|
A mis padres, porque sin ellos, yo no sería.
El sendero era interminable, eterno. Un camino sin principio ni final,
por el que un niño, él, corría y corría. Atemorizado, oyó la voz de su
único amor desde la juventud, la voz de Berta.
- Corre, Ángel, corre. – Le gritaba desde la lejanía.
Numerosos fantasmas salían a su paso en aquella senda del terror:
hombres con cabeza de animal, muertos vivientes, asesinos dementes,
extraños espectros, enfermizas mujeres que trataban de sujetarlo,
implorando ayuda. Y todos, a la vista de su carrera, luchaban contra
guerreros, contra personajes exentos de coraza divina y de gran
corpulencia; magos, naves cósmicas, eruditos de formidable sabiduría.
Sudaba, jadeaba, era el miedo a lo desconocido de todo aquello lo que
tanto pánico le provocaba. Quiso alcanzar la figura de un niño que
trazaba un mapa con la salida de aquel lugar, deseó cobijarse junto a un
pintor solitario, gritó a una congregación de científicos que departían
al aire libre. Pero ninguno le escuchó. Estaba solo, desprotegido.
Ningún conocimiento servía para ser salvado, ningún ente celestial
pasaba por allí para ser amparado. Tenía que salir por él mismo. Y
cuando ya iba a ser defenestrado por su propio miedo, Larss Raisglund,
su maestro, se le apareció.
- Deja que la muerte te de las respuestas. – Le dijo.
El niño gritó, lloró, y después, despertó.
Corría el año 1920. Federica, la mujer que lo acompañaba, cuidaba y se
ocupaba de todo desde hacía casi diez años, cortaba las flores que se
iban quedando marchitas en el jardín de la nueva villa Guttendörf, una
pequeña y sencilla construcción situada en pleno cantón suizo de Berna,
junto a la región de Emmental, cuna del famoso queso y cercana al valle
del Aare, en el distrito de Wagen. Allí, en aquel idílico paisaje
alpino, en el país de sus antepasados matemáticos por línea materna, los
Bernoulli, vivía ahora Ángel Guttendörf.
Hacía poco que había cumplido los 101 años, por lo tanto, vivía, por así
decirlo, el fin de su vida, y él lo sabía.
Ya no era catedrático de ciencias en la añorada universidad de Bonn, ya
dejó de investigar, de dar conferencias; charlas, de viajar, de enseñar
sus vastos conocimientos a miles de jóvenes, de compartir con éstos sus
innumerables vivencias.
En una enorme habitación, con un gran ventanal con los alpes como
pantalla diaria, vivía ahora el profesor Guttendörf, postrado en la
cama, achacoso como sólo un anciano de su edad puede estarlo, sin apenas
pelo, sumido en los recuerdos, en la escasa lectura que su cansada vista
a través de los quevedos podía permitirle, en compañía de Federica que,
a la muerte de Berta, se ocuparía de él para siempre.
Por las inmediaciones de la pequeña villa, subiendo por el conjunto
montañoso, un Ford-T se acercaba al lugar. Federica, agachada en la
labor floral, sonrió nada más verlo. Entró por la puerta principal,
voceando por el hueco de la escalera.
- ¡Ángel, prepárate, ha llegado tu nieto!
El coche se detuvo en la entrada. De él bajó un hombre joven, de veinte
y pocos años, de mediana estatura, impolutamente vestido con un traje
gris y gorra alpina que no desentonaba.
Era una agradable tarde, quizá una de las últimas antes de la lluvia
anticipadora de las nieves suizas.
- ¡Wilfred! – Exclamó Federica nada más verlo.
- ¡Abuela! – Correspondió él. Aunque la mujer de fuerte complexión y
blancos cabellos no lo fuera, permanecer tantos años al lado de su
abuelo le permitía ser tratada como tal.
Se abrazaron con efusividad.
- ¿Cómo está? – Inquirió el joven.
- Bien, lleva varios días muy bien. Suele decir que a cada día que pasa,
más cercano ve su final, y eso le reconforta. Sube, te está esperando.
Yo voy a preparar la merienda.
El joven Wilfred Guttendörf era hijo de Ralph Guttendörf, el único hijo
varón del profesor que, sin la ayuda paterna, sólo eligiendo lo que más
le convino, llegó a ser un reputado astrónomo. Ralph había fallecido dos
años antes, al igual que Ulrika, hija también de Ángel y excelente
poeta, con lo que Wilfred, su nieto, era el pariente más próximo.
