{"id":801,"date":"2012-11-01T11:06:17","date_gmt":"2012-11-01T10:06:17","guid":{"rendered":"http:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/?p=801"},"modified":"2012-11-01T11:06:17","modified_gmt":"2012-11-01T10:06:17","slug":"193-la-resaca-de-los-sin-piel-por-lema-dafoz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canal-literatura.com\/9certamen\/193-la-resaca-de-los-sin-piel-por-lema-dafoz\/","title":{"rendered":"193- La resaca de los sin piel. Por Lema Dafoz"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Cuando Calado despert\u00f3, la cama en la que resucitaba parec\u00eda un intestino grueso. Se sinti\u00f3 deglutido y altrapado en las entra\u00f1as de un entramado de s\u00e1banas, mantas y almohadas h\u00famedas y anudadas, como un alimento que no se termina de digerir. <!--more-->Quiso hacerse hueco entre los enredos de aquel aparato excretor y salir, o defecarse, de la cama, pero un dolor de cabeza profundo se lo impidi\u00f3. La resaca le pareci\u00f3, casi como todas, la peor de su vida. Sinti\u00f3 de pronto que todo le dol\u00eda, que todo estaba desordenado y que las palabras que o\u00eda en su cabeza no iban a ninguna parte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Entonces aquel hombre arrugado se agarr\u00f3 a una voluntad desconocida, hizo palanca y se levant\u00f3 de la cama descubriendo el se\u00edsmo que se hab\u00eda apoderado de su piso de soltero. El joven Calado, que ya no era tan joven, ni tan buen bebedor, a sus treinta y ocho, tom\u00f3 el camino del ba\u00f1o montado en una monta\u00f1a rusa. Una ducha larga arrastr\u00f3 hasta las ca\u00f1er\u00edas parte de las voces impertinentes y absurdas que le asaltaban en la cama. Cuando se encontr\u00f3 mejor y volvi\u00f3 a su cuarto (ese \u00ednfimo espacio donde cab\u00eda todo lo que era y que ni Dios sab\u00eda c\u00f3mo iba a pagar a partir de ese d\u00eda), desnudo y mojado, debi\u00f3 esquivar un v\u00f3mito y el desconcierto de infinitas prendas dispersas por el suelo de la habitaci\u00f3n. Se sent\u00f3 en la cama y respir\u00f3 hondo. \u00abEspero que no me vuelvan a despedir o la pr\u00f3xima vez no lo cuento\u00bb, dijo en voz alta hablando con su cordura para que esta no se escapara, como atrap\u00e1ndola con el lazo del vaquero. Ech\u00f3 una mirada a su alrededor buscando complicidad en los objetos, algo en lo que encontrarse. Entonces se fij\u00f3 en la mesita de noche y vio algo inesperado en aquel reducido caos dom\u00e9stico. Las llaves, \u00abmenos mal\u00bb, el m\u00f3vil, \u00abesto s\u00ed es noticia\u00bb, la cartera, \u00absoy un tipo con suerte\u00bb, pero tambi\u00e9n una nota con algo escrito y unas gafas de sol. La nota ten\u00eda una caligraf\u00eda jerogl\u00edfica que tard\u00f3 en descifrar: \u00aba las 10:30 en la calle San Miguel, ven r\u00e1pido, no hables con nadie. Ver\u00f3nica\u00bb. Las gafas de sol estaban encima de la nota. Estuvo un tiempo indeterminado mirando el blanco de la pared hasta que se revelaron, como visiones, las im\u00e1genes que su memoria era incapaz encontrar. Record\u00f3 que estuvo en el bar de su amigo Francisco\u00a0 tomando cervezas desde las seis de la tarde, exorcizando el agravio de un despido laboral inesperado. Los vasos se llenaron de licores m\u00e1s desesperados a una hora indescifrable (el reloj de aquellos recuerdos ya no ten\u00eda agujas) y todo lo que record\u00f3 despu\u00e9s se volvi\u00f3 dudoso, mutilado. Record\u00f3 que