EL.El llega
recién duchado y afeitado, ya apenas tiene grasa en sus manos,
así como el sudor de horas y horas enredado en motores,
neumáticos y demás piezas mecánicas ha desaparecido. El bar aún
está vacío, acaba de abrir, pero hasta en un bar Dios ayuda al
que madruga y llegar el primero supone el poder coger tu sitio
favorito en la barra.
-
Ramón, dame una.
-
Voy. - Contesta Ramón de muy mala gana. Pero el cliente
tempranero lo admite, tiene mucho que agradecer y más que
callar.
Un ducados enciende, mientras recibe una palmadita afectuosa
en la espalda.
-
Hola niño, ¿ya has terminado hoy? ¿Y tu padre?
-
Ahí viene, está cerrando el coche. - Es la voz de un
quinceañero con los pantalones llenos de pintura, también recién
salido de la faena pero sin pasar por la ducha.
Llega el padre, que con sólo mostrarse, demuestra que es el
padre.
Hablan, conversan y carcajean. Los quintos de cerveza son el
acompañamiento, el tabaco la compañía. El bar se puebla y Ramón
ya no atiende al diálogo. La televisión está puesta y el
telediario ofrece otro atentado en Irak con un enorme número de
muertos y heridos. El mundo gira y se masacra a sus alrededores,
pero ellos siguen con sus cosas, con sus jocosas exclamaciones y
sus cotilleos.
Él empieza a envalentonarse. Tras ver las imágenes de la
bomba iraquí, piensa que el mundo es peor que una cloaca y al
comprobar que los demás pasan de toda esa cloaca, dando un salto
mientras viven sus vidas, él considera estar por encima de eso y
cree poseer una sensibilidad más arraigada, capaz de caer en la
cuenta de los problemas del mundo y sentirse mal porque los
demás no hacen nada por evitarlo. Su interior es un infierno y
aún más cuando piensa en lo que es y ha sido su vida. Se
pregunta si ha habido algo bueno en su existencia, quizá
Isabelita sea la respuesta, pero la mayor de las sonrisas de
Isabelita no es suficiente para apaciguarlo, ya que se obstina
en el pensamiento de que su única hija es igual que su madre,
esa culebra disfrazada de alma caritativa, capaz de engañar a
cualquiera con su bondad y su refinada voz.
<< Lo mejor hubiese sido casarme con una del pueblo; la hija
de Manuel ‘’el de la jaca’’ era una muchacha muy apañada y tenía
unas tetas grandes >> …rumia para sí mismo, << pero no, elegiste
a Mariana, la hija de Isabel ‘’la lechera’’, que porque la
familia tenía dinero la mandaron estudiar a Madrid y sólo venía
al pueblo a veranear; después te trajo a la misma capital y
aceptaste, dejando el pueblo, el amado pueblo y sus cacerías.
Todo culpa de los veraneos de la hija de la lechera >>.
El infierno crece y el alcohol, que ahora es whiskey y seven-up,
no trae la calma, al revés, lo recrudece todo. La borrachera no
es oficial, pero sí lo es el estado de embriaguez. Todavía no ha
perdido los papeles y puede andar por sí mismo, aunque con
dificultad. Las tinieblas interiores le hacen tener los ojos
vidriosos. La furia nace y el rencor lo perturba. Se marcha del
bar con un: ‘’mañana nos vemos’’. Se va con el averno en su
estómago y a lo que él cree que es su infierno, dejando
indiferencia entre los amigos del local y una ampliación más en
la cuenta de Ramón.
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ELLA.
Ella se conoce tan bien las ofertas del supermercado, que ya
ni las mira. Va llenando el carro por orden de prioridades. El
frigorífico es más importante que nada y es lo que piensa
siempre en reponer, ya que nunca se vacía. Parece un autómata
cogiendo productos, sin fijarse en las novedades. Es un autómata
tranquilo y con la mirada perdida, pero algo le hace
recuperarla, aunque no para ver si se ha equivocado en la
elección de un comestible. Es una joven pareja que al igual que
ella están haciendo la compra. Los dos empujan el carro y los
dos se consultan uno a otro qué es lo mejor de cada cosa o lo
que más les conviene. ‘’Cariño, coge Prakis’’, le dice el chico
a la chica, ‘’no, mejor Prekis, que están más buenas’’, le
contesta la chica, ‘’ya, pero los Prakis son mejores, fíjate en
la marca’’ y la chica le vuelve a responder, ‘’A mí me da lo
mismo la marca si sabe igual, por qué pagar más por unas patatas
que están idénticamente buenas’’ y el chico le hace caso y
siguen con la compra.