Éste era periodista; corresponsal del Braunauer austriaco en la primera
gran guerra. Sin embargo, en aquella tranquila tarde pre-otoñal, venía
para comunicarle a su anciano abuelo una gran noticia.
- ¿Cómo estás, abuelo? Qué alegría verte.
- Pasa…Wilfred, pasa… - Dijo él desde la cama. Su voz era ahora la de un
anciano venerable y plácido.
El muchacho lo abrazó, inclinando su altura hacia la cama.
- Ya me ves aquí acostado a estas horas, pero las piernas ya no soportan
mi curiosidad, mi ir y venir de acá para allá.
- Tranquilo, abuelo, es mejor que descanses.
- Espero que la muerte sea algo entretenido, no soportaré ir a un lugar
eternamente blanco donde no se pueda hacer nada.
El profesor hablaba de la muerte, de la suya, casi del mismo modo que lo
había hecho siempre, cuando la tuvo tan cerca en las peripecias de sus
viajes o en la mesa de su laboratorio.
- Abuelo, deja ahora a la muerte, ella tiene tiempo para saludarte.
Vengo a darte una buena noticia.
En aquel momento entró Federica, acompañada de unos bollos, de leche y
fruta.
- ¿Qué noticia es ésa? – Preguntó la mujer dejando la bandeja en la
mesita.
- Sí, anda, cuéntanos. – Pidió Guttendörf con tono cansado,
incorporándose en las almohadas para merendar, tomando la mano de la
apreciada Federica.
- Pues el New York Times ha empezado a editar sus ejemplares en Londres,
y me ha contratado a mí como corresponsal, ¿qué os parece?
- Vaya, muchacho, eso es maravilloso. – Lo felicitó Federica. – ¿Verdad,
Ángel?
El profesor no dijo nada, tan sólo miraba con satisfacción al joven, que
se la devolvía emocionado. Finalmente, tras toser un poco, habló.
- Enhorabuena, Wilfred, tu padre estaría tan complacido como yo.
- Pero eso no es todo. – Continuó Wilfred. – Me han pedido que haga una
entrevista a algún personaje célebre dentro del mundo científico, que es
mi especialidad, y te he elegido a ti, abuelo.
Federica miró al anciano Guttendörf, luego de besarle, sentada en el
cabecero de la cama. El profesor, dando sorbos a la leche, dijo:
- Llevo muchos años sin salir de esta casa. Me retiré de la vida pública
cuando mi querida Berta murió. Desde entonces, no he vuelto a tener
contacto con el mundo exterior, excepto por las charlas con Berthold, el
cartero, que me relataba las batallas de la guerra con todo detalle.
Querido Wilfred, ¿qué crees que puedo decir yo a un periódico tan
importante?
- Abuelo, ellos no te conocen. Todos tus amigos están muertos, ninguno
ha vivido tanto. Quiero que sepan quién es mi abuelo, que conozcan al
genial profesor Ángel Guttendörf.
- Federica, ¿nos disculpas si yo te lo pido?
- Desde luego, amor mío. – Correspondió ella, abandonando la habitación.
- Querido Wilfred, a lo largo de mi vida he vivido situaciones
increíbles, asombrosas y fantásticas… Tú mismo te has criado con el
relato de esas historias. Cuando era un muchacho, yo buscaba mi propia
conciencia como científico. Sin embargo, con el paso del tiempo, llegué
a la conclusión de que sin esas historias que te contaba cuando eras
niño, que no por ser más insólitas fueron menos ciertas, yo no sería
nada. Pronto descubriré el mayor misterio de la vida, la muerte, con la
certeza de que todo no fue más que un idealismo basado en demasía a la
ciencia. Sin querer divagar te digo que, como científico, no fui nadie.
Llevaba tiempo sin hablar tanto y tan seguido, lo que provocó que
tuviera que buscar apoyo en sus fatigados pulmones, cediéndole la
palabra al nieto casi sin querer.
- ¿Y qué me dices de las conferencias Solvay? fuiste llamado a asistir,
junto a hombres importantísimos para las ciencias: Einstein, Rutherford,
Planck, Curie. Si no apareces en la histórica foto es porque no
quisiste, pero allí estabas. – Guttendörf agradeció la rememoración de
tal recuerdo, quizá el último gran recuerdo. Vaciló un poco, continuando
con el diálogo.
