GUTTENDÖRF Y EL JOVEN DE NANTES.

Por Johannes Keimplatz

 
Antes de que Ángel Guttendörf fuera el eminente profesor Guttendörf, años atrás de convertirse en un reputado científico, maestro de ciencias y de otro muchos campos del saber humano en la universidad de Bonn, no era más que un despierto joven de intensa mirada y despierto espíritu.
Había nacido en 1819 en el seno de una familia de clase alta de Bonn. Su padre, de nombre Gerhard, fue juez durante muchos años en dicha ciudad e hijo del conocido marchante y experto en arte Friedrich Guttendörf. La madre, de nombre Hanna, era a su vez hija de Peter Erich Hessen Bernoulli, pariente de los Bernoulli, -célebres matemáticos de Suiza del siglo XVII, de ahí la ascendencia helvética de Ángel- y gran científico, y precisamente de aquel anciano bajito y achacoso, al que sólo vio una vez en su vida, fue en quien el futuro profesor se fijó para desear, desde muy niño, ser científico, consagrando así su vida a la ciencia, abonando su desarrollada y nunca paliada, innata curiosidad.

El profesor Guttendörf no tuvo más hermanos, y puede que por ello desplegase aún más su carácter introvertido, el cuál sólo se sentía feliz en la sala de estudio más escondida de la universidad, o en el punto más oculto de un bosque, cuyos elementos de flora y fauna acostumbraba a observar durante horas.
La familia solía pasar las vacaciones de verano en Nantes, ciudad francesa a orillas del mayor río de Francia, el Loira. Y muchos eran los recuerdos que Ángel actualizaba en su mente cada vez que se trasladaban a la bella ciudad atlántica.
El viaje de esta historia resultó ser memorable, pues fue la primera vez que Ángel montó en ferrocarril, cuya línea belga de pasajeros, -la primera de Europa-, había sido inaugurada un año antes. Aunque no sólo por ese motivo lo fue.

En dicho trayecto, en su inseparable cuaderno, anotaba todo lo referente al funcionamiento de la locomotora, a la que contemplaba desde una de las ventanillas del primer y único vagón.

- El carbón se quema en una caldera, calentando agua. El agua calentada genera vapor, que es el resultado de la ebullición. Dicho vapor mueve los pistones, que son ese juego de bielas que ves ahí abajo. – Le explicaba uno de los maquinistas, cuando el transporte ya había llegado a Nantes.
- Imagino que por eso lo llaman motor de combustión externa. – Decía él.
- Claro, eres un joven muy listo, aprendes rápido.

Y así era de jovencito el futuro profesor Guttendörf: un muchacho de delgada complexión, de palidez pronunciada, sin ser ésta provocada por mal alguno, y un característico flequillo que tapaba su ojo derecho permanentemente.
La casita que los Guttendörf habitaban en los meses de estío, era una coqueta construcción de dos plantas y siete habitaciones adosada a un cálido cobertizo, muy cerca de la isla de Feydeau, en la misma desembocadura del Loira. La vivienda, del siglo XVIII, permanecía cerrada durante todo el año, y Ángel jamás olvidaba el entusiasmo de su padre cada vez que llegaba y veía el enorme tamaño de la hierba sin cortar, las enredaderas adueñadas del grisáceo tejado y el polvo acumulado por los meses de abandono.

- Cuanto más trabajo tenga, mejor lo pasaré. – Solía decir el progenitor, el cual era conocido en Bonn con el sobrenombre de ‘’barbacoja’’, pues jamás permitía a su poblada y encanecida barba ir acompañada de un correspondiente bigote, haciéndole parecer uno de aquellos mormones americanos con los que no guardaba relación alguna. – Vamos, muchacho, no hay tiempo que perder. – Arengaba el padre al joven Guttendörf, el cual, de vez en cuando, se preguntaba si aquello eran vacaciones o unas interminables jornadas de trabajo.