Ella continua también con la misma marcha consumista por los
pasillos y estanterías del súper y unos pasos después vuelve a
coincidir con la pareja de antes. Ahora es la joven la que le
pide a su novio, marido o lo que fuere, que eche al carro el
bote de crema hidratante para la piel tras la ducha que está
arriba del todo, aquel azul y ovalado, pero el chico ve lo que
cuesta y se echa las manos a la cabeza. La novia, esposa o lo
que fuere, alega que cuesta tanto porque es lo mejor para cuando
sales del baño y el muchacho expone que la razón de eso es
porque la cremita es de firma de cosméticos que vende otras
muchísimo más caras en perfumerías de lujo. La muchacha lo
ningunea y echa la crema al carro, afirmando: ‘’esto es para la
piel y con la salud de la piel no se juega’’, ‘’los Prakis son
para mi estómago, que también es mi salud’’ exclama el joven
mientras sigue a su pareja, que ha emprendido la fuga de aquella
zona tan comprometida del súper.
Ve como los dos se alejan entre risas, sintiendo un vacío
enorme. Había pensado en muchas ocasiones en lo solitaria que se
sentía haciendo la compra, pero en la vida se sintió tan sola
como en ese momento y ante aquella escena de la joven pareja.
Nunca había experimentado tan buena sintonía con su marido, ni
siquiera había hecho la compra con él. El positivismo en la
relación de aquellos dos chicos, ¿era porque ella había hecho lo
que le había dado la gana al comprar una crema de baño cara? se
preguntaba, o tal vez se debía a que ese par era uno de esos de
un día un 1, otro una X y al siguiente un 2, tan buenos y
sociales, tan equilibrados y seguramente con expectativas de
larga duración. Cuando lleguen a viejos serán como esos
ancianitos que viajan juntos en los autobuses de la 3º edad y
que para dar muestras de su cariño, se besan en los labios, en
un piquito que simboliza su imperecedero y mutuo entendimiento.
Ella se flagelaba por dentro y se preguntaba el motivo de no
haberse casado con Alfonso, aquel universitario madrileño de
pelo rubio y que ahora sería un casi cuarentón atractivísimo,
que por poco que fuese, seguro que sería mejor hombre que el
animal de pesebre que la eligió y que con sólo un par de chistes
la convenció para casarse y dejar el magisterio por un empleo en
una conocida peluquería. Aquellos veraneos en el pueblo tuvieron
la culpa.
La tormenta de su alma empeora y es cuando mejor y más
efectiva es a la hora de llenar el carro, en el que casi no cabe
nada más. Mientras guarda cola en caja, una pequeña lágrima sale
a ver a las cajeras. Cuando se para es cuando llora y no soporta
estar tanto tiempo parada en la cola, así que decide vaciar el
carro disimuladamente y volver a cargarlo de los mismos
productos. Un viaje de vaciamiento a cada sección y otro para de
nuevo colmarlo. Puede que sea algún atisbo de locura lo que le
lleva a realizar ese tipo de terapia, pero son tantas noches de
llanto, de dolor y de aliento a whiskey en la cama mientras
ronca, que no sería anormal que se estuviera volviendo loca y
quizá sea ese el único motivo de no abandonarlo y marcharse para
siempre, bueno, tenía otro; Isabelita.
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ISABELITA.
Tiene gracia, pero cuando llueve es cuando más rápido
entramos a clase y hasta estamos más despiertos. – Cavilaba
Isabelita mientras se zafaba de la pesada mochila, sentándose en
su pupitre de 4º C.
Sus compañeros de aula y hasta de todo el colegio, no
reparaban en ese detalle para ella tan curioso. Ciertamente
Isabelita era una niña muy despierta para su edad. No era nada
superdotada para el estudio, aunque no había repetido ni un
curso, pero sus pensamientos y su forma de expresión no eran de
lo más común.
El profesor de Lenguaje hizo su aparición, tras dar los
buenos días entre dientes, tomó la tiza y escribió en la
pizarra: Dictado. A Isabelita le encantaba el dictado; la
alejaba de la pesadez de clavar los codos para aprenderse una
lección de memoria, no le gustaba la obligación de saberse un
tema de ‘’pé a pá’’, el dictado, pese al objetivo que conlleva
esa misma palabra, la de dictar, le donaba libertad, ya que
mientras escribía, podía pensar al mismo tiempo en otras cosas,
era una de sus particularidades.
