FINAL DE GÉNERO

 AGUSTÍN SERRANO

EL.

El llega recién duchado y afeitado, ya apenas tiene grasa en sus manos, así como el sudor de horas y horas enredado en motores, neumáticos y demás piezas mecánicas ha desaparecido. El bar aún está vacío, acaba de abrir, pero hasta en un bar Dios ayuda al que madruga y llegar el primero supone el poder coger tu sitio favorito en la barra.

-        Ramón, dame una.

-        Voy. - Contesta Ramón de muy mala gana. Pero el cliente tempranero lo admite, tiene mucho que agradecer y más que callar.

Un ducados enciende, mientras recibe una palmadita afectuosa en la espalda.

-        Hola niño, ¿ya has terminado hoy? ¿Y tu padre?

-        Ahí viene, está cerrando el coche. - Es la voz de un quinceañero con los pantalones llenos de pintura, también recién salido de la faena pero sin pasar por la ducha.

Llega el padre, que con sólo mostrarse, demuestra que es el padre.

Hablan, conversan y carcajean. Los quintos de cerveza son el acompañamiento, el tabaco la compañía. El bar se puebla y Ramón ya no atiende al diálogo. La televisión está puesta y el telediario ofrece otro atentado en Irak con un enorme número de muertos y heridos. El mundo gira y se masacra a sus alrededores, pero ellos siguen con sus cosas, con sus jocosas exclamaciones y sus cotilleos.

Él empieza a envalentonarse. Tras ver las imágenes de la bomba iraquí, piensa que el mundo es peor que una cloaca y al comprobar que los demás pasan de toda esa cloaca, dando un salto mientras viven sus vidas, él considera estar por encima de eso y cree poseer una sensibilidad más arraigada, capaz de caer en la cuenta de los problemas del mundo y sentirse mal porque los demás no hacen nada por evitarlo. Su interior es un infierno y aún más cuando piensa en lo que es y ha sido su vida. Se pregunta si ha habido algo bueno en su existencia, quizá Isabelita sea la respuesta, pero la mayor de las sonrisas de Isabelita no es suficiente para apaciguarlo, ya que se obstina en el pensamiento de que su única hija es igual que su madre, esa culebra disfrazada de alma caritativa, capaz de engañar a cualquiera con su bondad y su refinada voz.

<< Lo mejor hubiese sido casarme con una del pueblo; la hija de Manuel ‘’el de la jaca’’ era una muchacha muy apañada y tenía unas tetas grandes >> …rumia para sí mismo, << pero no, elegiste a Mariana, la hija de Isabel ‘’la lechera’’, que porque la familia tenía dinero la mandaron estudiar a Madrid y sólo venía al pueblo a veranear; después te trajo a la misma capital y aceptaste, dejando el pueblo, el amado pueblo y sus cacerías. Todo culpa de los veraneos de la hija de la lechera >>.

El infierno crece y el alcohol, que ahora es whiskey y seven-up, no trae la calma, al revés, lo recrudece todo. La borrachera no es oficial, pero sí lo es el estado de embriaguez. Todavía no ha perdido los papeles y puede andar por sí mismo, aunque con dificultad. Las tinieblas interiores le hacen tener los ojos vidriosos. La furia nace y el rencor lo perturba. Se marcha del bar con un: ‘’mañana nos vemos’’. Se va con el averno en su estómago y a lo que él cree que es su infierno, dejando indiferencia entre los amigos del local y una ampliación más en la cuenta de Ramón.

                                   ************************************

ELLA.

Ella se conoce tan bien las ofertas del supermercado, que ya ni las mira. Va llenando el carro por orden de prioridades. El frigorífico es más importante que nada y es lo que piensa siempre en reponer, ya que nunca se vacía. Parece un autómata cogiendo productos, sin fijarse en las novedades. Es un autómata tranquilo y con la mirada perdida, pero algo le hace recuperarla, aunque no para ver si se ha equivocado en la elección de un comestible. Es una joven pareja que al igual que ella están haciendo la compra. Los dos empujan el carro y los dos se consultan uno a otro qué es lo mejor de cada cosa o lo que más les conviene. ‘’Cariño, coge Prakis’’, le dice el chico a la chica, ‘’no, mejor Prekis, que están más buenas’’, le contesta la chica, ‘’ya, pero los Prakis son mejores, fíjate en la marca’’ y la chica le vuelve a responder, ‘’A mí me da lo mismo la marca si sabe igual, por qué pagar más por unas patatas que están idénticamente buenas’’ y el chico le hace caso y siguen con la compra.