- Es cierto que fueron dos días de grandes conversaciones, pero fíjate
en lo que aquellos hombres han conseguido y conseguirán para el bien o
para el mal de la humanidad. Mi historia es la de un niño que jamás se
habituó a una sola empresa. Gustaba de observar esto, aquello…
- Abuelo, permíteme que te haga la entrevista. Te prometo que será
breve.
El muchacho fue sincero en sus palabras. El profesor lo miró, con mezcla
de reacio y comprensión, aceptando las preguntas que su nieto se
disponía a hacerle.
- Bien, abuelo, te haré una serie de cuestiones sin un tema definido,
así que no hay problema a la hora de responder. Para los lectores del
Times serás un viejo científico reconocido sólo por los más sabios, ¿de
acuerdo?
Wilfred tomó un cuadernillo del bolsillo de la chaqueta, un lápiz y
comenzó la entrevista.
- Profesor Guttendörf, recientemente acaba de cumplir los 101 años,
¿cómo se encuentra?
- Bien, pese a todo. – Respondió Ángel. – A veces me siento fatigado de
vivir y ni el más duradero sueño logra que descanse. Pero mi mente sigue
lúcida como el primer día, y es una de las cosas que más agradezco al
hipotético creador de este orgánico engranaje que es la vida.
- Hablando de creador; ¿cree que un ente divino superior ha puesto la
mano en su hombro para que viva tanto?
- Considero que llegar a esta edad, aun con mis achaques, pero con la
cabeza intacta y saludable en general, es fruto de haber llevado una
vida sana y activa. Bien es cierto que muchos de mis conocidos poseían
igual de saludables hábitos y, por diversas circunstancias, perdieron la
vida de forma temprana, pero en dichas circunstancias no entra la salud
del cuerpo humano. Digamos que hay dos tipos de vida; cuidando de una de
ellas, la que tenemos a nuestro alcance en las palmas de nuestra mano o
en nuestro estómago, tenemos más de la mitad del recorrido ganado.
Guttendörf paró un poco. El tono de voz se agravó, aliviándose con un
poco de agua. Wilfred, sentado ahora en la cama, escribiendo las
respuestas, lo esperó, guiñándole un ojo en señal de acuerdo.
- Profesor, usted que ha vivido tantos años, habrá presenciado muchas
cosas, cuénteme alguna anécdota.
A dicha cuestión, el profesor enarcó las cejas.
- No tienes por qué contar nada que no quieras. – Le ayudó el nieto.
- Pues recuerdo una vez, cuando no era mayor que tú, que durante las
vacaciones de verano junto a mis padres en Nantes, conocí a un niño
pequeño al que todos llamaban Gabriel. El crío tenía un talento
prodigioso para dibujar, sobre todo mapas. Dotado de una exagerada
imaginación, me contó historias maravillosas, y ya se lo dije a mi
padre, que aquel jovencito llegaría muy lejos. Y así fue, ese niño al
que conocí a orillas del Loira es el que hoy todo el mundo conoce como
Julio Verne. Lamenté mucho su fallecimiento hace pocos años.
- ¿Y qué puede contarnos de la ciencia en la actualidad?
Guttendörf apartó la vista de la de su nieto en esta pregunta. Tras unos
segundos de silencio, respondió:
- La ciencia comenzó siendo una sencilla observación en un bosque, en
una colina. Hoy la observación se hace sobre cuerpos minúsculos, de los
que está compuesto ese bosque, esa colina y los ojos del que observa. La
ciencia de hoy ya no es el trabajo de un solitario científico en su
laboratorio. La ciencia de hoy es una bomba a la que los poderosos
desean hacer más grande y más potente. Llegará el día en que la ciencia
sea sólo la contemplación de los restos microscópicos de esa bomba y de
lo que con su poder deflagre. Sin embargo, es inevitable, pues la
ciencia es parte de la vida del hombre, y el hombre, como animal
inquieto y curioso, nunca dejará de tomarla, deseando ser más fuerte,
más ágil, más inteligente, en definitiva, un ser superior.
- ¿Qué opina de Einstein y su controvertido descubrimiento?
- Mi opinión es que el paisano Albert, hombre extraño donde los haya,
alejado de todo lo que se piensa que es o debe ser un científico, halló
el mapa de una isla desconocida enclavada en un futuro remoto con un
gran tesoro escondido; sólo cuando el ser humano sea capaz de viajar a
esa isla y volver para contarlo, será la teoría de Einstein comprendida.