Los pensamientos de una niña de 9 años suelen ser muchos;
piensa en divertirse, en su serie favorita, en cómo parecer más
mayor, en el chico que la sigue y que a ella puede o no
gustarle, en lo ‘’petarda’’ que es la hija de D ª Berta, y así
infinidad de cosas y variando claro está, en la personalidad de
cada niña. En Isabelita sus ideas diferían bastante. Pensaba en
jugar, por supuesto, pero en jugar al fútbol. Su serie preferida
era el ‘’National Geographic’’. Nunca deseaba ser más grande.
Ella seguía al portero de su equipo y la hija de D ª Berta era
su mejor amiga. Resumiendo; Isabelita pasaba por ser una niña
diferente, a veces encantadora y otras muy bruta, dado su
físico, enorme para su edad. Había un profesor que la observaba
mucho. El magistrado sospechaba que esa niña escondía algo,
fuera un problema familiar o algo interior.
Muchos días venía sola andando al colegio y receloso de no
creer que vivía tan cerca como ella decía, la siguió, para mayor
de sus sorpresas cuando comprobó que entre la escuela y su casa
había más de 3km de distancia. Aquel día el maestro le preguntó
que por qué iba andando al colegio tantas veces y la niña
respondió que su madre estaba muy enferma y que no podía
llevarla nadie, ya que su padre trabajaba desde muy temprano.
También sucedía que si el conserje del colegio abría sus puertas
a las 8 de la mañana, se encontraba en numerosas ocasiones a la
niña que estaba allí desde una hora antes y se debía a que esa
vez su padre la había llevado. Pero nunca se le oía quejarse o
estar triste, su precoz madurez era increíble y eso no dejaba de
ser por algún motivo que no suele ser nada bueno.
Isabelita quería muchísimo a su madre y no pasaba muchos
minutos, hiciese lo que hiciese, sin que le dedicara un
pensamiento. La amargura de su madre era suya y la de ella la de
su madre. Tan convencida estaba de eso, que cuando veía a mamá
llorar, se disfrazaba o se vestía con su ropa y se ponía a
cantar, usando la escoba como improvisado micrófono. Aquella
escena tan sentimental reforzaba la relación entre las dos.
También quería a su padre, aunque con el paso del tiempo cada
vez menos. Ya no le gustaba cuando papá llegaba a casa con la
borrachera y una bolsa de chucherías, besándola con su repelente
respiración, tocándola… mientras ofendía a su madre. En esos
momentos lo odiaba y hasta deseaba que se muriera cuando ocurría
lo peor.
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DESENLACE.
Cuando se conduce ebrio se han de tener en cuenta varios
objetivos; en primer lugar y más importante, no pegártela contra
una farola, para eso se reduce la velocidad y se intenta
conducir muy tranquilo. En segundo y no menos primordial, no
atropellar a nadie, basta también con decelerar. Después vienen
aspectos secundarios, como no chocar con el contenedor de la
calle y tratar de dirigir el coche en línea recta y no acercarse
a los que están aparcados en batería, con el riesgo de roces que
hacen despertar las alarmas, por eso él cuando sabe que ‘’la va
a coger’’, siempre vuelve andando a casa. Caminando borracho a
las 11 de la noche por la calle también tiene su aquel. Él
siempre lo hace silbando, con total naturalidad y sin meterse
las manos en los bolsillos, para un mejor equilibrio. Mientras
piensa en todo eso, llega a su domicilio. Ya en el ascensor
podrá apoyar su cabeza y relajarse. No hay nada peor que te vean
volver a casa ‘’ciego’’ y al día siguiente vengan al taller a
que les arregles el coche.
Entra en la casa. Es toda silencio y él lo rompe con un
eufórico y estridente: ¡Buenas noches familia¡ pero no responde
nadie. Abre la puerta de la habitación de Isabelita, la cual
nada más oír el crispante saludo ha cerrado el libro y apagado
la luz, haciendo que duerme, así que la deja dormir tranquila.
Va al comedor de la casa y allí está ella, en el sofá, con una
manta por encima y viendo la televisión.
-
Hola, cariño. – Le saluda él con falso sentimiento.
