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Fue en la vorágine de la huida cuando vislumbró aquella oxidada verja
del parque y la posibilidad de sortearla a la carrera con un salto; y
cuando su jersey de lana se quedó enganchado en las puntas de lanza que
la remataban y cayó de bruces al suelo estrepitosamente, pensó en lo
cómico que podía hacernos parecer el destino, si tan sólo alguien nos
estuviese mirando en aquellos momentos desde lejos. “No somos más que
actores con un papel que representar en este teatro que es el mundo”,
pensó boca abajo repitiendo las palabras del cisne de Avon; sabía que lo
estaban persiguiendo, y que andaban cerca; y si bien aquella furiosa
bocanada de aire gélido que estaba amenazando tormenta le flageló su
perlada frente teñida de hierba, sudor y húmeda tierra parduzca al mirar
hacia atrás en busca de su perseguidor, no se demoró un instante en
incorporarse rápidamente del suelo, pues el destello sorpresivo de una
luz motorizada le conminó a replegarse y esconderse dentro del corazón
de aquella selva con más fuerza, con más ahínco, con mucha más
determinación.
Corrió con la furia del mar embravecido, con la ira del que se sabe
cerca de la muerte y al borde del abismo, hacia las sombras que brotaban
de un conjunto de abedules tiránicos, custodiados por unos imperiosos y
melancólicos cedros. Lo estaban persiguiendo. No podría huir muy lejos,
porque se reconocía agotado y contingente. A su edad, su vida corría por
su memoria a la misma velocidad que lo hacían las siluetas difuminadas
de los árboles del parque bajo la atenta mirada del cuervo. La locura se
podría definir como el pensamiento en círculo, algo semejante a lo que
comenzó a hacer él como si fuese manejado por otro, por otras manos
invisibles, pues después de unos minutos que fueron como días estivales
sin ocaso, volvió al mismo punto donde se hallaban aquellos abedules
tiránicos y aquellos inocentes cedros. Se acercó al tronco rugoso y
milenario de un gran abedul y se apoyó en él para tomar aliento; con
preocupación, con terror, con el horror que otorga lo mágico y lo
incognoscible, notó la laceración del aire frío en sus ardientes
pulmones, lo desbocado de sus pulsaciones, la turbación de su visión
desenfocada. Comenzó a oír ruidos extraños desde los cuatro puntos
cardinales del parque, como si fueran provocados por el pestañeo de dos
inabarcables ojos sigilosos y omniscientes. Paralizado, confesó ser
presa de su verdugo, de aquel que lo perseguía por alguna razón para él
desconocida.
Volvió a salir a la carrera contra el tiempo, contra el espacio, contra
las barreras del parque en donde se había metido sin quererlo.
Malgastaba su saliva y sus fuerzas, pero sentía la necesidad de hacerlo,
de correr, de huir: de escapar de todo aquello. Vio luces en la
distancia, luces que provenían desde más allá de aquel parque inmenso. Y
si sus pies comenzaron a trastabillarse y golpear las ramas arrojadas
por el viento y la tormenta, sus brazos dejaron de mantener esa rítmica
cadencia que hubiera permitido a sus pulmones asistir a su revolucionado
cuerpo. Se cortó la mejilla derecha con las ramas de un impertinente
abeto, y la sangre que le cayó viscosa y ralentizada hasta la comisura
de los labios, le recordó lo embriagador de aquel líquido sagrado: era
el símbolo del derramamiento de sangre antes del sacrificio. La
hecatombe de su mundo parecía estar en continuo flujo, bajo el oxidante
movimiento eterno de la maquinaria del Universo. Los cedros dieron paso
a unos tétricos olivos de espantosas formas raquíticas y deformes, como
deformada es la mano reumática de un anciano al asir con fuerza un libro
de grandes proporciones. Su mundo cambiaba, y él lo hacía también
incontroladamente, perdido en el control de alguien ajeno. La noche fría
dio paso a la noche en bruma. Todo quedó, entonces, nebuloso, porque
todo se había precipitado en la niebla, en el horror de lo desconocido,
en lo estacionario y paralizado del Ser parmenídeo. Porque había un mago
que lo tenía preso.
Recostado, finalmente, contra el tronco del egregio abedul tiránico, y
totalmente exhausto, percibió los ojos, aquellos ojos extraños que lo
miraban desde lejos violando su intimidad. En su estado final de
agotamiento, antes de caer en la locura del determinismo solipsista, el
perseguido reconoció que su perseguidor, desde que saltara la oxidada
verja del parque, parecía haber conocido siempre su posición. Como si
hubiera escudriñado en su mente, como si hubiese podido leer sus
movimientos desde el comienzo, como si los ojos que lo miraran ahora
morir con el corazón desbocado fueran los de un lector: un extrañado
lector como tú lo has sido al perseguirle incansablemente y sin ningún
pudor.
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