La Persecución.

Por Ricardo Mena Cuevas

 

Fue en la vorágine de la huida cuando vislumbró aquella oxidada verja del parque y la posibilidad de sortearla a la carrera con un salto; y cuando su jersey de lana se quedó enganchado en las puntas de lanza que la remataban y cayó de bruces al suelo estrepitosamente, pensó en lo cómico que podía hacernos parecer el destino, si tan sólo alguien nos estuviese mirando en aquellos momentos desde lejos. “No somos más que actores con un papel que representar en este teatro que es el mundo”, pensó boca abajo repitiendo las palabras del cisne de Avon; sabía que lo estaban persiguiendo, y que andaban cerca; y si bien aquella furiosa bocanada de aire gélido que estaba amenazando tormenta le flageló su perlada frente teñida de hierba, sudor y húmeda tierra parduzca al mirar hacia atrás en busca de su perseguidor, no se demoró un instante en incorporarse rápidamente del suelo, pues el destello sorpresivo de una luz motorizada le conminó a replegarse y esconderse dentro del corazón de aquella selva con más fuerza, con más ahínco, con mucha más determinación.

Corrió con la furia del mar embravecido, con la ira del que se sabe cerca de la muerte y al borde del abismo, hacia las sombras que brotaban de un conjunto de abedules tiránicos, custodiados por unos imperiosos y melancólicos cedros. Lo estaban persiguiendo. No podría huir muy lejos, porque se reconocía agotado y contingente. A su edad, su vida corría por su memoria a la misma velocidad que lo hacían las siluetas difuminadas de los árboles del parque bajo la atenta mirada del cuervo. La locura se podría definir como el pensamiento en círculo, algo semejante a lo que comenzó a hacer él como si fuese manejado por otro, por otras manos invisibles, pues después de unos minutos que fueron como días estivales sin ocaso, volvió al mismo punto donde se hallaban aquellos abedules tiránicos y aquellos inocentes cedros. Se acercó al tronco rugoso y milenario de un gran abedul y se apoyó en él para tomar aliento; con preocupación, con terror, con el horror que otorga lo mágico y lo incognoscible, notó la laceración del aire frío en sus ardientes pulmones, lo desbocado de sus pulsaciones, la turbación de su visión desenfocada. Comenzó a oír ruidos extraños desde los cuatro puntos cardinales del parque, como si fueran provocados por el pestañeo de dos inabarcables ojos sigilosos y omniscientes. Paralizado, confesó ser presa de su verdugo, de aquel que lo perseguía por alguna razón para él desconocida.

Volvió a salir a la carrera contra el tiempo, contra el espacio, contra las barreras del parque en donde se había metido sin quererlo. Malgastaba su saliva y sus fuerzas, pero sentía la necesidad de hacerlo, de correr, de huir: de escapar de todo aquello. Vio luces en la distancia, luces que provenían desde más allá de aquel parque inmenso. Y si sus pies comenzaron a trastabillarse y golpear las ramas arrojadas por el viento y la tormenta, sus brazos dejaron de mantener esa rítmica cadencia que hubiera permitido a sus pulmones asistir a su revolucionado cuerpo. Se cortó la mejilla derecha con las ramas de un impertinente abeto, y la sangre que le cayó viscosa y ralentizada hasta la comisura de los labios, le recordó lo embriagador de aquel líquido sagrado: era el símbolo del derramamiento de sangre antes del sacrificio. La hecatombe de su mundo parecía estar en continuo flujo, bajo el oxidante movimiento eterno de la maquinaria del Universo. Los cedros dieron paso a unos tétricos olivos de espantosas formas raquíticas y deformes, como deformada es la mano reumática de un anciano al asir con fuerza un libro de grandes proporciones. Su mundo cambiaba, y él lo hacía también incontroladamente, perdido en el control de alguien ajeno. La noche fría dio paso a la noche en bruma. Todo quedó, entonces, nebuloso, porque todo se había precipitado en la niebla, en el horror de lo desconocido, en lo estacionario y paralizado del Ser parmenídeo. Porque había un mago que lo tenía preso.

Recostado, finalmente, contra el tronco del egregio abedul tiránico, y totalmente exhausto, percibió los ojos, aquellos ojos extraños que lo miraban desde lejos violando su intimidad. En su estado final de agotamiento, antes de caer en la locura del determinismo solipsista, el perseguido reconoció que su perseguidor, desde que saltara la oxidada verja del parque, parecía haber conocido siempre su posición. Como si hubiera escudriñado en su mente, como si hubiese podido leer sus movimientos desde el comienzo, como si los ojos que lo miraran ahora morir con el corazón desbocado fueran los de un lector: un extrañado lector como tú lo has sido al perseguirle incansablemente y sin ningún pudor.
 

 
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