La hora violeta. Por Maite Diloy

La hora violeta

” No hay clímax en la muerte, no hay apenas subrayados. Como muchas otras cosas del libro, las causas del llanto se expresan tan sutilmente que parecen elipsis. Pero no lo son. Los hechos están ahí entre las palabras, para quien quiera verlos.”

Hay libros que se leen con el corazón en un puño. Y uno de esos que te tocan la fibra sensible, que te aprietan el alma es “La hora violeta” en la que Sergio del Molino nos narra el duro proceso de una leucemia que acosó a su hijo de diez meses. Le acosó y le venció. Nadie sabe qué decir ante la muerte de un hijo, nos quedamos sin palabras, nos horroriza solo el imaginarlo así que no puedo ni siquiera imaginar el dolor que se siente cuando se pierde un hijo.
Yo he leído “La hora violeta” sabiendo el final, porque leí el epílogo de “No habrá más enemigo” en el que contaba cómo se había larvado el libro, sus noches en el hospital y el terrible desenlace poco antes de publicarlo.
Conocer la historia no importa para descubrirla de nuevo, narrada desde los ojos de un padre. No importa conocer para entender leyendo “La hora violeta” los sentires que le acosaron y que nos acosarían a cualquiera en semejantes circunstancias. Me faltan palabras para expresar lo que he sentido al leerlo, siguiendo las fases, admirando la fortaleza con la que la pareja se enfrenta a la enfermedad terrible. Y creo que es eso, admiración, lo que me ha dejado el libro. Admiración por como enfrentar la muerte de un modo que creo yo no sería capaz. Admiración por escribir una historia que tiene que doler en cada palabra, que te obliga a revivir un dolor del que creo que lo más normal es huir. Admiración por tan tierno homenaje en forma de palabras y sentires que se captan a través del papel. Admiración y ternura, eso me ha despertado “La hora violeta”, y algunas cosas más. Sentimientos que son complicados de explicar y que tienen mucho que ver con la empatía imposible, porque no creo poder ponerme en la piel de quién escribe por más que comparta con él la maternidad, porque hacerse la idea de que un hijo va a morir es algo que creo sólo puede vivirlo quién le toca, algo que como bien dice Sergio del Molino en el primer capítulo no tiene nombre porque creo que nadie lo espera y por fortuna sucede pocas veces.
No es un libro cómodo ni cuenta nada que no haya ocurrido, es un libro escrito con la mala leche que debe tener uno cuando se le muere un hijo sin saber por qué a él le ha tocado la china, pero también es un tierno homenaje Pablo y a quienes trataron de salvarlo, a los médicos que volcaron todo lo que sabían e hicieron todo lo posible para lograr que Pablo tuviese una larga vida por delante que no fue posible.
Léanlo. No hay nada más bello que leer a alguien que se desnuda ante los folios.

Maite Diloy (Brisne)

Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

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