
{"id":632,"date":"2012-10-27T01:17:53","date_gmt":"2012-10-26T23:17:53","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=632"},"modified":"2012-10-27T01:17:53","modified_gmt":"2012-10-26T23:17:53","slug":"148-la-casa-desfalleciente-de-los-resignados-por-maremagno-florido","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/148-la-casa-desfalleciente-de-los-resignados-por-maremagno-florido\/","title":{"rendered":"148- La casa desfalleciente de los resignados. Por Maremagno florido"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Eran dos chispas chorreadas en una inmovilidad que lo trasluce todo, que prefigura todo lo irremediable, como ese mal paso que invariablemente nos equivoca de esquina, e inminentemente cruza el peligro de presa por nuestras narices heladas. El tajo en la cara, el empell\u00f3n, el infierno asignado para el salado de esta comedia incendiada en las calles.<!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las chispas viran, la una pertenece a una persona del sexo d\u00e9bil, quien, parada e indecisa, equivoca el pie, suelta el coraz\u00f3n, desglosa un cuerpo como ante la daga el toro tembloroso y domingo, el perro a la izquierda desmereciendo huestes y palos, un sucederse de im\u00e1genes calcinando la parsimonia chasqueante de todos los fuegos del mundo. Los otros ojos regresan a una fijeza sepulcral, verdadera. La chispa d\u00e9bil avanza, con el todo que su peque\u00f1a estatura la dignifica; igual, avanza, se entrega a la verdad inminente. Las palabras, hacia las citas anteriores, desde hace un escupitajo que ven\u00edan sobrando. Pero esta vez, realmente sobran. Una oleada vecina bombardea la ventana herm\u00e9ticamente aferrada al suceso de la habitaci\u00f3n, tercer piso, lado izquierdo, gemelo, en donde la oscuridad es m\u00e1s pesada que el portazo del primero. Como todas esas veces, la puerta no se cierra, poniendo la coda, el aldab\u00f3n herrado al asunto de alas o rojos, de ases, sino que otra corriente m\u00e1s oscura desde el fondo oscuro y bermell\u00f3n del pasillo la contrarresta, la tira, sin aflojar. La puerta rebota, el golpe seco, el rencor de contrapeso, la colocan con una luz de espacio entre el vano y la calle donde a esa temprana hora de la noche unos cuantos despojos humanos respiran de regreso, desde esa amargura emanada, \u00fanicamente un fog\u00f3n dormido, una tregua de coraz\u00f3n de plomo derretido, un soldado que en su impetuosa inquietud, y como en el cuento de Handersen, se derrite, se opaca a las cenizas de la bailarinita, \u00e9sa, la de la cajita de silencio, en que converger, entre blondas fucsias y todas las lentejuelas maricas. Qu\u00e9 m\u00e1s da. Ante los resplandores ocultos e inminentes del fijo sabedor y temerario de mentes, la v\u00edctima por fin cede, a por donde vino. \u201c\u00a1L\u00e1rgate!\u201d Tiembla un poco antes de girar el pomo de la puerta interior, duda si avanzar de un salto, desde el tercer piso, ahogada, con la congoja desgarrada, bandera en llamas, trasto desaguado con la oquedad m\u00e1s sucia, domingo, pel\u00edcula, recostarse sobre un brazo de sof\u00e1, o una migra\u00f1a giratoria. Pero recobra el talante, la palidez recompone su saliva, desciende los escalones; primero despacio, recobrando un calentamiento hacia las piltrafas que le aguardan desposo compasivo, encina desramada afuera. Al fin aprieta el descenso, usa zapatos de tacones altos, jeans, la garra con la que pas\u00f3 la temporada m\u00e1s acostumbrada de su vida, junto a su Cordero de Dios, que le quit\u00f3 el pecado del cap\u00edtulo mudo, una muchachita muy paciente; \u00e9l, intolerable, ella paciente, otra vez. Aprieta los pasos, las chispas negras de sus ojos, ya vueltas hacia s\u00ed, han encontrado el reguero p\u00farpura, vomitados desde esa noche inh\u00f3spita y sus vagidos, que bajo el accionar del interruptor ella ha apagado, \u201cbuena