La mala luz. Por Maite Diloy

La mala luz

“Una biblioteca se extiende como una infección o un monstruo que va desplegando tentáculos cada vez más abundantes y más largos”.

Cuando uno elige un libro, lo he comentado muchas veces, lo hace por varios motivos, a veces va a cazar eligiendo lo que quiere por el autor o el título o va de pesca, a ver qué surge, leyendo contraportadas, decidiendo en el momento si va a comprar uno u otro. En el caso de La mala luz, primera novela de Carlos Castán, yo tenía muy claro por qué la compraba: me gusta el autor y deseaba fervientemente leerla. Es decir, la cazé con mucho gusto. Pero si alguien va de pesca y ve la novela, la voltea y lee la contraportada, la compra y luego la lee, alucinará porque esta no es una novela con una frenética investigación del asesinato de un amigo, porque esta es una novela de investigación sobre el alma de un ser humano concreto del protagonista, de ese desconocido del que no sabemos su nombre pero conocemos sus obsesiones, incluso las obsesiones de Jacobo, el amigo que acaba muerto entre libros y discos. Investigar un alma es algo más complejo que investigar un asesinato, investigar un alma, conocer sus pulsiones, dibujarlo sin rostro, es más complicado y mucho más estimulante para quien lee que leer sobre una huella o un crimen, incluso creo que es más estimulante como escritor, pero eso tampoco lo sé.
Así que ya saben: si deciden –y, si les vale mi recomendación, deberían decidirlo– leer La mala luz van a encontrarse con una investigación, sí, pero va a ser otra: van a sumergirse en una novela que les hablará primero de esas cervezas que uno se toma a la salida del trabajo y cimentan una amistad, encontrarán a Jacobo, un divorciado que huye a otra ciudad y oculta parte de su vida, porque todos la ocultamos, verán un asesinato y viajarán a una biblioteca, a una casa, y allí obtendrán un deselance que ni siquiera imaginan.
Y todo esto lo van a vivir a lomos de una prosa deslumbrante, cabalgarán sobre frases que es imposible que no apunten en el cuadernito ese de notas que llevan en el bolso y que recupera luego de golpe y porrazo todo lo leído en el año, o en los dos. Ese cuadernito que les lleva a sus lecturas y al que recurren cuando la memoria no devuelve esa frase brillante que tanto les gustó. O subrayarán con lápiz o pintura azul metálico frases y frases, en algunas hasta pondrán un notita, pegada en el margen superior, lo sé, porque, si usted es un lector obsesivo como lo soy yo, va a descubrir un capítulo dedicado a las bibliotecas que le va a encantar, va a ver ese monstruo que se expande por la casa, que va colonizando rincones insospechados y al que usted recurre para leer libros nuevos o para recordar lo leído. ¿Nunca le ha pasado que una noche cualquiera, recordando esa frase genial de Kafka, ha caminado hasta el estante y ha buscado esa nota o ese subrayado para calmar su sed momentánea? Claro que sí, lo tiene ahí, en medio del estante, y puede que hasta le acompañe alguna postal, algo que usted compró en ese viaje a Praga. O puede que sus autores sean otros, Rulfo, Cortázar, Joyce… Dudo que alguien le haga un homenaje de ese estilo a Cincuenta sombras de Grey. Me niego a imaginar un altar en su honor…
Por ese capítulo ya merece la pena leer el libro. Así que imaginen cuánto disfrute van a tener ustedes si leen los otros diecinueve, cómo lo van a disfrutar, porque todos tienen su miga y van a encontrar una historia dura pero que al fin y al cabo nos refleja a cada uno. Es lo bueno que tiene Castán, eres capaz de encontrarte en sus palabras. Esto, señores, es lo bueno de la literatura, descubrir jirones de uno en palabras de otro.

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
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