Ella continua también con la misma marcha consumista por los pasillos y estanterías del súper y unos pasos después vuelve a coincidir con la pareja de antes. Ahora es la joven la que le pide a su novio, marido o lo que fuere, que eche al carro el bote de crema hidratante para la piel tras la ducha que está arriba del todo, aquel azul y ovalado, pero el chico ve lo que cuesta y se echa las manos a la cabeza. La novia, esposa o lo que fuere, alega que cuesta tanto porque es lo mejor para cuando sales del baño y el muchacho expone que la razón de eso es porque la cremita es de firma de cosméticos que vende otras muchísimo más caras en perfumerías de lujo. La muchacha lo ningunea y echa la crema al carro, afirmando: ‘’esto es para la piel y con la salud de la piel no se juega’’, ‘’los Prakis son para mi estómago, que también es mi salud’’ exclama el joven mientras sigue a su pareja, que ha emprendido la fuga de aquella zona tan comprometida del súper.

Ve como los dos se alejan entre risas, sintiendo un vacío enorme. Había pensado en muchas ocasiones en lo solitaria que se sentía haciendo la compra, pero en la vida se sintió tan sola como en ese momento y ante aquella escena de la joven pareja. Nunca había experimentado tan buena sintonía con su marido, ni siquiera había hecho la compra con él. El positivismo en la relación de aquellos dos chicos, ¿era porque ella había hecho lo que le había dado la gana al comprar una crema de baño cara? se preguntaba, o tal vez se debía a que ese par era uno de esos de un día un 1, otro una X y al siguiente un 2, tan buenos y sociales, tan equilibrados y seguramente con expectativas de larga duración. Cuando lleguen a viejos serán como esos ancianitos que viajan juntos en los autobuses de la 3º edad y que para dar muestras de su cariño, se besan en los labios, en un piquito que simboliza su imperecedero y mutuo entendimiento.

Ella se flagelaba por dentro y se preguntaba el motivo de no haberse casado con Alfonso, aquel universitario madrileño de pelo rubio y que ahora sería un casi cuarentón atractivísimo, que por poco que fuese, seguro que sería mejor hombre que el animal de pesebre que la eligió y que con sólo un par de chistes la convenció para casarse y dejar el magisterio por un empleo en una conocida peluquería. Aquellos veraneos en el pueblo tuvieron la culpa.

La tormenta de su alma empeora y es cuando mejor y más efectiva es a la hora de llenar el carro, en el que casi no cabe nada más. Mientras guarda cola en caja, una pequeña lágrima sale a ver a las cajeras. Cuando se para es cuando llora y no soporta estar tanto tiempo parada en la cola, así que decide vaciar el carro disimuladamente y volver a cargarlo de los mismos productos. Un viaje de vaciamiento a cada sección y otro para de nuevo colmarlo. Puede que sea algún atisbo de locura lo que le lleva a realizar ese tipo de terapia, pero son tantas noches de llanto, de dolor y de aliento a whiskey en la cama mientras ronca, que no sería anormal que se estuviera volviendo loca y quizá sea ese el único motivo de no abandonarlo y marcharse para siempre, bueno, tenía otro; Isabelita.

                                   ************************************

ISABELITA.

Tiene gracia, pero cuando llueve es cuando más rápido entramos a clase y hasta estamos más despiertos. – Cavilaba Isabelita mientras se zafaba de la pesada mochila, sentándose en su pupitre de 4º C.

Sus compañeros de aula y hasta de todo el colegio, no reparaban en ese detalle para ella tan curioso. Ciertamente Isabelita era una niña muy despierta para su edad. No era nada superdotada para el estudio, aunque no había repetido ni un curso, pero sus pensamientos y su forma de expresión no eran de lo más común.

El profesor de Lenguaje hizo su aparición, tras dar los buenos días entre dientes, tomó la tiza y escribió en la pizarra: Dictado. A Isabelita le encantaba el dictado; la alejaba de la pesadez de clavar los codos para aprenderse una lección de memoria, no le gustaba la obligación de saberse un tema de ‘’pé a pá’’, el dictado, pese al objetivo que conlleva esa misma palabra, la de dictar, le donaba libertad, ya que mientras escribía, podía pensar al mismo tiempo en otras cosas, era una de sus particularidades.

