Carlos estaba tendido en la
cama de su habitación, escuchando suaves melodías de Vangelis y
ojeando el libro que acababa de comprar al llegar del instituto
en una librería que, hacía poco, habían abierto unos vecinos de
la comunidad en el bajo del edificio. El libro tenía las tapas
de color verde oscuro y, en la parte central, escrito en letras
de oro, se podía leer el título “La luz y la oscuridad”. Trataba
sobre los sentimientos, y Carlos lo devoraba con avidez y
deleite, página tras página, asimilando todo lo que el autor
decía acerca de esta faceta humana. Se hablaba de seres que
complementaban nuestra existencia, pero que también podían
dañarla, e incluso destruirla. En el segundo capítulo,
“Interpretación del sentimiento”, estaba escrito lo siguiente:
Los sentimientos son la furia presente, una naturaleza indómita
y salvaje, una llama incandescente que anida en lo más profundo
de nuestro ser. Son alba y ocaso, día y noche, luz, oscuridad,
energía vital que crea nuestros momentos dulces y amargos, que
puede servirnos como alimento, pero también como veneno...
Estas líneas inquietaron un poco a Carlos, que comprendía la
verdad que se ocultaba tras aquel texto. Sin embargo, le
sorprendía que hasta ahora nadie la hubiese expresado con tanto
vigor y contundencia en ninguno de los libros que había leído,
que no eran pocos. Soñador y fantasioso, a su edad era uno de
los, se podría decir más que escasos, jóvenes que habían leído a
más de una cincuentena de autores de relevante importancia:
desde Platón hasta Cela, pasando por Ovidio, Homero, Cervantes,
Shakespeare, Thomas Mann, Kafka, Kant, Freud, Tolstoi y un largo
etcétera. Había leído también a numerosos autores de ensayo y
ciencia-ficción, como Isaac Asimov y Carl Sagan, y le
apasionaban especialmente las Leyendas de Becker. A Carlos le
gustaba enfrascarse con sus libros, su música y sus reflexiones
sobre la sociedad y la vida. En lo tocante a su vida exterior, a
veces salía para pasear con algún amigo o ir al cine, pero estos
eran eventos puntuales.
Cerró el libro, que dejó en la mesilla de noche que tenía al
lado de su cama, desconectó la radio y encendió la televisión.
Aparecieron imágenes psicodélicas. Un anuncio. Cambió de canal,
pero sabía que era lo mismo. Existía una gran competitividad
entre las cadenas, por lo que los concursos, películas, deportes
y demás programas eran emitidos en paralelo, simultáneamente.
Casi nunca se emitían documentales, excepto aquellos que habían
pasado previamente por manos de los censuradores del Gobierno.
Que la situación estuviese así de crítica no era algo de lo que
uno se podía extrañar. La inminencia del cambio de milenio había
provocado una desmesurada alteración en la sociedad, una especie
de psicosis colectiva. Las sectas “destructivas” proliferaron
hasta tal punto que se habían llegado a catalogar más de diez
mil diferentes a lo largo y a lo ancho de todo el país. Ante una
agitación social de tal magnitud, un grupo de radicales cuyas
aspiraciones eran acabar con el caos reinante y reinstaurar el
orden social dio un golpe de Estado y se hizo con las riendas
del poder, iniciando un periodo de represión social, política y
religiosa que todavía se mantenía dos años después. La religión
se prohibió en todos sus aspectos, al parecer para evitar que
surgiesen nuevas sectas religiosas o que se expandiesen las ya
existentes. Numerosas iglesias fueron demolidas, quedando en pie
solamente algunas de las más importantes, que se mantuvieron
indemnes porque quisieron conservarlas como patrimonio
artístico, pero se mantenía el control absoluto sobre lo que se
les iba a decir a los visitantes acerca de ellas. Nadie podía
hablar de Dios; incluso mentarlo estaba prohibido y castigado
por la ley. Gran cantidad de Biblias y otros libros religiosos
fueron incinerados. Algunos se pudieron salvar gracias a gente
que arriesgó sus vidas al esconderlos en sus casas. Los
registros eran concienzudos, y si se arrestaba a alguien, este
era llevado a una institución especial, donde se le sometía a
toda clase de torturas psicológicas, hasta que moría o regresaba
como un zombi, privado de voluntad. El nuevo Estado hacía una
llamada al Vitalismo; se debían recuperar valores como la vida,
la fuerza, el poder... Las obras de Nietzsche eran citadas
continuamente en las conferencias que se emitían por televisión,
pero seguro que el propio Nietzsche se horrorizaría al ver como
eran interpretadas sus doctrinas filosóficas.