Al pronunciar dicha respuesta, el profesor recordó lo vivido en compañía
de su recordado profesor Larss, al que todos los días dedicaba un
pensamiento, en el viaje que los dos hicieron a Svalbard, pensando en
que tal vez él mismo, presenció en vivo dicha teoría.
- ¿Se considera más científico o más médico?
- Teniendo en cuenta que la medicina es parte de la ciencia, soy más
científico. Disfruté del mismo modo recetando medicinas, diseccionando
cuerpos, como elaborando fórmulas químicas o exponiendo teorías
matemáticas. Es como si a un lechero le preguntaras qué prefiere
ordeñar, leche de vaca o de cabra, dirá que lo que sale es lo mismo,
aunque el procedimiento no sea igual.
- ¿Religión o ciencia?
- Son tan diametralmente opuestas como la noche y el día, aunque las dos
forman parte de este conglomerado de voces y sentimientos que es la
vida. Respeto a los religiosos, a cuyos muchos miembros he conocido.
Pero siempre fui hombre de pensamiento más cercano a algo mucho más
grande que cualquier religión, algo que va más allá de toda fe, y eso
sólo la ciencia puede explicarlo. Si dios existe, sea cual sea la
materia de la que esté compuesto, ésta puede ser descrita e interpretada
por la ciencia, el único sistema capaz de sanarle un resfriado al más
eminente religioso,
- Profesor Guttendörf, para terminar, ¿cómo ve un hombre como usted el
futuro de la humanidad?
El viejo profesor aparcó su mirada en el ventanal hacia los Alpes,
suspirando.
- Oscuros nubarrones se acercan. Como diría mi retórico abuelo,
Friedrich, ‘’hay en el panal la misma cantidad de miel para cada
abeja’’. Nos aproximamos a una segunda edad media, en la que el
feudalismo será la codicia y el ansia de poder de muchos hombres, y en
el que nuestro planeta sufrirá el derecho de pernada, soportando fatales
consecuencias. Y como la Tierra es algo más que la casa del hombre, es
parte del hombre, llegará el momento en que no soporte su peso. Habrá
rencor, deseo de venganza en muchos pueblos, alguno tan cercano para mí.
La igualdad de las sociedades será un canto usado a beneficio propio, a
beneficio de extremos dogmas. La religión mezclada con el poder, te
convierte en un fanático; la ciencia mezclada con el poder, te convierte
en un ambicioso monstruo, y los dos serán asesinos.
- Profesor, ¿qué le diría a aquellos jóvenes estudiantes que empiezan a
bucear por las aguas de la ciencia y que le conocen tan poco?
- Que continúen descubriendo, explorando, pero que no olviden nunca lo
que son, a partir de ahí, hallarán lo que sea. A mi respecto, ¿qué puedo
decirles?, que fui un hombre que presionó todas las teclas, y como el
sonido de cada una me gustaba tanto como la siguiente, nunca acabé la
melodía. La fama es un plato cocinado por el tiempo y servido por la
muerte.
- Muy agradecido, profesor Guttendörf.
- ¿Ya hemos acabado?
- Así es, ¿te ha gustado, abuelo?
- Más de lo que esperaba, en algunas preguntas me he sentido como cuando
era joven. – Afirmó el viejo Guttendörf, muy animado.
- Eso me complace más que otra cosa, abuelo.
Al acabar la entrevista, Wilfred se despidió del anciano y de Federica,
contrariada por la negativa del nieto de quedarse a cenar.
Unas semanas después, días estimulantes y de recuerdos fáciles de
atraer, a raíz de la entrevista de su nieto, Berthold, el cartero, trajo
un paquete para el viejo profesor. Tras agradecerle la visita,
disculpando a Guttendörf por no poder recibirlo como antes, Federica le
subió el envío, un sobre de considerables dimensiones, con remite de
Londres y a nombre de Wilfred Guttendörf. Federica lo abrió, tras
descorrer las cortinas para mayor claridad de la estancia. El profesor
dejó a un lado un ejemplar de ‘’Ensayos filosóficos’’, de Bertrand
Russell, que le hacía, en los últimos días, acercarse más que nunca a
los pensamientos filosóficos, del mismo modo que algunos hombres
cercanos a su fin, se aferran a una mayor creencia religiosa.
