LOA DEL CENTRO |
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José Miguel Visedo Godínez Ex-militante de UCD y del CDS |
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El hombre maduro, que se supone suficientemente formado, siente la necesidad de tener un referente o núcleo de valores a los que tender o a los que seguir para orientar su vida.
Esta tendencia es algo innato a su condición humana, aunque a veces lo haga de forma inconsciente, sin apenas darse cuenta, sin reflexionar lo suficiente sobre ello. Es la manera natural de dar sentido a su vida; pero esta tendencia o aspiración puede tener de hecho dos sentidos o direcciones encontradas: por un lado, están los valores espirituales, que pueden corresponderse con los más tradicionales o conservadores, entre los que podríamos situar los religiosos, y por otro, los valores tangibles, o más materialistas, entre los que predominan el dinero, el poder terrenal o la propia lujuria, entre los que también podríamos situar de forma equidistante de ambos polos la solidaridad, la igualdad y la justicia social, que son aspiraciones sociales de orden no material, pero que se concretan en lo material.
Consciente del riesgo que supone dirigirse o guiarse por uno u otro extremo de este espectro, el hombre trata juiciosamente de buscar un equilibrio entre embos planteamientos maximalistas, es por eso que predomina el hombre moderado, centrado, que en muchas ocasiones es el que otorga la mayoría a las tendencias políticas que en occidente se identifican con los términos tópicos de derecha e izquierda. Es pues ese amplio espectro “centrado” o centrista el que afanosamente se trata de ganar para una u otra causa ideológica, porque es sabido que no tiene una adscripción claramente definida en uno u otro sentido político, se baraja en el vaivén de lo práctico, de lo tangible, de lo inmediato, de lo que a su juicio es mejor hacer en cada momento.
Esa gran masa de votantes existe, al margen de que en un momento determinado tenga una representación política propia, es decir, un partido determinado que pudiera, en ese juego, defender esos valores o hacer de bisagra o ser capaz de obtener una mayoría suficiente para gobernar, como ha ocurrido con el centro en nuestra transición. Claro, que todo esto es al margen del fenómeno nacionalista o de la tentación separatista, que caería en otro orden de pensamiento, y que a su vez podría tener tendencias derechistas o izquierdistas, y que por tanto, jugaría a una u otra opción en cada momento determinado.
Pero, volviendo al aspecto filosófico inicial, creemos que está plenamente justificado el planteamiento que da razón de ser a esta tendencia moderada, y precisamente por eso, sabedores de ello, los dos partidos representativos de las tendencias principales del espectro político tratan de rebanar personas e ideas que realmente pertenecen a ese centro sociológico al que aludimos; en otros casos, haciendo desaparecer al existente partido de centro, o bien incorporando a sus programas valores “centrados” sobre aspectos variados de la sociedad para llevar a cabo su acción política ya sea en educación, economía, sanidad, cultura, industria, comercio, etc.
Es el drama de la moderación: su volubilidad, la falta de una definición clara de sus postulados, que pueden variar en función de las circunstancias, como decimos, en aras de la practicidad, de la aplicabilidad, y que en ocasiones, como nuestra pasada transición política han servido para mediar y crear las condiciones del consenso que permitió a España pasar de la dictadura a la democracia con el menor trauma posible.
Desaparecido este papel crucial en nuestra reciente historia y carente este espacio de un claro liderazgo por circunstancias ajenas a su propia esencia, fue siendo laminado por las dos fuerzas mayoritarias a partir de entonces, que han conseguido por ello engrosar gracias a esa mina política que es el centrismo, de tal modo que en función de la balanza que proporciona ese mismo espacio centrista, se inclina a uno u otro lado la mayoría suficiente para gobernar, en cuanto a según qué tipo de circunstancias predominan en cada momento electoral en la sociedad.
Pero hé aquí que todos quieren ser el centro, todos desean al centro y todos quieren aparecer con esa capa de moderación, sensatez y equilibrio entre dos opciones, entre dos tendencias extremas y casi siempre antagónicas: izquierda y derecha; el mundo del trabajo que aspira en el mejor de los casos a conseguir la justicia social, como valor más importante, y el mundo del capital, que aspira a dominar sobre el anterior y a imponer las leyes del mercado, que tiranizan y anulan a la persona en aras del triunfo de la economía, del beneficio económico y de la explotación del hombre por el hombre, aunque bien es cierto que hay matizaciones y que todo no es tan radical como aquí se describe, por eso, en este sentido, ya no resulta ser tan cierta la distinción inicial entre lo espiritual, y lo material, porque nada hay más material que la explotación de los trabajadores, por eso es realmente artificial la distinción bipolar izquierda-derecha, porque el materialismo no tiene color cuando se basa en la explotación y la obtención del mayor beneficio económico y por tanto es atribuible a quien lo practique, con independencia de su adscripción política.
En un mundo globalizado, gracias en parte a la tecnologización de la sociedad, es todavía más relativa la distinción bipolar, porque las ideologías empiezan a carecer de sentido. El mundo mercantilizado globalmente no distingue ya entre posicionamientos ideológicos extremos: ha desaparecido el mundo hegeliano y ha sido sustituido por lo práctico, representado por las nuevas tecnologías, y por tanto está siendo cada vez más materializado, lo que va ganando terreno a un mundo espiritual, anclado en valores tradicionales, que no evoluciona con los tiempos, aunque a algunos no nos guste esta realidad y nos rebelemos contra ello, porque nos resistimos a cambiar los valores en los que hemos sido formados.
Es, en fin, como si la batalla la estuviese ganando el valor de lo práctico frente a los demás valores; es como si el centrismo, al que hemos hecho referencia, como representante de ese valor pragmático, se hubiese extendido a todo el tejido social, como si se tratara de una mancha de aceite.
Así pues, en este sentido, pero en este único sentido, nuestra misión está siendo cumplida, aunque sólo sea en el momento de depositar nuestro voto, tengamos o no un partido que nos represente.
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©literatura 2004 |