estuvieron con \u00e9l en alg\u00fan momento de la tarde-eternidad, en la que estaba seguro de que no se hab\u00eda movido del bar, amigos con caras conocidas, amigos sin cara, amigos sin brazos y puros desconocidos con y sin cara. Y as\u00ed estuvo recordando hasta que por fin se apareci\u00f3 Ver\u00f3nica. Ten\u00eda que ser ella. Alta, morena, con cara, y bonita, un traje negro de noche y unas gafas de sol muy tupidas. Extra\u00f1o. Parec\u00eda una alucinaci\u00f3n incluso dentro de aquella alucinaci\u00f3n. Mir\u00f3 su reloj y tard\u00f3 en enfocar los borrosos c\u00f3digos. \u201cLas diez, llego tarde\u201d, dedujo teniendo en cuenta la hora de la cita que pon\u00eda en la misteriosa nota. Pens\u00f3 que no sab\u00eda a d\u00f3nde iba ni porqu\u00e9, pero confi\u00f3 en seguir recordando con la ayuda del sol y la brisa de la calle. La Ver\u00f3nica de las gafas de sol y la nota escueta, aparecida entre el boscaje de su resacosa memoria, en cualquier caso, merec\u00edan una estupidez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando Calado pis\u00f3 la calle pens\u00f3 que las ma\u00f1anas tienen un encanto amable. Se sorprendi\u00f3 de c\u00f3mo te recibe el sol, de c\u00f3mo las ma\u00f1anas huelen a esperanza y a honesta rutina de coches y gente que trabaja y que no espera gran cosa. Pens\u00f3 que a su edad, tal descubrimiento, no deb\u00eda ser normal. Pero, \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda saber Calado de las ma\u00f1anas? Hasta hoy y desde hac\u00eda quince a\u00f1os, las ma\u00f1anas empezaban siempre a las seis y media, cuando el despertador lo escup\u00eda de la cama. Despu\u00e9s el piloto autom\u00e1tico hac\u00eda lo pertinente para que a las siete y media, sin lamentaci\u00f3n ni euforia, Calado ocupara su puesto de trabajo y derrochara las siguientes siete horas realizando su labor con una mediocridad est\u00e1ndar, con un desd\u00e9n perdonable, no m\u00e1s singular que el de cualquier compa\u00f1ero, irreprochable. Sonri\u00f3 disfrutando de aquella libertad ins\u00f3lita y pens\u00f3 que necesitaba un caf\u00e9.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201cSon veinte minutos andando hasta San Miguel, me da tiempo de un caf\u00e9 r\u00e1pido\u201d, pens\u00f3 Calado entrando con prisa en la primera cafeter\u00eda que se asom\u00f3 por la calle. El lugar ten\u00eda un ambiente acogedor y la clientela la compon\u00edan trabajadores y trabajadoras de un bloque de oficinas pr\u00f3ximo. Parec\u00edan inquietos, como calculando cada minuto del valioso y a la vez olvidable respiro del desayuno. La menuda camarera que atend\u00eda la cafeter\u00eda no lo ve\u00eda igual. No parec\u00eda tener la menor prisa por aprovechar ning\u00fan valioso tiempo y su deambular pausado al otro lado de la barra, al l\u00edmite entre la quietud y el movimiento, rozaba el patetismo. \u201c\u00a1Se\u00f1orita!\u201d, le grit\u00f3 desesperado Calado. A la indiferente camarera le cost\u00f3 aceptar que deb\u00eda atender la parte de la barra que ocupaba el resacoso cliente. Al fin se acerc\u00f3, \u201c\u00bfqu\u00e9 quer\u00eda?\u201d, le dijo a Calado sin levantar la mirada de la comanda. \u201cUn caf\u00e9, por favor\u201d. Y entonces ocurri\u00f3 lo imposible. La chica levant\u00f3 la mirada y antes de pronunciar por completo la pregunta que le interrogaba si el caf\u00e9 lo quer\u00eda solo o con leche, la de por s\u00ed menuda camarera, desapareci\u00f3, se fue hasta lo invisible, se hizo nada. Calado tard\u00f3 en reaccionar. \u201c\u00bfC\u00f3mo?