Se trataba de un ejemplar del Times publicado en Londres una semana
antes. En la portada, junto a la importante noticia de la implantada
‘’Ley seca’’ en los Estados Unidos y otras de menor repercusión, en un
recuadro de la esquina inferior izquierda, una foto suya con un titular:
‘’Entrevista al gran científico alemán Ángel Guttendörf’’, en páginas
centrales.
Federica, muy dispuesta, la buscó. Y allí estaba, la transcripción
exacta de las preguntas que su nieto le había hecho semanas atrás, junto
con otra foto de su juventud para el recuerdo y al lado de la histórica
instantánea de los congregados en las famosas conferencias Solvay, más
otras sueltas de otros hombres de ciencia.
Como comentario final del texto, unas palabras del periodista Wilfred
Guttendörf, personales en una lectura más exacta, pero acertadas del
todo.
‘’Aquí las palabras del genial científico Ángel Guttendörf, profesor y
catedrático en la universidad de Bonn, además de incansable viajero,
humano multidisciplinar y el hombre más grande que he conocido’’.
Federica, henchida de entusiasmo, lo besó en la frente con la ternura
que sólo ella, a la manera de su añorada Berta, solía darle, aunque nada
de lo que le diesen en aquel momento sería equiparable a lo que sentía,
viendo su nombre, su imagen, su palabra, en un diario tan importante,
junto a hombres legendarios para la única guía de su vida, la ciencia.
En su carrera, había recibido numerosos homenajes, todos por su buen
hacer en la cátedra o la sabiduría de sus palabras, nunca por logro
científico alguno de importancia, que indiscretamente los alcanzó, pero
la entrevista de su nieto fue para él el más satisfactorio y
gratificante.
Sin articular palabra, cerró a los ojos, indicando a la buena compañera
que lo dejara solo. Minutos más tarde, cuando ya sólo el silencio de la
noche lo dominaba, comenzó a notar como su cuerpo iba perdiendo
lentamente cada uno de sus sentidos. Empezaba a morirse.
En primera reacción deseó llamar a Federica, pero una serie de gritos
alarmantes de ésta, desembocando en avisos de auxilio por entre las
inmediaciones de la casa hacia las vecinas no le apaciguaría,
prolongándole, quizá, la vida, pero haciendo de éste, su final, algo
escandaloso.
El genio se moría, con la entrevista de su nieto en las manos, notando
como el tacto de las hojas del diario perdía.
En posición supina, se tomó el pulso, apenas perceptible. Tras ello, el
olfato, -un socio alegre cada vez que encendía la pipa de hueso de morsa
dejada en Japón-, que ya casi se había ido hace tiempo, se evaporó como
el olor a tierra mojada en tiempos de sequía.
A continuación, el gusto por el té tomado minutos antes quedó en nada,
vacío, al igual que si hubiese tomado una taza de aire.
El oído, aquél que tan desarrollado tuvo, aquél que tanto placer le
concedió en la música de Bach, en la voz de Berta, en las de los sucesos
vividos, se despedía también, dejándolo con la sensación de haber
perdido la noción del tiempo y el equilibrio.
Y finalmente la vista, siempre protegida y ayudada por sus eternos
quevedos. La misma vista que le llevó a los confines más lejanos del
mundo, a las cavidades más profundas del cuerpo humano, la que le ayudó
a intuir el proceder de muchos hombres…La vista, la vista se marchaba,
como cuando se fue Berta, como si la misma ciencia lo dejara.
En la oscuridad, en el silencio, en el vacío, atinó a poner la mano en
su pecho. Tal vez cinco pulsaciones más, sino cuatro. El profesor, que a
tantas muertes había asistido, que tantas había presenciado, con un
cambio de vivo a muerto en segundos, asistía ahora, despojado de todos
los sentidos, pero consciente, a la suya propia.
Y murió.
Y fue enterrado en un pequeño cementerio del cantón bernés, en una
ceremonia sencilla, a la que asistieron su nieto, Federica y un pequeño
grupo de amigos.
La tumba era sobria, como él había dicho siempre:
Ángel Guttendörf
1819-1920
‘’La ciencia y tú nunca os olvidaréis’’
Pero como en cualquier creencia, en cualquier pensamiento, mezcla de
deseo y esperanza, de que haya vida después de la muerte, el profesor
Guttendörf, luego de ir perdiendo uno a uno todos sus sentidos, de
contemplar en primera persona su misma muerte, sintió que estaba vivo.