Los pensamientos de una niña de 9 años suelen ser muchos; piensa en divertirse, en su serie favorita, en cómo parecer más mayor, en el chico que la sigue y que a ella puede o no gustarle, en lo ‘’petarda’’ que es la hija de D ª Berta, y así infinidad de cosas y variando claro está, en la personalidad de cada niña. En Isabelita sus ideas diferían bastante. Pensaba en jugar, por supuesto, pero en jugar al fútbol. Su serie preferida era el ‘’National Geographic’’. Nunca deseaba ser más grande. Ella seguía al portero de su equipo y la hija de D ª Berta era su mejor amiga. Resumiendo; Isabelita pasaba por ser una niña diferente, a veces encantadora y otras muy bruta, dado su físico, enorme para su edad. Había un profesor que la observaba mucho. El magistrado sospechaba que esa niña escondía algo, fuera un problema familiar o algo interior.

Muchos días venía sola andando al colegio y receloso de no creer que vivía tan cerca como ella decía, la siguió, para mayor de sus sorpresas cuando comprobó que entre la escuela y su casa había más de 3km de distancia. Aquel día el maestro le preguntó que por qué iba andando al colegio tantas veces y la niña respondió que su madre estaba muy enferma y que no podía llevarla nadie, ya que su padre trabajaba desde muy temprano. También sucedía que si el conserje del colegio abría sus puertas a las 8 de la mañana, se encontraba en numerosas ocasiones a la niña que estaba allí desde una hora antes y se debía a que esa vez su padre la había llevado. Pero nunca se le oía quejarse o estar triste, su precoz madurez era increíble y eso no dejaba de ser por algún motivo que no suele ser nada bueno.

Isabelita quería muchísimo a su madre y no pasaba muchos minutos, hiciese lo que hiciese, sin que le dedicara un pensamiento. La amargura de su madre era suya y la de ella la de su madre. Tan convencida estaba de eso, que cuando veía a mamá llorar, se disfrazaba o se vestía con su ropa y se ponía a cantar, usando la escoba como improvisado micrófono. Aquella escena tan sentimental reforzaba la relación entre las dos. También quería a su padre, aunque con el paso del tiempo cada vez menos. Ya no le gustaba cuando papá llegaba a casa con la borrachera y una bolsa de chucherías, besándola con su repelente respiración, tocándola… mientras ofendía a su madre. En esos momentos lo odiaba y hasta deseaba que se muriera cuando ocurría lo peor.

 

                                   ************************************

 

DESENLACE.

Cuando se conduce ebrio se han de tener en cuenta varios objetivos; en primer lugar y más importante, no pegártela contra una farola, para eso se reduce la velocidad y se intenta conducir muy tranquilo. En segundo y no menos primordial, no atropellar a nadie, basta también con decelerar. Después vienen aspectos secundarios, como no chocar con el contenedor de la calle y tratar de dirigir el coche en línea recta y no acercarse a los que están aparcados en batería, con el riesgo de roces que hacen despertar las alarmas, por eso él cuando sabe que ‘’la va a coger’’, siempre vuelve andando a casa. Caminando borracho a las 11 de la noche por la calle también tiene su aquel. Él siempre lo hace silbando, con total naturalidad y sin meterse las manos en los bolsillos, para un mejor equilibrio. Mientras piensa en todo eso, llega a su domicilio. Ya en el ascensor podrá apoyar su cabeza y relajarse. No hay nada peor que te vean volver a casa ‘’ciego’’ y al día siguiente vengan al taller a que les arregles el coche.

Entra en la casa. Es toda silencio y él lo rompe con un eufórico y estridente: ¡Buenas noches familia¡ pero no responde nadie. Abre la puerta de la habitación de Isabelita, la cual nada más oír el crispante saludo ha cerrado el libro y apagado la luz, haciendo que duerme, así que la deja dormir tranquila. Va al comedor de la casa y allí está ella, en el sofá, con una manta por encima y viendo la televisión.

-        Hola, cariño. – Le saluda él con falso sentimiento.