Se levantaban al amanecer; limpiaban la entrada de la vivienda, cortaban el césped, el seto, podaban las flores marchitas del pequeño jardín, sacaban la paja inservible del cobertizo, sustituyéndola por una remesa nueva, poblando dicho sotechado con gallinas y un cerdo, que devolverían el día del regreso hasta el año siguiente.
Ángel, a pesar de todo, se sentía bien, viendo la cara de felicidad de su padre a medida que el exterior de la casa cambiaba: las rosas frescas ya desprendían su dulce olor, el ladrido de un cachorro e incluso la venida de insectos nocturnos a la luz de la lámpara del porche, todo dotaba al hogar veraniego de la vida que no había tenido en los meses de frío.

En una de aquellos apacibles atardeceres, el joven Guttendörf tomó su pluma, su cuadernillo, sus quevedos y decidió dar un paseo por la pequeña isla ribereña.
Era, como ya digo, un sosegado atardecer, con las libélulas en la orilla del río, el olor a jacintos, el canto de un tempranero grillo y las primeras luces de los hogares cercanos. Guttendörf se rindió ante la belleza de aquel paraje donde, según le contó su querido abuelo, Perrault imaginó a su ‘’Bella Durmiente’’.
El silencio era hipnótico, enigmático. Ángel esperaba encontrarse con algún lugareño que le indicara donde podía encontrar uno de los famosos castillos del Loira, cuya ruta y paraje, años más tarde, sería reconocida como uno de los patrimonios de la humanidad a conservar. Sin embargo, la tranquilidad y la soledad, sonorizada tan solo por la misma naturaleza, eran sobrecogedoras, desoladas y apartadas de cualquier actividad humana. Nadie caminaba por la orilla del río, bajo la crepuscular luz del cielo y junto a las orquideas de la ribera.
Cuando ya decidía regresar a casa, proponiéndose para el día siguiente una programada búsqueda de castillos franceses, la imagen de un niño sentado en una roca junto al margen del río le llamó la atención. Al acercarse, pudo verlo mejor; se trataba de un niño rubio, de ojos celestes, que silbaba alegremente mientras, con escasa luz, trazaba en un papel lo que parecía el mapa de un conjunto de islas, en cuya superficie anotaba los nombres de sus supuestas localizaciones.

- ¿Qué lugar es ése? – Curioseó Ángel.

El niño, de no más de ocho años, lo miró sorprendido, regresando sin sobresalto a su original calma.

- Son las islas de la Polinesia. – Respondió muy seguro.
- Vaya, y todos esos nombres son reales.
- No todos. Algunos me los invento, pero la mayoría lo son.
- ¿Y cómo lo haces? Todos esos detalles, sin copiarte.
- Lo memorizo en la escuela y después lo dibujo.
- ¿Te gusta la geografía? – Inquirió Guttendörf.
- Sí, me gusta mucho. ¿Y a ti?
- También. ¿Puedo sentarme a tu lado? – El niño, vestido con pantalones cortos y unos tirantes semejantes a los suyos, dejó un lado en la roca para los dos. ¿Cuántos países tienes en este cuaderno?
- Tengo América del Sur, África.
- ¿Y te gustaría viajar a ellos?
- Sí, pero ya lo hago. – Ángel se perdió, pensando en que se trataba sólo de un crío. En ese momento, se oyó la voz de una mujer desde la casa más cercana.
- ¡Gabriel, la cena!
- Yo siempre viajo en mis sueños. – Manifestó, echando a correr en dirección a dicha casa, en cuyo interior se horneaba un delicioso pan.

El futuro profesor quedó muy atraído por el niño. A simple vista, al igual que él en esa edad, parecía introvertido, tímido, pero nada era más lejos de la realidad en su intenso interior.
Al día siguiente, tras acabar las pertinentes tareas, Guttendörf volvió a la misma roca donde lo había visto, y allí estaba otra vez.

