
{"id":558,"date":"2012-10-24T19:37:34","date_gmt":"2012-10-24T17:37:34","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=558"},"modified":"2018-11-22T02:07:40","modified_gmt":"2018-11-22T01:07:40","slug":"127-solo-en-el-frente-por-maurice-kraft","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/127-solo-en-el-frente-por-maurice-kraft\/","title":{"rendered":"127- Solo en el frente. Por Maurice Kraft"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">La oscuridad era tal que empez\u00f3 a dudar si no se habr\u00eda quedado ciego. Sus o\u00eddos, sin embargo, se hallaban saturados de sonidos terribles que se solapaban en una sinfon\u00eda estremecedora. Balas silbando por encima de su cabeza. Explosiones lejanas. Tableteo de ametralladoras. Gritos ahogados de dolor.<!--more--> Mir\u00f3 a su izquierda, luego a su derecha, pero sigui\u00f3 sin ver nada, hasta que s\u00fabitamente una explosi\u00f3n de f\u00f3sforo convirti\u00f3 la noche en d\u00eda y le permiti\u00f3 distinguir, brevemente, los rostros desencajados de sus compa\u00f1eros, aterrorizados como el suyo y blancos como la muerte. Fr\u00e9d\u00e9ric, Yves, Jacques. Al otro lado, Ren\u00e9 y, algo m\u00e1s all\u00e1, aplastado contra la tierra de la trinchera, Jean Paul. De repente, silencio. Se palp\u00f3 el rostro, empapado en sudor. Tard\u00f3 unos segundos en darse cuenta de que hab\u00eda sido solo una pesadilla. La realidad era distinta, al menos en parte. No hab\u00eda balas, no hab\u00eda gritos, no hab\u00eda bombas de f\u00f3sforo. Pero hab\u00eda oscuridad, y estaba en una batalla. Y, desgraciadamente, no hab\u00eda compa\u00f1eros. Estaba solo. Salvo, por supuesto, por el penetrante sonido que hab\u00eda vuelto a interrumpir su sue\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fran\u00e7ois se maldijo en silencio. Hab\u00eda innumerables casos en la Historia, lo sab\u00eda, en los que una fuerza te\u00f3ricamente superior hab\u00eda sido derrotada por haber menospreciado a su rival. Los persas en Marat\u00f3n, superados por un ej\u00e9rcito de griegos tres veces inferior en n\u00famero. Los franceses en Cr\u00e9cy, durante la Guerra de los Cien A\u00f1os, que se hab\u00edan visto sorprendidos por la potencia de los arcos ingleses y hab\u00edan sido humillados, a pesar de contar con ventaja num\u00e9rica de tres a uno. Incluso su admirado Napole\u00f3n hab\u00eda infravalorado al ej\u00e9rcito espa\u00f1ol en la Guerra de la Independencia, y \u00e9ste se lo hab\u00eda pagado haci\u00e9ndole la vida imposible utilizando la socorrida t\u00e1ctica de la guerra de guerrillas. Y se supon\u00eda que la Historia se estudiaba para aprender de ella. Chasque\u00f3 la lengua inconscientemente, sacudiendo la cabeza en la oscuridad. La Historia se estudiaba para aprender de ella, s\u00ed. Y \u00e9l no hab\u00eda aprendido nada. Custer en Little Big Horn, que hab\u00eda atacado sin esperar los refuerzos planeados, buscando ser protagonista \u00fanico de una victoria legendaria. En lugar de eso, se hab\u00eda encontrado con tres mil indios Sioux y Cheyenne que masacraron a sus apenas trescientos jinetes del insigne s\u00e9ptimo de caballer\u00eda. El \u00fanico consuelo de Fran\u00e7ois era que en su caso no hab\u00eda sido la b\u00fasqueda de gloria lo que le hab\u00eda hecho cometer un error fatal, sino un ideal mucho m\u00e1s noble: la defensa a toda costa de la vida. Pac\u00edfico y pacifista por naturaleza, Fran\u00e7ois edificaba el templo de sus principios sobre dos firmes pilares. El primero, la convicci\u00f3n de que un