En cuanto a la sociedad, se inició una campaña de exterminio de
indigentes, tan sutil que casi nadie se dio cuenta. Fueron
acabando con ellos uno a uno, mediante un proceso largo y
continuo. Existían grupos de mercenarios contratados por el
Gobierno, que cada noche atrapaban a uno o dos mendigos, los
asesinaban, y los llevaban fuera de la ciudad, a una especie de
fosa común situada tras una alambrada con un cartel colgado en
la puerta metálica que prohibía el paso a toda persona sin
autorización advirtiendo que los vigilantes tenían permiso para
matar a cualquier intruso, y allí arrojaban sus cuerpos
desprovistos de vida.
En la política ocurría algo parecido, pero de forma más
descarada y cruel. Los grandes líderes de los diferentes
partidos fueron salvajemente asesinados, tanto en conferencias
públicas como en sus casas y vehículos, y aunque se prometió
descubrir a los “terroristas” que habían cometido semejante
barbarie, la policía recibió órdenes de no mover un solo
músculo. Dentro del propio Gobierno se hablaba de Razón de
Estado, que equivale más o menos a la tapadera de algún suceso
indigno, mas esto no importaba demasiado a los funcionarios, ya
que todos pertenecían a la misma facción.
Se había hecho tarde. Carlos apagó el televisor y se acostó,
pensando que quizás la situación no era tan terrible como la de
otros países, donde la gente se moría de hambre, y se mataban
entre ellos por algo que llevar a la boca.
Despertó sobresaltado, empapado en sudor. Había tenido una
pesadilla. Se veía a sí mismo encerrado tras unos barrotes
metálicos; prisionero, pero sin saber por qué. Aquella imagen
todavía rondaba por su mente. ¿Era solamente un simple sueño?.
Llevaba más de dos años sufriendo esos embates mentales casi a
diario, como si fueran una premonición de algún lúgubre suceso,
como si quisiera advertirle de que el futuro no le deparaba
precisamente nada bueno.
Se resignó. Tenía que ir al instituto. La tonificante lluvia de
la ducha lo relajó un poco. Después se arregló. Su ondulado pelo
leñoso parecía querer gastarle bromas pesadas, pues no era capaz
de arreglárselo. Tras una dura y laboriosa batalla a base de
agua, gomina y varias pasadas de peine logró por fin
adecentarse. Acto seguido desayunó con una celeridad increíble y
salió a toda velocidad hacia el instituto.
Al llegar estuvo charlando unos instantes con Eva, compañera de
clase y una de sus mejores amigas. Su mirada, despierta, vivaz e
inteligente parecía expresarlo todo. Era una muchacha alegre a
la que Carlos quería de una manera muy especial, tanto que se
desvivía por hacerla feliz; pero nunca le había expresado
personalmente sus sentimientos, aunque suponía que ella ya lo
sabía. Su relación no iba más allá de la amistad, mas Carlos se
sentía unido a ella por lazos invisibles pero poderosos. Cuando
Eva estaba alegre Carlos era feliz, y cuando se entristecía a
Carlos le afectaba sobremanera. Se podía decir que eran dos
cuerpos que compartían una misma alma.