- Me llamo Ángel. – Se presentó.
- Yo me llamo Jules, aunque todo me llaman Gabriel, que es mi segundo nombre. – Dijo el niño sin levantar la cabeza de su dibujo en un pequeño papel y sobre la cubierta de un libro de grandes dimensiones.
- <<"Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente", por Alexander von Humboldt>> - Leyó Guttendörf. – Es una gran obra, yo he saludado al viejo Humboldt en persona. – Detalló.
- ¿Lo conoces?
- Así es. – Respondió él. – Es un hombre muy agradable y chistoso. Ha viajado por todo el mundo.
- Cuando sea mayor visitaré todos los países. – Dijo el joven Gabriel, casi mirando al horizonte. Su expresión no era la de un niño corriente. En la otra orilla podían verse a algunos de los vecinos de su edad, jubilosos en sus juegos, mientras él sostenía la monumental obra del geógrafo alemán. Feliz, al igual que ellos.
- ¿Me dejas ver tu dibujo?

Se trataba de un volcán en erupción, representado con el más mínimo detalle. En las faldas, casi rozando la lava, había dos figuras humanas ensombrecidas, asustadas ante la imponente presencia de un dinosaurio. Era un dibujo precioso, hecho con un palito de brezo carbonizado.

- ¿Quiénes son? – Investigó Ángel.
- Son dos exploradores. El que va delante soy yo.
- ¿Y la criatura?
- Es un megalosaurus, un lagarto gigante que caminaba a dos patas. Lo vi en la escuela, en el libro de un hombre llamado Mantell o algo así.
- ¿Y qué opinas de ellos, de los dinosaurios? – El niño dudó un instante antes de responder, dándose golpecitos con el brezo en sus incisivos inferiores. – Yo creo que si existieron alguna vez, podrían existir de nuevo.
- Caramba, ¿y cuál es tu teoría?
- Pienso que volverán, que no son animales de un pasado remoto. Yo creo que el tiempo no tiene porqué ir de atrás hacia adelante siempre.

No era más que un niño, un niño de ocho años. Pero dicho niño conseguía cada día sorprender más a Guttendörf, el cual dejó a un lado sus estudios para centrarse en su amistad. Le fascinaba hablar con él, impactándose con su precoz sapiencia, con su ordenada y exorbitante imaginación. Quizá se veía a sí mismo con esa edad, pero estaba claro que el pequeño Jules Gabriel pasaba por ser un niño diferente, de él mismo y del resto.
Hablaban y hablaban, y había veces en las que la madre del niño tenía que venir a buscarle, dadas las altas horas.
También jugaban, aunque a su manera. Se desafiaban mutuamente con series de preguntas, con fórmulas químicas y recitales de países del mundo, en los que Ángel tenía que esforzarse un poco si quería ganar.

Una mañana, los dos amigos habían quedado en verse como cada día en la conocida roca, la cual se había convertido casi en un aula de ciencias. Guttendörf esperó varias horas, pero el joven Gabriel no apareció.
Al día siguiente hizo lo mismo, quedándose solo casi todo el día, triste por la incomparecencia de su amigo. Fue entonces cuando decidió probar suerte yendo a su casa.

- El joven Verne vive en la última casa de la isla, junto al molino. – Señaló un vecino, tan simpático como todos los habitantes de Nantes.

Las edificaciones del la isla de Feydeau conservaban el estilo de la mayoría de sus moradores, casi todos armadores de profesión, en cuyos hogares, de fachadas de piedra, hierro forjado y carácter férreo, aunque sencillo, dejaban plasmadas las evidencias de su profesión.
Una mujer no mayor que su propia madre, de aspecto lozano y agradable rostro, le abrió la puerta. Había tres niños más agarrados a su vestido, casi todos con los mismos ojos azules que Gabriel.

- Está en su escondite secreto. – Le informó la madre.
- ¿Su escondite secreto?
- Sí, todos los niños tienen uno.
- ¿Y dónde es?
- Lo siento, jovencito, pero no puedo decírselo, prometí no decirlo a nadie. Sólo su padre y yo lo sabemos, nadie más, a no ser que suceda algo.