-        Hola. – Responde ella con frialdad.

Tras quitarse la ‘’cazadora, se echa encima de ella en el sofá, y comienza a besuquearla. Ella se lo quita de encima y se excusa en que ya es muy tarde y que ha olvidado sacar la basura. Él se hace el dolido, pone una mirada de odio y la insulta en voz baja:

-        Eres una perra.

Ella hace como que no lo ha oído, coge la bolsa y baja. Él tras desaparecerle el repentino calentón sexual, hace zapping y empieza a discurrir: ‘’esta tiene un lío, seguro que sí’’.

En su nueva sospecha planea vigilarla diariamente y empieza con su nuevo plan  esa misma noche. Se asoma a la ventana del baño que da justo a la calle donde está el contenedor y ya ve el fruto de su mala elucubración. Ella está hablando con un tío. Se fija con más atención y ve quién es el hombre: ‘’es el vecino del 7º, ese divorciado que se cree Michael Douglas. Míralo el tío, se la estará trabajando como se trabajaba a la de la panadería, que eso me lo contó él a mí. Va de metrosexual, pero en verdad es un maricón que se hace la manicura y hace footing. Como baje para abajo…’’

Se vuelve al comedor y enciende un ducados, mientras, maquina e intenta engullir lo que ha visto: ‘’Si ya lo sabía yo, que esta zorra tenía algo. No le da vergüenza, que me paso todo el día trabajando para la casa y que no me fijo en ninguna, nada más que en ella’’…

La puerta se abre, es ella.

-        ¿Te vienes a la cama? Yo me voy a acostar. – Le dice a él con educación.

Él no contesta, sólo la mira con cara de asco. Apaga el televisor y va también a la habitación. Ella se está desabrochando el cinturón de la bata y él la correa, la cual dobla.

-        Así que…poniéndome los cuernos con el del 7º, ¿no?

Ella lo mira con espanto.

-        Pero qué dices, preguntándole por su hija, la que vive con él, que la semana pasada me dijeron en la panadería que había tenido un accidente de moto y está en el hospital. Ha sido eso.

-        Sí, claro, la panadera, con esa también se ha acostado, que me lo ha dicho él. Otra puta, como tú.

-        No, no me pegues otra vez. – Pide ella angustiada.

-        Sí, si te pego, pero no te preocupes, porque esta será la última vez. ¡Yo te mato!

Y la emprende a correazos por toda la habitación, ella huye y trata de esconderse en el baño, no grita por más temor del que ya tiene, pero sí llora, en un llanto silencioso y desesperado. Él le impide cerrar la puerta del baño y la encuentra en la bañera, acurrucada y mordiendo la cortina, en un intento de que sus gritos sean inaudibles y esperando como un corderillo que espera el sacrificio.

      -     Maldita perra, esta noche vas a pagarme todo el daño que me has hecho, ni tu madre te va a reconocer y vas a desear mejor estar muerta.

El frenesí de violencia y de infundado rencor rociado de alcohol es considerable. Los ojos llenos de furia y la cara descompuesta de odio forman una imagen atroz. Se ha convertido en un monstruo, si es que ya no lo era.

Pero el monstruo está bebido y las ansias de vengar la afrenta del metrosexual y pagarlo con ella, esa avidez por acabar con todo esa noche lo turba tanto, que no se fija y no recuerda que el w.c. está averiado y que pierde agua desde hace días. Pisa el pequeño charco que se ha acumulado desde que ella lo fregara horas antes, resbala y cae hacia atrás, golpeándose la nuca con el bidet, en un golpe seco y no muy fuerte.

Ella aún permanece en la misma posición, todavía muerde la cortina, ahora sin llorar. Está en estado de shock. Espera a que él se levante y siga ‘’la fiesta’’, pero el monstruo no se mueve y la mano que esgrimía la correa esta floja, dejando la misma casi en el suelo mojado. La escena dura así unos minutos, hasta que aparece Isabelita. Corre en auxilio de su madre, pasando por el cuerpo caído de su padre, que no se ha movido.

La abraza llorando, pero mamá no deja de morder la cortina sin quitar la vista de él. Isabelita ayuda a su madre a tranquilizarse, pero ella no quiere salir de la bañera. La niña decide llamar a la vecina, con una sangre fría asombrosa. Cuando llega se precipitan los acontecimientos, terminando la escena.

