Ciento veinte minutos. Por Rafael Borrás Aviñó

El psiquiatra observó al tipo de aspecto desastrado y sucio que lo miraba receloso desde la camilla, malmetido en un pijama roto por las mangas y el faldón. Sin alcanzar a saber el porqué, había algo en aquel hombre que no le era del todo extraño. Se dispuso a rellenar en el ordenador su hoja de anamnesis.

—Buenas noches, caballero. Soy médico, médico psiquiatra, y puede llamarme Manuel. ¿Qué le ha pasado?

El otro le respondió como recién surgido de una bruma. Descortés. Antipático.

— ¿Y por qué he de contarle nada? ¡No le conozco! ¡Déjeme en paz!

—Ni falta que le hace conocerme. —Sostuvo la impertinencia con una media sonrisa indulgente y la serenidad beatífica de un buda—. Escúcheme con atención, porque tengo mucho interés en que nos entendamos. He pasado de guardia cada una de las noches de esta semana y me quedan dos horas para acabar la de hoy, la última. Mis compañeros de puerta de urgencias me dicen que ha perdido parcialmente la memoria. Y por mi parte le noto cansado, eso es indudable.

El paciente lo estudiaba con la mejilla temblona, pálido como una figura del Greco. El médico continuó, la voz queda, en un tono que tenía algo de confidencial.

—Fíjese qué casualidad, los dos nos encontramos sin fuerzas. En mi caso le juro que no me tengo en pie —descruzó las piernas y las volvió a cruzar—. ¿Remedio? Como no soy de acero, le garantizo que bastarían una cama confortable y ocho horas seguidas de sueño para considerarme el ser más afortunado del planeta. Así que dispone de los próximos ciento veinte minutos, junto con toda mi comprensión como propina, para que me cuente lo que recuerde. Porque, si no, me veré ante el enojoso dilema de dejarle ingresado en observación con un gotero taladrándole la vena, o bien mandarlo a la Beneficencia para que duerma entre un batallón de mendigos malolientes. O, peor, remitirlo al juez. Ha organizado una bronca de campeonato en la vía pública y tiene una denuncia de la policía por desacato a la autoridad.

urbanizaciones

El del pijama había ido tensándose a cada frase. Finalmente dejó caer la cabeza sobre la almohada. Bandera blanca.

Sábado por la noche en el servicio de urgencias del hospital. El parte de guerra, además de un par de fiambres frescos, media docena de heridos de asfalto, un balcánico con dos orificios de bala, una prostituta trajinada a cuchillo, algún que otro alcohólico o drogadicto al borde de la catatonia y el habitual surtido de bultos dolientes sin clasificar, incluía un cuarentón de mirada terrosa y rasgos vulgares, vestido de pijama color rata y con un soberano chichón violeta sobre la ceja. Una patrulla de la policía lo había recogido en un área de servicio de la autopista, indocumentado y descalzo. Se dedicaba a volcar contenedores y bramar insultos al cielo. No sabía quién era ni por qué estaba allí, y les aseguró que unos extraterrestres le habían robado la documentación y el batín. Se resistió violentamente a ser inmovilizado y cacheado. Que qué se habían creído y que la calle era de todos.

Descartados estupefacientes y patologías severas, el médico con mando en plaza decidió quitárselo cuanto antes de encima. Ordenó que le inyectaran un perdigonazo de Valium y avisaran al psiquiatra de guardia. —Llévatelo donde quieras, Manolo, es todo tuyo. Te lo he amansado ―. Y el psiquiatra se había hecho cargo del olvidadizo, ya más tranquilo, y con una impoluta venda rodeándole el cráneo.

Durante el interrogatorio fueron asomando pequeñas islas de claridad en un mar de tinieblas. Fragmentos desordenados del pasado: trabajo en un edificio de oficinas, vacaciones en familia, jefes castrantes, vivienda en las afueras, el entierro de un compañero fulminado por un infarto… Irrelevante. Pocas nueces, concluyó Manolo. Y se acercaba la hora del cambio de turno.

— ¿Algún recuerdo más… moderno? —quiso saber Manolo, un punto decepcionado. El de la camilla se mordió levemente el labio inferior al apretar los párpados en un esfuerzo por concentrarse.

—Sí —comenzó a hablar como un quiromántico—, veo algo sucedido hace poco. Regresé tarde a casa. Después de meter el coche en el garaje subí la escalera interior hasta el salón. Cuando me adapté a la penumbra vi a mi hijo en el sofá, debajo de una manta, como siempre sobado delante del televisor encendido. Lo cargué en brazos hasta la cama. Volví al salón. Sobre la mesa quedaban emparedados de chorizo y sobrasada. Me dio pereza ensuciar platos, aquello me bastaba para reponer fuerzas. En lugar de cerveza abrí el armario de licores y tomé un poco de vermú. Por la tele ponían una película de acción, de las que me chiflan, así que me quedé hasta el final. Después de cenar me sentía en mejor forma —aceleraba el parlamento por segundos—. Subí a la primera planta, y al pasar delante del dormitorio de mi hija entré a darle un beso, en la melena, que agradeció según su costumbre con un gruñido desde su limbo. En mi dormitorio, a oscuras, ya que a mi mujer le despierta la luz de la lamparilla, agarré del armario el primer pijama a mano y en unos minutos me deslizaba junto a ella.