Las clases se hacían cada vez más tediosas, monótonas y
aburridas. Desde que el nuevo Gobierno modificó los sistemas de
educación era como si todo funcionase mediante automatismos. A
Carlos el nuevo sistema le parecía arcaico y desfasado. Nada de
religión y muy poco de filosofía, exaltación patriótica para
todos los gustos y trato entre maestros y alumnos absolutamente
nulo. Tener que aguantar todos los días el mismo sermón se
convertía en un suplicio insufrible, que además se reflejaba en
las calificaciones de todos los alumnos, que habían descendido
considerablemente. Los especialistas y pedagogos afirmaban que
todo era cuestión de adaptarse al nuevo cambio, y entonces la
situación se normalizaría.
El timbre que indicaba el final de las clases sonó, salvando a
Carlos de una cierta crisis de angustia. El horror se había
acabado. Carlos recogió los libros y salió apresurado hacia su
casa. Al llegar decidió realizar un poco de ejercicio, puesto
que se había propuesto adelgazar y no practicaba ningún deporte.
Así que subió por las escaleras en vez de utilizar el ascensor,
medio de transporte muy recurrido por los cómodos vecinos del
edificio. Llegó extenuado. La próxima vez que tratara de subir
nueve plantas tendría la previsión de avisar a una ambulancia
por si sufría un infarto durante el trayecto.
Ya en casa se preparó la comida, que tomó con frugalidad, a
pesar de que la caminata le había abierto el apetito. Tenía toda
la tarde por delante. Resultaba práctico dar clases sólo por la
mañana; así, el tiempo perdido en tonterías era escaso, y con
algo de organización se podía conseguir más tiempo libre. Carlos
trató de realizar las tareas pendientes de clase, bastante
desganado. Cuando terminó cogió el libro de la mesilla donde lo
había dejado la noche anterior, se recostó sobre el sofá del
salón, y continuó leyendo aquellas páginas cargadas de
misterios:
... y recuerda, querido lector, que cuando te halles preso de
los sentimientos, no habrá nada que te pueda liberar, hasta que
acabes por adaptarte con resignación a sus crueles designios.
Tales entes son poseedores de un poder que supera a la propia
imaginación humana, y ten por seguro que cuando ataquen no
contarás con medio alguno para protegerte de ellos...
Semejante advertencia llamó la atención de Carlos que, a decir
verdad, se encontraba ligeramente asustado. ¿Tendría algo que
ver con los sueños que continuamente le asaltaban?. Carlos solía
fantasear con las casualidades que depara la vida cotidiana.
Pensaba que una serie de coincidencias seguidas tenían algún
significado especial; un aviso o una premonición, quien sabe, y
su interpretación de aquel texto lo mantenía profundamente
intrigado. Su mente daba vueltas constantemente. No podía
concentrarse en la lectura. Miró su reloj. Las nueve y cuarto.
Comió algo ligero, pues su estómago no estaba para guerras, e
intentó conciliar el sueño, pero sus pensamientos no se
apartaban de aquellas últimas líneas, recordándole una y otra
vez sus pesadillas. Finalmente, presa del agotamiento, se
durmió.
El siguiente día fue un calco del anterior, y así pasaron dos
semanas, con la diferencia de que las pesadillas sólo se
materializaban mientras estaba despierto, y el tiempo de sueño
era cada vez más escaso. Pasó de dormir ocho horas diarias a
dormir cinco a duras penas. Un día se despertó con la sensación
de que iba a ocurrir algo, lo cual no le agradó en absoluto.
A las once de la mañana recibió una llamada de Eva. Quedaron a
las tres para tomar algo y charlar en una cafetería de la
ciudad. También iría Jorge, un amigo común. Carlos se relajó y
esbozó una leve sonrisa. Tal vez sus preocupaciones carecían de
base. Arregló su imagen, comió y salió hacia la cafetería
visiblemente emocionado. Llegó pronto. Eva y Jorge entraron
juntos en el local minutos después, se sentaron junto a Carlos e
iniciaron una animada conversación. Dos horas más tarde salieron
a pasear. Durante el trayecto comenzaron a discutir acerca del
nuevo Gobierno y del cambio que había sufrido la sociedad; las
nuevas prohibiciones y obligaciones, su sentido, las actuaciones
más radicales y violentas, violaciones de derechos y varios
temas más. Los comentarios eran abiertos y sinceros, debido a la
amistad que se profesaban. De no ser así, nadie se habría
atrevido a iniciar una conversación de semejante índole, puesto
que se jugaba mucho, sobre todo si se dedicaba a criticar
duramente lo establecido por la ley.
