
{"id":502,"date":"2012-10-21T20:22:48","date_gmt":"2012-10-21T18:22:48","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=502"},"modified":"2012-10-21T20:22:48","modified_gmt":"2012-10-21T18:22:48","slug":"108-alma-de-carrusel-por-dies-irae","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/108-alma-de-carrusel-por-dies-irae\/","title":{"rendered":"108- Alma de carrusel. Por Dies Irae"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Hoy hace justo un a\u00f1o, pap\u00e1 le regal\u00f3 por su cumplea\u00f1os la caja de plastilina con piezas de todos los colores. Ahora falta el rojo. \u00c1ngel toma otra pieza, ya no importa el color, y la aprieta entre los dedos.<!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando terminaron de comer juntos la tarta, retir\u00f3 el resto de los libros y juguetes, rompi\u00f3 el celof\u00e1n transparente y empez\u00f3 a amasar las piezas de colores. Se levant\u00f3 y cerr\u00f3 la puerta para no distraerse con las voces de pap\u00e1 y mam\u00e1 en la cocina, medio ahogadas por los goles cantados del Carrusel Deportivo. \u00c1ngel cre\u00eda que los partidos de f\u00fatbol en la radio eran la afici\u00f3n favorita de pap\u00e1 y mam\u00e1. La plastilina roja se le amans\u00f3 en las manos hasta ser traspasada y sinti\u00f3 el filo de las u\u00f1as rasgando el dibujo fr\u00e1gil de su vida. Tir\u00f3 la caja al suelo y aplast\u00f3 las piezas a golpes con los peque\u00f1os pu\u00f1os cerrados. El \u00faltimo son\u00f3 como un chasquido de madera o huesos, pero \u00e9l no sinti\u00f3 dolor. Luego escuch\u00f3 el ruido de la puerta de entrada y se asom\u00f3 a la cocina sin hacer ruido. Pap\u00e1 no estaba, mam\u00e1 estaba sentada, de espaldas, escuchando el partido de la jornada. Sin volverse, lo mand\u00f3 a su cuarto con su voz de palomas temblorosas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Volvi\u00f3 al comedor y recogi\u00f3 con esmero los pegotes de colores adheridos en las baldosas fr\u00edas, raspando con la u\u00f1a las junturas. Luego model\u00f3 un coraz\u00f3n de plastilina, grande, rojo, con ojos verdes y sonrisa amarilla y lo dej\u00f3 sobre la mesa. Llev\u00f3 a su cuarto los regalos, se puso el pijama, hizo pis, se lav\u00f3 las manos y los dientes, apag\u00f3 la luz y se acost\u00f3.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Se durmi\u00f3 pensando en que, despu\u00e9s del verano, el tiempo se convert\u00eda en un reloj de arena al que le engordaba la cintura casi hasta desaparecer. Empezaba el colegio, pasaba su cumplea\u00f1os y, antes de darse cuenta, ca\u00edan las hojas de los plataneros, volv\u00edan las bufandas al armario y ten\u00eda que ir al cementerio. \u00c1ngel odiaba la espesa altura de los cipreses, la linealidad de las l\u00e1pidas y el miedo atroz a leer los nombres inscritos en ellas, y no quer\u00eda otra Navidad sin mam\u00e1, de visitas al hospital, de sabor a sangre o v\u00f3mito que le sub\u00eda por el es\u00f3fago cuando ve\u00eda al m\u00e9dico que no hab\u00eda sabido salvar a su hermanito. No quer\u00eda otra Navidad cenando solos y en silencio, pap\u00e1 corriendo los muebles, montando la pista de carreras en el sal\u00f3n, antes de decirle que no se acostase tarde y encerrarse en el dormitorio. Ella hab\u00eda vuelto a casa en Reyes: le abraz\u00f3 tan fuerte que le hizo da\u00f1o. Entonces tuvo la pista de carreras y un tren el\u00e9ctrico, pero los muebles del sal\u00f3n volvieron a su sitio y le obligaron a montarlos en su cuarto y a tener la puerta cerrada porque el ruido de los motores les molestaba. Era cierto que los de sus coches de carreras sonaban casi como los de verdad cuando los ve\u00eda en la tele con pap\u00e1. Le gustaba ver las carreras con pap\u00e1, ese ballet de ruedas y alerones, el trazado perfecto de las curvas, aunque cerraba los ojos si hab\u00eda un accidente. No le gustaban los accidentes, le daba miedo la sangre. Incluso le asustaba la escayola de mam\u00e1 cuando se rompi\u00f3 el brazo en marzo, justo antes de Semana Santa, en una ca\u00edda al bajar del autob\u00fas, qu\u00e9 tonta, le parec\u00eda una excrecencia fantasmal y obscena.