conflicto armado solo deb\u00eda plantearse cuando la b\u00fasqueda de una salida por la v\u00eda pac\u00edfica se hubiera agotado. El segundo, la certeza de que incluso en el inevitable caso de un conflicto, acabar con la vida de un rival no era \u00e9ticamente aceptable porque siempre se pod\u00eda negociar una rendici\u00f3n digna. Por eso Fran\u00e7ois hab\u00eda dejado escapar a su enemigo tres noches atr\u00e1s, cuando estableci\u00f3 contacto visual con \u00e9l por primera y \u00fanica vez y hab\u00eda tenido su vida en sus manos. Moralmente, por tanto, quiz\u00e1s pod\u00eda considerarse por encima del general Custer. Pero eso importaba poco, porque en la pr\u00e1ctica su error tambi\u00e9n estaba a punto de llevarle a la derrota. De repente el agudo sonido ces\u00f3 y la noche, arropada por el silencio absoluto, pareci\u00f3 m\u00e1s oscura. Mir\u00f3 su reloj: las tres y diecis\u00e9is. Se dijo a s\u00ed mismo que ten\u00eda que aprovechar esos instantes de tranquilidad para dormir. No fue necesario repet\u00edrselo: despu\u00e9s de tres noches de angustioso duermevela su cuerpo estaba tan cansado que aprovechaba la m\u00e1s m\u00ednima pausa para intentar recuperarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 De nuevo, el intenso sonido lo despert\u00f3 sobresaltado. Esta vez parec\u00eda provenir del interior de su cabeza. Mir\u00f3 su reloj: las tres y veintid\u00f3s minutos. Maldito hijo de puta. Seis minutos. Los intervalos de sue\u00f1o cada vez eran m\u00e1s cortos y m\u00e1s espaciados. Fran\u00e7ois record\u00f3 el comienzo de su calvario, tres noches atr\u00e1s. La primera vez que el desagradable zumbido lo despert\u00f3 no pod\u00eda imaginar lo que vendr\u00eda despu\u00e9s. Record\u00f3 con frustraci\u00f3n que aquel hab\u00eda sido el momento en el que hab\u00eda establecido contacto visual con su enemigo. Durante unos instantes estuvo a su merced y, sin embargo, lo hab\u00eda dejado escapar con el absurdo convencimiento de que \u00e9l sabr\u00eda apreciar su gesto. Hab\u00edan firmado un acuerdo t\u00e1cito, pensaba Fran\u00e7ois. Yo no te mato, t\u00fa desapareces. Su rival, sin embargo, no parec\u00eda haberlo entendido as\u00ed. Fran\u00e7ois sonri\u00f3 en la oscuridad, indignado ante su propia inocencia. Ahora sab\u00eda que en la guerra no hab\u00eda sitio para acuerdos t\u00e1citos. El penetrante sonido ces\u00f3 de repente y Fran\u00e7ois consigui\u00f3 dormir otros cinco minutos. Luego, diez minutos de zumbido m\u00e1s y cuatro de sue\u00f1o. Despu\u00e9s, once y tres. A las cuatro y diez su rival le dio un respiro y le permiti\u00f3 dormir durante casi quince minutos seguidos, pero luego, para su desesperaci\u00f3n, el sonido se prolong\u00f3 durante m\u00e1s de media hora. La primera noche aquello le hab\u00eda parecido totalmente aleatorio y en ning\u00fan modo intencionado. Ahora sab\u00eda que, de nuevo, hab\u00eda infravalorado a su rival, no lo hab\u00eda considerado suficientemente inteligente como para orquestar una estrategia de lucha psicol\u00f3gica tan compleja. Pero ya no le cab\u00eda la menor duda de que los intervalos estaban estudiados para infligirle el mayor da\u00f1o, permitiendo a su cuerpo relajarse unos instantes para devolverlo despu\u00e9s a la cruda realidad de la vigilia. Privaci\u00f3n de sue\u00f1o, lo llamaban. Fran\u00e7ois hab\u00eda le\u00eddo algo sobre ello. Se consideraba un tipo de tortura y algunos ej\u00e9rcitos lo utilizaban como t\u00e9cnica para los interrogatorios. Record\u00f3 que cuando ley\u00f3 aquello hab\u00eda