 

                                   ************************************

 FINAL.

El entierro de él no es una fiesta, pero sí el mayor alivio de ella y de Isabelita. Se acabó el miedo, se acabaron los correazos, las borracheras y el aliento, ahora dormirían tranquilas. Ella buscaría otro trabajo, en otra ciudad quizá y comenzaría una nueva vida, lejos de esta que ha padecido y que le tocó sufrir. En esa nueva vida, en su nueva casa y cuando Isabelita crece por momentos, muchas veces se pregunta si no hubiese sido mejor abandonarlo y arrancar esta segunda época igualmente, pero con ello salvándole la vida. ‘’Alguna vez he sentido lástima por él’’, le confiesa a su hija, que ya es una chica mayor de edad. El olvido es imposible y la creencia de que pudo salvarlo la torturará de por vida, casi tanto como los correazos.

Algo lejos de esa nueva existencia de ella y de Isabelita, en un lugar inalcanzable para cualquier ser vivo, está él. ‘’Qué ha pasado’’…es lo que se pregunta. Hace unos minutos estaba en el baño de su casa, tenía una correa en su mano derecha y su esposa lloraba en la bañera, iba a pagarle todo el daño que le había hecho, pero de pronto resbaló, se dio en la cabeza con algo duro y ahora está aquí, pero la pregunta es: ¿Qué es o dónde está ‘’aquí’’, ¿qué sitio es este?’’  

Estaba encadenado cara a una dura y un poco ardiente pared de roca. Desnudo y totalmente estirado, casi sólo podía mirar hacia arriba, pero arriba no se veía nada, era muy oscuro, a los lados sólo una luz, la creada por humo y roca incandescente.

Aquello parecía la celda de una de esas prisiones en una isla que salen en las películas, pero el humo lo hacía diferente a todo. Se escuchaban lamentos desesperados de dolor. Los lamentos se volvían chillidos inaguantables y ensordecedores. Tal eran de crispantes esos gritos, que casi le hacen explotar los tímpanos, sacándolo de quicio y cuando ya no lo soportaba más, le dieron ganas de estrellar su cabeza contra la roca a la que estaba pegado como un chicle.

Los llantos y los alaridos eran humanos, de eso no había duda. También oía sonido de cadenas, el ruido apuntaba a que eran enormes y tras ese cadeneo, el retumbar de algo más enorme aún era lo que seguía, probablemente se tratara de una puerta. Era un golpeteo constante, como de una maquinaria; cadenas y puertas, cadenas y puertas…

Agudizando más el oído, percibió algo que corría por la superficie. Era el corrimiento de algo líquido y no tan ligero como el agua. Con extrema dificultad inclinó la cabeza hacia abajo y comprobó la gran altura que lo separaba del suelo, habría como unos 4m, viendo lo que producía ese chorreo incesante y se aterró más que nunca en su vida, ya que era sangre. Sangre por todas partes y de toas las formas; coagulada, mezclada con agua y seca.

Ahora sus oídos le trajeron un nuevo sonido. Cascos de caballo sobre la superficie sólida, casi tanto como la roca humeante a la que estaba fijado. El supuesto animal se acercaba y su sombra se hizo evidente.

Giró el cuello todo lo que pudo hacia la figura aparecida en la estancia y lo que vio era propio de película de terror. Era un engendro mitad caballo, mitad hombre; un centauro, cuya mitad humana no era tan humana. Esta parte superior de su cuerpo, tenía el torso y la musculatura pronunciada y marcada de un hombre muy fuerte, pero la cabeza, cuyo rostro era humano, pasaba por ser la de un demonio, con unas astas formidables.

La fantástica criatura era de color oscuro, peluda y para más estupefacción de él, hablaba.

-        Vaya, vaya…ha entrado otro. Otro que no sabía darle significado a su vida.

Fue lo que dijo el monstruo. Se acercó a él lentamente, dejando ver su gran altura, casi la misma que lo separaba a él de abajo.

-        ¿Sabrías decirme porqué estás aquí? Yo lo sé, pero me gustan las excusas que ponéis. Siempre acabáis diciendo que sois inocentes e imploráis al Dios que nos ha ayudado.

La voz del centauro demoníaco era muy sarcástica, como de burla. Él empezó a llorar.