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Por eso hab\u00eda pasado la Semana Santa en casa de los abuelos, asomado al balc\u00f3n desde donde, un atardecer, vio pasar a un Jes\u00fas ensangrentado y sufriente, las llagas en carne viva, las espinas clavadas en su frente y la espalda con las heridas sinuosas de los l\u00e1tigos. Y detr\u00e1s de \u00e9l, a Mar\u00eda derramando l\u00e1grimas como perlas blancas, acompa\u00f1ados por un retumbar mon\u00f3tono pero creciente de tambores. \u00c1ngel envidi\u00f3 el resplandor de las corazas y espadas que llevaban los romanos. Cuando termin\u00f3 la procesi\u00f3n, busc\u00f3 el cuchillo grande que el abuelo usaba para cortar cecina y lo escondi\u00f3 bajo su almohada. Pero antes del verano, y de las vacaciones, mam\u00e1 encontr\u00f3 el cuchillo, se lo devolvi\u00f3 al abuelo y lo mand\u00f3 castigado a su cuarto. Luego le llam\u00f3 para la cena y lo abraz\u00f3 y le hizo prometer que no iba a volver a hacerlo nunca m\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Al terminar el curso, pasaron a despedirse de los abuelos antes de partir hacia quince d\u00edas de apartamento alquilado con derecho a aire acondicionado y vistas al mar. Quince d\u00edas de piel quem\u00e1ndose capa tras capa en los que mam\u00e1 hace la compra y guisa y limpia el apartamento, mientras pap\u00e1 le vigila desde la sombra del chiringuito, la misma canci\u00f3n machacona de cada verano, el mismo suelo de cabezas de gamba y manchas de cerveza. \u00c1ngel se mete en el agua apenas hasta mojarse el peque\u00f1o ba\u00f1ador rojo porque no sabe nadar y le dan miedo las rid\u00edculas olas llenas de algas con su espuma blanquecina y pegajosa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Fue el \u00faltimo d\u00eda de vacaciones y la ciudad parec\u00eda asfixiarse. Hab\u00eda vuelto de la playa intentando que el ruido del motor no ahogase el recuerdo rumoroso de las mareas, sin querer ver en el retrovisor la mirada de pap\u00e1 concentrada en el horizonte bajo el ce\u00f1o fruncido, ni el lev\u00edsimo temblor de los hombros de mam\u00e1. Ahora ella hab\u00eda tendido la ropa y, mientras la lavadora emprend\u00eda otro runr\u00fan mon\u00f3tono, preparaba la plancha. Un sol que silenciaba los cantos de los jilgueros y una brisa de desiertos sin arena secaban tan deprisa las s\u00e1banas y las toallas que quedaban r\u00edgidas y apelmazadas. Pap\u00e1 sudaba en el sof\u00e1, bebiendo cerveza helada para no pensar en la vuelta al trabajo, ante el televisor encendido y un ventilador que remov\u00eda el aire espeso. \u00c9l estaba tumbado bocabajo sobre su cama, en calzoncillos, perdido en un pa\u00eds desconocido donde cada lago escond\u00eda un secreto que s\u00f3lo podr\u00eda descifrar la mujer m\u00e1s hermosa. De vez en cuando mov\u00eda las piernas, buscando un poco de frescura en la colcha de ganchillo. Escuch\u00f3 un ronquido de pap\u00e1 y vio pasar a mam\u00e1 por delante de la puerta de su cuarto, cargada con la bandeja de mimbre trenzado, llena de ropa para planchar, y el cardenal en su p\u00f3mulo derecho, tintado de violetas, azules y amarillos hacia el arco del ojo. Id\u00e9ntico al de las costillas que vislumbr\u00f3 cuando, despu\u00e9s de ba\u00f1arle, se agach\u00f3 a recoger del suelo una toalla, el del golpe contra la puerta del armario, precisamente el d\u00eda dela Madre, qu\u00e9 torpe. Parecido, quiz\u00e1 un poco m\u00e1s azulado, que el de las vacaciones, mira que tropezarse con las maletas que ella misma alineaba en el pasillo la noche antes de irse, qu\u00e9 tonta, y que le oblig\u00f3 a ir de manga larga cuando, en la playa, sal\u00edan del apartamento al anochecer a comerse la brisa fresca de las estrellas y ver la luna rota en