-
Hola. – Responde ella con frialdad.
Tras quitarse la ‘’cazadora, se echa encima de ella en el
sofá, y comienza a besuquearla. Ella se lo quita de encima y se
excusa en que ya es muy tarde y que ha olvidado sacar la basura.
Él se hace el dolido, pone una mirada de odio y la insulta en
voz baja:
-
Eres una perra.
Ella hace como que no lo ha oído, coge la bolsa y baja. Él
tras desaparecerle el repentino calentón sexual, hace zapping y
empieza a discurrir: ‘’esta tiene un lío, seguro que sí’’.
En su nueva sospecha planea vigilarla diariamente y empieza
con su nuevo plan esa misma noche. Se asoma a la ventana del
baño que da justo a la calle donde está el contenedor y ya ve el
fruto de su mala elucubración. Ella está hablando con un tío. Se
fija con más atención y ve quién es el hombre: ‘’es el vecino
del 7º, ese divorciado que se cree Michael Douglas. Míralo el
tío, se la estará trabajando como se trabajaba a la de la
panadería, que eso me lo contó él a mí. Va de metrosexual, pero
en verdad es un maricón que se hace la manicura y hace footing.
Como baje para abajo…’’
Se vuelve al comedor y enciende un ducados, mientras, maquina
e intenta engullir lo que ha visto: ‘’Si ya lo sabía yo, que
esta zorra tenía algo. No le da vergüenza, que me paso todo el
día trabajando para la casa y que no me fijo en ninguna, nada
más que en ella’’…
La puerta se abre, es ella.
-
¿Te vienes a la cama? Yo me voy a acostar. – Le dice a él
con educación.
Él no contesta, sólo la mira con cara de asco. Apaga el
televisor y va también a la habitación. Ella se está
desabrochando el cinturón de la bata y él la correa, la cual
dobla.
-
Así que…poniéndome los cuernos con el del 7º, ¿no?
Ella lo mira con espanto.
-
Pero qué dices, preguntándole por su hija, la que vive
con él, que la semana pasada me dijeron en la panadería que
había tenido un accidente de moto y está en el hospital. Ha sido
eso.
-
Sí, claro, la panadera, con esa también se ha acostado,
que me lo ha dicho él. Otra puta, como tú.
-
No, no me pegues otra vez. – Pide ella angustiada.
-
Sí, si te pego, pero no te preocupes, porque esta será la
última vez. ¡Yo te mato!
Y la emprende a correazos por toda la habitación, ella huye y
trata de esconderse en el baño, no grita por más temor del que
ya tiene, pero sí llora, en un llanto silencioso y desesperado.
Él le impide cerrar la puerta del baño y la encuentra en la
bañera, acurrucada y mordiendo la cortina, en un intento de que
sus gritos sean inaudibles y esperando como un corderillo que
espera el sacrificio.
- Maldita perra, esta noche vas a pagarme todo el
daño que me has hecho, ni tu madre te va a reconocer y vas a
desear mejor estar muerta.
El frenesí de violencia y de infundado rencor rociado de
alcohol es considerable. Los ojos llenos de furia y la cara
descompuesta de odio forman una imagen atroz. Se ha convertido
en un monstruo, si es que ya no lo era.
Pero el monstruo está bebido y las ansias de vengar la
afrenta del metrosexual y pagarlo con ella, esa avidez por
acabar con todo esa noche lo turba tanto, que no se fija y no
recuerda que el w.c. está averiado y que pierde agua desde hace
días. Pisa el pequeño charco que se ha acumulado desde que ella
lo fregara horas antes, resbala y cae hacia atrás, golpeándose
la nuca con el bidet, en un golpe seco y no muy fuerte.
Ella aún permanece en la misma posición, todavía muerde la
cortina, ahora sin llorar. Está en estado de shock. Espera a que
él se levante y siga ‘’la fiesta’’, pero el monstruo no se mueve
y la mano que esgrimía la correa esta floja, dejando la misma
casi en el suelo mojado. La escena dura así unos minutos, hasta
que aparece Isabelita. Corre en auxilio de su madre, pasando por
el cuerpo caído de su padre, que no se ha movido.
La abraza llorando, pero mamá no deja de morder la cortina
sin quitar la vista de él. Isabelita ayuda a su madre a
tranquilizarse, pero ella no quiere salir de la bañera. La niña
decide llamar a la vecina, con una sangre fría asombrosa. Cuando
llega se precipitan los acontecimientos, terminando la escena.