\u201d, pens\u00f3 desconcertado. Mir\u00f3 al otro lado de la barra, a derecha e izquierda, se frot\u00f3 los ojos. Nada. Para darle explicaci\u00f3n al imposible, Calado intent\u00f3 recordar si la noche anterior hab\u00eda tomado drogas m\u00e1s severas que las infinitas cervezas y los incontables cubatas. Pero hac\u00eda a\u00f1os que no probaba el \u00e1cido y la edad lo hab\u00eda convertido en un maduro asustadizo. As\u00ed que no se le ocurri\u00f3 nada m\u00e1s razonable que comunicarse con otro ser humano para contrastar lo ocurrido. Se acerc\u00f3 a una se\u00f1ora que estaba sentada a un par de metros junto a la barra, muy elegante, de esas que no trabajan, que siempre desayunan en el bar porque si no \u00bfpara qu\u00e9 maquillarse? La mujer de mediana edad estaba de espaldas y Calado llam\u00f3 su atenci\u00f3n con dos leves golpes en el hombro. \u201cPerdone se\u00f1ora, \u00bfha visto usted a la camarera?\u201d. Apenas se dio la vuelta y mir\u00f3 qui\u00e9n era el insolente, la se\u00f1or\u00edsima, su bolso de piel y su arrogancia, se esfumaron. Desapareci\u00f3. Repentino como morirse, la silla que soportaba a la presumida y voluminosa se\u00f1ora volvi\u00f3 a descansar vac\u00eda. \u201c\u00a1Joder!\u201d, grit\u00f3 asustado Calado. El alarido seco lleg\u00f3 a todos los rincones de la cafeter\u00eda. Los clientes, diez o quince, sentados en sus mesas, despabilando a la ma\u00f1ana con los caf\u00e9s, las lega\u00f1as, las tostadas y la pereza, miraron casi a la vez a Calado, que no pod\u00eda creerse lo que le estaba pasando. Pero el absurdo lleg\u00f3 m\u00e1s lejos. Toda la cafeter\u00eda se convirti\u00f3 en un desierto de humanidad. Todos los clientes que miraron hacia Calado desaparecieron, dejaron de estar all\u00ed y, \u00bfqui\u00e9n pod\u00eda saber si estaban en alg\u00fan sitio? Aquello no ten\u00eda ning\u00fan sentido y Calado sali\u00f3 en estado de crisis nerviosa, a trompicones, de la cafeter\u00eda. Corri\u00f3 huyendo de s\u00ed mismo, o de la desgracia, por la calle, rezando para que la cafeter\u00eda estuviera maldita. De todas las locuras posibles, esta era la menos terrible, que el vac\u00edo de leyes f\u00edsicas y sentido com\u00fan se circunscribiera a aquella inveros\u00edmil cafeter\u00eda. En la carrera fren\u00e9tica por la acera, huyendo de aquel atentado a la raz\u00f3n, no pudo evitar chocarse con una pobre viejecita que paseaba en sentido contrario. La anciana cay\u00f3 estrepitosamente al suelo y Calado se apresur\u00f3 a ayudarla. \u201cLo siento, se\u00f1ora\u201d, le dijo a la mujer, de un peso exigente, mientras intentaba levantarla del suelo. Pero la maldici\u00f3n de la cafeter\u00eda no era exactamente \u201cde la cafeter\u00eda\u201d. Cuando la anciana se esforzaba por levantarse mir\u00f3 a los ojos a Calado y, como todo el que lo hab\u00eda hecho durante aquella ma\u00f1ana, desapareci\u00f3. El joven desempleado, el resacoso optimista, se encontr\u00f3 de pronto inclinado sobre el suelo intentando levantar un enorme trozo de nada. Abrumado por lo inexplicable, Calado volvi\u00f3 a salir corriendo por la calle, asustado, mirando hacia abajo. No pod\u00eda volver a sentir aquello. No pod\u00eda ver c\u00f3mo la vida se deshac\u00eda ante \u00e9l. De pronto sinti\u00f3 una esperanza, una suerte de destino, de respuesta posible. Mientras corr\u00eda pose\u00eddo huyendo