el reflejo del mar. Los p\u00farpuras, quiz\u00e1, menos vivos que los que sobresal\u00edan del borde de la escayola de Semana Santa. El cerco amarillo no tan verdoso como el que le qued\u00f3 en la tripa en Reyes, los Reyes anteriores, despu\u00e9s de haber perdido a su hermanito porque se le enganch\u00f3 el tac\u00f3n en la escalera mec\u00e1nica y se peg\u00f3 contra la barandilla, pero qu\u00e9 tonta. Los \u00faltimos Reyes se hab\u00eda partido el labio contra un grifo del ba\u00f1o, limpiando la ba\u00f1era. Hay que ser torpe y tonta. \u00c9ste del ojo, piensa mientras vuelve al libro, no sabe c\u00f3mo se lo ha hecho, pero pap\u00e1 le gritaba \u201ceres tonta\u201d por encima de los goles del partido de la jornada del Carrusel Deportivo de la Cadena Ser. Aunque hubiera terminado la liga siempre hab\u00eda goles y Carrusel Deportivo en la radio, incluso el \u00faltimo d\u00eda de playa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00c1ngel, hoy, toma un trozo de plastilina, de cualquiera de los colores de un cardenal excepto el rojo, porque rojo no queda: hay blanco, amarillo, verde, marr\u00f3n, azul, negro. Toma uno cualquiera, sin fijarse, lo amasa entre los dedos y recuerda que escuch\u00f3 el ronquido de pap\u00e1. Tambi\u00e9n recuerda, vagamente, algo como un rugido sofocado, un gemido de esfuerzo. Apenas nada m\u00e1s que ese suspiro, jadeo, grito ahogado, exhalaci\u00f3n, vida o muerte saliendo violentamente de los pulmones, los pulmones de pap\u00e1, de mam\u00e1, los suyos, no puede recordarlo. S\u00f3lo ese sonido de viento en una gruta, que no sabe si fue como de morir o como de matar, nada m\u00e1s desde que oy\u00f3 el ronquido desde su cuarto hasta que vio a pap\u00e1 en el sal\u00f3n, que se hab\u00eda deslizado hasta el suelo, con el cuchillo del abuelo clavado en el pecho y los ojos cerrados y la boca abierta como cuando dorm\u00eda, y la sangre ya espesa escurriendo de la herida. Sin embargo, recuerda algo m\u00e1s claramente haber visto a mam\u00e1 limpiar el mango con un pa\u00f1o de cocina y apretar luego la palma de su mano aferr\u00e1ndolo, sin importarle que el delantal y sus rodillas se empapasen en la marea que se extend\u00eda, muy despacio, sobre las baldosas. A partir de ah\u00ed recuerda todo. Recuerda perfectamente que pens\u00f3 en la sangre viscosa y caliente y el suelo fresco y sus pies descalzos. Recuerda que sobre la camiseta blanca de tirantes se secaba deprisa la sangre, mostrando todos los tonos del rojo, casi anaranjado al lado del cuchillo, casi negro ya el borde del dibujo confuso, indescifrable, hipn\u00f3tico, y, entre ellos, el rojo rojo, rojo plastilina, como los regueros que bajaban de la nariz de mam\u00e1 el d\u00eda del \u00faltimo cumplea\u00f1os de \u00c1ngel, cuando en el Carrusel Deportivo cantaban gol y ella se tropez\u00f3 con la silla de la cocina, qu\u00e9 tonta, y cuando se asom\u00f3 la vio reflejada en el cristal de la puerta del tendedor como en un espejo sobre la noche negra del patio de luces, los regueros de sangre m\u00e1s seca escurriendo por el canal misterioso de sus pechos, la silla con un brote de astillas o de huesos al aire, como un crecimiento espont\u00e1neo y sorprendentemente blanco, pero ahora sabe que el bal\u00f3n no tiene en su alma de carrusel los labios partidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00c1ngel est\u00e1 haciendo el \u00faltimo curso de primaria en la escuela del pueblo de los abuelos y luego, ya veremos, dicen. A veces hablan del abogado, de un recurso, defensa propia, dicen. Una vez al mes le dejan visitar a mam\u00e1 y ella le cuenta que cada noche besa el coraz\u00f3n rojo de plastilina que tiene apoyado en la pared, sobre la mesita.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hoy hace justo un a\u00f1o, pap\u00e1 le regal\u00f3 por su cumplea\u00f1os la caja de plastilina con piezas de todos los colores. 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