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Con la espalda apoyada en la fachada del
bar "Buenos Aires" la vio bajar del autobús; desde hacía unos
minutos esperaba allí pacientemente jugueteando con las llaves de
su Skoda rojo; en la boca el sabor ácido del último vino que
acababa de apurar. Entre una niebla sutil el frío invernal
arreciaba, gotas de sudor frío empañaban sus sienes y se
precipitaban por las incipientes arrugas de su frente. En su
rostro, de casi un adolescente, las primeras muecas de hastío
estrenaban lo que pronto dejaría de ser una apresurada juventud,
como un espejo reflejaban al destino cebándose diabólicamente.
Tomó un pitillo que reservaba detrás de la oreja y después de
sacar una cerilla del bolso de la cazadora negra la prendió, con
macarrónica precisión, contra la suela de su puntiagudo botín,
acercándosela con cautela al rostro aspiró una bocanada dejando
que el humo le envolviera la cara. La tarde se diluía en el
elemento de su propia naturaleza.
El autobús desapareció con torpeza detrás
de una cortina gris mientras superaba la empinada cuesta a golpe
de acelerón. Solo ella se había bajado en esta parada y, tras los
primeros pasos, comenzó a apurar la acera con cierta indecisión,
aun no estaba segura de haberle reconocido. Envuelta en su abrigo
de paño y abrazada a su bloc andaba con desgana intentando
reprimir el contoneo que sus caderas la imponían: era él, ahora ya
estaba segura; un revoltijo de temor y de sentimientos mal
definidos la revolvió el estomago. Durante un segundo dudó entre
proseguir o volverse por donde había venido, el autobús lejos,
lejos y entre ella y cualquier dirección un inútil camino.
Prosiguió como presa de su sino con los ojos agarrados al asfalto.
-Hola- dijo él cortándole el
paso- ¿vienes del instituto?
-Y a ti ¿qué más te da?
Profirió ella en un alarde de valentía
mientras reprimía el impulso humillante de echar a correr. Él
apretaba las llaves del Skoda, ahora en el bolsillo, como si de un
amuleto se tratara. El pitillo en la comisura de los labios
remataba la mueca burlona, sus ojos brillaban:
- Pues ya ves si me importa,
pst, ¿y te aprenden mucho en ese antro?
-Me enseñan, zoquete
-No sé, no sé. Enseñar o
aprender ¿Por qué no vienes conmigo y me lo explicas? Mira tengo
ahí el coche
-Subir a tu coche es
peligroso... ya me lo "aprendiste" el otro día
-Pues no haberte subido nena,
que nadie te obligó
-Venga Víctor, déjame en paz
Entonces, escupiendo la colilla, la agarró
por la cintura apretándola contra él mientras le susurraba al oído
cuanto le gustaría volverse a meter entre sus piernas. Su aliento
cálido y ebrio la inundó la cara y su olor a garito inmundo la
abrasó los sentidos. Paralizada ante los recuerdos de pocos días
antes su cuerpo se puso rígido como el de un cadáver; un frío
intenso la agitó de los pies a la cabeza: morir en aquel preciso
momento hubiera sido un alivio. El miedo sí, ese miedo que la
marca el camino con mano de hierro, que se cierne sobre su cabeza
como una sentencia irrevocable determinando a cada segundo la
derrota inmediata, ineludible, con la que al parecer, debe
aprender a vivir cada uno de los días de su vida. Otra vez ese
miedo cómplice de la fatalidad que como una alcahueta la conduce
rápidamente al interior del Skoda rojo.
FIN
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