azul profundo

 

Azul profundo

 

azul profundo

  ¿Me cómo ya el yogur? No, dice Pablo. Acabo de tomarme la sopa fría de pepino, pero aún debo comer algo más por lo que se ve, Pablo se ha tumbado en el sofá cama, móvil en mano como habitualmente, hace un rato pasó algo en la cocina, la gata se sobresaltó, arqueó el lomo, bufó como si hubiera visto a un gato invasor o quizás un espectro, el espíritu de un arponero muerto en los mares del Sur. Algún problema que merece una visita al urólogo tengo, eso seguro, quizás una infección, la orina pasa a través de la uretra con un roce áspero, hago pipí con mucha frecuencia, por las noches tres y cuatro veces, con lo cual tampoco tengo un sueño largo y reparador. He regado las macetas, J. Pablo que supuestamente tenía que hacerlo finalmente no lo ha hecho, inevitablemente me acuerdo de mi madre mientras lo hago, esa pasión suya por las plantas, por el agua clara, los arroyos y arroyuelos y ríos y corrientes de agua, “te encantan las flores señora Pilar”, le decía el chico del puesto de flores del mercado mientras le ofrecía una rosa y ella le plantaba dos besos; después colocaba la rosa en un vaso con agua sobre el mostrador del escaparate, embutidos a un lado y jamones cocidos y mortadelas a otro. El chico volvía a su puesto riendo, ejecutando saltos y patadas de kárate porque sabía que luego ella le llevaría disimuladamente un bocadillo de salami, producto que según sus palabras le hacía sentirse en el paraíso, y no precisamente en el del Profeta, que condenaba y prohibía los alimentos obtenidos del cerdo y al que debía obediencia y reverencias, sino en otro Paraíso que admitía a cristianos y musulmanes y judíos, donde todo estaba permitido y a buen seguro era el único y verdadero paraíso, un lugar donde los cerdos y las vacas y las gallinas caminaban con otros animales en heterogéneos y animados grupos al completo servicio del hombre.

  Apenas nadie en el centro comercial junto a Torre Triana, entramos a una de las pocas cafeterías abiertas, hasta llegar ahí camino con la muleta agarrada, sin apoyarla ni ayudarme de ella, como si simplemente la transportara. Ahora vamos a ir a ver la exposición sobre “el azul en la pintura modernista”, y después ya inundadas nuestras pupilas y almas del luminoso azul de los artistas que cantan la vida y del azul tenebroso de los poetas románticos y desesperados, nos acercamos a unos grandes almacenes para comprar dos camisetas presentables para mi, la mayoría de las que tengo desfallecen por el cuello, y ese derrumbe lo transmiten a mi entera persona, haciéndome parecer un ser descolgado de una camarilla de existencialistas atrapados entre la indiferencia y la desgana.

  Esperanos en el coche a Toñi que ha ido a la pescadería a por una pescada de pincho para hacerla al horno con patatas y algunas verduras que la acompañen con garbo y armonía, yo hubiera ido con ella pero Pablo está cansado después de hora y media jugando al tenis, así que he optado por quedarme con él y no dejarle sólo en el coche. No lo hubiera hecho así mi padre, a él le encantaba recorrer los puestos de pescado en el mercado y llegado el caso comprar un buen mero, un espejeante sargo, unos salmonetes de roca, una seductora corvina o un hermoso rodaballo; conocía perfectamente todas las especies, ya que su padre fue patrón de un barco de pesca y siendo joven él estuvo embarcado varios años, desde niño su vida estuvo estrechamente ligada al mar. Cuando estoy frente al mar pienso en él y cuando le recuerdo su figura aparece en mi mente con la música del mar de fondo. Cuando en verano vamos a la playa y decido bañarme voy entrando poco a poco en el agua y miro hacia adentro, hacia el mar profundo que precede al horizonte, y le llamo y le nombro y me parece que él me reconoce, que cada ola que rompe en mi cuerpo es la forma que él tiene de reconocerme y volver a decirme lo que tantas veces me dijo, respeta al mar, míralo con benevolencia y fervor, con amorosa admiración pero también con temor, porque puede ser terrible y despiadado y despedazar a sus mejores y más fieles militantes. Lo supe con pánica certeza la tarde que nadé entre dos rocas en una escondida cala del litoral de Cádiz y justo a mitad del trayecto el agua súbitamente cambió de color y se volvió de de un azul verdoso tan oscuro y amenazante que parecía proceder de lo más ignoto y morboso del abismo, y entonces tuve miedo y sentí como mis brazos y mis piernas se volvían muy pesados y un poder irresistible me obligaba a no hacer esfuerzo alguno y dejarme arrastrar por esa fuerza oscura y magnética a ese fondo ondulante que emitía una llamada que desde mi desfallecida voluntad yo trataba de ignorar. En el último instante, cuando ya sentía que el poderoso azul profundo me arrastraba a su ámbito de envolvente gelatina mortal, apareció en mi mente la imagen de mi padre apoyado en la borda de un bote varado en la playa, mirando mar adentro mientras fumaba plácidamente un cigarrillo. Entonces braceé con fuerza, con toda la fuerza que su mirada fundida con el horizonte me transmitía, consiguiendo alejarme de la boca del abismo y alcanzar agotado, despojado absolutamente de energía, la roca en cuyo entorno el agua ya emitía unos ecos más amables, reflejos que se fundían con los coletazos de los peces y el balanceo suave del ocaso.

 

Máximo González Granados

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