— ¿Cogió rápido el sueño? ¿Muchas horas? Es importante que me dé más detalles de esa noche —insistió Manolo con la convicción de haber encontrado el rastro bueno.

—No, no…, en principio no me dormí, el vermú me había animado. Me pegué a su espalda, la acaricié como sé que le agrada y…, y consumamos… hicimos…. Ya sabe, doctor, vaya, que echamos un coito. Ella se dejó llevar y creo que disfrutó, porque gemía sin perder el ritmo. No hubo variación respecto a otras ocasiones. Bueno, sí, ahora que lo cuento, mientras la manoseaba pensé que se habría descuidado últimamente con la dieta, porque le noté la cadera algo más rellenita.

—Muy bien, gracias. Me he formado una idea de sus intimidades conyugales. Pero prosiga. ¿Qué sucedió por la mañana? — Y el amnésico se lanzó, como si le hubieran abierto el grifo de la lucidez y necesitara vaciarse.

—Al despertarme bajé a la cocina a desayunar. —Se detuvo como para ensamblar imágenes dispersas. Los ojillos brillantes. Prosiguió—: Por la ventana me tapó la visión de la calle un árbol que no recordaba haber visto en mi vida, y debajo de él había un estanque árabe con una estatua de piedra que tampoco reconocí. —Elevó un par de octavas la voz— Paralizado por el desconcierto miré alrededor y advertí mi tremendo despiste. ¡No era mi casa! ¡Figúrese la angustia! Escapé tal y como iba, en batín y zapatillas. Subí al coche y conduje a toda velocidad.

Cuando oyó lo de las vistas por la ventana la mano del psiquiatra se había paralizado sobre la tecla. Fue una fracción de segundo. Enseguida reanudó el cuestionario.

—Vaya, vaya… Parece que fue una noche satisfactoria, aunque con un mal comienzo de día —se solidarizó—. Y…, ¿no hubo más sorpresas?

—No. Después de eso sólo veo un cielo gris y la llovizna, una curva y el tronco de un árbol contra el parabrisas. Luego el vacío. —Se disculpaba con el aire contrito del asesino que ha olvidado el lugar del crimen—. Lo siento, no recuerdo más.

Manolo barruntó que se aproximaba a la resolución del nudo gordiano, un nudo sobre el que, por otro lado, planeaba una sospecha incómoda que no debía quedar sin esclarecer.

— ¿Absolutamente… nada más?

—Este hospital.

—Humm… Curioso…, y…, dígame —comenzó a hablar con una mirada de taladro—, ¿recuerda qué clase de árbol era el que tapaba la visión? Ya puestos, ¿se fijó en la estatua del estanque?

— ¿Son importantes esos pormenores? ¿Para qué?

—Cuando se trata de una amnesia de su complejidad cada dato es oro molido para nosotros, los… —carraspeó un poco— los científicos. Cualquier detalle en principio trivial puede abrir cerrojos ocultos en una memoria tan lastimada como la suya.

—Sí, sí…, eso lo recuerdo con nitidez. Tal vez fue el susto lo que me espabiló los sentidos. El árbol era una enorme jacaranda llena de flores azules, y la estatua una Blancanieves arremangándose los faldones con dos conchas a los pies borboteando agua.

Manolo dio un brinco, como si hubiera recibido una descarga eléctrica en los riñones. A punto estuvo de caer de la silla. En una fracción de segundo todo le encajó. El polideportivo de la urbanización, el verano anterior, junto a una pareja con hijos de edades muy parecidas a los suyos. El simpático padre -¡El amnésico! ¡Por eso le sonaba su cara!- se le había presentado como nuevo vecino, de otro bloque de adosados. -¡Y el pijama! ¡Un regalo de su Catalina!- La noche anterior el muy idiota habría desembarcado desde la carretera con la mente más espesa de lo habitual; tan espesa como para equivocarse de bloque, calle y vivienda. Algo inaudito, pero los chalés son tan iguales por fuera y por dentro que ocurrió. Y mira por dónde le tocó en suerte disfrutar a placer de su sofá y su tele, comerse su embutido, beberse su vermú y, como remate glorioso, cepillarse a Catalina en su propia cama.

Cinco minutos antes de finalizar la guardia Manolo sacó su informe por impresora. «Diagnóstico: psicosis esquizofrénica. Individuo muy irritable. Tendencias claramente violadoras. Tratamiento: se proponen dosis máximas de tranquilizantes e inutilización quirúrgica del mecanismo elevador del órgano».

—Ahora te vas a enterar, gilipuertas, vas a saber tú lo que cuesta un peine —sentenció para sí con una sonrisa cáustica.

Rafael Borrás Aviñó

 

Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección ” Desde mi sillín”

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