Cuando estaban tratando el aspecto religioso, Eva sorprendió a
todos afirmando que era creyente y practicante. Ni Jorge ni
Carlos esperaban aquel giro que tomaba la conversación, que por
compromiso personal obligaba a ambos a exponer sus pensamientos.
Jorge fue bastante reservado, diciendo solamente que era
necesario creer en un Ser Supremo, en algo que se halla por
encima del hombre mismo, pero que no practicaba la religión,
sobre todo teniendo en cuenta lo peligroso que resultaba en
aquellos tiempos. Carlos, por su parte, se confesó abiertamente
agnóstico. No veía la necesidad de creer en un Dios, aunque no
negaba su posible existencia, y mucho menos de practicar la
religión, aunque no tenía prejuicios contra aquellos que no eran
de sus mismas creencias. Para comprender tan dispar variedad de
opiniones hay que tener en cuenta la situación personal de cada
uno. Eva se había educado en uno de los más importantes colegios
religiosos de la ciudad desde muy pequeña, y sus padres eran
profundamente religiosos, por lo que veía normal la práctica de
la religión. Jorge, aunque estudió también en un colegio
religioso, seguía las indicaciones de su padre, quien le había
advertido del peligro que suponía la práctica religiosa. Los
padres de Carlos habían fallecido accidentalmente poco tiempo
después de nacer éste. Se crió en un orfanato hasta que tuvo la
suficiente edad y capacidad para administrar la herencia que sus
padres le habían dejado al morir. Su educación religiosa había
sido escasa y provenía en su mayor parte de los libros que leía,
de los cuáles sacaba sus propias conclusiones.
Llegaron al portal del edificio de Carlos. Se despidieron.
Carlos subió a su piso. Esta vez utilizó el ascensor. No se
sentía con fuerzas suficientes para iniciar otra odisea
particular. Cuando llegó se dio cuenta de que todavía tenía que
preparar un trabajo para presentar al instituto. Inició la tarea
poniendo todo su empeño, esperando poder acabarlo a tiempo el
día siguiente.
Y así pasaron varios días, sin particulares contratiempos, hasta
que Jorge dejó de asistir a las clases. Al principio parecía un
hecho normal. Cualquier enfermedad que lo tuviera durante algún
tiempo postrado en la cama. Pasaron tres semanas y todavía no
daba señales de vida. Carlos empezó a preocuparse. Su
nerviosismo se incrementó cuando a los pocos días desapareció
Eva también. Aquello fue suficiente para instarlo a actuar. Fue
a visitar a los padres de Jorge. Los encontró llorando,
desconsolados. Allí, postrado en la cama de su habitación,
estaba Jorge, pálido y demacrado, una caricatura de lo que una
vez había sido, digna de ser obra maestra en un museo de los
horrores.
Se disculpó. No había podido aguantarlo. Al parecer lo
detuvieron durante el transcurso de una manifestación que
protestaba por la tiranía gubernamental, pidiendo que se
restaurase la democracia. Fue encarcelado e interrogado. Lo
obligaron a delatar a sus cómplices, y tuvo que hablarles de Eva
y de sus prácticas religiosas.
Carlos no podía culparle. Actuaban como la Inquisición durante
la Edad Media. Cuando interrogaban a alguien le aplicaban
severas torturas, lo que se convertía en un tormento para el
interrogado, que incluso acababa por inventar delitos e inculpar
a personas que no tenían nada que ver con ellos. Ya había hecho
méritos suficientes aguantando durante todo aquel tiempo. Desde
luego, Jorge no había seguido bien los consejos de su padre,
pero así era él; impulsivo y emprendedor. Era su naturaleza.