-        Oh, vaya…ahora es cuando te arrepientes. Te diría que lo hubieses pensado antes, pero no serviría de mucho. No quiero desmoralizarte, pero mi cometido es hacerlo e informarte de que aún no has sufrido nada. Me presento: yo soy el carcelero del infierno, aunque a mí me gusta más pastor, ya que yo no veo esto como una cárcel. En una cárcel se come, se bebe y se duerme; aquí no puedes hacer nada de eso, principalmente porque esto es el infierno y tú ya estás muerto, por lo tanto ¿para qué querrías comer, beber o dormir?

-        Dios mío… ¿por qué? – Sollozó él.

-        Sí…aquí siempre vociferan eso y yo te digo lo mismo que a todos los nuevos. Verás, no existe ningún Dios, no como los humanos creéis. Existe una gloria o eso es lo que he escuchado por ahí, pero tampoco me hagas mucho caso, no me interesa. De todas formas es igual. ¡Llama a Dios! – Exclamó la bestia – Venga, llámalo, ¡Dios! ¡Oh Dios!, eso es, puede que alguien te escuche, pero sea quien sea no te sacará de aquí.

Él se serenó un poco, tragó saliva y preguntó:

-        Esta bien, entonces si ya estoy muerto y esto es el infierno, ¿qué más me puede pasar?

-        Buena pregunta, esa la suelen hacer más tarde, habitualmente me extiendo mucho en mi presentación, pero tú has querido llegar al meollo antes, eres un impaciente.

El centauro se colocó justo encima de él, alzó sus patas delanteras a la pared, como en una monta, diciendo:

-        Ahora vas a saber lo que es el sufrimiento. No sé porqué estás aquí, no me importa, pero algo habrás hecho.

Él empezó a notar como algo se abría paso por detrás, introduciéndose sin esfuerzo por su ano. Empezó a alaridar, cada vez que aquel cuerpo, duro, cavernoso y caliente, salía y entraba a lo más hondo del suyo. Llegó a acusar esa inserción hasta el pecho, mientras su grito se convertía en aullido. Ahora escuchaba los alaridos de antes saliendo desde su propia garganta, la cual llegó un momento en que empezó a quebrarse y a sangrar. Sangre por el ano, por la garganta, la cual caía hasta la del suelo, arrastrada por la que chorreaba y conducida a ninguna parte. Pero no le dolía nada, sólo las acometidas del miembro del demonio lo lastimaban, en un dolor indescriptible.

-        Esto es el infierno, yo soy un demonio y vivo aquí. Soy lascivo y depravado. Os pago con vuestra semejante culpa y esto es sólo el principio, amor mío. Susurraba aquel ser.

Minutos después el monstruo cesó la ‘’cópula’’, volvió a su postura inicial y dijo:

-        Recuerda que no tienes salvación. Puedes golpearte la cabeza cuantas veces quieras, otros lo hacen y sólo consiguen ver su propio cráneo, sin que jamás se separe del cuerpo y perder lo poco que les queda de sus sentidos, el de la vista y además, no sentirás daño alguno, así que será en vano. El único dolor que sufrirás es el que yo te cause y ya has visto como es. Permanecerás ahí, siglos y siglos, eternamente y yo vendré a verte cada cierto tiempo. Primero la locura se apoderará de ti y llegará un momento en que seas un zombi mental, con un cuerpo intacto, pero con una cabeza destrozada. Sosiégate y piensa que la vida en el mundo de los vivos es peor, es todo tan artificial…Pero claro, qué sabréis vosotros, si nadie os ha preparado ni siquiera para morir. Hasta la vista.

El centauro se alejó con una exasperante carcajada que impidió oír el ruido de sus cascos. Él se quedó petrificado. Estaba muerto, pero insepulto y la más triste y fría de las losas, el más inmortal de los vacíos, hubiese sido mejor que aquella mazmorra confusa y cruel. El arrepentimiento lo invadió y comenzó a golpearse la cabeza contra la cruda piedra de la que estaba hecha la pared, mientras con cada golpe gritaba ¡no! Un no de desespero inicial y de impotencia, remordimiento y abatimiento final.

 

Fuengirola, 10 de mayo de 2005.

 

 
Copyright © por Canal #literatura IRC-Hispano / Derechos Reservados.