Se notaba que incluso en su madre, Jules Gabriel influenciaba con su increíble personalidad. Casi ninguna madre, ni en Nantes ni en ningún otro lugar del mundo, permitiría a un hijo marcharse así dos días.
El caso es que Ángel no tuvo más remedio que volver a su estudio, a la observación del martín pescador y a la misma pesca con su padre a la salida del sol, retomando la primera idea de visitar un castillo medieval.

- Al Sur, a unas siete millas, está el castillo de los Duques de Bretaña, aunque no hay mucho que ver. Está en ruinas, y ni a los niños les gusta pasar allí la noche, como cuando yo era crío. Los hombres cambian, amigo. – Manifestó uno de los lugareños, compañero de pesca de ‘’barbacoja’’, cuando Ángel le preguntó por los castillos.

Y aquella misma tarde, con el permiso del progenitor, una lamparilla, una bolsa rellena con hogaza, carne seca y un par de manzanas, el joven Guttendörf inició su particular excursión.

- No tiene pérdida: sigue el curso del río, cuando llegues a la villa de Sordeyé, te desvías al sur y no pares hasta que no veas la torre del castillo. – Le indicó el pescador.

Tras una plácida caminata, bajo el constante olor a viñas y el murmullo de traviesos pajarillos que se recogían en el ocaso, Ángel comenzó a subir el adarve de piedra que llevaba a lo alto, en donde se levantaba el abandonado castillo del ducado bretón. El muro, de porte sólido e inexpugnable, a pesar de la caída de numerosas piedras y de las grietas, rodeaba toda la construcción.
Ya era noche cerrada y Ángel se sentó, tras haber saltado dicho muro por una escalonada sucesión de trozos caídos del mismo, en uno de los polvorientos salones. Encendió la lamparilla, la cual colocó en uno de los ventanales superiores. Al fondo, tras un conjunto de sillas desperdigadas, había una placa con una inscripción:

‘’Edictum firmare. Henri IV, Roi de France’’

1598

Lo reconoció enseguida. Se trataba del célebre Edicto de Nantes, firmado, según la placa, en ese castillo por el rey Enrique IV de Francia, tratado que otorgó la libertad de culto a los protestantes en aquella época y que Luís XIV revocaría años más tarde.

Tomó la lámpara, recorriendo todo el castillo. Al llegar a la parte alta, cercana a la torre de los homenajes, una brillante luz le llamó la atención.

- No estoy solo. – Murmuró.

Subió, entrando en el interior de dicha torre, que era de donde provenía la luz. Las paredes estaban recubiertas por una serie de espejos rectangulares, así que, para donde quisiera mirar, siempre se veía. Cubrían también el ventanal de la torre. La sensación de que alguien pudiera estar observándolo se apoderó de él, aunque la mezcla de curiosidad y atrevimiento juvenil hicieron que el miedo no lo hiciese también. Pero algo no encajaba; ahora era su propia luz la única que dejaba caer su brillo sobre las escaleras, lo que venía a decir que hasta hace pocos segundos, el tiempo que tardó en descubrir dicha estancia, alguien había estado allí con otra lamparilla. Pero por dónde había salido. Él había entrado sin ver a nadie, la ventana estaba cubierta e incluso tan alta, que nadie podría llegar de un salto. Caviló, acogido felizmente por su natural curiosidad.
Se sentó tranquilamente, cruzando las piernas, mordiendo una manzana. Cuando ya no quedaba más que el hueso de la fruta, sonrió levemente.

- Probemos. – Dijo en voz baja.

Con fuerza, lanzó el hueso al espejo, y para su sorpresa, lo que quedaba del suculento fruto salió despedido por el otro lado, el de su espalda, golpeándole en la cocorota.

- ¿Qué pasa aquí? – Se preguntó, ya en voz alta, quejándose por el golpe, más inesperado que doloroso. – Qué efecto más extraño.