chica, linda gente\u201d; pero un golpe ciego de cuerpo le devolvi\u00f3 un poco la rabia. Durante esta d\u00e9cima de segundo tira la puerta; es decir, afloja lo que estaba predestinado para que as\u00ed quede, est\u00e1tico, fusiforme, como un convencido <em>tenor de brumas<\/em>. A lo largo de la calle sin asfaltar, sin barro, un r\u00edo seco proveniente del pasado, ella ceja, recupera el maremagno de su n\u00e1usea despechada, pasa el gran coraz\u00f3n, el recorrido por su garganta, es\u00f3fago, t\u00f3rax abajo, recupera el sitial siniestro de la gl\u00e1ndula, ahora mordaz, curada por la gran hecatombe. <em>La noche que no acaba<\/em>. Puede pasar saliva. Eso ya es un adelanto. Al vadear la esquina meada por los perros, se palpa los brazos, revisa su billetera a ver si se la hab\u00edan regresado unos delincuentes que fumaban mierda del otro lado de la acera. Est\u00e1 ah\u00ed, la foto, el tr\u00e9bol de cuatro, el cachito de rizo. Todo. Alza la mano, encuadrada ahora en la pr\u00f3xima v\u00eda del designio. Recupera la lengua a una cavidad aguada, pegada. Su boca. Su reseca suerte de esa oscura y <em>malora<\/em>. Es capaz, todav\u00eda, de proferir alg\u00fan monos\u00edlabo, pero no lo resiste, un lagrim\u00f3n le revienta la mejilla que no deja de palpitarle. Hay luna semillena, ni cuarto menguante, ni diente de lobo, ni ploma chalina. Hay luna semillena, y hasta ha podido decir un mont\u00f3n de disparates, la confusi\u00f3n de su designio, el disparo entrevisto de un esti\u00e9rcol de diamantes salados, sobre su carita descompuesta. El sucio de las l\u00e1grimas m\u00e1s dulces derritiendo la carne. <em>Palidece en una danza inconclusa, almita que de Dios no te salvas<\/em>. Alza la mano de ni\u00f1a, despide un viaje que no ha acabado de arruinarla. Despliega el paraguas. \u201cHoy no llover\u00e1, muchacha\u201d. Lo cierra al topar casi la nariz con un espacio de rombo del alambrado donde una pareja se ha eclipsado entre una toma de manos tendiente a film cascado, que congela su piragua, su lagrim\u00f3n decr\u00e9pito, durante este r\u00edo seco. <em>La noche no pliega su corvina mano en la frente designada<\/em>. Verde. Decide seguir por las calles. Cae en la cuenta de que falta mucho para recorrer todas esas calles donde acostumbraba. S\u00ed, con \u00e9l. Un basurero desportillado pendiente de un fierro donde se ha posado un gallinazo, <em>a esta hora de la noche m\u00e1s ploma<\/em>. La esquina, esa pesadez amarga trae un lunar brillante, un charco muy sucio, por donde pasar\u00e1 la misma mujer rodando un carrito para beb\u00e9s, pero lleno de tamales para atardecidos. Pedir\u00e1 una envoltura, la desliar\u00e1 calmadamente, como hasta hoy lo ha desacostumbrado. Los pedazos de comistrajo le calmar\u00e1n una granizada interior, que esta vez, y nunca m\u00e1s, le roer\u00e1 las mejillas. Las yertas mejillas de ni\u00f1a rostro de colores aprendiendo a madurar bajo la luna. <em>Imp\u00fadica luna que anocheces las almas vejadas por el desamor y la tregua ausente<\/em>. \u201cPero puede que empiece a llover, muchachita\u201d. Ella no voltea, todav\u00eda siente esa calidez desmemoriada protegi\u00e9ndola del brazo, es conducida al cadalso inmemorial de los recuerdos aplastantes. Es casi nada, es pedazos de papel, es <em>souvenirs<\/em>, es tr\u00e9boles de cinco, es tolerancia, \u201cmuchacha\u201d, es tregua que el pie siniestro no equivoca al helar la esquina contrariada. El resquemor agriando la <em>malora<\/em> inevitable, el designio de los dominios siniestros enardeciendo el ala rota, informe, las improntas en carabela, avanzando\u2026 amainando. La puerta se ha quedado sin un cent\u00edmetro de luz, entre el vaiv\u00e9n ajustado que no prueba los portazos como due\u00f1os de las casas. Siempre dentro de una casa en ruinas, me ense\u00f1\u00f3 mi abuela, la del largo y serio rostro, donde