Sin sentir nada, notó como todos sus sentidos volvían en sí.
Andaba inmerso en una oscuridad absoluta, pero sabía que sus ojos podían
verla. Después una tenue luz azul, cada vez más cercana, cada vez más
brillante. No se preguntó dónde estaba; aquello era el cielo, o el lugar
adonde iban los muertos. La luz lo reflejó en un espejo, era el mismo
profesor joven y deseoso de descubrir. El mismo con sus quevedos, su
bombín, su pipa de hueso de morsa…Y además era joven de nuevo. Aquello
resultaba ser maravilloso.
De pronto, la luz iluminó la totalidad de la esférica estancia en la que
se encontraba. Una sala vacía, excepto por una silla en la que se sentó.
La luz tomó forma humana, transformándose en un hombre de semejante
aspecto al de él, aunque de un tamaño mucho mayor. Guttendörf quiso
interesarse por su identidad, pero en una circunstancia como aquella,
consideró dejar la primera palabra a su luminoso acompañante.
- Bienvenido… - Habló la entidad, cuya palabra expresada tras el
bienvenido le fue imposible al profesor de comprender, suponiendo que
fuera un nombre.
- ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? – Inquirió él.
- Para que puedas entenderlo, te hablo en tu lengua. Mi nombre es
Johannes Keimplatz. Soy tu creador.
- ¿Mi creador? ¿Acaso eres dios?
- No, no soy tu dios, soy tu creador.
- No lo entiendo, ¿dónde estoy?
- Estás en un punto indeterminado del vacío cósmico que no puedo
precisarte. En este momento estamos viajando a una velocidad tan grande,
que ni siquiera percibimos. – Manifestó la apariencia.
- Pero, ¿quién eres tú?
- Ya te lo he dicho, soy tu creador. Tú eres…- Y otra vez aquella
palabra que el profesor ni siquiera podía pronunciar. – Aunque si te
digo que eres Ángel Guttendörf lo entenderás mejor.
- Pero no lo entiendo, ¿qué hago aquí? Y si eres mi creador, ¿para qué
me has creado?
- Eres un viajero, eres parte de la segunda generación de la humanidad.
Se te dio una vida, la viviste, se te agregó un puñado de sucesos
paranormales, misteriosos, pero la esencia era tu vida ubicada en aquel
tiempo. Moriste, como cualquier otro congénere de tu alrededor, y has
vuelto.
- ¿Quieres decir que todo cuanto he vivido es una ilusión? ¿una mentira?
- Así es, pero sólo en parte, Los acontecimientos inexplicables sí
fueron una ilusión, pero entiende que hasta la más mínima ilusión tiene
su parte de cierta. El hombre, tal y como lo conociste, ya no existe. El
hombre creó al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de su genio
para crear y destruir. Te encuentras en una época de casi un billón de
años después de la que viviste como viajero. El futuro es tan
inimaginable, que no se te puede mostrar de forma tan sencilla. La
especie humana desapareció, defenestrada por ella misma, pero los restos
de su intelecto hicieron que volviera a crearse a sí misma, creando un
universo como el que conociste y ubicándolo en él sin pista alguna de su
existencia. Lo sé todo sobre ti; has dado mil pasos, has reído cien mil
veces, llorado doscientas y has pronunciad cien millones de palabras en
cinco idiomas distintos.
- ¿Y ahora, qué pasará conmigo? – Preguntó el profesor, asombrado,
contrariado, obnubilado…sin palabras.
- Como viajero del tiempo y del espacio que eres, fuiste creado para
viajar. Se te asignará un nuevo destino en la humanidad, en una época
distinta a la que has vivido, de la que no recordarás nada. Así es la
vida en estos tiempos. Somos luz en expansión, en viajes fantásticos por
la eternidad del universo.
La aparición se desvaneció y Guttendörf mismo empezó a descomponerse,
sin sentir dolor alguno, sin sentir alivio. Nada. Y como siempre había
deseado, emprendió un nuevo viaje. Un viaje del que regresaría para
marchar otra vez. Un viaje eterno. Y así obtuvo la respuesta a todo. Así
termina la vida del profesor Ángel Guttendörf.
FINAL
Agustín Serrano.
Fuengirola, 19 de julio de 2007.
|