Después fue a ver a los padres de Eva. El panorama era el mismo:
tristeza, lágrimas, desesperación... pero Eva no estaba. Las
esperanzas de verla se desvanecieron de pronto. Las noticias
eran terribles. Habían decidido internarla en una institución
para rehabilitarla, y todo por confesarse en mal momento
creyente y practicante. Aquello rozaba el colmo de lo absurdo.
Carlos no podía comprenderlo.
Intentó desesperadamente entrar en la institución para visitarla
y hablar con ella, pero todos los esfuerzos eran en vano. Se le
prohibió el paso debido a que la presencia de un miembro del
entorno familiar o personal de la paciente podría resultar
nociva para su completo restablecimiento. Carlos salió del
edificio deshecho, echó un último vistazo a las ventanas
enrejadas y caminó cabizbajo hacia su casa.
Se mantuvo en continuo contacto con la familia de Eva, por si
llegaba alguna noticia acerca de su estado. Pasaron tres días
sin que se supiera nada de ella. Al día siguiente llamaron por
teléfono. Mientras escuchaba, un océano de dolor y desesperación
inundó el corazón de Carlos. Eva no había podido aguantar en
aquel infierno y se había cortado las venas con los muelles de
un colchón. Aquello no podía ser cierto. Carlos se negaba a
aceptar la evidencia, pero cada día que pasaba se iba sumiendo
más en la angustia. Si hubiera hecho algo por evitarlo. Pero no
podía saber lo que pasaría. La vida de Carlos era un continuo
debate entre sus sentimientos, y estos lo estaban aniquilando.
Carlos estaba sentado en su habitación, frente a la ventana
abierta. La suave brisa mecía su pelo, jugando a crear figuras.
Sus ojos turquesa brillaban, y tenían ya un tinte rojizo. Dos
surcos recorrían sus mejillas. Todavía pensaba que habría podido
hacer algo por ella, si hubiese tenido la suficiente previsión.
Ahora se hallaba atrapado por sus sentimientos. Eran más fuertes
que él. En un momento de lucidez su mente evocó aquellas
palabras del libro que todavía descansaba sobre la mesilla. No
iba a poder liberarse. Estaba doblemente encerrado. Por una
parte las limitaciones que le imponía la sociedad, y por otra
sus propios sentimientos. La imagen de aquella pesadilla se
estrelló contra él. Ahora lo veía claro. Tenía que librarse de
aquellas cadenas de alguna manera, pero no sabía como.
Una gaviota hacía piruetas, jugando con el viento. Los ojos de
Carlos se posaron sobre el animal y, tras un suspiro, exclamó:
-¡Quién me diera ser libre y poder volar como tú!
La gaviota miró hacia él en aquel mismo instante. Las miradas de
ambos se encontraron. Parecía decirle:
-Ven, puedes hacerlo. Sólo tienes que volar, y serás libre.
Carlos se deslizó suavemente por la ventana, y voló; se sintió
libre por unos instantes.
El inspector se mesó la barba y se ajustó las gafas. Las prisas
por el acontecimiento habían provocado que se presentase
desaliñado en el lugar de los hechos, suscitando los jocosos
comentarios de algunos policías. ¿Cuántos eran ya durante toda
la semana?. Por lo menos siete. Se volvió hacia el cuerpo del
joven, lo poco que quedaba de él. En el fondo se compadecía de
ellos. ¡Pobres muchachos!. Habían nacido en una sociedad que no
les correspondía, y que les había impuesto sus condiciones,
privándoles de su propia condición humana. Por ello sólo les
quedaba el suicidio como única alternativa para escapar de tal
horror. Al fin y al cabo, despojar de vida al cuerpo no
significa nada cuando se ha despojado de vida al alma.
Y caminó hacia su coche, mientras una gaviota volaba en busca de
otro joven angustiado para indicarle el camino de la liberación.
XIII concurso literaio Colegio Apostol Santiago (Vigo) curso
98-99
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