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FINAL.
El entierro de él no es una fiesta, pero sí el mayor alivio
de ella y de Isabelita. Se acabó el miedo, se acabaron los
correazos, las borracheras y el aliento, ahora dormirían
tranquilas. Ella buscaría otro trabajo, en otra ciudad quizá y
comenzaría una nueva vida, lejos de esta que ha padecido y que
le tocó sufrir. En esa nueva vida, en su nueva casa y cuando
Isabelita crece por momentos, muchas veces se pregunta si no
hubiese sido mejor abandonarlo y arrancar esta segunda época
igualmente, pero con ello salvándole la vida. ‘’Alguna vez he
sentido lástima por él’’, le confiesa a su hija, que ya es una
chica mayor de edad. El olvido es imposible y la creencia de que
pudo salvarlo la torturará de por vida, casi tanto como los
correazos.
Algo lejos de esa nueva existencia de ella y de Isabelita, en
un lugar inalcanzable para cualquier ser vivo, está él. ‘’Qué ha
pasado’’…es lo que se pregunta. Hace unos minutos estaba en el
baño de su casa, tenía una correa en su mano derecha y su esposa
lloraba en la bañera, iba a pagarle todo el daño que le había
hecho, pero de pronto resbaló, se dio en la cabeza con algo duro
y ahora está aquí, pero la pregunta es: ¿Qué es o dónde está
‘’aquí’’, ¿qué sitio es este?’’
Estaba encadenado cara a una dura y un poco ardiente pared de
roca. Desnudo y totalmente estirado, casi sólo podía mirar hacia
arriba, pero arriba no se veía nada, era muy oscuro, a los lados
sólo una luz, la creada por humo y roca incandescente.
Aquello parecía la celda de una de esas prisiones en una isla
que salen en las películas, pero el humo lo hacía diferente a
todo. Se escuchaban lamentos desesperados de dolor. Los lamentos
se volvían chillidos inaguantables y ensordecedores. Tal eran de
crispantes esos gritos, que casi le hacen explotar los tímpanos,
sacándolo de quicio y cuando ya no lo soportaba más, le dieron
ganas de estrellar su cabeza contra la roca a la que estaba
pegado como un chicle.
Los llantos y los alaridos eran humanos, de eso no había
duda. También oía sonido de cadenas, el ruido apuntaba a que
eran enormes y tras ese cadeneo, el retumbar de algo más enorme
aún era lo que seguía, probablemente se tratara de una puerta.
Era un golpeteo constante, como de una maquinaria; cadenas y
puertas, cadenas y puertas…
Agudizando más el oído, percibió algo que corría por la
superficie. Era el corrimiento de algo líquido y no tan ligero
como el agua. Con extrema dificultad inclinó la cabeza hacia
abajo y comprobó la gran altura que lo separaba del suelo,
habría como unos 4m, viendo lo que producía ese chorreo
incesante y se aterró más que nunca en su vida, ya que era
sangre. Sangre por todas partes y de toas las formas; coagulada,
mezclada con agua y seca.
Ahora sus oídos le trajeron un nuevo sonido. Cascos de
caballo sobre la superficie sólida, casi tanto como la roca
humeante a la que estaba fijado. El supuesto animal se acercaba
y su sombra se hizo evidente.
Giró el cuello todo lo que pudo hacia la figura aparecida en
la estancia y lo que vio era propio de película de terror. Era
un engendro mitad caballo, mitad hombre; un centauro, cuya mitad
humana no era tan humana. Esta parte superior de su cuerpo,
tenía el torso y la musculatura pronunciada y marcada de un
hombre muy fuerte, pero la cabeza, cuyo rostro era humano,
pasaba por ser la de un demonio, con unas astas formidables.
La fantástica criatura era de color oscuro, peluda y para más
estupefacción de él, hablaba.
-
Vaya, vaya…ha entrado otro. Otro que no sabía darle
significado a su vida.
Fue lo que dijo el monstruo. Se acercó a él lentamente,
dejando ver su gran altura, casi la misma que lo separaba a él
de abajo.
-
¿Sabrías decirme porqué estás aquí? Yo lo sé, pero me
gustan las excusas que ponéis. Siempre acabáis diciendo que sois
inocentes e imploráis al Dios que nos ha ayudado.