Se levantó, introduciendo, no sin reparo, la mano en el espejo, el cual, aun con el reflejo de la misma y del de su cariacontecido rostro, pudo atravesar. Miró hacia atrás, al otro lado de la redondeada sala, cubierta también por el cristal, del que salía su propia mano, ocultándose o no en función de su movimiento, en una imagen única. Impactante.
Sacó la mano y volvió a sentarse en el suelo. Con su habitual postura meditabunda; dedos índice y pulgar de la mano derecha bajo la barbilla, y brazo izquierdo sujetando al derecho por el codo, estampa que sería inconfundible hasta el fin de sus días.
Entonces, recordó las palabras del joven Gabriel:

<< Yo creo que el tiempo no tiene porqué ir de atrás hacia adelante siempre >>

A sus diecisiete años ya era muy capaz de reflexionar, de filosofar sobre qué es el tiempo. ‘’Las personas nacen y mueres. Nacen y mueren. Nacen y mueren. Y así, en un sentido que avanza, no que retrocede’’. Enfocaba.
‘’ ¿Y si fuera al revés? Morir, nacer. Morir, nacer. Morir, nacer. Morir, nacer’’.
Y cuando dicha sucesión de pensamientos parecía interminable, cerró los ojos. Temeroso, se abalanzó dando pasos largos, vertiginosos, hacia atrás sobre el mágico espejo. Esperó un fuerte golpe, que seguramente más de una herida le causaría, o con suerte, aparecer por el lado que tenía delante al hacer dicha maniobra, sin embargo, no sucedió ni lo uno ni lo otro. Ángel Guttendörf, el joven de cariz anémico, el que llegaría a ser una de las mayores autoridades científicas del mundo, sintió como su cuerpo, de espaldas, atravesaba el misterioso cristal, cayendo hacia atrás, dándose un tremendo costalazo sobre una superficie de gran dureza.

Se sentó, quejándose. Al reponerse del mareo, observó donde se encontraba. Un despejado cielo nocturno, le cubría. Miró hacia atrás, hacia el punto de donde había caído. Esperó ver la torre del castillo, pues entendió que había traspasado la pared y estaba fuera. Pero allí ya no había castillo. Sólo una inmensidad inabarcable para ninguna vista humana, y lo que parecía un poste de hierro con una brillante lamparilla en lo alto. Debajo de ella, vio colgada una caja blanca que se movía de derecha a izquierda, con un ojo vacío, oscuro, en la parte posterior, la que daba a él. Mientras miraba su movimiento, el cual era realizado sin ayuda, se preguntaba qué podía ser aquello. Viendo que no podía alcanzarlo, tomó la determinación de descubrir dónde estaba y qué había pasado con el castillo. Un par de metros a la derecha, halló una lámpara de gas parecida a la que había llevado al castillo.

Sin dilación, echó a andar. Se trataba de una llanura enorme, salpicada de idénticos postes como el que había visto al caer, enclavados en fila y en una misma dirección, que fue la que tomó.
Era una explanada tan grande, que se cansó de buscar algo con su vista. Muy desorientado, fue entonces cuando miró de nuevo hacia el cielo, y ahí se estremeció, ya que la posición de las estrellas, el incremento de las mismas, le demostró que no se encontraba en el mismo punto geográfico. Nantes, la ribera del Loira, Europa misma, debían de estar lejos, muy lejos, y la preocupación se fue agrandando.
Gritó, pidiendo auxilio, pero nadie aparecía. Al cabo de más de varios minutos de camino, divisó algo en la distancia. Algo así como una esfera brillante surgida en la distancia. Aceleró el paso, viéndolo con claridad. Debía de ser la Luna o un cuerpo parecido. A su derecha, había otro, de color más rojizo y en cuarto creciente. No podía ni imaginar dónde se hallaba. Era un vacío inmenso, coronado por aquellas dos resplandecientes moles esféricas.
Bajó por una altiplanicie. Ni siquiera había rocas en aquel grandioso llano. Daba la impresión de estar pisando un suelo artificial. Y al final del todo, donde las dos lunas, o los dos planetas, cubrían casi la totalidad del cielo, sentado en una especie de cubo similar al acero, vio al pequeño Gabriel.

