El sentido de la Literatura (I). Por Luis Javier Fernández

 

 

El sentido de la Literatura (I)

 

Todos los literatos, y también quienes veneran los libros y amantes de la palabra, se habrán preguntado alguna vez –cuando no sea infinitas veces– una de las más controvertidas preguntas que ronda en la mente de todo escritor:  «¿Para qué sirve la Literatura?». Ya se concibe, en modo alguno, que la Literatura es el arte de la palabra, tanto escrita, narrada o incluso también recitada. La creación de un mundo superfluo, irreal, cargado de ficción y de verdad, a veces de un bagaje autobiográfico e irreversible tras cada página que nos envuelve, como las páginas de cualquier novela, en mayor o menor medida, nos puede seducir más o menos, nos puede transmitir una tesitura de variadas emociones, donde lo placentero y lo tedioso forman parte de la propia obra. Pero ¿para qué sirve todo un universo evocador como la trama de una novela, o la sugestión y armonía de unos versos o la expectación que nos causa una obra de teatro? ¿Puede todo ello, por ejemplo, considerarse como un entretenimiento? Sí, claro que sí. Pero entonces no tendría sentido el ahínco que hay detrás de novelas con más de seiscientas páginas, o incluso más de novecientas como El Quijote, El Conde de Montecristo, Guerra y Paz, En busca del tiempo perdido, La guerra del fin del mundo. Ni tampoco sería necesario encandilarse por Campos de Castilla, Redoble de conciencia, Hamlet o La vida es sueño para entretenerse momentáneamente, de forma efímera y a la vez intensa. De modo que concebir la Literatura como tal, como una forma de «matar el tiempo» entreteniéndose, es menospreciarla, pisotearla, esputar en ella e igualarla a cualquier forma de distracción, convertirla, pues, en algo baladí.

Quijote

Ninguna forma artística sirve, o puede servir, como entretenimiento. Eso no quita que toda obra de arte –igualmente se puede decir del arte de la palabra– lleve consigo un sucedáneo que divierta al espectador. Aunque habría que destacar, por tanto, que hay una distinción principal de dos tipos de Literatura: una para entretener, la cual no deja de ser útil y necesaria –ejemplo de ello serían obras de fácil digestión, como aquellos libros que se pueden leer en la tumbona de la playa, o en un viaje de prolongadas horas; narraciones que pasan por nuestras manos ligeramente, y que nos apresuran más el tiempo de una actividad, o nos ayudan a ralentizarlo–; y luego está la Literatura que sirve como arte, la cual es, indudablemente, inmortal, y a ésta pertenecen obras que nos dejan infinitos recuerdos, que nos aportan un poco más de lucidez, que llegan a oxigenar nuestra percepción sobre otras formas de vida, que nos trasladan al escenario exacto donde ocurren los acontecimientos que nos hacen partícipes como lectores, que nos invitan a cuestionarnos otros interrogantes, y, sobre todo, nos humanizan. Creo, a pie juntillas, que ese es el sentido de la Literatura: ni más ni menos que para humanizar al lector, y eso conlleva, a mi parecer, hacer más noble al ser humano, no más dócil, sino más enriquecedor de sentimientos, de emociones y de experiencias. Por eso mismo, la Literatura –algo que siempre suelo escribir con mayúscula– es la mayor forma creativa de estimular la cordura, la imaginación, de colorear nuestro mundo interior y de podar nuestras ideas, para que broten nuevas formas de pensamiento, llegar a percibir las experiencias humanas desde otros puntos de vista, verse incluso reflejado con los personajes ligándose hasta los tuétanos con sus anécdotas.

En cierta ocasión le preguntaron a José Saramago qué propósito tenía la Literatura, a lo que el Premio Nobel portugués señaló, por su parte, que no tiene ningún propósito en sí misma. Él contestó simplemente que la Literatura debe testificar circunstancias espacio-temporales. No soy quién para desmentir las palabras de Saramago. Pero añadiría al respecto que los medios de comunicación ya testifican la cotidianidad, incluso la alteran, la distorsionan y proyectan sobre ella el efecto de embudo; esto es, filtrar una parte de la realidad. Mientras que la Literatura crea una realidad misma, sugerente a libre interpretación de los acontecimientos, salvaguardando distancias con imbuir a los lectores. Estoy completamente convencido de que la Literatura es el mejor antídoto contra los fanatismos, las ideologías, los dogmas y cualquier postulación que defienda ideas atávicas y carcas. Tal y como dice Antonio Gala en su novela Los papeles de agua: «Cuánto influye, en lo que se ve, el lugar desde donde se mira. Qué imprescindible es cambiar, de cuando en cuando, de punto de vista. Para conocer mejor no sólo las ciudades, sino las situaciones, las personas, los problemas… Y también las incógnitas que, en ciertas circunstancias, como las más ahora, nos perturban».  Por el momento no conozco otra forma más fascinante de reinventar al ser humano que por medio de la Literatura. Una razón por la cual puede conocerse a sí mismo, viajar a su propio interior para calmar a su ego, de amaestrarlo docta y humildemente.

troya El sentido de la Literatura I

Al gusto de cada cual, uno se nutre interiormente de otras formas de vida; pero es inevitable la diferencia que existe entre las personas que consumen Literatura y las que no. Como también se distingue la persona que se deja llevar  por los vericuetos de la narración de una historia y los que ven a una obra literaria como algo elitista, anómalo completamente. ¿Qué es lo que marca la diferencia entre una persona y otra? Tres rasgos principales: su capacidad crítica, su vocabulario y la sensibilidad por la creación artística. Una manera de confluir con nuestro propio mundo interior, de desvincularnos de la esclavitud de nuestros pensamientos más lúgubres y encontrar sosiego, no a lo desconocido, sino a lo inimaginable. De modo que ninguna otra forma creativa como la Literatura, produce daños colaterales como «la curiosidad» y el interés por conocer; una manera de aventurarse a través de las sensaciones y vivencias que parten de un simple folio en blanco, que cobran vida propia, y que al transcurso de la lectura te van hechizando lánguidamente. Consecuencia de todo es ver la vida con otros ojos.

Continuará…

Luis Javier Fernández

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Luis Javier Fernández

Soy graduado en Pedagogía y máster universitario en Investigación, Evaluación, y Calidad en Educación por la Universidad de Murcia. No es que valore lo que tengo, sino que más bien desprecio lo que realmente no me hace falta. ¿Un lugar en el que me refugie? Una biblioteca. ¿Algo por hacer? Más cosas de las que he hecho, que no es poco. ¿Destino o azar? Creo en las dos cosas, sobre todo en el factor de la experiencia. ¿Un lugar para viajar? Pues depende, solo o acompañado; aunque no está demás viajar al interior de uno mismo. Me declaro como un tirano de mi tiempo libre, procurando no desperdiciarlo. Autor de la novela El camino hacia nada. Articulista en el portal hispanoamericano Cultura Colectiva, con lectores de México, Argentina, Chile, Venezuela y España. Articulista también en el Eco de Jumilla, (periódico online) en mi columna La Gavilana, nombre del mismo blog en el que desemboca mi rebeldía. Amante de la música, de las cosas bellas y de la poseía. Un defensor acérrimo del valor y de la importancia de la cultura. Repudio a los columnistas que hablan de política. ¿Autores preferidos? Los que me dejan un buen recuerdo. ¿Para qué escribo entonces? Para saber que la vida tiene sentido, y que el mundo no es un lugar absurdo, sin dejar de ser caótico y hostil. De lo contrario el ser humano tendría muy difícil la oportunidad de ser feliz. De eso es de lo que se trata. Ni más, ni menos.

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