La voz del centauro demoníaco era muy sarcástica, como de
burla. Él empezó a llorar.
-
Oh, vaya…ahora es cuando te arrepientes. Te diría que lo
hubieses pensado antes, pero no serviría de mucho. No quiero
desmoralizarte, pero mi cometido es hacerlo e informarte de que
aún no has sufrido nada. Me presento: yo soy el carcelero del
infierno, aunque a mí me gusta más pastor, ya que yo no veo esto
como una cárcel. En una cárcel se come, se bebe y se duerme;
aquí no puedes hacer nada de eso, principalmente porque esto es
el infierno y tú ya estás muerto, por lo tanto ¿para qué
querrías comer, beber o dormir?
-
Dios mío… ¿por qué? – Sollozó él.
-
Sí…aquí siempre vociferan eso y yo te digo lo mismo que a
todos los nuevos. Verás, no existe ningún Dios, no como los
humanos creéis. Existe una gloria o eso es lo que he escuchado
por ahí, pero tampoco me hagas mucho caso, no me interesa. De
todas formas es igual. ¡Llama a Dios! – Exclamó la bestia –
Venga, llámalo, ¡Dios! ¡Oh Dios!, eso es, puede que alguien te
escuche, pero sea quien sea no te sacará de aquí.
Él se serenó un poco, tragó saliva y preguntó:
-
Esta bien, entonces si ya estoy muerto y esto es el
infierno, ¿qué más me puede pasar?
-
Buena pregunta, esa la suelen hacer más tarde,
habitualmente me extiendo mucho en mi presentación, pero tú has
querido llegar al meollo antes, eres un impaciente.
El centauro se colocó justo encima de él, alzó sus patas
delanteras a la pared, como en una monta, diciendo:
-
Ahora vas a saber lo que es el sufrimiento. No sé porqué
estás aquí, no me importa, pero algo habrás hecho.
Él empezó a notar como algo se abría paso por detrás,
introduciéndose sin esfuerzo por su ano. Empezó a alaridar, cada
vez que aquel cuerpo, duro, cavernoso y caliente, salía y
entraba a lo más hondo del suyo. Llegó a acusar esa inserción
hasta el pecho, mientras su grito se convertía en aullido. Ahora
escuchaba los alaridos de antes saliendo desde su propia
garganta, la cual llegó un momento en que empezó a quebrarse y a
sangrar. Sangre por el ano, por la garganta, la cual caía hasta
la del suelo, arrastrada por la que chorreaba y conducida a
ninguna parte. Pero no le dolía nada, sólo las acometidas del
miembro del demonio lo lastimaban, en un dolor indescriptible.
-
Esto es el infierno, yo soy un demonio y vivo aquí. Soy
lascivo y depravado. Os pago con vuestra semejante culpa y esto
es sólo el principio, amor mío. Susurraba aquel ser.
Minutos después el monstruo cesó la ‘’cópula’’, volvió a su
postura inicial y dijo:
-
Recuerda que no tienes salvación. Puedes golpearte la
cabeza cuantas veces quieras, otros lo hacen y sólo consiguen
ver su propio cráneo, sin que jamás se separe del cuerpo y
perder lo poco que les queda de sus sentidos, el de la vista y
además, no sentirás daño alguno, así que será en vano. El único
dolor que sufrirás es el que yo te cause y ya has visto como es.
Permanecerás ahí, siglos y siglos, eternamente y yo vendré a
verte cada cierto tiempo. Primero la locura se apoderará de ti y
llegará un momento en que seas un zombi mental, con un cuerpo
intacto, pero con una cabeza destrozada. Sosiégate y piensa que
la vida en el mundo de los vivos es peor, es todo tan
artificial…Pero claro, qué sabréis vosotros, si nadie os ha
preparado ni siquiera para morir. Hasta la vista.
El centauro se alejó con una exasperante carcajada que
impidió oír el ruido de sus cascos. Él se quedó petrificado.
Estaba muerto, pero insepulto y la más triste y fría de las
losas, el más inmortal de los vacíos, hubiese sido mejor que
aquella mazmorra confusa y cruel. El arrepentimiento lo invadió
y comenzó a golpearse la cabeza contra la cruda piedra de la que
estaba hecha la pared, mientras con cada golpe gritaba ¡no! Un
no de desespero inicial y de impotencia, remordimiento y
abatimiento final.
Fuengirola, 10 de mayo de 2005.