- ¡Eh, Gabriel! – Gritó, echando a correr.
- ¿Cómo has llegado hasta aquí? – Preguntó el niño.
- Me dijeron que visitase el castillo de los duques…
- Y subiste a la torre.
- Así es, pero dime, ¿qué es esto, dónde estamos?
- Éste es mi escondite secreto.
- Pero, ¿qué lugar es éste? Es muy extraño. – El joven Verne lo miró, medio asustado, medio deseoso de contarle a su nuevo amigo la verdad. Bajó la vista, se mordió el labio inferior, y dijo:
- ¿Me guardarás el secreto veas lo que veas?
- Yo sé guardar un secreto. – En ese momento, un crispante sonido invadió el lugar y los oídos de Guttendörf, que al igual que Gabriel, hubo de tapárselos con celeridad. Era provocado por un gran cilindro que, increíblemente, se suspendía en el cielo sin cables ni apoyos. Contenía millares de luces y de la parte trasera desprendía energía de formidable intensidad.
- ¿Pero qué es eso? – Inquirió el futuro profesor, exaltado y viendo tan fantástico vehículo alejándose en dirección a uno de los dos planetas.
- Sígueme. – Contestó el niño, con una tranquilidad pasmosa, impropia de un crío de su edad. Guttendörf, debido a la emoción, era el niño que asistía embobado a las maravillas de un parque de atracciones, el pequeño Jules Verne era el maestro que lo guiaba.

Llegaron a una torre de acero y cristal, coronada por un disco que daba vueltas sin sentido a los ojos del joven científico. Más allá, en lontananza, se podía ver un cúmulo de luces eternas, habría millones de ellas. Verne, demostrando conocer el lugar mejor que Ángel la universidad, abrió la puerta que había en la base de la torre, y lo hizo colocando su mano en dicha puerta y empujando, cuando lo lógico hubiera sido hacerlo con otro procedimiento más complicado. En el interior, el pequeño pulsó un interruptor, haciendo que una luz blanca iluminara toda la torre. A Guttendörf aquello la pareció magia.
Arriba estaba el disco que se veía desde fuera. Daba vueltas y de su vientre, bajando por el interior de la torre, descendía un tubo. Verne presionó otro interruptor, y una puerta se abrió mecánicamente de derecha a izquierda. El adolescente Guttendörf no sabía qué hacer con tantas dudas en su cabeza por resolver. El joven de Nantes entró en el habitáculo que mostró la puerta abierta, él lo siguió. La puerta se cerró de nuevo, Verne apretó otro botón y dicha estancia, con una luz igual de brillante pero más pequeña, y que a Ángel le asemejó al interior de una berlina sin asientos ni ventanas, se movió. El futuro profesor casi se cae del sobresalto; estaban subiendo y no tardaron mucho en detenerse. La puerta de nuevo abierta, esta vez de izquierda a derecha. Ya estaban dentro del disco, el cual se movía circularmente. No había paredes, sólo un cristal casi invisible, que permitía contemplar la vastedad de la llanura de abajo. Desde aquella altura, desde aquel giratorio mirador solitario, con visos de abandono, ya se podía contemplar con nitidez lo que emitía tan espectacular conjunto de millonarias luces.

Ángel Guttendörf no podía articular palabra; estaba fascinado, boquiabierto. Lo que tenía ante su vista era lo que, a ojos de un cercano entendimiento, era una ciudad, pero eso sí, una ciudad cuya imagen y apariencia resultaba incomprensible.
Estaba compuesta por pináculos de eternas alturas, algunos, enlazados con los planetas adyacentes. Su aspecto geométrico cambiaba, se transformaba con la misma rapidez de un pajarillo asustado. Una portentosa cúpula cubría la parte central, la de mayor emisión de luces, algunas cuyos colores, aún eran desconocidos para él. No se podía afirmar que era un ejemplo de simetría perfecta, pues la variedad de las formas en los brillantes edificios, (cuadrados, rombos, triángulos, esferas, conos), la vertiginosidad con la que cambiaban y los enlaces con los mundos del cielo, hacían que fuese más bien desproporcionada, inconexa. Pese a ello, la maravilla de su apariencia no se perdía.
De repente, la cúpula se abrió, dejando salir a un vehículo igual que el visto anteriormente. Subió hasta el cielo, hacia las estrellas, dejando tras de sí un destello violáceo de gran belleza. Guttendörf y el joven Verne tenían andar hacia la derecha para no perder de vista lo que estaban viendo, dado el movimiento rotatorio de la corona de la torre.

