EL FANTASMA DE RUBÉN.

Por Agustín Serrano Serrano.

                           

A Rubén le gustaba coger su bicicleta de carreras los domingos por la mañana, y más aún si la noche del sábado había salido y se había pasado un poco con el alcohol.

En vez de estar todo el día medio muerto en la cama, luchando con la resaca como hacían sus amigos, él se hacía treinta Km., y con ello, quemaba todos los excesos de la noche del sábado.

 

Pero una razón hizo que la noche de ése sábado fuese distinta y no una más llena de risas y ron con cola. La razón se llamaba Andrea y su inesperada compañía.

Andrea era conocida como la niña de la biblioteca. La misma que rara vez salía y mostraba su beldad escondida tras unas gafas de pasta y un canijo y bajito cuerpo. Y por Andrea y su insospechada conversación, las pedaladas de ése domingo eran distintas, casi tan portentosas como las del gran Indurain.

 

Qué ilusión saber que en su móvil, empezando por la letra A, había una nueva entrada en la agenda con un nuevo número, y ése número era el de Andrea.

Mientras pedaleaba, se preguntaba si era verdad que la chica que más le gustaba había estado hablando con él casi toda la noche, con un entendimiento en la charla y una compenetración en las miradas, que podía dar lugar a la sospecha de que estaba naciendo una especial atracción entre los dos.

Al despertar y antes de salir, envió un mensaje a la chica, preguntándole si quería quedar por la tarde. En el primer semáforo, contiguo al desvío de la comarcal que siempre tomaba, recibió la respuesta, y era ésta un SÍ, seguido de un: ‘’A las cinco en el banco del ciervo’’.

 

Aquel domingo volaba sobre la bici. Porque todos sabemos lo felices que somos cuando nos citamos por vez primera con nuestro amor, el mismo que vemos día a día y ansiamos conocer. Todo parece distinto. Los problemas personales y familiares son meras anécdotas lógicas del ser humano. Y los avatares del mundo, a veces tan criticados por los métodos de los poderosos, se convierten en sucesos pasajeros sin importancia. ¿Qué es el mundo comparado con los sentimientos de un enamorado?

 

Y cuando la vida se le presentaba a Rubén en todo su esplendor, coloreada con los más divertidos colores, luces de neón y la mejor música de fondo, un cruce y un repartidor de congelados con prisas que no lo ve, hace que todo resulte insignificante, y lo que segundos atrás era colorido y feliz, ahora es doloroso y rojo de sangre.

 

Los radios de la bicicleta compiten en roturas y doblamientos con los huesos de Rubén, cuya impresión y dolor son tan grandes, que ni siquiera puede preguntarse qué ha pasado.  

El repartidor se le acerca. Es de su misma edad. Un niño joven que creía que su recién sacado carnet era suficiente para saber conducir. Él esta tirado, contorsionado y roto sobre el duro alquitrán, y el chico le grita entre sollozos y convulsa respiración; ‘’lo siento, tío, lo siento’’.

 

Rubén quiere hablarle, que no se quede ahí parado llorando, pero no puede, algo en su pecho le asfixia, seguramente sus pulmones se le desgarran, y en el último estertor, una pequeña arcada de sangre le deja respirar como sólo respiran los difuntos, mientras la sangre expulsada cubre el blanco de las líneas de la carretera.

 

El ciclista fallecido contempla como él mismo sale de su cuerpo, percatándose de que sigue en el mundo. Pero es un mundo que se mueve algo más lento que el real y en el que todo parece más oscuro. El repartidor tiene que ser atendido por una ambulancia debido a un ataque de ansiedad y un forense de tráfico levanta su cadáver. Es su propio cadáver y con impotencia asume su condición de muerto.

La memoria aún le sirve y decide que lo mejor que puede hacer es ir al banco del ciervo.

 

El banco del ciervo era uno de los muchos bancos del Parque de las Camelias. Se llamaba del ciervo porque estaba el del oso, el del mono, el del pez, el del león, cada banco adornado con un animal. Y en el del ciervo, a la hora fijada, estaba Andrea. Rubén hizo también acto de presencia, pero Rubén era ahora tan ligero e invisible como el aire, y sólo podía rozar a la chica como lo hace el aire.

 

Andrea, desconocedora del terrible suceso, se cansa de esperar, y tras un par de inútiles llamadas a un teléfono que nadie coge, se marcha con un amigo que casualmente pasaba por allí. Rubén se sienta en el banco y la observa como se aleja. Sabe que no puede llorar, que no debe llorar, pues de nada servirá. Pero lo que no puede evitar aún siendo un fantasma, es poder dejarla de amar. Con un trocito de madera del suelo, sin saber cómo, escribe en el respaldo del banco; ‘’Andrea, Rubén estuvo aquí’’, y el día que Andrea lo lee, empieza la leyenda del fantasma de Rubén.

 

 

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