sonre\u00eddo con escepticismo, porque no entend\u00eda c\u00f3mo pod\u00edan calificar de tortura algo tan simple. No dejar dormir a alguien no pod\u00eda estar al mismo nivel que las quemaduras, las descargas el\u00e9ctricas, las palizas o cualquiera de las barbaridades que se comet\u00edan por ah\u00ed. Ahora, sin embargo, casi firmar\u00eda que le quemaran la piel con un cigarrillo encendido si despu\u00e9s le permit\u00edan dormir una noche completa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A las cuatro y cuarenta y tres minutos, al l\u00edmite de su aguante, empez\u00f3 a plantearse algo que el Fran\u00e7ois de tres d\u00edas atr\u00e1s ni siquiera habr\u00eda llegado a considerar remotamente: el uso de armamento qu\u00edmico. Prueba de la debilidad de su cuerpo y, sobre todo, de su mente, sus reparos morales tan solo consiguieron oponer resistencia durante nueve minutos. A las cuatro y cincuenta y dos le hab\u00eda dado la espalda a uno de sus m\u00e1s arraigados principios y estaba preparado para utilizar el gas venenoso contra su enemigo. Tetrametrina, siniestro heredero del tristemente c\u00e9lebre gas mostaza de la Gran Guerra. Mientras esperaba a que el martirizante sonido comenzara de nuevo para intentar acotar la posici\u00f3n de su adversario intent\u00f3 desterrar de su mente las im\u00e1genes de los soldados en las trincheras de su amada Francia muriendo entre convulsiones, arrastr\u00e1ndose por el barro mientras el veneno invad\u00eda sus pulmones y quemaba su piel. Por fortuna, la espera dur\u00f3 poco. Al menos, no lo suficiente como para permitir germinar el sentimiento de culpabilidad que luchaba por brotar en los \u00faltimos minutos. Como si estuviera desafi\u00e1ndolo, el zumbido retorn\u00f3 con m\u00e1s fuerza que nunca. Mejor as\u00ed, pens\u00f3 Fran\u00e7ois, a la vez que operaba el mecanismo que liberaba el gas y mandaba una buena salva hacia el lugar de donde proced\u00eda el penetrante sonido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A las cinco y treinta y dos minutos ilumin\u00f3 el campo de batalla, como hab\u00eda hecho tantas veces durante las \u00faltimas tres noches. Se levant\u00f3 de su puesto y permaneci\u00f3 de pie en el centro geom\u00e9trico, atento a cualquier movimiento. A las cinco y treinta y cinco estableci\u00f3 contacto visual por segunda vez con su enemigo. Desconcertado por la sorpresa, Fran\u00e7ois permaneci\u00f3 quieto durante unos segundos, calibrando la situaci\u00f3n. A las cinco y treinta y seis tuvo la convicci\u00f3n de que la victoria era suya. Sin duda, el compuesto gaseoso (tetrametrina 0.23%, d-fenotrin 0.10%, disolventes y propelente c.s.p. 100%) hab\u00eda cumplido su siniestra misi\u00f3n. Su adversario, todav\u00eda vivo, parec\u00eda demasiado confuso como para realizar cualquier movimiento de evasi\u00f3n, mucho menos de ataque. Repentinamente invadido por un sentimiento de benevolencia, reminiscencia del Fran\u00e7ois de tres d\u00edas atr\u00e1s,\u00a0 estuvo a punto de ceder a la tentaci\u00f3n de perdonarle de nuevo la vida. Pero no, no cometer\u00eda el mismo error una segunda vez. Tres noches en vela le hab\u00edan ense\u00f1ado a no tener piedad. Se acerc\u00f3 despacio y, a las cinco y treinta y siete, por fin, aplast\u00f3 el mosquito, dejando una mancha roja de sangre \u2013su propia sangre\u2013 en la pared del dormitorio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La oscuridad era tal que empez\u00f3 a dudar si no se habr\u00eda quedado ciego. 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