- ¿Tú ya has estado aquí, verdad? – Quiso saber Ángel, sin apartar la vista del deslumbrante panorama.
- Sí. – Respondió Gabriel. – No sé quiénes son, creo que no pueden vernos, no como nosotros los vemos a ellos. – Añadió.
- ¿Ésa es tu teoría?
- Sí.

Permanecieron un rato contemplando tan extraordinario cuadro, repleto de discos giratorios como el que se encontraban, ríos voladores, que conectaban con lagunas abovedadas sin necesidad de canalización. Luces y más luces. Inimaginables formas y colores.

- Cuando sea mayor, recordaré esto y escribiré sobre ello. – Afirmó el pequeño Jules Gabriel Verne con sus celestes ojos tan abiertos como los de su amigo Guttendörf, una afirmación que se haría realidad. Ángel lo miró y se dijo: ‘’esto no es más que el futuro del hombre en la visión de un niño’’.

Viendo que ya no tenían nada más que hacer allí, los jóvenes amigos, uno con sus pantalones cortos y su mirada angelical, guardiana de la mayor imaginación que vería el mundo. Y otro con sus quevedos, su palidez y la curiosidad más que satisfecha, bajaron del mismo modo que habían subido. De vuelta no hablaron nada, cada uno ensimismado en su propia interpretación de lo presenciado. Al llegar al final de la hilera de ‘’postes con ojos móviles’’, como los nombró Ángel, el pequeño Verne enseñó la manera de salir de aquel lugar. Del bolsillo de su pantalón extrajo un espejo de tocador, probablemente de su madre. Lo alzó, mostrándolo al ojo, que, al ‘’verlo’’, se quedó quieto en su vigilante desplazamiento. En el espacio existente entre el espejo y el ojo mecánico, se formó otro espejo más.

- Rápido, ‘’Gutten’’, entremos. – Exclamó.

Aparecieron de nuevo en el interior de la torre del castillo de los duques de Bretaña.

- ¿Cómo sabías que había que hacer eso? Sé que no ha sido la primera vez, pero, ¿cómo lo supiste en su momento?
- No lo sé, simplemente lo sé. Hay cosas en mi mente que no sabría explicar. A partir de ahora escribiré, y lo explicaré. Ahora hay que romper estos espejos, nadie debe conocer nuestro secreto.
- ¿Y cómo lo haremos?
- Cuando vine aquí la primera vez, el segundo espejo desde poniente estaba quebrado. Adoro los espejos, son fascinantes y lo arreglé con trozos que iba encontrando. Ése es el que hay que romper.

Con muy poco ruido, los dos muchachos hicieron añicos la serie de espejos de la torre, empezando por el indicado. Tras esto, tras la pequeña aventura vivida por los dos y que cada uno recordaría a su manera, volvieron a casa, prometiéndose mutuamente no revelar nunca su secreto, incluso, a petición del pequeño Jules, deseando no volver a verse, pues sólo así evitarían hablar de ello y poder ser escuchados. El niño, amante de la geografía, poseedor de la más extraordinaria imaginación que daría la tierra, quizá estimulada por los acontecimientos de los que fue testigo, era también extrañamente frío y severo para su edad.
Al igual que Ángel y otros grandes hombres de la humanidad, y el tiempo así lo reconocería, el joven Jules Verne era un genio. Uno que fue capaz de adelantarse a su tiempo en las páginas que escribió años después. Tiempo más adelante que aquellos días a orillas del Loira, en compañía de su primer gran amigo; el futuro profesor Ángel Guttendörf.




FIN


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