky. Era febrero de 1935 y a\u00fan no comenzaba a escribir este Diario.<!--more--><\/p>\n<p>Apenas lo vi, supe que ese gringo y yo compartir\u00edamos una historia. Por supuesto, entonces ten\u00eda catorce a\u00f1os y a\u00fan no conoc\u00eda el nombre de Ernest Hemingway.<\/p>\n<p>Con el paso de los meses, nuestros encuentros se hicieron m\u00e1s frecuentes, pero se limitaban a un saludo casual, un movimiento con la cabeza o una sonrisa amistosa. Eso hasta el 2 de julio. Ese d\u00eda era yo quien andaba cabizbajo y con una botella en la mano. La raz\u00f3n: el viejo no sali\u00f3 a pescar. En rigor, no sali\u00f3 m\u00e1s nunca. Lo fui a buscar esa madrugada, igual que tantas veces, pero no contest\u00f3, entonces entr\u00e9 a su caba\u00f1a y ah\u00ed lo vi, tendido en su lecho de muerte, con los ojos cerrados y una mueca pl\u00e1cida en el rostro. Imagino que antes de irse so\u00f1aba con su pez.<\/p>\n<p>Cuando sal\u00ed de la caba\u00f1a, compr\u00e9 una botella de vino y me fui con ella a la Terraza. Luego de unos minutos, tom\u00e9 la destartalada embarcaci\u00f3n del viejo y sal\u00ed en busca de\u2026 no sab\u00eda de qu\u00e9, pero ten\u00eda la esperanza que en medio del mar podr\u00eda pescar algo que calmara la pena que sent\u00eda en el est\u00f3mago.<\/p>\n<p>No pesqu\u00e9 nada en el agua, pero si en la arena, pues cuando volv\u00ed a la playa, el sr. Hemingway y yo conversamos un buen rato. \u00c9l con su botella de whisky y yo con mi botella de vino. Hablamos del viejo, de la vida y la muerte, de las victorias y las derrotas. Conversamos de todo un poco y por cada cosa que hablamos, brindamos por el viejo. Me cont\u00f3 que era escritor y le pregunt\u00e9 sobre qu\u00e9 escrib\u00eda. Me contest\u00f3 que sobre el alma humana.<\/p>\n<p>Fue en esa conversaci\u00f3n donde encontr\u00e9 la calma que buscaba. Y como a\u00fan era un ni\u00f1o, pens\u00e9 que la chispeante tranquilidad que me invad\u00eda proven\u00eda de \u00e9l, pero ahora s\u00e9 que proviene del vino.<\/p>\n<p>\u00c9l me cont\u00f3 que cuando joven fue corresponsal en Europa del Toronto Star y en esos a\u00f1os visit\u00f3 Pamplona con su esposa y unos amigos. Llegaron a la ciudad en julio de 1925, un par de semanas antes de su cumplea\u00f1os.<\/p>\n<p>&#8211; Ese viaje fue una locura -dijo el sr. Hemingway -. Bebimos y festejamos como si no hubiera un ma\u00f1ana, y despu\u00e9s de lo que viv\u00ed durante el Festival de San Ferm\u00edn, realmente pens\u00e9 que no habr\u00eda un ma\u00f1ana. Estaba con mis amigos, detr\u00e1s de una barrera viendo como la gente corr\u00eda delante de la estampida de toros, cuando, en un acto imposible, un animal salt\u00f3 por encima de la barrera que nos proteg\u00eda y arremeti\u00f3 con toda su furia contra un hombre vestido de rojo y negro. Con su trajecito de torero enredado en los cuernos del animal, lo zamarrearon como si fuera un mu\u00f1eco de trapo. Entonces, envalentonado por el trago, me abalanc\u00e9 contra la bestia, \u00a1y lo toree sin muleta hasta que los organizadores llegaron y sacrificaron al animal! El hombre, que sangraba profusamente, me dijo que no era digno de vestir el traje de torero, que debiera ser yo quien lo usara. Entonces le dije que el hombre no est\u00e1 hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado \u2013 y poniendo su mano en mi hombro, me sonri\u00f3.<\/p>\n<p>El sr. Hemingway no me cont\u00f3 lo que pas\u00f3 con el malogrado torero. Solo hasta ah\u00ed dur\u00f3 su relato. Y yo nunca sabr\u00e9 si esa historia fue real o solo un cuento para animarme, pero comprend\u00ed que el viejo era as\u00ed, que aunque el tiempo destruy\u00f3 su cuerpo y la vida aniquil\u00f3 sus sue\u00f1os, nunca lo derrotaron, sin importar qu\u00e9, \u00e9l siempre se levant\u00f3 y luch\u00f3 por lo suyo. Nunca se rindi\u00f3. Entonces le narr\u00e9 la vez que el viejo se enfrent\u00f3 solo a un pez tan monstruoso, que si lo cuenta, nadie le hubiera cre\u00eddo, pero que todos sab\u00edamos que era cierto, pues luego lleg\u00f3 con sus huesos blancos a la Terraza.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s, inspirado en la historia del viejo, el sr. Hemingway public\u00f3 en la revista Squire el cuento \u201cSobre el agua azul\u201d, mismo que en 1952 transformar\u00eda en \u201cEl viejo y el mar\u201d. Por eso, cada vez que recuerdo al viejo, releo la novela del sr. Hemingway. Sin embargo, despu\u00e9s hoy, este libro me recuerda a ambos viejos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Adi\u00f3s sr. Hemingway. Cuado llegue mi hora, espero encontrarlo en alguna playa lejana, con su botella en la mano y el viejo sentado a su lado.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Habana. La Terraza. 3 de julio de 1961 &nbsp; Lo conoc\u00ed de la misma forma que \u00e9l me conoci\u00f3 a m\u00ed. Por casualidad. Paseaba por La Terraza cuando el viejo y yo encallamos la embarcaci\u00f3n en la arena de la playa. Hola, nos dijo y luego sigui\u00f3 su camino. 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