queda un culpable, quien no dio tregua, esparce el vaiv\u00e9n de una luz vomitada y amarilla, y hace m\u00e1s llevadero el camino a casa, <em>la casa desfalleciente de los resignados<\/em>, \u201c\u00e9se mismo camino, muchacha\u201d, por donde pasaste con \u00e9l, protegida, \u00bfRecuerdas? Ese mismo plato desvencijado y argento del dolor, un disco royendo tu almita pura, \u00a1<em>luna desgraciada<\/em>! \u00c9l, luego de todo, te proteg\u00eda de ciertos desgraciados, tambi\u00e9n; se aprovechaba de lo bien que pudieras guardarlo en la billetera, a \u00e9l, junto a sus hojas de la fortuna, junto a sus tr\u00e9boles que siempre lo sacaron del desquicio de la miseria. \u201cTe dec\u00eda, la miseria, naranjas, sed, cinco, cuatro\u2026 la <em>miserere<\/em>\u201d Como temblando, desde la inh\u00f3spita cara de la duda, te dec\u00eda al o\u00eddo desquiciado por el sopor\u00edfero domingo donde t\u00fa viajabas conducida en un aliento de amor por \u00e9l, y \u00e9l fumaba, algo que cardinalmente se reconoce como <em>cargar la cadena pesada de las horas y trasnoches que reconocen mentirse con desglosadas alucinaciones; mientras, inevitablemente, amanece<\/em>. La luna semillena tiene un ojo avizor, un dolor argento, una garra que separar de la corriente acunada aqu\u00ed tarde de canchita y pel\u00edculas, de actores uncidos hasta el camino de la degradaci\u00f3n, hasta el \u00faltimo cad\u00e1ver fraguado por el c\u00e1ncer. El vig\u00eda y due\u00f1o de las azoteas destartaladas. S\u00f3lo \u00e9l, aparrado a ti, muchachita buena, los sigue, ahora a los dos, juntos en esa eternal m\u00fasica s\u00f3lida, vitrificada, que es quedarse en seco, sin palabras. Dar el portazo final y el descenso amargo, de los que se arruinan, porque creer arruinar al otro, o viceversa, a ojo de guardaespaldas, a despojo de traicionero culero, es el lugar com\u00fan donde el vig\u00eda mal\u00e9volo ceja, entremueve a dos tiempos, y para disimular su fisgoner\u00eda, a dos enamorados del dolor, a una parvada de pavos color del agua negra por donde t\u00fa avanzas. El sacud\u00f3n, la arremetida del brazo, te hace venir el pie, y, riendo, tu cordero te se\u00f1ala: \u201cMira, una bandada de pavos en el cielo\u201d. T\u00fa le crees, \u00e9l ha fumado, pero t\u00fa sonr\u00edes arraigada a sus hombros ca\u00eddos. Cre\u00edda. Cierta. Alunizada. Un paseo por la ciudad universitaria denegando que los troncos de los fresnos pueden estar a\u00f1ejos de musgo otra vez. T\u00fa le crees, el Cordero, resta\u00f1a a reojo que el vig\u00eda avizor de su <em>polvo enamorado<\/em>, a\u00fan puede sortear el vaiv\u00e9n de la puerta de su reino de trastos. T\u00fa aduermes la repetici\u00f3n de la toma. Ahora crees que son aves maravillosas, y no tristes pavos pesados aleteando la fantasmagor\u00eda del gris en lo alto que acaba. Porque \u00e9l te lo ha dicho entre humos. <em>Y t\u00fa lo has flotado, princesa<\/em>. \u00a0Est\u00e1s sentada en el vano de la puerta a casa. <em>Princesa sentada<\/em>,<em> redonda y resignada sobre la piedra plana de las mentiras redondas.<\/em> T\u00fa reino sobre el que recostar es entonces. <em>Es<\/em>, entonces. Crees no tener m\u00e1s fuerzas para tocar tu puerta con la cabeza gacha, no dar la cara al infierno de la compasi\u00f3n ajena, m\u00e1s crudel\u00edsima ahora, la de tu familia. Por suerte ladra el perro. Abren. Un olor a casa-fatalidad secunda la corona de adviento del umbral marfil. Has llegado del mal sue\u00f1o. A casa. Los pavos en tu jard\u00edn entierran el moco.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Eran dos chispas chorreadas en una inmovilidad que lo trasluce todo, que prefigura todo lo irremediable, como ese mal paso que invariablemente nos equivoca de esquina, e inminentemente cruza el peligro de presa por nuestras narices heladas. 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