de algo que llevaba dentro, como quien intenta huir del latido de su coraz\u00f3n, pens\u00f3 que solo una persona pod\u00eda tener alguna relaci\u00f3n con todo aquello. Mir\u00f3 el reloj y pens\u00f3 en Ver\u00f3nica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mientras corr\u00eda pens\u00f3 en lo que supon\u00eda aquel absurdo \u00bfCu\u00e1nto tiempo pasar\u00eda antes de quedarse literalmente solo? Tendr\u00eda que vivir recluido, intentando evitar la mirada de los dem\u00e1s. Si su mirada era la maldici\u00f3n, no podr\u00eda mirar nunca m\u00e1s a nadie a los ojos. Estaba seguro de que no podr\u00eda soportarlo. Propulsado por el terror tard\u00f3 cinco minutos en llegar a la calle San Miguel. Era una calle peatonal, decorada con \u00e1rboles y bancos donde sentarse. Calado miraba hacia abajo, para evitar la liquidaci\u00f3n de los transe\u00fantes, intentando adivinar el paradero de Ver\u00f3nica. En cuanto la vio la reconoci\u00f3 al instante. Igual de alta, de morena, las mismas gafas de sol tupidas, luciendo un vestido esta vez de colores vivos y felices. Se alegr\u00f3 de poder mirarla desde lejos. Estaba sentada en uno de los bancos del paseo. Calado se acerc\u00f3, procur\u00f3 no mirarla a los ojos y seguir con la mirada fija en el asfalto y se sent\u00f3 a su lado en el banco. \u201cVeo que no has venido directamente como te dije\u201d, le dijo ella observando el sudor en la cara de Calado (debe solo suponerse que mirando, porque las oscur\u00edsimas gafas no garantizaban ojos al otro lado), con un gesto cercano al reproche. \u201c\u00bfSe puede saber qu\u00e9 est\u00e1 pasando?\u201d, le replic\u00f3 Calado roto por los nervios. \u201cNo te preocupes por ellos, no desaparecen\u201d. Calado la mir\u00f3 desconcertado, esperando o\u00edr m\u00e1s. \u201cMira chico, lo primero que tienes que entender es que el que desapareces eres t\u00fa. Ellos solo dejan de verte a ti, eres t\u00fa el que te has vuelto invisible\u201d. Hubiera preferido veinte resacas de las de aquella ma\u00f1ana que la incre\u00edble historia de ciencia ficci\u00f3n que le contaba Ver\u00f3nica. \u201cYo llevo dos a\u00f1os en esta situaci\u00f3n. Es duro, pero sobrevivir\u00e1s. En realidad, qui\u00e9n sabe, lo mismo pronto vuelves a encontrar trabajo\u201d, le dijo permiti\u00e9ndose una sonrisilla. Calado la mir\u00f3 a la cara olvid\u00e1ndose de los riesgos. \u201cA m\u00ed puedes mirarme sin problemas, estamos en el mismo bando\u201d. Ver\u00f3nica respir\u00f3 hondo como a punto de levantarse. \u201cBueno, \u00bftienes las gafas de sol?\u201d Calado se mir\u00f3 el bolsillo y sac\u00f3 las gafas que Ver\u00f3nica le agenci\u00f3 la noche anterior. \u201cPerfecto, p\u00f3ntelas, ya ver\u00e1s como es m\u00e1s f\u00e1cil si nadie puede saber qui\u00e9n eres. Todo lo que somos es nuestra mirada\u201d. Ver\u00f3nica se levant\u00f3, le sonri\u00f3 con una expresi\u00f3n sincera y discreta, le ofreci\u00f3 una mano para que se levantase del banco y con la otra mano\u00a0 se\u00f1al\u00f3 el edificio de atr\u00e1s de donde estaba sentado Calado. El joven desempleado se levant\u00f3, se vio a s\u00ed mismo reflejado en las gafas de sol de la bell\u00edsima Ver\u00f3nica y vio justo detr\u00e1s de s\u00ed una oficina de empleo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando Calado despert\u00f3, la cama en la que resucitaba parec\u00eda un intestino grueso. 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